Quinceañera

Armando Ramírez · Capítulo 12 de 51

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Quinceañera

[Alejo estaba en…]

ALEJO ESTABA EN la calle de Anillo de Circunvalación, las tiendas de ropa llenaban sus ojos, los anuncios luminosos de los comercios y los tubos de gas neón lo hadan sentirse guerrero en tierra ajena. Las mujeres ofreciendo sus cuerpos le daban miedo y excitación. Le aflojaron las piernas las miradas directas de las señoras. Una jovencita de pelo destrenzado se le acercó, con su mano diestramente le testereó la bragueta, Alejo se chiveó todito. La jovencita se rio:

 

«A mi se me hace que todavía no.»

Alex se quedó mudo, sordo y potente.

«ssste…»

«Mmmmm si quieres te desquinto bonito.»

«no, yo vine a comprarme un pantalón»

«Uuuuujule eres de manita caída.»

Alejo le veía los senos, los labios, el vientre, las piernas, las nalgas y el terror.

«Andale te doy un buen trabajo.»

«Nnnno voy a comprarme una camisa.»

La jovencita se alejó del Alejo riéndose. Alex agarrando su dinero, bien apretado, quiso enseñárselo pero el miedo lo aturdía. Creyó que todos lo miraban, se hizo como que veía la ropa del aparador y poco a poquito se arrastró mojado de luz de neón a las oscuridades de la Merced.

Le llamó la atención una carcachita bien cuidadita, muy bonita, bajó un Califa joven del auto. El Alejo lo vio con admiración, le embobó lo bien vestido que iba, la galanura al caminar, quiso parecerse a el, El Califa se agandalló con la jovencita desentrenzada, le quitó el dinero y le soltó una bofetada y una patada. Volvio a la Carcachita, dentro lo esperaban otros dos Califas, se alejaron galantes por las calles de la tuna y el nopal.

Alejo se hundió en las viceras de los barrios de la Ciudad.

«no que no sí que sí ya volvimos a salir».

«Unete pueblo, únete pueblo.»

Los manifestantes invadieron como pulgas la plaza de la Constitución. Alejo los miraba desde la entrada principal de la Catedral sin saber que, le daban miedo y como alegría. El Palacio Nacional estaba a oscuras pero el sabia que el ejercito estaba dentro, los había visto entrar por la calle de Correo Mayor. Unos jovenes repartían volantes cerca de los huelguistas de hambre: «Fuera presos políticos de las carceles» Alex deseó que le dieran un volante pero nada mas se los daban a los mayores, dobló para la calle de Argentina, en la plazuela del Templo Mayor tocaban sus desvencijados instrumentos tres niños provincianos, el viejo ciego impasible estiraba su sombrero de palma para que les dieran unas monedas, Alejo pasó como si nada, sus ojos seguían a una muchacha con estilo de prostituta, la fue siguiendo quedito de lejecitos, la Dama se detuvo de golpe en la esquina de Guatemala y Argentina justo enfrente del Templo Mayor, la boruca de vendedores ambulantes la aparecían y desaparecían a su vista, se acercó a un señor gordo que estaba recargado en el barandal, como si estuviera viendo las serpientes y la Coyoulxauqui. Al Alejo el corazón le dijo: ¡aguas! Quiso llegar rápido con la Dama pero de inmediato al reconocer al gordo Pon Pon retrocedió. Hizo como que miraba a profundidad los restos del Templo Mayor. Don Pon Pon y la Dama cerraron el trato, se fueron rumbo al hotel.

 

Alejo dobló en la calle de San Ildefonso, fisgoneó a una parejita dándole duro y macizo al besuqueo, en el saguan de una vecindad. Todavía hizo como que leia una placa de piedra que decia que allí habia vivido un guey: José Martí. Entró a la calle del Carmen, la gente lo apretujaba con sus prisas, la evadió yéndose por el mercado Abelardo L Rodríguez, a su pesar se animó a camellear por la oscuridad, por los arcos y murales despintados, los perros le ladraban y los teporochos le roncaban. Un brazo le rodeó el cuello, lo estaban ahorcando, una punta le picaba en la cintura, su cuerpo se desguansó del miedo. Las risotadas lo descontrolaron.

«Pinche menso que andas haciendo por aqui solito?»

«Vengo del Zocalo»

«Has de ver ido con las putas.»

«No.»

«¿Quieres un cigarro?»

Le brindó uno de sus compas, Alejo reconoció a los tres secuaces, eran mas o menos de su misma edad.

Agarró el cigarro y se lo llevó con el estilo que ha visto en los comerciales de la televisión.

Los cuatro fumando a grandes bocanadas caminaron como perfectos gandules dueños de la oscuridad y el resquicio.