Querida hija

Germán Gullón · Capítulo 11 de 33

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Querida hija

Capítulo 11

PS: Te incluyo unas fotos, ¿reconoces a todos?

 

Un hombre joven lanza a una niña de unos ocho años al aire, y la recoge, desternillada de risa, en sus brazos. Debe de ser su padre, por la confianza que tiene la niña, que parece una muñeca de porcelana, en los brazos fuertes y morenos que la reciben, intuye correctamente que nunca la dejarán caer. Los ojos marrones, café con leche dice la esposa, del padre siguen cada movimiento de la gorducha, auscultando sus ojos azules para comprobar que la felicidad no se cruza con el miedo. El único vértigo que se detecta en esta escena es el de las risas o el de la felicidad paternofilial.

 

Sobre las piernas de un hombre mayor, con el pelo negro y las sienes plateadas, cabalga una niña, un abuelo con su nieta. Él tiene la boca ligeramente abierta, y se le nota una funda de oro en los dientes, por la que parecen emitirse palabras como arre borriquito, vamos a Belén, que mañana es fiesta y al otro también. La nenuca parece descoyuntarse por el violento jineteo producido por el subir y bajar de la rodilla del anciano. El azul de sus ojos, el brillo del esmalte de sus dientecillos, los mofletes rosas subiendo de color hacia el rojo dicen atrevidos: Abuelito, más.

 

Una mujer joven, alta, morena, con una niñita como de tres años, que camina a su lado. Es verano, y el lugar parece el Retiro de Madrid. La niña luce un trajecito color rosa de nido de abeja. La mamá gasta una minifalda radical, que deja ver unas piernas largas, perfectas, sin un gramo de grasa. Esas piernas son el punto donde enfoca cualquiera que mire el retrato.

El hombre lleva puesto un uniforme militar de faena, y, sin embargo, parece estar medio desnudo. Los pelos del pecho, los brazos que asoman por la camisa remangada, los pies descalzos, la cabeza rapada, y el paquete de la bragueta son los puntos anatómicos donde se citan los ojos del que contempla la imagen del milite varón. El machote, que alguna vez se escuchó a su madre decir mientras le golpeaba en el pecho de piedra y músculo, un recluta que ahorma el uniforme y no al revés como ocurre en tantas ocasiones.

 

11

 

Un día glorioso en que el sol luce con galas veraniegas. El hombre baja un poco la persiana, y se sienta, desganado, como si fuera a cumplir una tarea pospuesta. Siente sed; el ir a la cocina, abrir la nevera, sacar la botella con agua y servirse un vaso, requiere demasiado esfuerzo físico. Redacta, pues, sediento.

 

5 de mayo de 1994

 

Adorada pitusiña:

Acabo de regresar de un viaje relámpago a Salamanca, la refulgente y

entrañable ciudad de piedra dorada, que vivía un glorioso anticipo estival.

Aunque apenas visito la ciudad donde pasé cinco años felices haciendo la

carrera, sólo voy cuando me invitan a los cursos de verano, a formar parte de

tribunales de tesis doctoral, o a asuntos profesionales, su perfil permanece

grabado con plenitud en mi fantasía espacial.

Esta vez se celebraba una reunión de un grupo de trabajo sobre Juan

Ramón Jiménez en el que colaboro, pura gozada, pues me saca del habitual

terreno de los estudios norteamericanos. En fin, la bella capital de la

universidad española nunca está lejos de mi pensamiento, y cuando topo con

alguien que comparte su geografía espiritual conmigo, no dejo de echarle un

recuerdo, o mejor dicho, de dedicarle una loa. El antañón olor a paja reseca de

ciudad castellana, aunque hace tiempo desterrado por los tubos de escape, me

llega en la imaginación, y recuerdo el cielo azul enmarcado por la plaza

mayor, visto desde una terraza a la sombra, degustando una caña al mediodía

o un café con leche después de comer. Cada pájaro que veo en otras zonas de

Castilla me recuerda invariablemente a los vencejos salmantinos girando

alocados, bulliciosos, mezclando en su vuelo la velocidad y el propósito de

volar en una determinada dirección y el capricho de variar de rumbo sin

previo aviso. La noche de verano charra tiene duende, como decía mi

Catedrático de Arte en primero de comunes, se viva donde se viva, sea

paseando al abrigo de la oscuridad propicia para el beso furtivo en los

aledaños de la Catedral vieja, sea el momento de la vigorosa penetración

rápida de la novia apoyado en cualquier pared cercana a la Peña Celestina.

Incluso esa culminación del ineludible deseo juvenil, realizado al amparo del

duende parece agacelar los movimientos de la pareja, que en cualquier otra

ocasión resultarían en exceso instintivos. De noche, cuando la ciudad y sus

callejas cobijan los secretos de amor, o las confidencias (o perfidias) de un

amigo (de un enemigo), viene el momento de que las gentes regresen a

primera madrugada a la plaza, y antes de que se levanten las mesas, sentarse,

y con un segundo café y un primer chupito, servido por un camarero que

piensa más en mañana que sus clientes, mirar a las mujeres, sobre todo a esas

extranjeras que apenas cubren sus fuertes cuerpos del norte con una

chaquetilla —las mediterráneas suelen estar esperando la aurora en los antros

donde vemos morir la noche—, algunas ni siquiera, y recorrer sus piernas

desde el tobillo, siguiendo por la pierna musculada a donde la mujer cobra su

nombre, para emprender vuelo hacia los ojos, quizás sólo imaginados, desde

los hombros. La alegría suele dominar en los grupos de hombres y mujeres, con algún niño buscando chapas entre las mesas, sienten que viven un

momento único, cuando la temperatura del cuerpo se equilibra con la del

ambiente, preparándose para una penúltima copa, antes de regresar a casa, a la

habitación, que a pesar de las precauciones de dejarla abierta aún conserva la

temperatura del mediodía. Si compartimos cama, y el amor se impone, la

agobiante canícula se convierte en un aliado de los mosquitos, que no cejarán

de asaetearnos cuando intentemos recorrer las regiones consignadas en el

mapa del ardor humano, y quizás por azares de un demiurgo, cuando el calor

aprieta, se condensa en una habitación, parece que fuerza a inventar, a llegar a

los allás. Es como si cabalgásemos sin brida, sueltos, embriagados.

Relato las cosas con absoluta sinceridad, pero tiemblo de que pienses que

hago literatura, que me imagines un fresco, un tío al que le encandilan las tías.

Claro que las tías me gustan mogollón, pero eso no tiene nada que ver con

nada. A mí me gustan como, por ejemplo, a mi Amigo Profesor, casi me dan

ganas de decir que me gustan de otra manera, pero sería una muestra de mi

cinismo. Lo que sucede es que él es mucho más abierto que yo, y no tiene

ningún problema en confesar francamente sus predilecciones. Él suele ser más

explícito, le gusta meter gol sobre todo; yo parece que me conformo con la

parte estética, aunque no es así, porque si esa muchacha de melena negra con

un traje escotado enseñara un poquito más sus pechos, yo tan contento, y mi

Amigo Profesor también. Yo, no te preocupes, que todavía no estoy para

encerrar, me conformo con ver, y mi Amigo Profesor ídem, aunque si hubiera

oportunidad de meter un golcito, sin complicaciones, lo haríamos. Ocasiones

así no se presentan a diario; y sabemos que no hay acto que no traiga sus

consecuencias, y hay algunas que es mejor ahorrárselas.

De Salamanca atesoro infinidad de recuerdos, mi Primera Novia de

verdad, una joven majísima, pequeña rubita, monísima, un encanto de

persona, a la que nunca volví a ver, aunque nunca dejo de desearle lo mejor,

lo mismo que a tu Madre. Salimos juntos muchos años, incluso llegué a entrar

en la casa de sus padres, y a comer allí en numerosas ocasiones. Era gente

extraordinaria. El conocerlos, y eso ellos nunca lo sabrán, me sirvió para

confirmar de cerca lo que era una familia como la que los Abuelos habían

organizado en Narváez. Los Hijos, eran dos chicos y dos chicas, respetaban

mucho a los padres, propietarios de una estupenda tienda de tejidos. Todo se

vino abajo, el amor, digo el cariño que mi Novia y yo nos habíamos forjado a

lo largo de tres cursos, por una tontería, por lo de costumbre dirás tú, por mi

inmadurez, porque empecé a libar mieles de distintas flores. Tenía yo por entonces veinte, veintiuno, era un muchacho bastante agraciado, una miaja

tímido, hasta que me soltaba.

Aprendí por aquellas calendas que cuando dejaba el pico suelto que las

niñas se sonreían, y que les gustaba, y que si les contaba mi vida de verdad,

las pillerías cometidas en los veranos en la Costa del Sol, cuando en los

bailongos practicaba el latín pardo con éxito, pues que las encandilaba, y que

cuando en una discoteca las achuchaba un poco que se dejaban, y que si les

contaba, o inventaba historias parecidas que se animaban, y que las podía

besar, y acababa poniéndolas cachondas, y que las tocaba las partes, y que las

enseñaba a que ellas prestaran el mismo servicio. Todas estas maniobras eran

necesarias en mi juventud. Si las decías de hacer el amor, y entrabas en la

mecánica del asunto, mira yo te la arrimo y consejos prácticos de técnica

amorosa, por lo general, con excepciones notables, se volvían histéricas,

porque los curas y las mamás, como la de mi Novia, las tenían piradas con lo

de la virginidad. Les podías hacer un examen digital de la vagina, ahora meter

lo que corresponde naturalmente ni hablar. Ya ves, quién diría.

No te olvides que te cuento todo esto para que sepas cómo soy, fui, lo que

tú me pides, luego no te cabrees, ni me llames cerdo. Y te recuerdo, después

de mis años de disipación, esencialmente los dos que siguieron a cuando nos

dejamos mi Novia y yo, perfeccioné mi técnica, cada vez llegaba mejor al

trapo, y comencé la caza mayor, digo tanto en edad como a ligarme a tías de

mayor nivel, con complejo de niña guapa y eso, de niña bien, de niña con

dinero. Éstas me gustaban sobremanera, porque pedían casi el número de

cuenta de banco, y no querían dejarte ni oler el perfume hasta comprender de

qué iba, dónde tenían el chalet tus padres, por qué tu coche no era

descapotable. A ésas cuando las tenía a punto de caramelo las daba duro,

hasta que la boca les sabía a barro, y no sabían qué saliva pertenecía ni qué ni

a quién. Nunca me dieron pena, al contrario, pensaba que estas tías, las

pobres, tenían que pagarme un tanto, por ponerlas en su sitio. Algunas

llegaron a fumarse un porrito sin bragas en la cama de la pensión de un amigo

hospitalario, que cambiaba las sábanas una vez por año, al regresar del

verano. Entonces esa nena pasaba a la historia personal, y la mandaba a seguir

enviciándose con otro. Todo suena cutre y malvado, y de eso nada. Era la

cacareada represión que te obligaba a entender una cosa tan importante como

el sexo a retorcidas.

Desde el día en que conocí a tu Madre, nada. Doce años de fidelidad

absoluta. Ni trucos ni leyes. Coincidió, es verdad, con los años en que me

forjaba el futuro en la universidad. Era que la familia, las obligaciones, el gusto del regusto de vivir tranquilo, de poder decir la verdad a los cuatro

vientos, de no pretender, de ir haciendo que la piel y tus deseos encajen, sean

de la misma talla, se fue produciendo de una manera normal. Por otro lado

fueron años duros, en que bastantes de tus deseos desaparecían, volaban del

nido, para nunca volver, a no ser que se presentasen en sueños. Poco a poco,

me fui olvidando de la moto, que tanto había amado, de ir disfrazado, digo

con botas altas, vaqueros negros de pana, camisas rojas y chalecos negros con

botones de plata. Así solía vestirme de estudiante, cuando galopaba en mi

moto. Esa imagen, mi imagen varonil, era mía, no una que había encontrado

en una revista, sino que me la había hecho a mi medida. Y la potente BMW,

con su insignia azul y blanco, y con un poder de arrastre que te hacía sentir

con alas. Cuando me montaba en ella y arrancaba, experimentaba una fuerza

increíble, y eso unido a la juventud, Hija, vaya combinación. Por eso, cuando

llegaba a algún lado en la máquina, vestido con el disfraz y daba los primeros

pasos, un poco tieso, me sentía como que pertenecía a otra especie, a una en

que los habitantes tenían una fuerza especial. No era Superman; sucedía que

la fuerza de la Guerra de las Galaxias atravesaba mis entrañas.

No estoy loco, hija, tú asimismo tendrás recuerdos parecidos, aunque tus

Amigas y el Novio demasiado serios, según me dijiste tú misma en la última

llamada, para pedirme dinero para el vestido de la boda de la Hermana de tu

Novio, que por cierto envié a tu cartilla postal. Ah, incluí también lo que me

pediste para el regalo de boda. Qué decía, sí, que tu Novio y las Amigas del

Cole sois un poco pasados de formales, de lo que fui yo de mozo y de lo que

lo son las jóvenes finiseculares. Pienso que tendréis parecidos deseos de

marcha, juerga le decíamos por aquellas calendas, y demás que un servidor,

pero que lo expresáis de manera distinta. Admiro a los aficionados a esquiar y

al tenis, aunque personalmente prefiero el deporte de irme de copas con los

amigos. Sé que es una burrada lo que digo, mas así lo siento.

Tu Madre y yo hicimos ejercicio higiénico sin cesar, a saber, pasear y

nadar, en parte porque nos gustaba la charla. Si estás jugando al tenis o

esquiando el parloteo se pone difícil, y menos el sostener una conversación,

mientras que si vas a pata, lo natural es darle a la sin hueso, comentar las

incidencias de la vida o del panorama. Por eso nos gustaron las capitales

europeas sobre las norteamericanas, vuestras preferidas. En Praga, en

Budapest, en Amsterdam, en Londres, cabe el pasear y vivir en una ciudad

con corazón, que late, que las personas llevan una rutina cotidiana que les

satisface, que engarza las necesidades diarias, el comprar pan y leche,

pongamos por caso, con los momentos en que uno va o regresa del trabajo. Además, nosotros, como sabes, fuimos anticoche por principio. Los que