Valkiria
Capítulo XXIV
Unai, en pie, con el cuerpo en tensión, no despega los ojos de la pantalla de su móvil. La alerta continúa brillando por culpa de esas dos presencias que se mueven dentro de su área de seguridad. Lo que lamenta es que la geolocalización no registre el avance de cada una, lo que le impide calcular su ubicación exacta.
Como en la película Alien, una de sus favoritas, desde su puesto de control adivina cómo el peligro va aproximándose a sus compañeros.
Ojalá Vega y Compu hayan salido de la residencia.
Tienen que haberse largado ya.
—Odín ha querido mostrarse de nuevo —murmura con rabia—. No tiene necesidad de hacerlo, pero lo quiere así. Es un provocador, disfruta con su juego. Sabe que le estoy viendo.
Jugador3, por el contrario, no tiene opción de ocultar su avance. Pero Odín… Lo suyo ha sido una elección.
—¡A la mierda!
Unai no va a conformarse con esperar en la habitación mientras su novia y su amigo corren riesgos. Se acabó, esto ha llegado demasiado lejos.
Coge su cazadora, sale del dormitorio y se lanza a toda velocidad en dirección a las escaleras que conducen a la planta baja. Ni siquiera ha dejado en su habitación el móvil. No. Quiere que Odín detecte su desplazamiento, que compruebe que ha perdido su poder sobre él. Jugador4 tiene iniciativa propia. Le está desafiando.
—¿Qué puedes hacerme?
Unai no teme ya sus represalias. En pocos minutos corre por el campus como un desesperado, en dirección a la residencia de Rubén. La noche ofrece un aspecto tranquilo, pero él no se deja engañar. Sabe bien que la amenaza de Valkiria es invisible.
Los pasos suenan cada vez más próximos y Vega ni siquiera está segura de que no haya alguien más en la sala, tras alguna de las torres de taquillas que todavía quedan en pie, más allá de la marea de muebles volcados que cubre el suelo. Sin la luz de la linterna, la oscuridad ha ganado terreno, así que enciende la de su móvil y dirige el teléfono en todas las direcciones. Sabe que el ataque puede llegar desde cualquier ángulo, aunque decide descuidar la zona delantera; los pasos que se dirigen a ella desde el corredor son su prioridad en ese instante. Ya están ahí mismo, el contacto va a producirse. No puede huir ni esconderse. Vega contiene la respiración, incluso busca con la mirada algún elemento que le sirva de defensa en caso necesario. Al final coge una fregona, consciente de lo patética que resulta su idea.
Segundos después, surge ante su vista una silueta: ¡Compu! Vega se deja caer sobre una de las taquillas tumbadas al reconocerle, sorprendida con la intensidad de las emociones que despierta en ella todo ese asunto de Valkiria.
—¡Vaya susto! —se queja sin aliento—. Pensaba que eras Odín…
Pero su amigo, tranquilo al comprobar que Vega se encuentra bien, no está para conversaciones. Su mirada pasea por el caos de muebles que domina la sala.
—¡Y nos encontrará si no nos largamos de aquí! El ruido ha debido de despertar a todo el edificio… ¡Vámonos!
No es momento de explicaciones. Compu la ayuda a levantarse y los dos echan a correr sirviéndose de las linternas de sus móviles. Deben desaparecer de la zona prohibida antes de que los sorprenda alguien de la residencia… o de Valkiria.
Enseguida acceden a la escalera que comunica con las plantas de dormitorios y, ya en territorio de estudiantes, continúan su fuga saltando los escalones de tres en tres. Sin detenerse, alcanzan a distinguir de refilón la figura quieta de Carlota, que desde uno de los pasillos observa su carrera con gesto de asombro.
No hay tiempo para explicaciones.
En la puerta del vestíbulo casi chocan con Unai, que acaba de llegar con cara de angustia. Se incorpora a la fuga sin mediar palabra. A pesar de los ruidos que han oído, no son interceptados —de madrugada las reacciones son lentas— y los tres logran alejarse del edificio para dirigirse a su residencia. Solo allí dispondrán de la discreción y la seguridad que requiere su siguiente reunión. El silencio que comparten conforme se alejan de la zona de peligro confirma su impresión: misión fallida, Rubén sigue en paradero desconocido.
Odín mantiene la ventaja… y además le toca mover ficha. No cabe duda de que el comando de rescate habrá sido detectado por Valkiria. La cuestión es cuál será el precio de ese desafío.
• • •
Carlota ha llegado al final del pasillo y ahora se asoma a la escalera por la que han pasado tan deprisa sus compañeros. Allí se lleva una nueva sorpresa: Pedro Ginés también está despierto y fuera de su habitación. Vislumbra su perfil de deportista — que no le importaría conocer más en detalle—, quieto sobre los peldaños del piso superior. Se ha detenido al verla a ella.
—¡Pedro! ¿Qué haces aquí a estas horas?
El chico se está preguntando lo mismo sobre ella, aunque la presencia de Carlota en esas circunstancias resulta menos llamativa.
—El ruido —explica él señalando hacia abajo—. Vaya susto, ¿no?
—Y tanto.
—¿Y tú? ¿Vuelves ahora?
—Debo mantener mi prestigio —ella sonríe sin ganas—. Me faltan horas en el día.
Pedro adopta una mueca irónica.
—Lo que a ti te falta son horas de noche. Has batido un nuevo récord.
A Pedro le encantaría saber con quién ha estado hasta esas horas, pero no se atreve a interrogarla sobre eso.
—No me desafíes —responde ella—. Aún puedo esforzarme más.
Y eso que tú tampoco estabas durmiendo, por lo que veo…
Carlota le mira de arriba abajo, fijándose en su ropa: vaqueros, camisa de leñador, zapatillas Converse blancas.
—No iba a salir en pijama… —se justifica él.
Tampoco tienes cara de sueño, analiza Carlota. No soy la única a la que le cunden las noches.
—Pues si te has entretenido en vestirte —deduce—, tampoco te habrá asustado tanto el ruido, ¿no?
Pedro se la queda mirando. Es una conversación extraña en la que ambos parecen ocultar algo.
—Bueno, sobre todo he sentido curiosidad —explica—. Y prefiero investigar vestido, aunque a lo mejor tú te sientes más cómoda con poca ropa…
Carlota ríe. Viniendo de él, sabe que no hay mala intención en ese comentario, sino humor compartido. O una evasiva.
—Touché.
Pedro se centra en lo que ha provocado el estrépito:
—¿Sabes qué ha sucedido?
—Ni idea. Creo que el ruido ha venido del sótano.
—¡Pero si esa zona solo la emplean los de mantenimiento! Por la noche no hay nadie.
—Igual había algo mal colocado y se ha terminado cayendo.
—Pues a juzgar por el escándalo que se ha montado —opina Pedro—, han debido de dejar mal colocada una habitación entera.
—Lo importante es que no parece que la residencia se vaya a venir abajo. ¿Has visto a Compu y a Vega?
Pedro niega con la cabeza.
—¿Aquí? ¿A estas horas?
—Corrían por las escaleras. No sé qué estaban haciendo.
—Entonces, a lo mejor son ellos los que han provocado el jaleo.
Nuevos ruidos. Murmullos y puertas.
—No somos los únicos despiertos a estas horas.
Carlota asiente.
—Pero sí los más ágiles.
En efecto, nadie ha sido tan rápido como ellos a la hora de reaccionar. Aparte de Compu y Vega, claro. Carlota vuelve a preguntarse a qué ha venido la carrera por las escaleras. Ya lo averiguará. Esa fugaz aparición de sus compañeros le parece muy extraña, sobre todo en plena noche.
—Bueno, vuelvo a mi habitación —Pedro bosteza—. Necesito dormir y la situación es menos emocionante de lo que imaginaba.
No termina de irse, como si esperara de Carlota alguna otra respuesta.
—Yo cotillearé un poco más —ella baja los siguientes escalones—. No tengo sueño.
Los dos se separan. Pedro vuelve la cabeza para seguir el avance de Carlota antes de perderla de vista. La noche continúa…