Quinceañera
[La luna era…]
LA LUNA ERA realmente como una tajada, como una rebanada de sandia, risueña y coqueta, de un plateado aluminado con protuberancias produciendo sombras en su superficie. La gente la miraba asombrada, lela, no era posible no verla, ahi estaba para quien quisiera darse cuenta de ella. Conforme el patio se fue atiborrando de gorrones, la luna fue cobrando su importancia. Una importancia que exigía un contundente pago de atención. Cecilia pavoneándose en su vestido rosa, sabía que esa luna que reina en la noche del patio de la vecindad era descomunal para sus ilusiones. Y la Mamá, la verdad, se merecía estar inflada en su vanidad. El rumor corrio tan en grande, que a la sola invocación de la luna, la azotea se retacó de mirones. Cesar la muñeca maestro de ceremonias amparado en el esplendor de la luna, orquestó la fiesta con puntualidad padroteril. Todo en su justo tiempo para seducir al cliente del espectáculo.
La Luna se deslizó como una sombra, quedito, sobre el patio, imperceptible había fijado su atención en la cabecera, junto a los lavaderos, otro poquito y podría verse reflejada en la pileta. La música sono encantada. Se apagaron los focos chinguiñosos colgados de los tendederos y solo el foco potente de un seguidor, hizo el circulo de luz que mojaba de santidad a la quinceañera, ahi, justísimo, inició su arpegio Cesar la muñeca, tomó con sutileza la mano de la cecilia, y la seducción ante la multitud de ojos, se ejerció.
Strauss, Richard, flotó tejiendo la tradición en cada pedazo de cemento, donde los pasos del vals iban suturando las heridas de los ayeres y los ayes. Pronto el humito del hielo seco justificó su inclusión. Aquello eran las nubes, y entre ellas, surgió la Luna con sus tonos aluminados, ahora reflejando sombras rosaceas. Y de las sombras de la multitud brotaron los chambelanes valseando la elegancia del barrio. Cecilia y Cesar eran el pistilo de la flor voluntariosa, flor concebida de deseos y aspiraciones, de imitaciones y sueños, pero, flor al fin y al cabo. La gente, entonces, se calló, y en el silencio reconoció el arpegio del maestro de los quince años. Un arte voluntarioso e imaginativo. Pronto, los aplausos confirmaron la comunión. Cecilia en el aire, tocaba el viento, un viento que iba dejando huecos en los arabescos de los cuerpos jovenes, armoniosos con el patio de la vecindad, elegancia producida con la puntualidad de las circunstancias, ¡bravo; ¡bravo; bravo bravo bravo ooooouuuuuuuuuuBuuuuuuuuuuuuuuu Bu. Nunca falta el grito del cábula que desmitifica, lo desritualiza, quiero decir: lo santigua, lo remitifica. Y, entonces, la Luna volvio a ejercer su magia, apareció como si fueran buenos tiempos, sonriente, quitada de la pena, prestándose a las cien mil maravillas como escenografía. Cecilia volando de brazos en brazos arribo con el maestro de los quince años, valsearon ocho tiempos, un poco para dar lustre al piso y otro tanto para agarrar condición, respiro y reposo, frente a la Luna, que inmensa producia, un algo de temor. El Maestro sabiendo que ahi se rifa el impacto del vals, decidió con fuerza, sintió las notas de Strauss y se embarcó en ellas. El estrellamiento fue estruendoso, un desgarramiento en el papel aluminio de la Luna señalo el atravesamiento de la pareja. Los aplausos del respetable concurrente gratificaron la ocurrencia del maestro del vals.