Quinceañera
[Cecilia recargada de…]
CECILIA RECARGADA DE frente en el cuerpo de alejo se calentaba con los ardores que recorrían su cuerpo. Lo besó con ganas, sin sabiduría pero con sentimiento. Alejo se iba encogiendo y apretujándose contra la salpicadera del viejo wolkswagen. Cecilia con densidad se iba recalentando contra el cuerpo del niño, lo iba tomando, haciéndolo suyo, formándolo. La oscuridad del callejón era muda, las parejas de novios, ocultas se besan en los huecos de los saguanes o en los intervalos de las hileras de los autos estacionados. Mudos los autos se ofrecían como asientos a los besos fugaces y a los abrazos tibios. La lampara del poste de la esquina estaba fundido. «Orale, vámonos, ¿sí?» alejo nervioso se arrejuntó en la tibieza del cuerpo de la cecilia. «No…» Ella insistió con calentura apretujada. «Andale…» Alejo pensó que en donde, que no tenia dinero, que los podian ver, que le daba pena, que no sabía, que tenia miedo de tener un niño, que la policía, que sus papas, que los del hotel. que, en fin que que, y ya no le contestó a la cecilia. La besó sin sentido. Cecilia se retiró del cuerpo del alejo, se le quedó viendo, los ojos los tenia mojados, le dijo con tristeza al escuincle: «¡Pendejo!»
Le apretujó con sabiduría la cintura, le dejó caer su aliento sobre el cuello hambriento, luego se le arrimó con agresividad por la espalda, y dejó que su voz penetrara polla nuca de la mujer: «Bien, perfecto, ahora hacia adelante, asi asi perfecto, lo haces muy bien, ves que fácil es…»
Cecilia tenia el rostro caliente, se dejaba hacer, era dócil, la obediencia traspiraba por todo su cuerpo, Cesar la muñeca maestro de su vals la hacía sentirse, quiso arrejuntarse en su cuerpo, olerlo, lo mira a los ojos, lo busca, quiere decirle todo lo que siente. Cesar al conducirla con el otro chambelán, la hace girar y le promete: «Dejate guiar y vas a ver como todo sale bien. Te va a gustar.» Cecilia agacha los ojos, la oscuridad la venda, tiembla, arriba con el otro chambelán. Entre todos sus chambelanes la cargan. Se siente por los aires, sabe que no flota y sin embargo su cuerpo se aleja de su mente. La música del vals terminó, la depositan en el suelo: «Como va maestro…?» Reconoce la voz de su mamá. «Su hija es buena para el baile, aprende rápido.» «Apúrele maestro, ya faltan pocos dias para la fiesta. Ya contraté la orquesta. Y ya me llegaron sus camisas de seda del otro lado. Mañana se las doy.»
«Gracias señora.»
«No hay de que, son moraditas, como usted me las pidió. Tu, cecilia. Báñate que mañana vamos ir a comprar tu vestido de quince años.»
«Esto es todo, muchachos… Señora, buenas noches. Cecilia hasta mañana.» Se despide con galanura añeja el maestro del vals.
Cecilia lo ve irse con contradicción.
El foco del patio de la vecindad se apaga.
«Y quién puede ser»
¿Y quién puede ser?
si es que no soy yo
quién habrá podido
darle más amor.
Cepero/Moncada