Valkiria
Capítulo VI
El último zumbido ha sido distinto.
No se trata de la vibración regular que provoca la alerta de geolocalización de Valkiria.
¿Más sorpresas? ¿Nadie duerme esa maldita noche?
Las pupilas de Rubén se clavan en la pantalla del teléfono. No pestañea, inmóvil aún junto a la puerta de la habitación. Lo que descubren sus ojos es un mensaje de Unai que no ha podido llegar en peor momento. Aunque lo más grave, sin duda, es su contenido:
T suena Valkiria? Me acaban d pasar la aplicación.
¡No, no! Rubén aprieta con fuerza su teléfono como si ese gesto le permitiese advertir a su compañero, como si así pudiera confesarle la amenaza que se oculta en ese juego. ¿Unai también?
¡No te dejes engañar, no entres ahí!
Aunque Rubén sabe que si Valkiria se ha fijado en él, Unai no tiene ninguna posibilidad. Bienvenido a la partida, Jugador4… Bienvenido a esta pesadilla.
Rubén titubea, mira su reloj. Todavía atento a los sonidos que llegan procedentes del pasillo de los dormitorios, hace un cálculo rápido. El mensaje de Unai ha interrumpido su maniobra de fuga y los minutos continúan el descuento; su cazador tiene que estar cada vez más cerca.
Jugador3 no se habrá detenido.
Nuevo zumbido.
Estás? Necesito la opinión de un crack de los videojuegos como tú, es muy urgente.
Rubén no contesta ninguno de los dos mensajes. Eso requeriría demasiadas explicaciones, delatar su implicación en la muerte de Marta y poner en evidencia esa huida que se está complicando por momentos. Ahora tiene que desaparecer.
Pronto será tarde para intentarlo y, además, Unai ya ha sido elegido. Valkiria no abandona una presa.
No puedo hacer nada por ti, Unai. Eres el cuarto jugador.
Rubén se mantiene a la escucha mientras piensa. Ningún ruido al otro lado de la puerta. ¡Es su oportunidad!
Empuña el pomo de la puerta, nota cada músculo de su cuerpo en tensión. Sus dedos se disponen a provocar el giro del pestillo, lo piensa una última vez antes de culminar una acción que lo dejará expuesto en medio de esa tierra de nadie en que se ha convertido el corredor de las habitaciones. Siente el peso de la mochila mientras su otra mano sostiene el móvil con los mensajes de Unai que aguardan una respuesta.
¿Vas a ser capaz de largarte sin advertir a tu compañero?, parecen recriminarle desde la pantalla de su teléfono. ¿Vas a dejar que Unai se convierta en una víctima más de Odín?
Rubén maldice en voz baja.
¿Quién será? ¿Por qué nos hace esto?
Por fin, toma una decisión. Se aparta con cuidado de la puerta, se sienta sobre la cama y saca de la mochila el ordenador. Lo enciende sin dejar de controlar el tiempo en su reloj. La alerta roja no da tregua desde su teléfono.
Comienza a teclear. A los dos minutos exactos concluye su tarea. Vuelve a guardar su portátil, se coloca la mochila y, con una expresión de firmeza en el rostro, inicia su evasión. La suerte está echada.
En cuanto pone un pie fuera de su habitación, nota cómo una sombra se le aproxima por la derecha, desde el fondo del pasillo. Apenas la vislumbra de refilón.
Tal vez haya tardado demasiado en reaccionar.
• • •
Unai golpea con los nudillos la puerta de la habitación de Kika y espera. A pesar de la hora que es, no le preocupa despertar a su compañera. Conoce sus horarios. La imagina enfrascada en tareas de programación —ella estudia Ingeniería Informática —, absorta ante alguna pantalla de ordenador mientras teclea en un lenguaje de códigos solo entendible para iniciados.
Al cabo de unos segundos oye la respuesta de Kika —«¡Pasa!»— y empuja la puerta. Su compañera, vestida con un pantalón de pijama gris y una camiseta amplia de Star Wars, se desliza por la habitación sobre una silla de oficina con ruedas, atenta a dos ordenadores portátiles encendidos que ha colocado sobre un mueble auxiliar. Encima del escritorio de la habitación hay otro equipo de sobremesa que muestra en su pantalla columnas de números que van pasando a gran velocidad. Con el pelo revuelto, Kika ofrece el aspecto de científica loca. Calza una especie de pantuflas enormes que imitan garras de monstruo.
—Cómo va eso, Unai —le saluda, justo antes de impulsarse hacia el ordenador grande—. No tienes buena cara. ¿Qué haces aquí a estas horas?
Ya no le mira. Sus dedos vuelan sobre el teclado que tiene delante. El flujo de números del monitor se detiene y suena un pitido. La chica se frota las manos, atenta a la información que ha quedado fija en la pantalla. Parece satisfecha.
—Todo bien —miente Unai. Avanza unos pasos y se sienta en la cama. A su derecha, apoyado en la pared, ve el skate que su compañera suele emplear para desplazarse por el campus—. Tengo una consulta que hacerte.
Kika suspira.
—Ya estamos… —comienza a pulsar teclas de nuevo, esta vez en uno de los portátiles, al que ha llegado gracias a otro calculado empujón de la silla—. ¡Poneos un antivirus en condiciones y dejaréis de tener problemas!
Unai permanece sentado sobre la cama, junto a ella.
—No es eso. Traigo algo que te va a interesar.
Los dedos de Kika se detienen.
—¿De qué se trata? —se ha girado hacia él, con los dedos todavía sobre el teclado—. ¿De verdad es algo interesante?
Unai asiente.
—¿Has oído hablar de una aplicación llamada Valkiria?
Kika frunce el ceño.
—¿Valkiria? —repite—. No. Las valkirias, según la mitología germánica, eran unas hermosas diosas guerreras que vivían en un paraíso para héroes muertos en batallas, el Valhalla. Pero no sé nada más.
Esa información parece poco útil. Unai empieza a desanimarse. ¿Ni siquiera su compañera va a ser capaz de orientarle?
—¿Entonces no te suena ese nombre?
Kika menea la cabeza.
—No conozco ninguna aplicación que se llame así. Espera…
Sus ojos han comenzado a brillar. El instinto le dice que quizá su compañero sí ha traído un bocado sabroso para su apetito de desafíos cibernéticos. Ahora ha iniciado en su móvil una búsqueda que, sin embargo, termina pronto.
—Nada, no hay ninguna aplicación Valkiria en venta. Confirmado. A lo mejor se trata de una versión experimental que aún no se ha lanzado al mercado…
—Lo dudo.
Kika continúa con el trámite de buscar en Google, pero no obtiene resultados útiles. Carraspea.
—¿Has preguntado a Rubén? De videojuegos sabe más que yo.
—Le he enviado un mensaje, pero no me ha respondido aún.
Unai observa cómo su compañera repasa mentalmente lo escuchado hasta ese instante.
—¿Y cómo has conocido esa aplicación fantasma?
—Me han invitado a jugar. Y tengo que decidirme ya.
«Invitar» es una manera muy suave de calificar el modo en que Unai se ha visto obligado a participar en ese juego, pero prefiere ocultar el tema del vídeo. Se siente demasiado avergonzado.
—¿Quién te ha invitado?
—No lo sé.
—¿No sabes quién te ha invitado? —El interés de Kika aumenta por momentos, ni siquiera es capaz de captar en su amigo la inquietud. Su propia intriga lo absorbe todo. Nada la emociona más que los enigmas.
—No —reconoce Unai—, no sé quién está detrás de Valkiria. La invitación ha sido a través de mensajes desde un número de esos ilocalizables. Me quedan… — mira su reloj— sesenta minutos para decidirme.
—¿Por qué tanta prisa? —Kika continúa sin prestar atención a sus ordenadores, una prueba de que Unai ha logrado despertar su curiosidad—. Imponer un plazo tan corto tampoco tiene mucho sentido…
—El máster es bastante autoritario. No da explicaciones.
—Ya veo. Básicamente te ha ordenado que juegues. Así, de repente. Un jueves a medianoche.
—Eso es. Hace una hora. Y me ha prohibido contárselo a nadie.
Kika se toma unos minutos para asimilar la información.
—¿Y qué pasa si te niegas? —por primera vez se percata de la crispación de su compañero—. Estás nervioso, Unai. ¿Todo este asunto tiene alguna… importancia especial para ti?
Kika intuye que le oculta información.
—Quiero saber de qué va este rollo —responde él— y por qué se han dirigido a mí. Por qué me han elegido. Eso es todo.
Los dos se miran en silencio unos segundos. Con toda probabilidad, Kika está calibrando hasta qué punto dar crédito a las palabras de Unai. De algún modo alberga la certeza de que no le ha mostrado todas las cartas, de que se guarda algo. Por fin, la curiosidad le puede:
—Enséñame esos mensajes, anda. Tú sabrás dónde te metes.
Unai le tiende su móvil con el mensaje abierto donde aparece el número para localizar Valkiria. Confía en que Kika no se ponga a cotillear el resto.
—Ahí me han dicho que encontraré el juego para descargar —explica con incomodidad, señalando las cifras.
Por suerte, ese dato basta para captar el interés de Kika, que se olvida del resto de la conversación.
—Ese dominio con el que termina la dirección, onion, indica que se trata de una web alojada en la red Tor —afirma en tono profesional—. Mira.
Kika se vuelve para quedar frente al ordenador portátil en el que estaba trabajando. Abre el navegador y escribe la dirección. Después da un leve golpe con un dedo sobre el área del ratón.
—¿Ves? —comunica sin apartar los ojos de la pantalla—: «servidor no encontrado». Lo que suponía. Esto es cada vez más estimulante…
Unai no entiende nada.
—¿A qué te refieres?
—El navegador no ha localizado esa dirección, Unai.
—Me habrán dado mal el número.
—Si se han tomado tantas molestias para que no sepas quién te envía los mensajes, no habrán tenido ese despiste tan tonto.
—¿Entonces?
—Lo que ocurre es que han colgado esa web fuera de la red normal, para que nadie ajeno pueda encontrarla ni identificar a quien esté detrás de ella. Estamos buscando en el sitio equivocado.
—¿Fuera de la red normal? ¿Pero es que hay más de una?
Kika adopta una mueca perversa.
—Hay gente que cuando navega busca… una mayor intimidad. Ya me entiendes, que no puedan llegar a ellos desde las webs que visitan, que nadie controle sus movimientos ni sus intercambios de material. Y para eso existe un nivel distinto de internet, lo que llaman «la red Tor», una telaraña de conexiones cifradas que funciona por encima de nuestra internet y cuyos contenidos no detectan los buscadores.
—Joder. ¿Pero es que no basta para mantener la confidencialidad con borrar el historial?
—En absoluto. Cuando navegas por internet, en tu ordenador se guardan las cookies, por ejemplo, que recogen todo tipo de información sobre lo que vas haciendo en una web. Incluso aunque las borres, queda huella en los servidores de las páginas que has visitado. En cambio, lo que sucede en la red Tor se queda en la red Tor. Es una región desconocida… que aprovechan algunos para actividades ilegales. Se accede a ella mediante un software especial que te abre las puertas a esa especie de submundo dentro de internet ilocalizable para los buscadores. ¿No te suena? El logo es una cebolla.
Una cebolla. Ahora sí comprende Unai el dibujo que no ha enseñado a Kika. Su misterioso emisor le ha indicado con esa imagen cómo llegar hasta Valkiria.
—Es increíble que exista algo así —disimula, buscando más información al respecto—. ¿Cómo es que lo permiten las autoridades? Tendría que estar prohibido moverse por ahí…
Unai considera que un espacio para la impunidad como ese tiene por fuerza que alimentar la tentación de cometer delitos… o de crear videojuegos destinados a complicar la vida de la gente. Sin esa red subterránea, Odín no podría ocultarse tanto.
—Bueno —matiza Kika—, la red Tor también cumple funciones más necesarias. Por ejemplo, permite la comunicación entre disidentes de países poco democráticos, porque escapa a la censura oficial. Es lo que ocurre en China: gracias a Tor existen fuentes de información no controladas por el gobierno.
Se nota que Kika disfruta hablando de estos temas. Es su universo.
—No había caído en eso —reconoce Unai—. Ya veo que en esa red subterránea hay malos y buenos. ¿Cómo has dicho que se accede a ella?
—Tendrás que hacerlo si quieres llegar a la dirección que te han facilitado.
—Lo sé.
—Desde un PC necesitarías usar un sistema operativo como TAILS. Desde un móvil como el tuyo, que funciona con Android, se requiere una aplicación que se llama Orbot. Es la que entiende el protocolo de Tor. Cuando te la hayas descargado, podrás navegar a través de Tor con un navegador configurado para esa red. Te recomiendo el Orfox.
Unai se ha perdido. Siempre le ha aburrido mucho la jerga de los informáticos.
—Entonces debo descargar en mi teléfono la aplicación Orbot y luego ese navegador especial, ¿no?
—Eso es.
—Toma —le tiende el móvil a su compañera—. Todo tuyo.
—¡Adelante pues! —Kika se frota las manos—. Vaya regalito me tenías preparado. Me estás haciendo feliz, camarada. Espero que ese juego merezca tanto misterio.
Pero Unai no está para bromas. A los remordimientos que le sigue despertando el vídeo se une la contrarreloj: quedan cuarenta minutos para que se incorpore al juego o enviarán el material a Vega.
Qué noche más larga.