Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 16 de 41

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Valkiria

Capítulo XVI

—He quedado a cenar con Clara —dice Vega, una vez han salido de la residencia donde se alojó Marta—. ¿Te apuntas?

Unai tarda en girar la cabeza hacia ella y responder.

—Mejor… mejor nos vemos más tarde; ahora tengo que terminar unas cosas de clase.

Vega juraría que Unai está empezando a sufrir un nuevo arrebato de ausencia como el de la noche anterior. En su expresión capta de pronto una distancia que no existía antes y una seriedad —tan poco frecuente en él— que se ha acentuado. Sin embargo, finge no percibir esos síntomas.

—Quiero agradecerte que hayas querido hacer eso conmigo —ella señala hacia la ventana desde la que se tiró Marta, intenta recuperar la atención de su chico—. Sé que ha sido raro, pero lo necesitaba. Un ritual de despedida.

Vega siente como si ahora Marta descansara en paz. Se pregunta de dónde ha sacado esa ocurrencia de que los suicidas tienen problemas para ello, como esos fantasmas de las películas que dejaron algo pendiente al morir y se resisten a abandonar el mundo de los vivos.

A lo mejor es eso, se dice. Es imposible que alguien que acaba con su vida antes de tiempo no deje algo pendiente. Cuando uno cierra un libro a medio leer, quedan aún muchos capítulos…

Caminan hacia el lugar en el que Vega va a reunirse con Clara.

—Ha estado bien, no te preocupes.

La voz de Unai la ha sobresaltado.

Ha sido una respuesta lenta, tardía. Y demasiado neutra. Vega casi tiene que hacer un esfuerzo para interpretarla. Lo estoy perdiendo otra vez, piensa. ¿Qué pasa? ¿Cuál ha sido el detonante esta vez? En la habitación de Marta, Unai estaba muy normal…

En el fondo, Vega es consciente de que desde la pasada noche Unai no ha vuelto a ser el mismo. Al menos, no del todo.

¿Se habrá metido en algún tío? De ser así, ¿por qué no cuenta conmigo?

Vega duda sobre si interrogarle abiertamente o —la que ha sido su estrategia hasta el momento— reprimir su preocupación y simular que no se ha dado cuenta de su cambio de actitud. Si lo atosiga, corre el riesgo de que él se cierre aún más. Decide concederle un poco más de tiempo. Solo un poco, no está dispuesta a vivir preocupada durante días. Prueba a sacar otro tema:

—Hoy he estado con Nuria.

Ese dato sí logra llamar la atención de Unai —a él no le cae nada bien esa chica —, que vuelve a mirarla a los ojos.

—¿Con Nuria? Creo que había discutido con Marta, ¿no?

A Vega le sorprende que Unai esté al tanto de eso, teniendo en cuenta que Marta era prácticamente una desconocida para el grupo de amigos. ¡Qué endogámicos son los recintos universitarios! Todo se acaba sabiendo… aunque eso no impida que una chica consiga ocultar a todos que va a matarse.

—Bueno —responde—. Por lo visto, la relación entre ellas solo se estropeó durante las últimas semanas. Parece que Marta se había vuelto muy rara, evitaba quedar con la gente y, según me ha contado Nuria, estaba obsesionada con el móvil.

Unai lo piensa. Nuevos indicios que le llevan a contemplar a Marta como jugadora de Valkiria. Así que «obsesionada con el móvil» y poco social. Esos síntomas cuadran demasiado con la participación continuada en Valkiria. Él mismo los está empezando a experimentar: apenas consigue aguantar varios minutos sin comprobar si hay mensajes en la aplicación del juego o si su alerta ha detectado a algún adversario, y desde luego le incomoda la compañía de sus amigos, que le obliga a camuflar su condición de «jugador cautivo». Menos la de Compu.

¿También constituye el suicidio un desenlace previsible para los jugadores de Valkiria? Unai se asusta. Por primera vez, adquiere verdadera conciencia del lío en que se ha metido, del alcance de la amenaza. Esto es muy grave.

—Ese cambio en el humor de Marta… —Unai va sacando conclusiones— ¿Te ha dicho Nuria cuándo se produjo exactamente?

—Solo me ha dicho que hace poco.

Unai asiente. Como último fichaje de Odín, él acaba de ser incorporado al juego. La partida tiene que ser reciente y ahora descubre que quizá Marta se vio atrapada como lo está él, con la diferencia de que no logró superarlo. Era más débil, le exigieron pruebas excesivas o acaso emplearon para forzar su participación secretos demasiado sensibles. ¿En eso consiste Valkiria? ¿En chantajear a los jugadores para someterlos después a una tensión implacable hasta que revientan?

Odín juega con nuestras vidas. Esa es la verdadera esencia de Valkiria.

A pesar de lo estúpido de su primera misión, Unai es consciente de que no debe fiarse. Seguro que pronto empezarán a pedirle cosas más delicadas. Así, al menos, descubrirá el motivo de su presencia en Valkiria.

Porque tiene que haber una razón.

Unai sigue atando cabos. Recuerda ahora la tonalidad gris clara del nombre de Jugador2 en el chat de la aplicación. ¿Era Marta Jugador2, y tras su muerte se produjo ese cambio de color? Se trata de un tono con malas implicaciones en cualquier juego: Game Over.

Te has quedado sin vidas.

Estás muerto.

Pero Marta, en esta ocasión, no tiene posibilidad de empezar una nueva partida. No la tendrá ya nunca.

¿Y el estado en que se encontró su móvil? Cuando trascendió el detalle de que ella lo había restaurado antes de tirarse por la ventana, a Unai le resultó muy extraño. ¿Por qué una suicida se va a tomar la molestia, antes de matarse, de limpiar su teléfono hasta el punto de dejar su configuración de origen? ¿Había algo en el móvil que Marta no quisiese que se descubriera cuando encontraran su cuerpo?

No, no había nada que Marta pretendiese ocultar porque nada importa cuando uno está muerto.

No, concluye Unai. Durante sus últimos minutos de vida, Marta no tendría la mente para decidir qué rastros dejaba. Bastante tenía la pobre con lograr dar su último paso. ¿Entonces?

—Fue Odín —susurra, experimentando una súbita lucidez.

Tuvo que ser Odín. El cuerpo de Marta tardó varias horas en ser descubierto, así que el máster del juego tuvo tiempo de sobra para visitar su dormitorio y eliminar pistas.

Valkiria necesita seguir siendo invisible.

Valkiria no existe para el mundo exterior.

—¿Qué has dicho? —Vega ha oído su murmullo.

—Nada, cosas mías, perdona.

A raíz de sus últimas deducciones, un nuevo interrogante toma forma en la mente de Unai: ¿ha sido él incorporado al juego para sustituir a Marta?

Tal vez solo se pueda salir de Valkiria como cadáver, piensa, dejándose llevar por la ansiedad. La figura de Odín, creador, por tanto, de una trampa definitiva, va creciendo en su imaginación hasta convertirse en una sombra que amenaza con devorarle.

Unai ni siquiera entiende cómo se ha metido en eso. Hace tan solo unas horas, su vida era la normal en un estudiante universitario: exámenes, fiestas, clases, redes sociales, su violín y horas de biblioteca junto a su novia. Ahora a su alrededor todo ha adquirido un aura hostil.

Su pretendida firmeza se tambalea. Unai sigue decidido a enfrentarse a Odín, pero duda de sus posibilidades contra un adversario tan fuerte.

—¿Estás bien? —Vega ha notado la palidez en su rostro y su mirada distante; se han detenido—. Ya sé que te llevas mal con Nuria, pero… ¿Unai?

Él no quiere seguir mintiendo. Está harto. ¿Va Odín a arruinar todas las facetas de su vida? ¿No va a respetar ningún ámbito, no va a permitirle ningún refugio donde descansar de su juego perverso?

En su interior brota una respuesta negativa. Intuye que eso fue lo que mató a Marta: la ausencia de cobijo. No se puede escapar a una persecución virtual.

Valkiria no concede treguas. En la red no hay noches, días ni horarios. Valkiria no duerme. Va construyendo a tu alrededor, sin que te des cuenta, una soledad tóxica que termina por ahogarte. Te contamina, te aparta de tu mundo y, al hacerlo, te transforma en un desconocido.

En una víctima vulnerable.

Unai siente miedo ante lo que le falta por descubrir de Valkiria, ante lo que le aguarda en esa dimensión que va infectando su realidad.

—Tengo que irme —responde—. Lo siento.

—¿No esperas hasta que llegue Clara?

—No puedo. Nos vemos después de cenar, ¿vale?

Da un beso breve a Vega en los labios y se aparta. No se va: escapa. Y detrás queda ella, quieta en medio del campus. Las primeras lágrimas no tardan en empañar sus ojos.

—¿Qué te pasa, Unai? —susurra—. No me apartes de ti… Déjame ayudarte. Sea lo que sea, estaré a tu lado.

Pero él no la oye. Tampoco se percata de que Vega ha empezado a llorar en silencio. Unai ni siquiera sabe si se aleja de ella para protegerla o para protegerse. Lo único que tiene claro es que necesita estar solo.

La situación le está superando y no se atreve a mirar atrás. Lo suyo es una huida.

Mientras camina ha abierto la aplicación de Valkiria. Ahora descubre con espanto que ya son dos los nicks en gris claro: Jugador1 ha adquirido también la tonalidad mortal.

Lo que faltaba.

Surgen en medio de la angustia dos prioridades: encontrar a Rubén, encontrar a la chica del vídeo.

Comienza a estudiar las fotos que le ha enviado Compu por wasap: la habitación de Rubén. Sus ojos se detienen en la imagen del armario vacío y los cajones entreabiertos.

—No vamos a encontrarlo —concluye por fin.

Para Unai solo hay un motivo capaz de conducir a un comportamiento así de radical: Valkiria.

Rubén ha escapado de Valkiria.

 

• • •

 

¿No buscaba ese juego? Pues Valkiria la ha encontrado a ella. Quizá han sido los cuervos negros que acompañan a Odín los que han seguido su rastro.

Al principio, Kika experimenta un subidón; su apetito como jugadora la inunda por dentro. ¡Por fin va a conocer lo que se oculta tras esa aplicación fantasma! Sin embargo, pronto recupera la calma y, con ella, el recuerdo de la definición de «valkiria». Se pregunta entonces a qué viene esa inesperada maniobra de Odín.

¿Por qué, de pronto, han decidido contar con ella?

¿Se avecina un combate? ¿Requieren su participación para alguna prueba? En tal caso, esa llamada no es un buen síntoma.

Las valkirias eligen a los héroes que van a morir en la lucha, recuerda Kika. En ese sentido, resulta preocupante que a esas alturas se hayan acordado de ella.

¿Lo habrán hecho porque ya saben que conoce el juego? ¿Y cómo se han enterado? Fue muy cauta a la hora de ayudar a Unai…

Kika vuelve los ojos hacia la pantalla de su móvil. El mensaje, firmado por Odín, es conciso:

¿Quieres participar en la aventura de Valkiria?

Acude sola a las 12 a la zona de obras.

Tráete el skate. Odín

En el mensaje no se molestan en explicar lo que es Valkiria, prueba de que están al corriente de que Unai acudió a ella la noche anterior, de que conoce lo que no debería conocer.

Y saben cómo seducirme, piensa Kika. Me tiran el anzuelo con unas palabras misteriosas… Saben que no voy a rechazar la oferta.

La mención al skate también sorprende a Kika. Ella suele emplearlo para moverse por el campus, algo que Odín debe de haber averiguado. Kika duda sobre si se trata de un elemento que va a necesitar para su primera prueba como jugadora o si es que van a conducirla hasta algún lugar que se encuentra a cierta distancia y todos los implicados van a desplazarse de ese modo. En cualquier caso, acatará la instrucción.

Porque piensa acudir al encuentro. Su sentido común le pide prudencia, la misma que recomendó a Unai cuando le ayudó a localizar la aplicación. Sin embargo, Kika se conoce demasiado bien: no hay ninguna posibilidad de que rechace una invitación tan tentadora.

—Acudiré. Tengo que saber de qué va esto.

Kika experimenta un nerviosismo casi infantil ante la inminencia de la cita. Hay muy pocas cosas que rompan la tediosa rutina universitaria, una novedad así no se presenta todos los días.

¿Quién será Odín?, se pregunta. Kika no descarta que se trate de un conocido, algún compañero de su escuela.

—Iré —se repite con solemnidad, como para vencer cualquier reticencia íntima.

Confía en poder confesarle pronto a Unai que ya son compañeros en Valkiria; tal vez incluso lo vea esta noche en la zona de obras.

Mira la hora en su móvil, con impaciencia. Al mismo tiempo, su mente le lanza un mensaje inquietante: Si las valkirias fueran criaturas reales, estarías acudiendo a una cita con tu propia muerte.