Querida hija
Capítulo 24
recomendable, pero el porcentaje ha de ser muy bajo. Lo habitual es que los
distanciamientos se produzcan porque caemos bajo el influjo de personas, de
pareceres, que cortan el cordón familiar, o lo retuercen y le perdemos la pista.
De cualquier manera, quien lo deja perder echa a perder su vida, pues ese
cordón puede ser una línea por la que algún día, cuando menos lo pensemos,
llegue la salvación, cuando inconscientes jugando lo retomamos en nuestra
mano, tiramos fuerte y de golpe estamos frente a quien nos quiere.
Sabes bien, Hija, que el cordón, aunque quieras romperlo, enterrarlo, está
allí, y cuando quieras jalarlo, como dicen los mexicanos, jálalo que enseguida
llegas a mí.
Y dejo para el final lo mejor: voy a Barcelona a principios del mes
entrante, a formar parte de un tribunal de tesis de la Central. Me quedaré en
un hotel cercano a la universidad, probablemente el Cristal, pero ya te lo diré
con seguridad. Podemos ir a comer a algún sitio bueno y bonito, donde tú me
indiques.
Como diría un rumbero azucaroso y morenón: quiéreme, que yo te adoro.
Tu Padre.
24
Hay dos copas sobre la mesa, una es de anís, que una mano de mujer coge de vez en cuando, y una de licor de manzana, que el que escribe bebe sin ninguna atención. Al comienzo de la carta bebía sorbitos a cada poco. Pronto, la apuró de un golpe. Su mujer le dijo, bebes y ni te enteras. Saborea el chupito. Está demasiado dulce, comentó. Era la primera vez que emitía semejante queja; desde que le ofrecieron en un restaurante asturiano hace unos años el mismo chupito, la botellita de manzana verde no falta en la nevera.
18 de noviembre de 1995
A mi monumento nacional:
Vaya que estás reguapa. Luces un montón. El Noviajo ese no te merece.
Un cacho mocetón, sí señor, aunque un poco delgaducho. Disfruté mucho la
noche que compartimos. El restaurante fenomenal, Casa Calvet, menos mal
que no me reconocieron, pues como os dije es al mismo al que me llevaron
los del Departamento de Filología la noche anterior, mi primera en la Ciudad Condal. Aun así todo me supo a poco, menos el restaurante; la presencia del
maromo me daba corte, y ciertos temas me parecían fuera de lugar, y prefiero
que el papá del muchacho consiga la información con mayor esfuerzo.
Escuché deslumbrado todos los planes. A vuestra edad andaba preocupado
por encontrar tiempo para tumbarme a leer y por sacar el carnet de conducir;
el único futuro en que pensaba era el de los verbos.
Tu Noviete parece comprensivo y emprendedor. El que no ponga
impedimentos a que aceptes lo de la Compañía de Carburantes, y que te vayas
a California seis meses, dice mucho del chico. Tenéis hoy otra pasta. Si tu
Madre me hubiera dicho eso, yo hubiera puesto el grito en el cielo,
amenazado con romper la relación tres mil quinientas veces, acusado de falta
de amor, y pensado que la intención inconfesada era echarse un ligue mientras
estaba en las Américas.
Del trabajo de tu Novio sigo in albis. Deduzco por indicios equívocos que
labora de relaciones públicas. La ropa que gasta el hombre, de impresión,
menuda calidad y estilo. Parece salido de un anuncio, y qué olor a colonia
cara. Perdona el olvido de la corbata, se me pasó lo que dijiste de que
vendrías de punta en blanco por no sé qué cocktail. El caso es que el día
anterior la llevaba puesta, la que me regalaste hace un par de años para Reyes,
marrón con lágrimas chanel amarillas. Lo de los pantalones de algodón es una
manía. La Abuela me decía cuando iba a buscarla para llevarla al cine, que si
no pensaba cambiarme de pantalones, y siempre pasábamos por casa y me
cambiaba los de pana o caquis por unos de tergal grises que todavía tengo, y
ella ya se ponía tan contenta.
No sé si recordarás el episodio, debías de andar por los diez años, que un
invierno, con un dinero que saqué de una edición de Pride and Prejudice, me
compré un abrigo azul austríaco, superguay, con un forro rojo obispo de
caerse. Hasta el dueño se encontraba señorial con el abriguete. La Abuela
disfrutaba de ir conmigo del bracete cuando lucía esa prenda. Y mi Mujer
también. Ahora que lo pienso, debo comprarme este invierno uno idéntico,
porque estoy contigo que la gabardina verde que llevé está para el arrastre. Mi
Mujer sí me cuida, a pesar de lo que insinuaste. Procura meterse lo menos
posible en mis cosas, y se le pasa por alto. O lo nota esporádicamente. A
veces camino de la universidad me doy cuenta de que voy sin peinar, y que
mi Mujer se ha despedido de mí, y que no me ha dicho nada. Cabe pensar que
le importo poco. ¿Será así la cosa, o es que me mira a los ojos, o a las manos,
como hago yo con ella, todas las partes de su cuerpo que me atraen la vista, y
da la casualidad que no se fija en mi peinado? Pienso que le sucede ídem con mi ropa. Desde luego siempre le he envidiado a mi Amigo de Salamanca el
que su mujer cada vez que va de viaje le prepara el maletín, y le pone toda la
ropa ordenada para los días que estará fuera de casa, o sea, que él lo único que
tiene que hacer es no equivocarse. Bueno, se equivoca, y va peor que yo,
porque mete la mano para sacar el libro que yace al fondo, y mal coloca lo
preparado, lo enreda todo, y se pone la camisa del lunes con la corbata del
miércoles, y hay que mirarle con gafas de sol, por el desentone total. La
última hazaña suya es genial, caminábamos por la plaza en Salamanca, dice,
coño, que me meo, y sale disparado, y en lugar de entrar en el bar, se mete
corriendo en una farmacia creyendo que era una cafetería, y le dijo al
farmacéutico, póngame una caña que voy al servicio, y entró echando leches a
la rebotica, donde cayó en el error. Imagínate el cachondeo. En resumen, que
los universitarios somos de la raza de hombres desastrados, a los que las
convenciones burguesas llevadas al extremo del planchado sin arrugas nos
van poco. Necesitamos llevar un montón de papelitos, para perder los
teléfonos mal apuntados, tres o cuatro bolígrafos, que tampoco aparecen
cuando hacen falta, un clip, el cortauñas para abrir paquetes de libros. La
chaqueta safari es lo indicado, pero no sabemos qué hacer con las hebillas.
Recojo amarras. Hacéis una pareja aceptable en lo externo, guapa, aunque
extraña en lo referente al coco. Una soberbia lectora emparejada con un
leyente de los artículos de fondo del Marca. Me preocupa el desnivel. El
mozo conoce los mensajes transmitidos por los anuncios de las revistas
dominicales de El País y de La Vanguardia, y desconoce a fondo también los
pensamientos conformadores de la vida de los seres que habitan
conscientemente el planeta, de lo que uno se entera leyendo libros, de
literatura, de ensayo, revistas y esas cosas. ¿Hace falta tanto equipaje para la
vida? Sí, porque une. Morrosca, tú leíste toneladas, y por ello tu mundo es tan
amplio. Sobre los cursillos y viajes financiados por pater y mater para que
aprendieras inglés, francés, tenis y a esquiar, has añadido mucho por tu
cuenta, viajando casi de gratis a través de los libros en tu habitacioncita o en
el cuarto de estar de casa. Es posible que mi tosquedad de hombre de letras de
los de antes, de los que pensamos sobre las cosas, me haga malentender a la
juventud, y que malcomprendo al escuchimizado guapetón. Sosiégate,
aclárame la cuestión.
La vida resulta bastante pindia para que encima añadamos cuestas y
puertos de montaña duros de subir. A las parejas les conviene un cierto
equilibrio en lo referente a la cultura de sus miembros, o en su defecto la
evidencia de que ambos deseen cultivarse. Las letras, las artes, la música, comparten, ya lo sabes, un quid común, que extiende al hombre, lo lleva a
lugares ignotos, fuera de la propia piel o tan adentro de la suya que observan
el cuerpo propio como si estuviera allá en la tierra, mientras iniciamos un
viaje submarino de miles de millas. Mamá y el firmante compartimos eso y
más. Su cultura literaria era excelente. Conocía la poesía clásica y la de hoy,
la pintura, de todo. Compartimos juntos cientos de museos, veladas
incontables, con lo que intelectualmente crecimos juntos, concertando
experiencias estéticas.
Cabe decir que sabíamos lo mismo, aunque sentimos de maneras
opuestas. Ella gustaba de intuir con rapidez el contenido de la obra, en cambio
mi forte era el aderezo, el entrar al asunto escudado de saberes, con calma y
cerebro. La vida en común acabó equilibrando un poco ambas tendencias; su
intuición se moderó con sabidurías aprendidas, mientras tu Padre comenzó a
citar al toro con mayor bravura. A pesar de ello, escolta, un día vino a
visitarme la inesperada realidad y todas esas concertaciones sirvieron de
menos de lo esperado. ¡Ay, si no las hubiera habido! Ellas nos permitieron
conservar el marco educado, la palabra baila de inexacta, pero no encuentro
otra mejor, desde el que consideramos la vida, si bien separados. Ésta sigue
siendo rica, con textura, variada, no es sólo el cuerpo lo que nos interesa, ni lo
exterior, sino que comprendemos la extensión de nuestras vidas hacia dentro.
Eso es mucho cuando te quedas solo. De momento, como cuando pienso en lo
abandonado que me dejas en infinitas ocasiones pego un grito interior que me
desgarra. Me rompe todo; casi no sé quién soy. Quedo como anestesiado.
Cuando recobro el sentido y soy yo, al despertar de una mala pesadilla puedo
recomponer mi vida, mi persona herida, sintiéndome. Bueno, pues para eso
sirve la cultura.
Desoye a cuantos en tu profesión digan que las artes y las letras son una
tontería. Tú lo sabes. Elegiste estudios profesionales porque las cosas, el
ganarse la vida, no están para bulerías, lo que no quiere decir que tengas que
dejar a la persona incompleta. Y entiendo por ser humano a medio hacer a
quienes desconocen la manera de apropiarse de esa maravillosa tradición o
legado humano de las humanidades, que permite sentir y revivir lo mejor que
han sentido y sabido representar las personas a lo largo de la historia. Cuando
lees una historia de amor profundo, Fortunata y Jacinta pongamos por caso,
sabes que estás ante una posibilidad de conducta del ser humano, nada más y
nada menos, y que te puedes reconocer en las imágenes verbales, y no queda
más remedio. Vivir es seguir sintiendo, y la literatura, las artes permiten,
como ciertas drogas, extender el placer.
¿Qué más? La belleza de la nena. Pareces una mujer hecha y derecha. ¡Y
hablando catalán! ¡Palmas y pitos! Eres una caja de sorpresas. Haces
requetebién, porque ahí no hay más remedio, y te enriquece, es otra manera
de cortar la realidad. Me gustaría conocer mejor esa lengua, sobre todo para
leer algo de poesía en el original. Yo como castellano culto lo entiendo sin
dificultad, aunque tengo que estar atento y me canso igual que cuando
escucho una lengua extranjera que conozco por afinidad, como el italiano.
Nunca hay que olvidarse que los políticos convierten la lengua en arma
arrojadiza, porque en su mayoría carecen de ética, y en eso copian al resto de
los mortales. No los considero peores que los demás, es que se les nota
enseguida. Manifiestan la relajación de principios de conducta de sus
representados, y usan la lengua como usan a las familias, para lograr
provecho personal.
Pregunta mi Mujer si piensas venir a pasar aquí algo de las Navidades.
Nosotros carecemos de planes especiales; quizás la primera semana de enero
la vayamos a pasar a Salamanca, decisión supeditada a tu posible venida por
estos lares. Incluso si te apetece venir con nosotros a Salamanca, sin problema
vamos los cuatro. El Amigo Profesor y familia acaban de mudarse a un chalet
en Valdelagua y les sobran habitaciones y ganas de recibir a la gente. Los
conoces; cariñosos, acogedores, y dejan libertad. En su casa seguimos el plan
de casa. Dedicamos el día a darnos buena vida, excepto que por la mañana mi
Mujer y yo le ofrendamos cinco horas al dios Laboro; ellos ofrendan los
esfuerzos al trabajo por la noche. La tarde se convierte, pues, en el tiempo
franco para el jolgorio y el vacile. Vendrán otros amigos del gremio a visitar,
y entre cotilleos de quién se presenta a qué oposición y maledicencias
múltiples lo pasaremos de perlas. Si te quieres sumar, hazlo. Te vendría de
maravilla, porque así conocerías de cerca a mi gente.
Cuido a las amistades con especial atención. Cuando eras niña, por
razones difíciles de explicar tenía docenas de amigos, o creía tenerlos por
razones profesionales, que me convenían, y yo en realidad pensaba que eran
amigos de verdad. Lo triste es que un día, cuando atravesaba el desierto del
divorcio, como dejé de estar en contacto con los susodichos, comencé a notar
que se desaparecían. Sólo quedaron a mi lado las personas de verdad, como la
Cubanita y gente así. Personas que cifran su valor humano en la persona y
desdeñan lo que les puedes ofrecer o la importancia que tengas. Lo mismo
pasará entre el gremio de ingenieros, o sea que ojo al parche. Elige despacio,
y desconfía de las apariencias. No hay que borrar a nadie del disco duro
personal, lo que conviene es ponerlos en un fichero, guardados, sabiendo que ésos son los que se dedican al intercambio de influencias. Cuidado con los