Querida hija

Germán Gullón · Capítulo 27 de 33

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Querida hija

Capítulo 1996

 

27

 

El hombre redacta cansino aunque satisfecho. Le gusta la tarea. Del fondo de la casa llega la voz de Joan Manuel Serrat. Se siente acompañado por un amigo.

 

18 de enero de 1996

 

Querida Hija:

 

Gracias por tu e-mail; compruebo que los asuntos marchan viento en

popa, y que el trabajo ofrece lo prometido: el aprendizaje y práctica de

saberes que si los intentases adquirir en España te llevarían diez veces más

tiempo.

Lo que dices del café que es coffee, de la cantidad de dulces que comen, y

por ende la gordura de todos tus compañeros de trabajo norteamericanos,

suena muy familiar. Acabas de descubrir el fin de un mito. Cuando viví en

California a los diecisiete y dieciocho años, las chicas eran de película; hoy en

día el modelo de belleza ha evolucionado, y se impuso el patrón Botero. Es la

dieta, entre las pastillitas de chocolate y los refrescos, que beben insaciables,

se han hinchado. Lo de las prohibiciones de fumar a no ser que estés andando

y a tres metros de la pared parece una exageración. Lo legislaron en tan

absurda forma para que si esperas el autobús —¿qué autobús? se pregunta

uno, pues en California el transporte público apenas existe—, no atufes al

ciudadano que pudiera esperar el autobús junto a ti. Lo que cuentas de ese

colega irlandés me parece normal. Si quieres fumar, a la calle, a un rincón, al

destierro, a reunirte con los parias, con los que habitan en disneyamérica sin

merecerlo.

La Norteamérica de que te hablé en tantas ocasiones dejó de existir. Era

un país maravilloso, donde las normas del liberalismo dominaban la vida cívica. El espejismo duró tres lustros, desde los años de John F. Kennedy

hasta el mandato de Jimmy Carter con el interregno de Nixon por medio.

Después vino el presidente Reagan con los republicanos, y a los demócratas

sólo les quedó como terreno de acción política la vida privada, pues en lo

social el actor dominaba la agenda y establecía los sistemas de valores. Así,

por un lado vimos cómo los demócratas llevaron a un extremo la protección

de la salud, los derechos al trabajo de las minorías, la discriminación positiva,

mientras los republicanos hacían lo que les daba la real gana en el resto de las

cosas. En la actual era de Clinton nos hallamos en el momento en que no se

sabe qué es un republicano ni qué es un demócrata, cuáles son los derechos

que merece la pena conservar y cuáles no. El país donde nadie hace nada

malo, la culpa la tiene siempre el sistema, el otro, y si no se reconoce así

queda la opción de quejarse amargamente —busca un libro de Robert

Hughes, Culture of Complaint; es el mismo autor del libro que te regalé sobre

Barcelona que tanto te gustó—, y por eso tenemos que la generación de los

llorones ha sustituido a la de los forjadores del sueño americano, que nos

llevó a la Luna y a conocer la extensión de los derechos civiles a los

ciudadanos sin discriminación de color u origen nacional. La pena es que en

el umbral del siglo XXI los logros de un siglo de progreso material y humano

se vino al traste cuando el mundo en blanco y negro resultó insuficiente para

representarlo y hubo que llevar el technicolor a todos sitios. Okay.

Lo del chico irlandés parece fuerte. El supervisor del proyecto es un

mentecato clásico, eso de decirle que por fumar no lo contrataría para trabajar

en su firma es estúpido, y menos alegar que como trabajador le iba a salir

caro, porque tendría que pagar sus primas de seguro médico. Muy duro. Eso

es lo que en Europa tenemos que defender, el derecho a la libre elección. La

protección del individuo no se la podemos dejar a las empresas, o mejor

dicho, la desprotección, sino al Estado, que tiene que defender al individuo,

dándole por supuesto la mejor información, sobre el tabaco mismo, que de

seguro no beneficia la salud de nadie. La elección final, sin embargo, tiene

que ser del individuo. Por razones equis o zeta una persona empieza a fumar,

se trata probablemente de una de las adicciones más jorobadas de superar, y

por lo tanto, a algún porcentaje de ciudadanos les resultará prácticamente

imposible dejarlo. Proscribirlos soluciona poco; hay que informarles de los

riesgos, y ver si la cabeza, en determinados casos, consigue prevalecer y el

adicto logra dejar el vicio por un tiempo.

Enviaré semanalmente trozos seleccionados de los periódicos, pues los

resúmenes de internet llenan sin quitar el apetito de noticias de la patria. Dispongo de correo electrónico en la universidad, en casa es posible usarlo