Valkiria
Capítulo VIII
Rubén corre. Se pierde en la longitud interminable del pasillo como quien se abandona a esas fugas infinitas de los sueños que no conducen a ningún sitio, que no te salvan del peligro.
Él sabe que en las pesadillas quien te persigue siempre está demasiado cerca, notas el soplo ardiente de su aliento en la nuca, una sombra que se anticipa a tus pasos. Y tu velocidad se ralentiza hasta convertirse en un tormento. Te arrastras y solo cabe un desenlace trágico o el despertar, que también es una huida.
Rubén escapa en medio del silencio. En los sueños se respira la misma atmósfera de tiempo detenido que aspiran en ese momento sus pulmones, esa ausencia del mundo exterior que domina las madrugadas de la vida real. Pero él no se deja engañar por el ambiente de quietud, sabe que todavía hay margen para eludir el destino que otros han decidido para él.
Rubén no va a terminar como Marta.
Sus zapatillas apenas provocan ruido sobre el suelo de madera de la residencia. Vuela, ha dejado de distinguir las puertas idénticas que van quedando atrás, a ambos lados. Refugios de gente que no puede ayudarle, que ya no están en su mundo hasta que despierten. Ojalá el amanecer quedara más cerca. La mochila le golpea en las costillas con cada impulso. No frena. Deja a su espalda, cada vez más lejos, el acceso a las escaleras que conducen a una planta baja convertida en territorio hostil. Alguien continúa subiendo por ellas; percibe su ascenso frío, que es el peor de los indicios.
Valkiria ha descubierto sus planes de huida, no cabe otra explicación.
Han venido a por él.
En el extremo del corredor al que se dirige Rubén se abre un acceso que comunica con las entrañas del edificio. Se trata de una zona prohibida para los estudiantes que emplea el personal de mantenimiento cuando necesita revisar alguna instalación, y a través de ella se llega hasta los sótanos. Rubén conoce esa ruta porque es la que utilizan algunos compañeros cuando se organizan botellones en la planta más escondida.
—Desde allí también se sale de la residencia —susurra para animarse—. ¡Lo voy a conseguir!
Todavía no ha sido identificado como jugador por su contrincante, esa es su baza. Por eso necesita largarse de la residencia, llegar hasta algún lugar donde logre mezclarse con mucha gente, fuera del campus. El anonimato es su salvación.
Necesita volverse invisible. Desaparecer.
Nuevos sonidos. Quienquiera que ascienda por las escaleras principales está llegando a ese piso de dormitorios. Rubén aprovecha un recodo de la pared para ocultarse. Maldice en silencio, no ha tenido tiempo de alcanzar la salida que le hubiera permitido desaparecer de la vista de Jugador3. Le quedaba tan poco… Apenas le separan del acceso unos metros. Si hubiera dispuesto tan solo de unos segundos más…
Contiene la respiración.
No te delates, se dice. Aguanta.
Si el cazador le ve, estará perdido. Debe esperar que los siguientes minutos le brinden la ocasión de abandonar esa planta definitivamente. Cruza los dedos.
Rubén lleva como huésped en la residencia el suficiente tiempo como para identificar cada sonido que llega hasta él. Todo edificio constituye un mapa de ruidos a disposición de alguien atento que sepa interpretarlos. Y él es capaz de leer cada chasquido en medio del silencio de la noche. Juega en casa, la residencia es su terreno. Por eso consigue reconstruir el avance del visitante clandestino sin asomarse. Nunca se ha esforzado tanto en algo. Entre sudores, con los ojos cerrados, visualiza los pasos lentos, calculados, de Jugador3, mientras avanza por el corredor. Imagina su silueta desconocida consultando un móvil donde late la alerta de Valkiria, sus ojos de depredador inspeccionando cada rincón. ¿Sostendrán sus manos algún arma?
Él se juega tanto como yo. Somos todos prisioneros. O pierdo yo o pierde él.
De nuevo se pregunta si su adversario contará con un dispositivo de localización más preciso que el suyo. Si es así, está perdido. No logrará esquivar su rastreo.
A Rubén se le corta entonces la respiración.
¡Mierda!
Acaba de caer en la cuenta de que ha cometido un error, un error fatal. ¡Se ha llevado el teléfono consigo!
Un móvil que, con la aplicación activa de Valkiria, va registrando sus movimientos en todo momento.
Rubén baja la mirada hasta una de sus manos, entre cuyos dedos la pantalla de su teléfono no ha dejado de parpadear con la alarma rojiza. ¡Ahora, además, la alerta detecta también la presencia de Odín, el máster del juego! Esto se está poniendo caliente.
Odín ha accedido a su área de seguridad.
Rubén aplasta el teléfono contra su pierna, temeroso de que Jugador3 consiga advertir el resplandor desde su posición.
—Joder, lo estoy trayendo hasta mí —murmura—. ¿Cómo puedo ser tan imbécil?
Presiona el botón de apagado y su móvil enmudece.
Un leve rechinar de puerta le devuelve a la realidad. ¡No puede ser! ¿Jugador3 ha entrado en un dormitorio?
¿Se ha atrevido a hacer eso?
Su enemigo no se arriesgaría a meterse en una habitación ocupada, piensa Rubén con perplejidad.
Tiene que haber entrado en la mía. ¡En la mía! ¿Pero cómo sabe…?
No piensa más, consciente de que se le ofrece la oportunidad que estaba buscando. Se asoma al pasillo muy lentamente hasta comprobar que no se ve a nadie.
Ahora o nunca.
Y entonces se lanza con cautela a salvar los pocos metros que le separan del acceso de servicio.
Venga, puedes conseguirlo…
• • •
Kika entra en «Ajustes del sistema» y luego en «Seguridad» para, finalmente, activar la opción de «Permitir orígenes desconocidos».
—¿Acepto, entonces? —ella ha levantado la mirada de la pantalla del móvil—. En cuanto lo haga, comenzará a instalarse Valkiria. Es tu última oportunidad para arrepentirte…
Kika aguarda una respuesta, repantingada sobre su silla mientras sostiene el teléfono de su compañero.
—Acepta —Unai no tiene ya nada que pensar. Lo único que ahora le obsesiona es evitar que el vídeo llegue a Vega, y quedan muy pocos minutos antes de que su inactividad se interprete como una negativa a jugar. No quiere malentendidos con alguien que está en condiciones de hundirle.
—De acuerdo. Vamos allá… —Kika obedece y a los pocos segundos vuelve a aparecer en la pantalla del teléfono otro mensaje—. Me pide más permisos. Valkiria exige acceso a tus contactos, a los SMS, al micrófono…
Unai resopla, harto.
—Di a todo que sí. Ya no hay vuelta atrás.
Ocho minutos.
Kika ejecuta la última instrucción y al cabo de unos segundos los dos se encuentran pendientes del móvil, sin perder detalle de la progresión de la descarga. Por fin, se alcanza el cien por cien y en el escritorio de la pantalla surge un icono nuevo, una diminuta figura humana de color azul.
—¿Qué es? —se pregunta Kika en voz alta—. ¿Un muñeco? ¿Y qué le sale de los brazos? ¿Agujas? A ver si este juego va a ser sobre vudú…
Unai se inclina para estudiar mejor ese elemento.
—No —dice—. Es una marioneta. Lo que le sale del cuerpo son hilos, ¿ves? El icono de Valkiria es un títere.
Muy oportuno, piensa. Así estoy actuando yo. ¿Este juego consiste en anular la voluntad de los participantes? ¿Se trata de un juego de estrategia sobre manipulación?
—Bueno, ahora sí ha llegado el momento —anuncia Kika desde su silla—. ¿Abrimos la aplicación?
Se nota que, alcanzado ese punto, no logra contener —ni disimular— su impaciencia.
Ella no arriesga nada, piensa con envidia Unai. No ha perdido su libertad. Por un instante añora la seguridad que transmite a Kika su refugio universitario.
Quedan cinco minutos.
—Adelante —se lanza—. La suerte está echada.
Kika coloca un dedo sobre el icono de la aplicación y golpea encima una vez. Al instante, Valkiria se abre para ellos. La primera pantalla que queda ante sus ojos es un fondo de olas negras sobre las que brilla en dorado la silueta de un barco vikingo. Bajo él, en caracteres góticos, se lee «Valkiria». A través de las olas van ganando nitidez unas letras que terminan por conformar el mensaje «Bienvenido, Jugador4».
—No está mal la puesta en escena —opina Kika—. El diseño me gusta.
—¿Y ahora? —Unai no se atreve a dar un paso sin consultar a su compañera.
Kika le tiende el teléfono.
—Ahora es cosa tuya. Tu turno. Dale al barco para empezar a jugar.
Unai coge el móvil y presiona con su dedo índice sobre la imagen, lo que provoca que la pantalla inicial se difumine y surja una segunda dominada por la silueta negra de un enorme cuervo. Sobre él se distinguen tres apartados; cada uno cuenta con su correspondiente cartel que imita un tablón de madera: «Mapa», «Chat» y «Puntuación», este último acompañado de una casilla para cifras que muestra dos ceros y de otros apartados más pequeños donde constan los puntos de los demás jugadores: Jugador1, veinte puntos; Jugador2, veinte puntos; Jugador3, veinte puntos. En la esquina superior derecha se mantiene la identificación Jugador4.
—Voy a abrir el chat —dice Unai—. A lo mejor así consigo comunicarme con alguien que pueda explicarme de qué va esto.
En el interior del cuadro de mensajes aparecen como posibles destinatarios Jugador1, Jugador2, Jugador3 y Odín. Todos en color negro oscuro excepto Jugador2, que aparece —Unai ignora la causa— en gris claro.
—¿Odín? Es un dios de la mitología nórdica, ¿verdad?
—Sí —confirma Kika—, el dios de la sabiduría, la guerra y la muerte. Las valkirias son sus hijas. Se le suele representar acompañado de dos cuervos que volaban alrededor del mundo para contarle todo lo que sucedía.
Unai sonríe con amargura. No fue un cuervo quien grabó el vídeo, pero esa imagen retrata bien la amenaza de alguien que parece saberlo todo.
—Odín —repite—. Ese nick solo puede pertenecer al máster del juego.
—Estoy de acuerdo, Unai. Es curioso que permita una comunicación directa de los jugadores con él.
—Aunque de nada me servirá enviarle un mensaje. Si ese hijo de puta hubiera querido darme más información, ya lo habría hecho.
A Kika le sorprende esa repentina agresividad en su compañero, lo que alienta en ella la sensación de que Unai le ha ocultado algo desde el principio.
—¿Hay algo más que quieras contarme? —le dirige una mirada traviesa.
Por un momento da la impresión de que el muchacho va a ceder a la necesidad de desahogarse, de sincerarse con su compañera. Demasiada carga. Sin embargo, el brillo de esa determinación en sus ojos dura muy poco; enseguida se apaga y Unai vuelve a exhibir el semblante hermético que esa interminable noche está esculpiendo en sus facciones. No se atreve a confesar la existencia del vídeo, a asumir más riesgos. No va a renunciar a Vega aunque ya empiece a cuestionarse si la merece.
Valkiria le ha inoculado el veneno de la culpabilidad, que fluye por sus venas directo al corazón. Nota su avance ardiente en las entrañas. ¿Ocultará el juego un antídoto?
—Prefiero saber dónde me meto, eso es todo —contesta con voz ronca—. ¿Mando un mensaje a algún jugador?
Kika se rasca la cabeza. No tiene más remedio que aceptar el cambio de tema.
—Demasiado pronto para eso —opina—. Ni siquiera sabes aún si en este juego los demás jugadores son aliados o enemigos. Podrías cometer un error grave. Además, es probable que Odín tenga acceso a la comunicación entre jugadores, y si no le gusta tu idea…
—¿Odín leerá los mensajes que envíe a los demás?
—Si es el máster, probablemente. Lo controlará todo.
Unai asiente.
—Toca esperar, entonces.
—Lo que te toca es jugar —Kika señala el diminuto dibujo de un sobre en la esquina inferior izquierda de la pantalla. Encima se distingue un número uno en verde —. Tiene toda la pinta de ser un aviso. Creo que tienes un mensaje en tu buzón de entrada del chat.
—¡No lo había visto!
—Si vas a participar en Valkiria, más te vale estar muy atento a cada detalle o terminarás pronto la partida.
A Unai le hubiera gustado poder calibrar el alcance de ese pronóstico. ¿Qué implicaba en Valkiria acabar pronto? No se atrevió a imaginarlo, todo ese asunto seguía transmitiéndole muy malas vibraciones.
—Es un mensaje de Odín —comunica tras abrir el chat—. Lo ha enviado hace tres horas. Me da la bienvenida, dice que he hecho bien aceptando entrar en el juego y que mañana a primera hora recibiré instrucciones sobre mi misión inicial. Hasta entonces debo esperar —termina Unai, alzando la vista—, aunque a partir de ahora estoy obligado a mantener activa la aplicación del juego.
—¿Te ha mandado el mensaje hace tres horas? —a Kika le sorprende ese dato—. El máster ya contaba con que aceptarías entrar en Valkiria incluso antes de invitarte al juego…
—Sí.
Ella frunce el ceño.
—¿Vas a seguir sin decirme de qué va esto?
—Es mejor así —Unai no cede—. ¿Qué opinas de este mensaje?
Kika se reclina y el respaldo de su silla chirría.
—Bueno —valora—. Al menos nos ha dejado claro cuándo debes comenzar a jugar y en qué consiste Valkiria. Es un juego de pruebas. Odín te va a ir proponiendo desafíos que tienes que cumplir, así que supongo que los demás jugadores son entonces adversarios tuyos que tendrán que hacer frente a sus propios retos.
—Pues qué bien.
—Ve al mapa —Kika se incorpora y aproxima su silla hasta casi inclinarse sobre Unai, que continúa sentado sobre la cama, para ver bien la pantalla del móvil— Así comprobaremos cuál es el universo que muestra el juego.
—La jurisdicción de Odín, ¿no?
—Eso es.
Unai espera que los tentáculos del máster no lleguen demasiado lejos. Hace caso a la sugerencia y presiona sobre el tablón correspondiente. Ante ellos queda ahora una visión general de todo el recinto universitario.
—Muy buena calidad de imagen —comenta Kika con admiración, mientras emplea la pantalla táctil del móvil de su compañero para ampliar algunas zonas del mapa—. Creo que Valkiria es una mezcla de aventura gráfica y rol. Interesante.
—Me pregunto cuál es el premio —Unai no aparta la mirada del plano, absorto —. Qué persiguen los jugadores, por qué compiten.
Confía en que haya algo más, en que su propio estímulo para participar consista en alguna motivación distinta al chantaje que está sufriendo. Ruega por que así sea o Valkiria va a convertirse en una tortura para él.
—Supongo que no tardarás en averiguarlo —responde Kika, ajena a sus pensamientos—. Viendo el escenario, a lo mejor el ganador se lleva un título universitario… —suelta una carcajada, que interrumpe pronto al ver la cara seria de su compañero—. A mí no me importaría licenciarme ya.
—¿Y esas luces? —Unai señala varios parpadeos en un área circular que abarca la residencia vecina y algo más de terreno—. Hay gente jugando.
Arrastra hacia arriba el mapa con un dedo que desliza sobre la pantalla del teléfono y, en efecto, descubre bajo el gráfico un apartado donde brillan los nombres de Jugador1, Jugador3 y Odín.
—Dos jugadores y el máster en la misma zona —a Kika le extraña esa coincidencia—. Menuda fiesta deben de tener montada…
—Es la residencia de Rubén Prades —Unai se pone en pie—. ¿Me acerco?
—La geolocalización tampoco es demasiado exacta —dice Kika— Fíjate que el círculo que marca el área de seguridad incluye la residencia, el extremo más próximo del campo de fútbol… Realmente no se distingue el movimiento concreto de cada jugador, solo una posición aproximada. No sabes dónde están.
—A estas horas no habrá nadie por ahí. Seguro que descubro algo.
Kika sigue sin verlo claro.
—¿Y si te cruzas con Odín? Ni siquiera sabes quién es, así que no puedes esquivarlo, pero él —o ella— sí te reconocerá. Supongo que desobedecer sus instrucciones provocará una penalización grave. Piénsatelo.
Unai reconoce a desgana que su compañera tiene razón. Una torpeza no es el mejor modo de comenzar en Valkiria; debe reprimir su curiosidad por mucho que le cueste.
Tampoco tendrá que esperar demasiado, en cualquier caso. Quedan pocas horas para que la mañana comience en el recinto universitario y, con ella, su iniciación en Valkiria.
Al amanecer, el segundo mensaje de Odín llegará puntualmente al buzón de entrada de su perfil en el juego, sellando así un punto sin retorno.
Un punto sin retorno.
Ese detalle no lo ha confesado a Kika. Odín, en su mensaje, le advierte también de que, una vez reciba las instrucciones sobre su primera prueba, no podrá abandonar la partida o tendrá que atenerse a las consecuencias.
Consecuencias que son fáciles de imaginar.
—¿Cuesta mucho tiempo preparar un juego así?
Unai quiere saber cuánto lleva Odín organizando su plan.
—Bueno —Kika hace sus valoraciones—. La calidad es buena, pero el planteamiento es muy sencillo. En unos cuatro meses, con el equipo y el software adecuados y metiendo horas, puedes preparar un juego así. Si dominas la programación, claro.
Así que cuatro meses. ¡Vaya premeditación! Unai se despide de Kika mientras le agradece su ayuda. Es buena gente, piensa. Conforme avanza rumbo a su habitación, confía en no descubrir demasiado tarde que se ha equivocado al someterse al chantaje.
La ausencia de Vega en esos instantes duele en su interior como una herida reciente. En el fondo sabe que no logrará mantenerla al margen ni quiere hacerlo: la necesita a su lado.
Se pregunta cuál será la primera misión que le encargue la misteriosa persona que maneja los hilos de esa trampa, qué desafío le aguarda en las profundidades del universo de Valkiria… No logra quitarse de encima la intuición de que todo ese asunto en el que se ha visto inmerso sin pretenderlo no ha mostrado aún su verdadero rostro, un rostro hecho de sombras que ha empezado a sonreírle.