Quinceañera
[El cigarro moviéndose…]
EL CIGARRO MOVIÉNDOSE nerviosamente sobre los labios iba consumiéndose al paso de la gente, sus ojillos de color claro brincoteaban sobre su gran nariz, las manos en las bolsas de su pantalón de casimir jugueteaban con algunas monedas y las llaves, el vientre escandaloso se colgaba por encima del cinturón, el color rosado de la piel se hacía camarón con la resolana del medio dia. Cecilia no podia dejar de mirarlo con temor, a veces, se ponía detras de su mamá, otras, se adelantaba hacia los otros vestidos del aparador, la luz de las lamparas chorreaban la piel de la quinceañera. El Judio distraído percibía el andar de los clientes, el recorrer de la gente por estas calles repletas de aparadores que arrojan los vestidos de novias, de quince años, de primera comunión o de graduación: Orlas, olanes, encajes, azahares, chaquira, lentejuela, tules, terciopelos, tafetanes, y los colores que significaban las ilusiones, los sueños, los deseos, las frustraciones, los encantos, las esperanzas, las amarguras, los desengaños, las ambiciones, las angustias o las ansiedades: Blancos, azules, rosas, morados, negros, tonos que se deslizaban entre la moderación y el escándalo, entre el recato y la admiración, entre la tragedia y la alegría. Era la fiesta del deseo. El judio siguió fumando. Cecilia y la mamá se habían aferrado a la tienda de «Modas Elias» a pesar de la insistencia de «Boutique Chanel» y «Confecciones Tiffany’s» y los guiños de ojo de «Vestidos Vanessa» y «Tiendas París» enamoradas, a lo lejos se les veia, se habian quedado de los vestidos de Elias, que, apacible las dejaba caer en su magia. La Mamá con el bolso repleto de dinero, su gordura simpática, casi bella, con unas nalgas que se realzaban y unos senos que se ostentaban voluminosos, ensanchaban el espacio requerido para que ella cupiera, sin contar el orgullo por su hija, que bien se daba cuenta, llamaba la atención de los hombres, que, volteaban a revisarla. La Mamá miró a la cecilia con interrogación: «¿Te gusta?» Cecilia se cuidó de que nadie la oyera, Elias estaba a la entrada percatándose del ambiente y las empleadas desde lejos disimulaban no presionarlas, vio, cecilia el vestido de tonos rosados, con velos que trasparentaban hombros y piernas del maniquí, se imaginó en su cabeza el sombrero con un listón rosado, se imaginó la noche alumbrada con focos amarillentos, la orquesta colocada sobre tablas que formaban la base ingeniosa, sostenida por los lavaderos comunitarios, imaginó el patio retacado de gorrones, imaginó al alejo con sus cuates aplaudiéndole mientras su maestro de vals la elevaba en su noche de quinceaños y no tuvo mas remedio que arriesgar un «Sí» tímido pero definitivo. La Mamá mandona llamó a la empleada señalándole el vestido de sus imaginaciones.
«Tímido»
Tímido búscame, te invito una copa en el mar
Tímido atrévete, ¿a qué hora podemos quedar?
P. Pinilla y L. C. Esteban