Quinceañera

Armando Ramírez · Capítulo 44 de 51

Páginas del PDF

Quinceañera

[Iban entre penosos…]

IBAN ENTRE PENOSOS y bien calientes por la plaza de Loreto, hasta las iglesias les parecían chuecas. Cuando llegaron a la fuente del jardín como que recularon, a lo lejos, se les notaba que eran primerizos, heroes de mil batallas manuales. Las putas codeábanse con las fieles del rosario. La calle de Jesús María se ofrecía sapiente. El Chiquilin fríe el que avisó al Alejo. El Ratón no peló, de las ganas ya se estaba viniendo en seco, hasta parecia que tenia ganas de hacer de la chis. Cesar la muñeca, de lejos, se veia con elegancia padroteril. Un Califa Mayor, como que lo regañaba, los fajos de la marmaja salieron a relucir para abultar sus bolsillos, se despidieron de las putas, un auto ford 45 los adorno como santos niños de atocha, la gente los arropó entre la envidia y la reverencia. El Chiquilin codeaba con razonada admiración: «Te lo dije, ese maestro del vals es califa, anda con los que parten el queso en la merced.» «Sí, pero qué le hace…» «Como que quele hace, te va a tumbar a la novia.» «Me la pela…» «¡Que te la va a pelar!» «Aguevo, por eso me vengo a entrenar…» El ratón presuroso proponía: «Orale, vamos con las putas luego luego para que aguantarnos.» Alejo revisó su dinero, midió a las señoras que disfrazadas caminaban con sus bolsas para el mandado. «Y que les digo…» «Pos que vas ir al hotel. Y ellas te dicen que tanto. Y tu les dices que mejor tanto. Y ellas te miden, dicen, este es maje, o, este es gandalla.» «si, pero como le hago para que se desvista, como le quito la falda, y la blusa…» «Pues, le dices que se voltee, y entonces, le haces como en las películas, poco a poco.» Interviene el ratón. «¿Y yo, pago el hotel o le doy a ella para que pague el cuarto?» «No, tu, nunca hay que darles el dinero, te lo roban.» «Y como la acuesto» Pregunta el alejo hecho un universo habitacional de preguntas. El Chiquilin que se las da de sabio, aconseja: «Ps la cargas…» «Y ya está encuerada?» Repregunta el ratón como si estuviera cruzando el océano atlántico. «O que la chingada, ps mejor vamos a entrar y asi ya sabemos.» Sienta cátedra el Chiquilin. «No que tu ya sabías?» Pregunta azorado el alejo. «No.» «Y entonces como sabes eso» «Me lo imagino.» El alejo y el ratón se miran como si estuvieran desnudos, el miedo les entró por los ojos. Las putas balanceando sus carnes, se exhibían en la esquina. Ale recapacitando se volvio con el Chiquilin, implorando: «Y como se lo voy a meter… ella lo… o yo… lo… o solito.» «Solito, tu deja que todo se vaya solitito…» El ratón apantallado exclamó: «Ah… ¡que chingon!»

Los tres decididos fueron a la esquina.

El Alejo le dijo al ratón: «Están regachas.» «No le hace, que nos enseñen para no regarla con las chavas.» «¿Y si nos pegan una enfermedad.» «no, ellas van al doctor cada mes.» «Ah.» «Pero y si les da pena ir al doctor» «pos ya te chingastes, mano, te sacaste el premio.» «Ysi se la pego a Cecilia.» «Pos por eso se fija uno con quien se mete. Mira, esa señora esta limpia, luego luego se le ve. Se ve hasta bañadita.» El Alejo se le quedó viendo a la señora con deseo y curiosidad y, un chingo de miedo, pero, se avienta.

Cuando la puta le dijo que, sí, sintió que ahora sí la tierra temblaba, pero, no pendejadas. Toda la ciudad lo miraba, su familia sentada en una de las bancas del jardín lo miraba atentamente, Cecilia ya lo sabía. Rojo, como foquito navideño iba su rostro cruzando la calle rumbo al hotel. La puta untosa lo guiaba descuajeringada. Cuando estuvo en la boca del hotel quiso pasar de volada pero también se quiso detener. Le sudaron los guevos cuando entró al hotel y en la administración vio a un policía uniformado que se tomaba un refresco, la puta le dijo: «ya mano vete a trabajar, nada mas le estás gorreando los refrescos a Venancio». «No te hagas la chistosa, ya me debes dos clientes.» Rezongó el policía hojeando despectivo al alejo. Que se quería zurrar en los calzones nada mas de oir hablar al policía. «Paga.» Le ordenó la puta, despreocupada. El alejo, deseaba, ser, discreto, con, sus, billetes, arrugados, dio, el, importe, del, cuarto, la puta, lo jaló, para conducirlo, a su cuarto.

Cuando, la mujer, cerro la puerta, del cuarto, el alejo, se quedo, quietecito, no se movio, apenas, si podia, respirar, la mujer se subió la falda y se boto los zapatos, no llevaba pantaletas, se sacó un montón de papel, de enmedio, de las piernas, se sentó, en la cama, y, le dijo al alejo. «Andale, bajate los pantalones, me vas a decir que eres quinto, enséñamelo, yo te digo si te voy a estrenar…» Alejo, obediente, se, bajo, los, pantalones. «Ay cabrón si tienes ganas, vas a ver como te voy a dar una buena desquintada.» El Alejo sintió como lo manoseaban, «dejame ver, mmm, eres limpiecito». Sintió como se lo exprimían, como le bajan el prepucio, como la mano diestra lo revisaba, cómo el calor de la mujer lo iba calentando. Luego de sopetón, un escupitajo de la mujer fue arrojado para untarlo. Le dio escalofrío, miró al techo, descubrió la humedad, las cucarachas, las telarañas. «Ora si papacito vente» Unas manos lo empujaban de su espalda para que se montara en la mujer, se dejó caer. «Ay cabrón si si pesas.» La mano de la mujer lo guió a la humedad. Tenia pena: Comenzó a moverse instintivamente no quería tocar a la mujer/ Su cuerpo se lleno de una carga desconocida para él/ Cerro los ojos para no ver el rastro de la mujer/ Se movía más aprisa «Andale mi hijito que ya me estoy cansando.» Sintió unas piernas alrededor de su espalda/ Quería gritar/ «Ya era hora mi rey.» Alejo pujó, su cuerpo se desguanzó. «Ya parate.» Alejo no sabía que hacer. «Lavate ahi.» La mujer le señaló el lavabo. Alejo tenia necesidad de irse. Vio a la señora treparse al lavabo para lavarse. Alejo como va se subió los pantalones y salió del cuarto de hotel.

Afuera no estaba ni el ratón ni el chiquilin solo la noche. La plaza de Loreto, la creyó enrebozada. El Alejo se sentía descargado, se sabia conocedor, se sabia que era otro, ahora, Cecilia, lo veria de otra manera. Un hombre con el paradito del caballero aguila se deslizaba por la calle de Jesús María, eran sus dominios, la mirada iba hacia el horizonte, poseedor de estas mujeres se alejó dejando tendida una sensación de estancia. Alejo deseó obtener esa sensación para pasearla. El viento se soltó. El ratón y el Chiquilin ni sus luces pura intuición de: seguían ahi, dentro del hotel.

Cuando vio salir al chiquilin y al Ratón se dijo: a estos también los estrenaron. Sonrientes se acercaron: «A poco no es chingon.»