Valkiria
Capítulo XVIII
Unai sale de la biblioteca a zancadas rápidas. Mientras avanza hacia el vestíbulo lanza miradas furtivas, se esfuerza en controlar de refilón las proximidades. Cada vez está más convencido de que le vigilan.
Comprueba que Marcos no ha seguido sus pasos, aunque ese hecho tampoco descarta a su compañero como participante en Valkiria. A fin de cuentas, habría sido una reacción estúpida, y Marcos no tiene pinta de ser mal jugador.
En el exterior se encuentra con Pedro Ginés, que permanece sentado en las escalinatas que conducen a la entrada principal del edificio en compañía de un chico de aspecto robusto y sonrisa franca.
En otras circunstancias le habría caído bien. Pero para Unai todo desconocido, por el hecho de serlo, resulta sospechoso de jugar en Valkiria. Lo mira con recelo.
—¡Hola, Unai! —le saluda su amigo—. ¿Ya has acabado de currar?
—Sí —él se esfuerza por aparentar la apatía del que concluye una tarde de estudio poco productiva—. Ya basta por hoy.
—Raúl, te presento a Unai —Pedro se ha vuelto hacia su acompañante—. Un violinista de primer nivel.
Unai sonríe brevemente mientras estrecha la mano que le tiende el chico, que se ha puesto de pie. Le mira a los ojos buscando en su expresión inofensiva algún indicio delator. No percibe nada salvo una suavidad en sus maneras que resulta levemente femenina.
—Encantado —dice Raúl.
—Igualmente —responde Unai—. No le hagas caso: toco el violín y punto.
—Falso —Pedro no admite la modestia de su amigo—. Eres lo que se llama un «virtuoso», asúmelo. ¡Déjame presumir de amigo interesante!
—Lo que pasa es que no tienes oído musical y todo te suena bien. ¿Os vais a quedar mucho?
—No, nos iremos también enseguida. Van a cerrar la biblio.
Raúl ha vuelto a sentarse al lado de Pedro. Es tarde. La noche se extiende por el campus, cuyas farolas proyectan ya su luz entre los edificios.
Con la llegada de la oscuridad, la amenaza de Valkiria se le antoja a Unai más sólida.
—Bueno, os dejo —se despide—. He quedado con Vega y llego tarde. ¡Hasta mañana!
Comienza a alejarse. A su espalda siente la mirada curiosa de su amigo. Sin necesidad de comprobarlo, es consciente de que no ha sido capaz de disimular su crispación. Se le nota a la legua.
Y el móvil en la mano, por supuesto, inseparable como si fuera una extremidad más de su cuerpo.
¿Se comportaban así Marta y Rubén?
Vuelve a leer el último mensaje de Odín:
Pronto el ausente será encontrado y tu primera misión tendrá sentido. Aguarda instrucciones. Se acerca tu segunda prueba…
«El ausente será encontrado». La interpretación de esas enigmáticas palabras no ofrece dudas.
—Odín sabe que estoy buscando a Rubén. Lo sabe.
Unai ha intentado obtener más información enviándole una respuesta a través del chat del juego, pero Odín no ha vuelto a escribirle. Ahora él se para y va girando lentamente sobre sí mismo. Ante su vista quedan los edificios de las facultades, senderos de tierra, árboles, una residencia, caminos de asfalto, coches aparcados. Y gente. Siluetas solas o en grupo, detenidas o en movimiento. Profesores, alumnos, visitantes.
¿Dónde te escondes, Odín? Da la cara si tienes huevos. Acabemos con esto.
Deja de joderme.
¿Qué quieres de mí? ¿No has tenido suficiente con el sacrificio de Marta?
De nuevo el máster del juego exhibe una asombrosa capacidad de información. No se le escapa nada. Sí, la evolución de los acontecimientos respalda la decisión de Unai: necesita contar con la ayuda de Kika. Se lo contará todo. ¿De qué sirve disimular ante un control tan enfermizo? No piensa renunciar a los pocos apoyos que tiene a su alcance. Seguro que Marta lo hizo: mantuvo el secreto, fue una jugadora dócil y… y ahora está muerta.
Ella muerta y Rubén desaparecido.
Ese tal Odín se ha vuelto loco, pero sigue manejando las riendas con pulso férreo. No flaquea.
Su mensaje no es el de alguien que alberga dudas sobre los próximos pasos; es el de una persona que no está dispuesta a apartarse un ápice del rumbo marcado.
Ese tío tiene que ser un psicópata si consigue dormir tranquilo después de haber provocado un suicidio. Nada va a detenerle.
Unai reanuda su camino y no tarda en llegar hasta la residencia. Justo entonces, una corazonada brota en su mente. Frena sus pasos ante la puerta de entrada al edificio.
—¿Cómo sabe Odín dónde está Rubén? —se pregunta en voz alta.
«El ausente será encontrado».
Para anticipar con tal seguridad que va a ocurrir eso, Odín tiene que conocer el paradero de Rubén… y los movimientos de quienes lo buscan.
Una siniestra deducción.
Al menos eso confirma que su compañero es otro de los jugadores de Valkiria; solo así se explica el conocimiento que Odín tiene sobre él.
Y tu primera misión tendrá sentido.
Esa segunda parte del mensaje todavía es más extraña. Unai no le encuentra ninguna lógica. ¿Qué tiene que ver ordenar un sótano lleno de trastos con que se localice a Rubén?
Unai respira, procura calmarse. Necesita su violín. Entra en la residencia y se apresura a llegar hasta su habitación. No va a cenar. Le queda poco tiempo antes de que llegue Vega, y para entonces ha de tener muy claros sus próximos pasos y el modo en que confesará su secreto. Ruega por ser capaz de minimizar el daño y despertar en ella su comprensión.
No puede perderla. Ahora no.
• • •
Las ruedas del skate de Kika se deslizan por el firme liso de la calzada emitiendo un ronroneo suave. Ella disfruta del aire frío que corta sus mejillas, del silencio y de la oscuridad bajo el resplandor de la luna. Apenas se cruza con vehículos ni peatones: son cerca de las doce de la noche. Poco a poco, va dejando atrás la zona más transitada en dirección al sector en obras del recinto universitario. Las farolas empiezan a escasear, lo que la obliga a reducir la velocidad.
Está emocionada. Le interesan la cita y el modo clandestino en que ha sido convocada: mensajes escuetos, con muy pocos datos, que facilitan la información de forma progresiva. La hora y el lugar del encuentro también son un acierto, pues ayudan a una ambientación misteriosa. Como experta en videojuegos y rol, la estrategia que está empleando Valkiria le parece muy inteligente; genera ganas de participar. Han conseguido que ella se sienta parte del juego incluso antes de haber comenzado oficialmente la partida.
Y es que lo real y lo virtual se fusionan en Valkiria de una forma muy armoniosa. Le han mostrado un cebo que ella ha aceptado sin vacilar. Ahora espera obtener la aplicación que le permita incorporarse al juego.
Quiere explorarlo, estudiarlo, aprender sus trucos.
Kika por fin alcanza el punto señalado: una señal de «prohibido el paso» que se alza junto a una verja de metal que marca como una frontera un perímetro de cientos de metros. Esa barrera con forma de cuadrícula impide avanzar más. Al otro lado se extiende el área donde se construye la ampliación del campus. Kika, aún sobre su tabla, distingue a través de los filamentos herrumbrosos de la verja varias excavadoras, andamiajes, esqueletos de edificios que se recortan contra el brillo de la luna e inmensos agujeros que se abren en el terreno.
Un panorama de lo más tétrico. Genial.
Kika baja de su tabla.
Un gran tablón clavado a un poste explica con dibujos las normas para los trabajadores: el uso del casco y otras obligaciones que cualquiera que acceda a la zona en obras debe respetar. Kika saca el móvil de un bolsillo y aguarda nuevas instrucciones, tal como le ha indicado Odín. Un zumbido en su teléfono le avisa de que acaba de llegarle un SMS.
Entra.
Vaya, piensa Kika. Odín no busca lugares fáciles para una primera cita…
—Así que ya sabes que he llegado —ella echa una ojeada a su alrededor, busca alguna presencia. La única manera que ha tenido Valkiria de confirmar que Kika se encuentra en el lugar convenido es el contacto visual. Sin embargo, no descubre nada. Aunque en ese entorno en sombras podría esconderse un ejército y Kika no se daría cuenta.
A continuación, estudia el modo de superar el obstáculo de la verja. En realidad, es muy fácil. Los postes que la sujetan se hallan encajados en unas piezas de cemento agujereadas, tipo ladrillo, sin ningún bloqueo. Kika comprueba que basta con levantarlos para que la red metálica, bastante ligera, quede suelta y permita huecos bajo ella.
—Lógico que no haya más medidas de seguridad —dice Kika—. ¿Quién va a meterse ahí dentro?
Lleva sus manos hasta la malla metálica, la agarra y empuja hacia arriba. Los postes más próximos se sueltan de los pies de cemento y quedan flotando en el aire. Ese tramo de verja baila al perder la sujeción, se dobla caprichosamente. Kika aprovecha y, de una patada suave, lanza su skate al otro lado. Después se tiende en el suelo y, alzando de nuevo el tramo libre de verja, se arrastra hasta cruzar a la zona prohibida.
Una vez allí, suelta la malla, se levanta y recupera el skate. El escenario que la recibe transmite un aura entre fantasmal y apocalíptica.
—Ideal para un videojuego.
Apenas han levantado aún alguna estructura; nada hay que robar. Kika imagina que, conforme avancen los trabajos, incluirán seguridad privada. Agradece no tener que enfrentarse todavía a ese problema.
Nuevo zumbido.
Avanza doscientos metros hasta el aparcamiento subterráneo.
Kika levanta la vista de la pantalla de su móvil y comienza a caminar. Si no fuera por el resplandor de la luna, ese trayecto sería muy peligroso: se ve obligada a esquivar montones de tierra removida, repentinos vacíos en el suelo, vehículos, maquinaria pesada y andamios. Emplea el móvil como linterna.
—Odín está aquí —se dice Kika—. En algún escondite desde el que controla la verja y ese aparcamiento. Me ve, seguro.
O serán sus cuervos, piensa metiéndose en el papel, que la espían desde el firmamento oscuro. Tal vez los demás jugadores de Valkiria también permanecen allí, sin delatar su presencia, observándola.
Todos ocultos en medio de ese paisaje de apariencia ruinosa, una escenografía de guerra.
Pero Kika sigue sin detectar nada. Ni un movimiento, ni un sonido. Nada.
Por fin va llegando hasta lo que se adivina como la primera fase de un aparcamiento subterráneo: la empresa constructora ha abierto en esa parcela una hondonada enorme, una brecha en el terreno de unos quince o veinte metros de profundidad por sesenta de ancho. Un auténtico precipicio a cielo abierto. En el otro extremo de la obra, una rampa de tierra con huellas de neumáticos comunica la superficie con el fondo de ese cráter cuadrado de las dimensiones de una manzana completa, el acceso al futuro garaje del edificio que se levante allí. Un garaje de al menos tres plantas, calcula Kika mientras sigue estudiándolo todo conforme avanza.
En ese momento distingue un elemento que no cuadra con el paisaje circundante: unos metros más adelante, al borde de la hondonada, alguien ha dejado una pequeña caja de madera y, sobre ella, una cerveza.
—Eso es para mí —deduce.
Una tercera vibración de su móvil le anuncia que le aguardan nuevas instrucciones. Muy pendiente de los alrededores, se detiene para consultar el último mensaje.