Valkiria
Capítulo XVII
—Ya queda menos.
Damián López, empleado del turno de noche en la residencia Leonardo da Vinci, se anima a sí mismo mientras decide tomarse un descanso. Al menos ha conseguido abrirse paso entre tanta taquilla volcada. ¿Cuántas ha apartado ya? Las va apilando junto a una de las paredes libres de la sala. Serán sus compañeros de la mañana los que se encarguen de organizarías como estaban.
Al menos el sótano ya no parece un campo de batalla.
Vaya paliza. Damián supera los cincuenta años, y a su edad los excesos físicos — sobre todo a esas horas— se pagan. Procura tomárselo con calma mientras arrastra cada bloque de metal. Se nota la ropa húmeda de sudor. Todavía se pregunta cómo es posible que se hayan caído esas taquillas, aunque es cierto que no estaban debidamente ancladas a la pared.
—Estos chicos…
Ha notado movimiento esa noche, y no es la primera vez que descubre botellas y vasos de plástico por esa zona del edificio —incluso la colilla de algún cigarrillo, lo que le molesta especialmente—, aunque siempre ha preferido hacer la vista gorda. En general los estudiantes se portan bien y, qué demonios, son jóvenes y tienen que portarse como tales.
A veces se requiere un buen susto para que las cosas se hagan bien, piensa Damián entre resoplidos. Seguro que a partir de ahora los responsables se encargan de que las taquillas se fijen a los tabiques, como tendría que haberse hecho desde un principio.
Avanza hasta el final de la habitación y alcanza las dos puertas que comunican con las estancias contiguas. Las abre para comprobar que el desastre no ha llegado tan lejos. Con un suspiro, constata que en esas últimas habitaciones todo está en orden. Menos mal. No obstante, escucha un leve zumbido de fondo, al que no da importancia.
Se dispone a volver a la zona afectada cuando una luz anaranjada llama su atención.
—¿Y esa luz? —Damián avanza unos pasos y descubre que se trata del piloto de la cámara frigorífica. ¡Está conectada!
Un candado impide abrir el arcón, que parece un enorme baúl blanco que ha conocido tiempos mejores. Tiene adheridos restos de polvo y suciedad que le dan un toque grisáceo, antiguo.
Sí, la cámara está funcionando.
Alguien la ha enchufado —ve el cable conectado al pie del tabique— y la ha puesto en marcha. Le sorprende el repentino despertar de esas instalaciones, aunque se alegra. La dependencia en la que se encuentra está en desuso desde hace más de un año, cuando en la residencia dejó de ofrecerse servicio de comedor. Siempre le ha parecido un desperdicio dejar que todo eso se vaya deteriorando con el tiempo.
—A lo mejor van a volver a dar comidas —dice en voz alta—. Pues me parece muy bien.
Damián sale de ese cuarto, cierra la puerta y continúa arrastrando taquillas para liberar el paso de la sala grande. Qué ganas tiene de que llegue el cambio de turno. Vaya nochecita.
• • •
—¡Es imposible!
Vega necesita comprobar si aquello es un montaje. Alarga la mano con impaciencia y su dedo índice resbala por la pantalla del móvil de Unai, tal como le ha visto hacer a él, activando la visión de la foto.
Unai no reacciona, no se atreve.
Se enfrentan así a la imagen por segunda vez, que al cabo de un segundo vuelve a desaparecer.
Ellos continúan sin moverse. El impacto no ha sido menor. Sienten asco, miedo. Las palabras de Vega se repiten en sus mentes: ¡Es imposible!
En medio de su incredulidad, que ya no es tanta, les sorprende comprobar el número de detalles a los que uno es capaz de prestar atención en tan corto espacio de tiempo. Un segundo les ha bastado para fijarse en la postura poco armoniosa del cuerpo sobre el suelo, en los ojos cerrados de Rubén, en el brillo oscuro de la sangre que empapa su cabello y cuyas salpicaduras han alcanzado un tabique de cristal. Han llegado a distinguir sus manos, la boca entreabierta, los regueros rojos en su frente. Incluso la abultada mochila que lleva a la espalda.
Vega vuelve a aproximar una mano al teléfono de Unai, pero este la detiene.
—Hasta dentro de veinticuatro horas no podemos volver a verla. Así funciona la aplicación.
—Es un montaje, ¿verdad?
Unai baja la mirada. Evita enfrentarse al semblante pálido de su novia, no tiene palabras con que tranquilizarla.
—No lo sé.
Ella insiste:
—Valkiria es un juego de mucha calidad. Odín tiene que ser muy bueno con el tratamiento de fotografías.
—No creo que nadie lo sea tanto —la voz de Unai suena vacía—. No había superposición de imágenes ni he notado efectos… Hasta se veía el brillo del flash que se utilizó. Parecía una foto sin retocar, simplemente.
Una foto auténtica.
Vega se niega a aceptar eso.
—No entiendo cómo crees que… Estás demasiado metido en Valkiria, eso es lo que pasa. Pero esto es la vida real. Rubén no está muerto. No puede estarlo.
Los intentos de ella para justificar la terrible imagen son cada vez más precarios. Pierde fuerza, convicción, a cada minuto.
—He reconocido el lugar —le corta Unai—. Es el sótano que he ordenado esta mañana. Estoy seguro.
Quiere continuar, decirle a ella que lo que acaban de ver encaja con la falta de respuesta de Rubén a sus llamadas y mensajes, con su ausencia en clase, con la habitación vacía en la residencia Leonardo da Vinci y su silencio definitivo en las redes. Pero no lo hace.
—Tu primera misión… —Vega comienza a sollozar y él mismo está al borde de las lágrimas. Quiere hacerlo, de hecho. Quiere llorar. Le vendrá bien para descargar toda la tensión acumulada. Hacerse el fuerte está sobrevalorado.
—Nadie ha vuelto a verlo desde ayer, Vega. Nadie.
Unai deja el móvil en la mesilla y se abrazan. Las lágrimas de ambos se mezclan. Él paladea el sabor salado de la desesperación en la piel suave de su novia. Siente que la quiere más que nunca.
—Rubén no consiguió escapar —añade—. Ahora lo comprendo: Odín me ha ordenado limpiar la escena del crimen para iniciarme como jugador en Valkiria.
El retorcimiento acaba de subir de nivel. Ahora ya no cabe duda de que se enfrentan a un auténtico demente.
Vega salta de la cama y llega al baño justo a tiempo para inclinarse y vomitar en el inodoro. Él se levanta para ayudarla.
—Lo siento, Vega…
Le sujeta la frente con ternura. No hay mucho más que decir. Nadie hubiera imaginado que llegarían a ese extremo.
A pesar de todo, una parte de ellos se resiste aún a creer que Rubén esté muerto. Sus mentes no logran asimilarlo. Los dos vuelven a la cama con el avance inseguro de quien acaba de sufrir un trauma.
Casi en estado de shock.
—Vamos a llamar a la policía —dice Vega, más recuperada—. Ya.
Unai está de acuerdo. Todo ha terminado, se acabó el juego. No obstante, antes decide tantear a su enemigo y le envía un mensaje a través de Snapchat:
Jugador4:
Eres bueno con el Photoshop, pero Valkiria ya no me interesa.
—¿Por qué has hecho eso? —Vega le grita; lo último que ahora necesitan es mantener la comunicación con alguien tan perverso.
—Seguimos sin pruebas contra Odín —procura apaciguarla él—, ni siquiera le hemos identificado. O comete un error o de nada servirá lo que contemos a la policía.
Rubén continúa en paradero desconocido —apenas veinticuatro horas y sin indicios criminales que acreditar— y tampoco cuentan con la foto de su presunto cadáver para enseñársela a la policía. Unai hubiera debido hacer una captura de pantalla durante la segunda visualización de la foto, aunque Odín se habría enterado y, dadas las circunstancias, quizá no hubiera sido una buena idea.
El máster ha pasado de ser un incordio a convertirse en un peligro muy serio.
—Al menos empezarán a buscarle —Vega blande su móvil en una mano—. Ha llegado el momento de meter a la policía en esto, Unai. Tú has hecho todo lo que has podido. Esto ha dejado de ser un juego.
—¡Yo también tengo miedo!
Unai se queja por dentro. No tendría que ser necesaria esa aclaración.
—Es que no quiero que seas el siguiente —la voz de Vega se quiebra.
¿De verdad han muerto dos personas por culpa de Valkiria?
Unai empieza a dejarse vencer por el agotamiento. Está a punto de rendirse.
Un mensaje le llega al chat del juego.
Odín:
¿No crees lo que has visto? Mira en el cajón de tu mesilla.
—Vega, espera.
Ella, que ya se dispone a pulsar las teclas de su móvil, se detiene. Unai se gira entonces y extiende un brazo hasta alcanzar la mesilla. Abre el primer cajón y enseguida descubre en su interior una pulsera que reconoce.
—¡Es la de Rubén! —dice, perplejo, mientras la enseña a su novia.
Vega abre mucho los ojos. Cuero negro con los signos del Zodiaco grabados, no hay duda. Ya la llevaba cuando salían juntos. La coge con gravedad.
—¿Cómo… cómo ha llegado hasta ahí? —pregunta—. Para Rubén es un amuleto, nunca se desprende de ella.
Se la devuelve. Unai, que ha notado un tacto pringoso en la pulsera, repara ahora en las manchas oscuras sobre el cuero. ¿Es sangre? Por la forma en que Vega le observa, queda claro que ella también se ha percatado. Vuelve a colocar la pulsera en el cajón de la mesilla, prefiere no tenerla delante.
—Odín ha estado aquí… —Unai no da crédito—. ¡En mi propia habitación! Y me ha dejado una prueba de lo que le ha hecho a Rubén.
—Puede que solo esté herido —Vega busca con desesperación alternativas— Odín quiere asustarte para que sigas en el juego. Todo esto es una puesta en escena. Quiere llevarte al límite.
—¿Como hizo con Marta?
Los dos empiezan a entender que ella terminara suicidándose. Vega rescata de su memoria la convicción de que, tras ese nick vikingo que ha empezado a odiar, se oculta una identidad femenina. Sin embargo, la crudeza de la foto de Rubén le suscita dudas. Y el único candidato masculino que tienen, al menos de momento, es el compañero raro de Unai, Marcos Esteve. ¿Será él Odín, el cerebro que ha concebido todo pertenece realmente a una chica, o el verdadero máster no está en su lista de sospechosos?
—Marta estaba sola —dice—. Por eso logró engañarla, someterla a esta pesadilla. Tú no lo estás, Unai. Estamos contigo, no te dejes arrastrar por la locura de Valkiria.
¿Consiste todo en una simple puesta en escena, tal como sugiere Vega? A Unai le tienta pensar eso, desea hacerlo. Se inclina a aceptar cualquier teoría que contemple a Rubén vivo. El problema radica en que la foto es tan real…
—Ojalá tengas razón, Vega.
—La pulsera es la prueba que necesitamos —ella ha recuperado su firmeza, o quizá es el miedo lo que la lleva a recuperar la iniciativa—. Acudamos a la policía.
Jugador4:
¿Qué le has hecho a Rubén, cabrón?