Quinceañera
[Un gobelino colgado…]
UN GOBELINO COLGADO al centro de la pared principal con la escena de San Jorge y el dragón santificaba el pelo pintado de color morado con un corte en capas de la mamá de la bella Cecilia.
Sentada en una silla tipo chipendale hacía cuentas sobre una mesa del mismo estilo de proporciones desmesuradas que apenas cabia en el cuarto, la mamá de Cecilia manejaba diestramente la pequeña sumadora electrónica, contaba y contabilizaba los bultos fuertemente empaquetados, había relojes electrónicos y de cuarzo, sumadoras, hornos de microndas, planchas de vapor, estereos, videocaseteras, grabadoras, walkman y televisores a color. Mientras meditaba se quedó viendo a la pared de la entrada, o mejor dicho veía las figuritas de animales hechas de porcelana japonesa. Agitada, entró Cecilia:
«Me quiere pegar, Mamá.»
«Quien…»
Uegó corriendo el Chancho, encorajinado:
«anda de loca en la calle Mamá».
«No me mandaste con la señora Chávez?»
«Aquí la única que le puede pegar a tu hermana soy yo, Grandísimo cabrón.» La mamá se paró amenazadora, su piel morena se puso morada, agitaba con pesadez sus guangos brazos haciendo sonar sus alhajas: brazaletes, pulseras, anillos, esclavas.
«Pero es que les da motivo a los hombres para que la vacilen.»
La Mamá trabando sus ojos arremete contra la Cecilia:
«Ah, sí, conque esas tenemos, Cecilita. Ps chíngatela cada vez que la veas con muchachos, Roberto.»
El Chancho señalándola con el dedo le advierte a la Cecilia: «Ya oíste a mi Mamá, escuincla.»
Cecilia desencantada se sentó calladita en una silla, agachó la cabeza. La mamá se paró enseñando sus ropas modernas: «Cabrones, mientras yo ando haciendo negocios, ustedes regándola.»
La Mamá se pasea rechoncha en el estrecho lugar, los hijos mustios ni suspiran.
«Roberto, vete a la Merced, y cóbrales a Tobias y al Chale, ya se colgaron en pagar, quedaron desde hace ocho dias, diles que si no entonces ya no les damos mercancía.»
El Chancho salió rapidito.
La mamá se ascultó en el espejo del ropero, disimulada se objetó las nalgas.
«Si habla el comandante le dicen que siempre sí nos vemos para lo de la mercancía.»
Con sus carnes aguadas subió la escalera del tapanco. «Súbeme la televisión chiquita, me voy a acostar.»