Quinceañera

Armando Ramírez · Capítulo 41 de 51

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Quinceañera

[La mamá del…]

LA MAMÁ DEL alejo estaba zurciendo unos calcetines, en el cuarto-television, los niños tirados en el suelo cabeceaban sus sueños. Alejo entró en tromba. La jefecita meneó la cabeza y siguió zurciendo. Alejo subió al tapanco por una toalla roída, bajó hecho la madre. Agarró una bandeja de la pileta, y sin mas ni mas, se remojó el cuello: «Nada mas en la noche me estás tosiendo como perro garrotillento y te saco al patio, bieras calentado el agua. Esa escuincla te trae de cabeza. Bonita pareja tu ni sabes trabajar y esa ni siquiera ha de saber lavarse los calzones cagados…» El ale siguió como si nada, se secó hecho la madre y hecho la madre pasó al cuarto-tocador. La Mamá le dijo: «Cambíate de camisa, esa está mugrosa. Y sube a tus hermanitos al sillón, ahi en el suelo se van a enfermar.» El ale se miraba en el espejo como habia visto que su papá lo hacía imitando al pedro infante. El Jefe orgulloso lo sorprendió: «Ya se va el califa?» «Ya, tú, no le des cuerda.» Recomendó la dolores al jefe. «Dale consejos…» «Que quieres que le diga, que las viejas son como la verdolaga… o, que a las mujeres ni todo el dinero ni todo el amor… Mírame como me tienes.» Lola quiso mentarle la madre al doble de pedro infante pero se recató. «Dile que estudie ya van a entrar a la preparatoria, y este no ha estudiado para los examenes. Yo no se para qué le dijiste que trabajara, nada más anda aprendiendo malas mañas.» «Ya para tu tren dejalo que se divierta está chamaco, que sepa del mundo, con que no resulte puto o marihuano todo está bien. Mujeriego se lo paso…» «Como tu, verdad?» «Ya te dije cuando traigas algo demuestramelo no me digas chismes, de mi no te puedes quejar, yo sí te he respondido como hombre, tú tienes tu casa y tus hijos a quien cuidar…» «ay sí, a ti se te hace fácil decir eso porque tú no los cuidas, ¿verdad?, tú como nada mas te la vives pachanguiando, tienes humor de decirme lo que quieras, pero no te fijas en las chingas que me llevo. Chinguese el animal, chinguese la criada, chinguese la dolores, puro chingarse y chingarse mientras tu andas en la calle, presumiendo. Y lo que vas a hacer es que me canse de cocinar para un muerto de hambre…»

«No me ofendas porque yo no te ofendo, y si te casaste conmigo ahora te aguantas, tu eres la mujer y yo soy el hombre. Yo trabajo y traigo dinero y tu cuidas la casa…» «Tu eres la mujer y yo el hombre, yo traigo el dinero…» «¿Cual dinero? mira como vivimos, me quieres ver jodida pero eso sí el dia que de las nalgas entonces sí vas a decir; que que yo hice para que me hicieran eso, pinche remedo de pedro infante.» El marido se quedó engarrotado mirando fijamente como su esposa diestramente reanudaba el zurcido de los calcetines luego miró los ojos de dolores, el hijo hacía rato que los miraba mudo. La boca de dolores siguió llena de reproches: «Pinche taxista, te crees que nos tienes muy bien, que no te has puesto a pensar, que se me puede dar la gana de irme a la frontera a dar las nalgas y que me puede valer madre que me dejes, no necesito de ti para poder vivir, ya ves como todos esos que se creían muy cabrones andan de agachones. Ya me cansé, ya me cansé, no te das cuenta, tus puterías me tienen harta, que toda la vecindad me las cuente, no soy ninguna pendeja, me hago.» Comenzó a llorar la dolores, el taxista se resintió. Y la abrazó: «Ya cálmate viejita, ya me voy a portar bien, no llore que siento gacho, que va a decir su hijo.» Dolores se dejó hacer, se había desahogado y sabía que a pepe el toro no lo podía dejar, su vida y la de el, eran como el ladrillo y la mezcla de esa vecindad, fieles hasta que se derrumbara la construcción, el dedal, la aguja y el calcetín cayeran al suelo, el ale los vio enojado, los vio como se abrazaban, corno se rejuntaban, como se conciliaban, y por sus adentros les mentó la madre cuantas veces quiso. Quedito se salió de su vivienda.