Quinceañera

Armando Ramírez · Capítulo 2 de 51

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Quinceañera

[Al amanecer la…]

AL AMANECER LA vivienda donde vive el Alejo huele a sueños desmañanados y olores acumulados, los ronquidos y los empujones ordenan la quietud de ese cuarto-total. Cuarto-habitacion. Cuarto-con-tapanco. Cuarto-sala. Cuarto-convivencia. Cuarto-comedor. Cuarto-cristiandad. Cuarto-hechos-bolita.

A la hora del despertar la Madre despabila al jefe de la familia, el Padre, cabrones, el que lleva el gasto, el trabajador de por vida, de por castigo. De por primeramente Dios.

El padre despega los parpados y se deslumbra en la penumbra del Cuarto-sacrificio. Mira a su lado y encuentra el cuerpo ajado de su esposa, su vieja, la buena de Doloritas, cuerpo poseido de la madre abnegada, el cuerpo-conformidad de la compañera resignada, el rostro demacrado con la infinita educación para el sufrimiento, su boca está hecha de escupitajos y palabras guerreras. La mira informe, la mira cansado, la mira ya sin el mirar del cachondeo. Se sabe con toda la certeza de la fatalidad que es el viejo de su vieja y el Padre-temor de los niños dormidos, de esos niños regados acurrucados por el tapanco y el suelo del cuarto-dormitorio…

Sabe que tiene que pararse de la cama y apretar el clutch y luego meter el acelerador y preparar la transa diaria.

Salta ligerito en calzoncillos y se persigna parado ante la virgen de Guadalupe, de calendario, que está en la pared alumbrada por una veladora de sebo.

Su vieja se desvanece hacia un costado por la azotehuela. Lleva su viejo vestido en la mano. La imagen que se le queda —al viejo—, es el fondo deslavado sobre las carnes flojas de ella…

Los dos están en la cocina.

Se encuentran, se ven sin un saludo, sin cruzar una palabra, existe un gruñido familiar, cotidiano como una bendición de la santa cruz.

Ella prepara el cafe con leche, el Padre apretando su cinturón busca un bolillo, tiene el tronco de su cuerpo desnudo, y no es por nada, se sabe fuerte, todavía, capaz de resistir el frío de la mañana. Va a la pileta y salpica de agua su rostro, se mira los ojos en el pequeño espejo que cuelga en la pared descarapelada, se mira los dientes, se los enjuaga con buches de agua. Toma un trapo sucio de por ahí, se seca las manos y la cara, se siente rosagante, despierto, activo, silba una tonada y se anima a cantar como Pedro Infante: «A través de las olas la luna de plata…»

Entra al cuarto-ropero y se pone una playera… Oye la voz de Doloritas: «Ya vente a desayunar…», le llegan los recuerdos olorosos del chorizo y la textura de la tortilla recalentada, ya sabe cual sera su almuerzo, hoy, cuando pare de trabajar un rato en el taxi…

Va a la cocina entre resignado y me vale madre, bebe un trago de cafe de su pocillo y mordisquea una telera, se mira en el espejo, se peina a la Pedro Infante, se guiña un ojo y hace una O con su boca como si fuera Pedro Infante, sabe que le da un aire a Pepe el Toro (y nunca se cansara de maldecir al Iztacihuatl y al Popocatepetl porque le quitaron a la Chorreada, ¿como que quien? Blanca Estela Pavón). Mira a su vieja, le entra el entusiasmo, cree que es la Chorreada y le dice:

«¿Que pasó viejita, ándele, ándele, apúrese, ya se hace tarde, despierte al Alejo, ese escuincle tiene ya que ir educándose a chingarse desde chavito, no hay de otra, chingarse y estudiar…»

La Mamá viendo sin ver las parrillas de la estufa de gas contesta:

«Ese Alejo no es mala cabeza, ojala y que siga estudiando, que no le de lo loco con las chavas, ya ves luego como se descarrían.»

Se quedan en silencio, cómplices, la desgracia los hace quererse sin palabras, a pura fuerza de chingadazos, no hay palabras de amor, no ademanes de afecto, pura vibración, pura emoción reprimida.

La Mamá grita en el sueño del cuarto-útero: «Alejo, levántate cabrón, es muy tarde, don Chente es muy enojon.» El PApá con cariño mal contenido agrega:

«Orale cabrón escuincle, no sea guevon, que no oyó a su madre, yo no le grito, yo subo con un cinturón y lo levanto… El primer dia que va a trabajar y llegando tarde… Mira nada mas guevoncito…»

SE oyó un salto ligerito, luego el roce de las ropas sobre el cuerpo.

El Papá volvio a mirarse en el espejo, se palpó el pelo y cantó:

«Pa las mujeres bonitas que son de mi adoración… de Altamira tamaulipas traigo esta alegre canción…»

Alejo desmañanado se aparece en la azotehuela camino a la pileta.

El Papá lo mira midiendo su crecimiento, se siente bien, ve a la Doloritas, le revisa las nalgas, se las agarra y se despide: «Ya me voy vieja, vengo hasta la tarde… Y usted cabrón obedesca a su madre, hay que chingarle…»

El Alejo sabe que no tiene chance de responder, que no tiene derecho, que tiene que agachar la cabeza, que para eso son los padres. A veces quisiera mandarlos a la chingada pero no es capaz. Va a la cocina, y también de un trago se toma el cafe con leche, lo único que quiere es salir de la vivienda.

Sale de la vivienda. Grita y salta por todo el Patio de la vecindad. A esas horas, lo sabe suyo, vacío, todo hueco, todo aire, sol y frío.