Querida hija

Germán Gullón · Capítulo 23 de 33

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Querida hija

Capítulo 1995

 

23

 

Los nervios del que redacta deben de andar un pelo tensos. Mala señal parece el que cuando elegía un CD para acompañar la escritura se decidió por una casete regalo de la Dirección General de Tráfico para que los conductores no se duerman al volante. Indica al menos la intención de marchar con prudencia.

 

30 de septiembre de 1995

 

Mi Hija preciosa:

 

Gracias por las fotos del verano. Me las había enseñado mi Hermana, tu

Tía. A quien fui a felicitar con el niño por su santo. Habló glorias de ti y de tu

Novio. El chico impresiona por guaperas; hacéis una pareja estupenda,

parecéis el tal para cual. Él y tú sois ese tipo de personas que tienen la suerte

de ir o parecer ir siempre como pinceles, vestidos con esmero, con el pelo

cortado de maravilla, y con los zapatos brillantes. Se os ve entrar en cualquier

establecimiento y se sabe que sois triunfadores. En fin, no te pareces en nada

a mí ni a tu Madre, practicantes de la máxima aquella de que la arruga es

bella. Si sales a alguien será a la Abuela Paterna, a quien nunca vi con un pelo

fuera de su sitio. Sabes que el otro día hablando con tu Tía de los Abuelos nos

emocionamos recordando tantas cosas. La Abuela tan callada vivió a la

sombra del Abuelo fungiendo de ángel. En la vida pronunció una palabra

fuera de lugar, y la sonrisa amable adornaba su rostro a todas las horas del

día. Cuánto me gustaba besarla, apretujarle la mejilla; ahora sé por los

excesos de amor intempestivos del niño lo doloroso e incómodo que resulta.

Ella nunca se quejó; al contrario, creo que le gustaba sentirme tan cerca, tan

en sus dobleces. Me emocioné con mi Hermana intercambiando adjetivos

sobre los dulces ojos, las mejillas de miel, incluso cuando la edad las surcó de arrugas, las manos de terciopelo, tan pequeñas y bien perfiladas, con la

manicura impecable, el pelo blanco de hada, de mi Madre. Mamita del alma, a

quien tanto lloré, y aún lloro, pues cada día que pasa conozco mejor la

soledad en que su partida nos sumió. Con ella se rompió la familia, mi Mujer,

mi Hijo, y yo nos convertimos en el núcleo familiar, casi con nada de familia

alrededor. Tu ida arrebatada, primero por la furia de tu Madre, luego por tu

rencor, ahora porque no te gusta relacionarte conmigo, porque me he casado y

tenido descendencia con otra mujer, rasgó la cuerda del salvavidas

denominado Familia que la Abuela fue la última en echarnos al cuello, cada

vez que nos encontraba.

Sabes, Hija, que al morirse la Abuela nos dejó huérfanos. No tenemos otra

familia, y por eso quizás no me puedo desprender de ti, porque sé que un día

sentirás el hueco de la nada. Tengo muchos amigos, replicas. Yo también, te

contesto. Mis Amigos Profesores de Salamanca son como hermanos, o los

Amigos Fraternales de Zaragoza son los flotadores con los que puedo seguir

navegando por el río de la vida. Con ellos vivo, vivo sus vidas, las de los

suyos, sufro con sus desdichas y disfruto intensamente con sus alegrías. Los

Amigos de Salamanca tienen una Hija, encantadora, que ha salido fetén, a

pesar de que la mimaron (y miman) hasta no te cuento, y cuando veo sus ojos

almendrados como los de la madre, a quien recuerdo jovencita, recién casada,

siento que la vida sigue, y que yo soy testigo de uno de los milagros de la

existencia humana, de que esa madre y esa hija, y mi amigo, amigo de tomar

cañas, para reírnos, para vivir la vida y el trabajo a tope, me dan el oxígeno

necesario para continuar pensando que todo esto merece la pena. Te digo que

los quiero; sin el oxígeno que me proveen viviría mal, estaría como el olmo

seco de don Antonio Machado.

Tampoco quiero ni puedo prescindir del amor de mis Amigos de

Zaragoza, porque sé que allí están ellos. El mapa se convierte no en una

superficie plana sobre un papel, sino en la geografía del continuo humano. Si

siguiera la línea que separa Madrid de Zaragoza llegaría a ellos, y ellos

estarían esperándome, con los brazos abiertos, dispuestos a apretarlos en

torno de mi cintura, y cerrando los ojos decir: Amigo. Los cuatro besos que

acompañan el saludo hacen desaparecer el sudor del camino, y los pesares de

estar lejos de casa se desvanecen, pues estoy a salvo, en su casa.

Con la familia se comparte todo, el día a día, iba a escribir el boca a boca.

Salimos de la misma carne, y por mucho que nos alejemos nos sigue tirando,

llamando. Hay gente que es herida profundamente por un miembro de la

familia y son capaces de huir y jamás retornar, en casos en que el delito cometido contra otro miembro de la familia es tan grave que quizás eso es lo