Querida hija
Capítulo 22
explicas bien, y con detenimiento; de tus sentimientos, nada dices.
Anhelo que las cartas te sirvan para entenderme; que te des cuenta de que
soy un hombre como los demás, sólo que se da la circunstancia de que soy tu
Padre y te quiero más que a mi propia vida, aunque no te lo parezca. El amor
entre un padre y una hija es tan íntimo y carnal que nunca el misterio de su
existencia se deja desvelar por completo. Eres, serás madre-mujer como tu
Madre, y eso hace que cuando pienso en ti imagino que siento latir la vida, la
continuidad de mi vida, de mi carne en ti.
Te quiere, tu Padre.
22
Los ojos aureolados de rojo se mueven nerviosos, buscan en el espacio reducido de una pared color crema, donde cuelgan varios cuadritos con fotos repletas de gentes, un punto desde donde lanzarse a la llanura blanca del papel, que espera paciente a los jinetes negros que la surcarán. Al que colocará a los enlutados caballistas en el papel le gustaría que el recorrido fuera inolvidable para quienes luego siguieran el mismo itinerario aunque sólo sea con la levedad de la mirada.
16 de octubre de 1994
Hija mía:
Por la Tía recibí la noticia de tu estancia en Madrid. ¡Y que no acudiste a
visitarnos! ¿Sería razón suficiente que mi carta te pareciese, de nuevo, un
insulto, una humillación? Hablaste de lo que nunca debiste hacerlo. No es que
no pueda decirte adiós, por supuesto que sí. Hija, estoy hasta las mismísimas
narices de ti y de tu Madre. ¿No lo comprendes? Tengo una vida que no se
roza con la tuya. Estoy hasta aquí de vosotras, pero mi sentido del deber me
mueve y mueve mis sentimientos. ¿Qué te imaginas? Que los padres
divorciados somos una colección de imbéciles que babeamos ante los insultos
de sus ex cónyuges e hijas. Despierta, cenicienta.
Le dijiste a la Tía que no quieres saber nada de mí. Ojalá fuera así de
fácil. Lo haría si fuese posible, pero tengo además del deber la necesidad de
mantener nuestra relación paternofilial viva, aunque sea a base de oxígeno
embotellado, mis cartas.
Mira, me saco el puñal del costado que lleva inscrito tu mensaje, «no
quiero saber nada de mi Padre», chorreo sangre, pero sigo vivo. Me curo la
herida como puedo. Nada que hagas lo aceptaré como la señal de adiós
definitivo, aunque te vea agitando el pañuelo y tu pañuelo diga que te
marchas lejos para nunca volver. Yo seguiré cada tarde yendo a pasearme a la
carrera de la esperanza para aguardar tu retorno. Recuerdo cuando el Abuelo
nos llevaba a pasear por Marbella, la de antes con carretera general; íbamos a
la caída de la tarde, y los viernes en especial nos gustaba observar la llegada
de las gentes conocidas que acudían a pasar el fin de semana con la familia. A
veces éramos nosotros quienes veníamos de Madrid, y la alegría de los
paseantes al vernos asomar, el hola por la ventanilla del coche. Qué alegría,
que casi siempre se extendía hasta la hora de la cena clausurada con los
obligados pasteles que el recién llegado tenía que traer. El bigote blanco del
Abuelo hacía los honores al postre, y su sentencia dicha empuñando el
consabido milhojas era sin variar qué rico.
Ésa es la tradición familiar, querer mucho y esperar al que al fin llegará
con los pasteles. Y si por casualidad la persona llegaba sin milhojas o pastas
de mantequilla, tampoco importaba; al día siguiente se compraban en la
pastelería de doña Manolita y había milhojas y alegría. Aquí te espero,
pichurrona, ¿dónde están los milhojas? Que no hay milhojas ni nada dulce,
sigo de guardia. El camino no es ése.
Me pregunto por la reacción de Mamá cuando te presentaste una vez con
tu huraña actitud. No puedo creer que ella piense que una carta, que seguro no
le has dado a leer, puede ser el motivo de tu insistente silencio, de que
vinieras a Madrid, y ni te dignaras llamarme; siquiera una llamadita por
teléfono, para saludar a tu Hermano, el Hermanastro que le llamaste en alguna
ocasión. Los remoquetes poco importan, lo que importa es que toques a la
otra persona, aunque sea sacándole la lengua.
Una de las cosas que yo odio de la España madura es la actitud de ciertas
mujeres españolas que desconocen los modos de mirar a los varones. Rémora
que viene de la costumbre del luto, de la histórica sumisión de la mujer al
hombre. Desprecio a las hembras incapaces de mirar a los ojos no para
conquistar al macho, sino simplemente por cortesía, por fraternidad, porque
todos somos iguales, porque si yo me cruzo con otro ser humano, la candelita
que luce en cualquier pupila le puede avivar, dar vida, decir un no sé qué. Un
vaya con Dios hermano, que tu sufrimiento se convierta en alegría. Eso es
algo que no verás en California. Los americanos, como anglosajones del
nuevo mundo, han conseguido algo maravilloso, que es ponerse la careta de los muñecos de Disney para la vida diaria, y siempre sonríen, o sea, que
cuando te miran no sabes qué decir, porque te desconcierta el plástico de las
mejillas y la falta de profundidad de los ojos. Nosotros somos muy distintos,
algunos. Los hombres importantes, quiero decir que se creen importantes, los
políticos del partido ganador, recién ascendidos al poder, que se imaginan
poseedores de algo especial, que confunden el poder con el deber de
gobernar, y las mujeres de luto, las señoras que se preocupan tanto de sí
mismas que son incapaces de mirar a algo que no sea el espejo del cuarto de
baño, todas ellas y ellos suelen recordar en la manera de mirar a los ojos
cansinos de los perros caniches.
Te mando una lágrima que brota de mi pecho desconsolado para que la
dejes correr por tu mejilla, pues es donde debe estar, y que el amargor que
lleva, al bajar por tu carita bonita, se dulcifique, y llames a tu Padre, y me
escribas, y me digas. Ya estás otra vez en el maldito curso, y te falta el tiempo
y la paz. Si no me llamas o te comunicas pronto, me pondré en contacto con
tu Madre, y le preguntaré, pues estoy seguro de que ella no puede aceptar lo
que haces a tu, Padre.