Quinceañera

Armando Ramírez · Capítulo 38 de 51

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Quinceañera

[Recuerda que cuando…]

«RECUERDA QUE CUANDO la mujer mete dinero a la casa, ya se chingó la republica francesa, con el perdón de la Divina Providencia y del que tu me mereces…» La vieja pellejuda arrimó una cerveza helada al papá de la cecilia. El viejo recargado sobre el mostrador de madera vieja, se dio cuenta de la pintura verde, desgastada, que encerraba el tiempo pasado, como cuando era obrero en la fabrica de televisiones y no tenia para pagar una cerveza fria en el estanquillo de la aguelita. Pero, su esposa le hacía de comer y sus hijos eran chicos y le obedecian, y se ponía a platicar con la aguelita que le decía como debería de ahorrar y le invitaba una cerveza mientras el pagaba otra. Ahora le caía al estanquillo para tomar la cerveza y quejarse y regalarle algún objeto electrónico, de los que vendía. «Pero…» «Nada, tu te lo mereces… No nos hagamos, para que te quejas, si tu esposa las anda dando en la frontera hazte el occiso, y vive de ellas… siempre algo hay que dar a cambio, ni modo que puro recibir y recibir y nada de dar…» La viejecita paró la letanía, se le quedó viendo al papá de cecilia, agarró su cerveza y la chocó contra la del viejo: «Salud…» Bebieron fraternalmente, la viejecita siguió: «O, a lo mejor ya desde cuando le estás jugando al maje, y te haces que no sabes que eres maje… ah chirrión, líbrenos dios de los que viajan con bandera de pendejos porque de ellos está lleno el purgatorio… mira nada más que abusado eres…» El papá avergonzado vio el tiempo de apurar la cerveza, el gañote demostró su eficacia y antes de que la aguelita pudiera seguir, el casco de la cerveza habia quedado vacio, y antes de que pudiera reponerse la vieja pellejuda, el papá sacó de sus ropas una pistola para el cabello, era color rosa, se la puso en las manos a la aguelita. «Esta es para que ya no me esté chingando la madre, con esta se puede hacer los chinos que quiera, son de las que se usan en estados unidos…» La aguelita sin perderle la pista a la pistola estiró su mano para alcanzar una lata de sardinas, buscó las galletas saladas, dejó la pistola en el mostrador y abrio la lata en el aparato electrónico que tenia:

«Andate, come unas galletas con sardinas.» Se las arrimó, agarró la pistola para el cabello, la revisó con malicia y se la aventó: «Y esta fregadera como se usa.»

El papá comiendo una galleta, toma la pistola y la enchufa en una clavija de la pared y la hace funcionar diestramente, «con el vaporcito que sale, se puede secar el pelo, o con un peine le puede dar forma a su pelo».

«Ah chirrión pues está suave.»

El papá se atragantó con las galletas. La aguelita agarró una cerveza fria y la destapó con el destapador de la pared, se chorreó con la cerveza agitada las manos pero asi se la dio al papá:

«Chúpatela, no sea que te me vayas ahogar.»

El papá se la tiró hasta el fondo, no le dio tregua al contenido, se limpió la boca, eructó con muchas ganas, y sin decir agua va se esfumó del estanquillo, la aguelita se quedó con las sombras, vacia de compañia.

 

El sol de la tarde le llenó la cara hasta enrojecerla, el ceño lo frunció, miró la vaciedad de la calle, la comodidad de la banqueta lo invitaba a apoltronarse, el cansancio se le vino de repente, no quería pensar, no quería estar ni ser solamente tumbarse en el duro concreto, su cansancio lo abotagaba, se meció a la orilla de la banqueta, el cielo se traía una borregada que pensó que estaba imaginándola, los hombres de cuerpos desnudos le mostraban sus pechosy espaldas morenas, un olor lo molestó, los gritos le parecian demasiado fuertes, como si estuvieran dentro de su cabeza y no en el ambiente de la calle, pensó que la cerveza estaba haciendo su efecto, la pesadez de su cuerpo se aligeró, se sintió flotar en medio de la tarde, su cuerpo se elevaba arriba de las vecindades, quiso mirar hacia abajo y no pudo, la banqueta le estorbaba, se volteó de lado y su cara chocó contra el cemento, la frialdad y el polvo le hicieron sentir que volaba con todo y banqueta, arriba se encontró con pedrito infante que flotaba con otra banqueta, le sonrio, intentó silbar «amorcito corazón» puntos de espesa saliva saludaron al taxista, el taxista detuvo su banqueta frente al papá y lo tanteó: «Se siente mal…»

«No, voy volando…»

«Parece, lo van a pisar, está muy cochino el suelo. Usted es el esposo de la doña ¿verdad?»

«Como lo sabe…»

«usted tiene dinero…»

«Como lo sabe…»

«Por la facha, luego luego se le ve que es fayuquero… Párese, lo acompaño a donde vive, no vaya a caerse…»

«No se moleste, estoy bien…»

«No es molestia, se ve mal, lo pueden atropellar, lo llevo hasta su vecindad…»

«No estoy pedo…»

«Ya lo se, por eso lo quiero acompañar…»

«Je, me está vacilando. Yo por aqui me voy derechito…»

Y asi dándose por su lado se fueron por esas cali es el par de cabrones.