Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 5 de 41

Páginas del PDF

Valkiria

Capítulo V

Solo en su habitación, Unai repasa hasta el final el vídeo de origen desconocido: junto a la otra protagonista, se ve a sí mismo seguir con movimientos torpes el ritmo de una música que la grabación no recoge, mientras exhibe el gesto estúpido —no lleva sus habituales gafas de pasta— que siempre se le pone cuando bebe demasiado. Está borracho.

Unai se sienta en la cama, atónito, sin despegar los ojos de las imágenes. Qué vergüenza. El móvil parece quemarle entre los dedos, pero destruir el archivo no eliminará ese material que alguien, inexplicablemente, ha conseguido. En silencio contempla —a pantalla completa, casi recreándose— su figura apoyada en una pared de azulejos verdes entre dos lavabos, los urinarios al fondo y las puertas blancas de los retretes frente a ellos. Sí, no hay duda: la localización de la grabación es el baño de chicos del Lombok, el local donde se celebró una reciente fiesta universitaria. Ella es Laura, una atractiva estudiante de Periodismo a quien conoció esa noche. Unai recuerda lo mareado que se sentía esa noche y cómo retumbaba la música allí dentro —sonaba un tema de Katy Perry, cree—; la canción se oía perfectamente a pesar de que ella había cerrado la puerta del baño.

—No puede ser que alguien haya grabado esto… —murmura él, envuelto en una dolorosa mezcla de remordimiento y miedo a las consecuencias—. Es imposible…

Pero la pantalla del móvil no miente. Muestra ahora cómo Unai baila con Laura, cada vez más juntos. Es ella la que se mueve en plan sensual, la que insiste en acercar su cuerpo al de Unai, la que adopta una expresión traviesa mientras juega en medio del baile. Unai se deja conducir, está demasiado ebrio para llevar la iniciativa. En el fondo no es él, aunque una afilada duda se abre paso en su mente, ya herida por la culpabilidad: ¿se aprecia esa atenuante en las imágenes?

¿Apreciará Vega, si llega a ver el vídeo, que él no era dueño de sus actos?

Pero me presto al juego, piensa Unai con desesperación. Eso es lo que importa. Participo, mis manos recorren su cuerpo, la acaricio.

En el vídeo se buscan. No estaba tan borracho.

O sí, yo qué sé.

Ni él es capaz de definir su estado de aquella noche. Esas horas permanecen dentro de su memoria envueltas en una nebulosa que no ha tenido ningún interés en despejar. Lo había olvidado todo, simplemente. Ni siquiera ha vuelto a ver a la chica desde entonces. Tampoco la ha buscado.

Ahora alguien, por algún oscuro motivo, le obliga a enfrentarse a ello. El problema es que hay mucho en juego. Unai no quiere perder a Vega, siente algo muy auténtico por ella y ese error arruinará la confianza que los mantiene unidos.

Unai se desespera mientras recupera la atención en el vídeo. No está dispuesto a renunciar a su chica. No por un tropiezo así.

Se imagina lo que ocurrirá si ella llega a enterarse. La excusa del alcohol es demasiado fácil y su implicación en los hechos queda tan patente en las imágenes… Se le ve disfrutar, sonreír, bailar. No da la impresión de verse obligado a nada. Lo curioso es que él no suele emborracharse nunca hasta ese punto… Apenas recuerda lo que sucedió después. No tarda en asistir en su pantalla del móvil a un beso lo suficientemente intenso como para que se niegue a seguir mirando, convertido en un involuntario voyeur de sí mismo.

Qué dolor.

—¡Mierda! —grita, lanzando el teléfono contra el colchón—. ¿Cómo pude…?

No entiende nada. Todo lo que rodea la fiesta en el Lombok continúa flotando en su cabeza como los restos de un naufragio. Sus recuerdos están salpicados de vacíos para los que no tiene una respuesta. Es un enigma, no consigue ordenar las piezas en su mente por mucho que lo intenta. Por primera vez, lo analiza todo en conjunto y se da cuenta de que ni bebe tanto ni jamás se le habría ocurrido traicionar a Vega ni, por supuesto, se le suelen aproximar chicas como Laura. ¿Y todo ocurrió la misma noche?

Ese cúmulo de circunstancias resulta, sencillamente, inverosímil. Y solo ahora se percata de ello.

Para colmo, ¿cómo es posible que alguien estuviera preparado para grabar la escena en los baños? ¿Acaso esa persona estaba esperando a que algo así sucediera? ¿Y cómo lo hizo?

Unai no sabe si se está volviendo paranoico o si, por el contrario, se enfrenta a un plan muy bien urdido. A una trampa.

Un plan que no ha empezado esa noche, sino semanas atrás.

Todo es tan absurdo… Pero el hecho de que le hayan enviado ese material le lleva a pensar mal, a desconfiar. Incluso el haberlo recibido justo cuando estaba con Vega le hace sospechar que quien está detrás de ese turbio asunto ha buscado intencionadamente el momento más inoportuno para intensificar el efecto de la amenaza.

Y lo ha conseguido.

—Capto tu aviso —murmura Unai—. Si hubieras querido, habrías acabado con mi relación esta misma noche.

Es una perversa muestra de poder que ha conseguido su propósito: intimidarlo.

Unai tiene miedo y ni siquiera sabe a qué se enfrenta.

Vuelve a leer los SMS anónimos que le ha mandado minutos antes el mismo remitente del vídeo:

Si no quieres más sorpresas, descárgate la aplicación Valkiria: http://zpd923pds43ts72a.onion

Un poco más abajo ha recibido el dibujo de una cebolla, lo que le desconcierta aún más. ¿Debe interpretar de algún modo ese elemento? Después, las palabras continúan:

Es un juego secreto. Tendrás q competir con otros comps. Si ganas, destruiré el vídeo. No puedes contárselo a nadie. Tienes 2 h para activar la aplic. Si en ese tiempo no lo haces, enviaré el vídeo a Vega Ibáñez para que sepa lo que hiciste.

Valkiria. Unai nunca ha oído hablar de ese juego. ¿De qué se trata? ¿Y por qué hay alguien con un interés tan enfermizo en que él participe? ¡Le están sometiendo a un chantaje!

¿Qué pretenden?

¿Han organizado esa maniobra tan retorcida solo para lograr que se apunte a un videojuego? ¿Eso es todo? A Unai se le ocurren otras formas menos drásticas de convencerle.

Repasa por enésima vez los mensajes y escribe en Google el número tan largo desde el que se los han enviado, para intentar rastrear su origen. Nada. Su atención se detiene ahora en la dirección que se le facilita. ¿Adónde conducirá? Unai ha sido incapaz de reunir la valentía suficiente para comprobarlo, no se atreve. Intuye que se enfrenta a algo mucho más serio que una broma o una novatada entre estudiantes. Por eso tiene que actuar con cautela, medir cada paso al menos hasta controlar un poco el panorama que se abre ante él.

Necesita orientarse.

Si hay alguien lo suficientemente calculador como para tenderle esa trampa, él debe responder con la misma prudencia. Sin precipitarse. No quiere hacer daño a Vega y cualquier error lo pagará ella. Lo pagarán los dos.

Qué ironía; en ese instante, Unai la necesita más que nunca, su compañía y su inteligencia. Pero no puede contar con ella.

Qué jugada maestra la de su adversario: de un solo movimiento, la ha apartado como aliada suya y al mismo tiempo la utiliza para la extorsión.

Brillante.

Unai suspira. Cada detalle le habla de un perfil enemigo que no improvisa. Alguien lleva tiempo preparando esa emboscada. Se pregunta quién puede odiarle tanto… y por qué mantiene tan oculta esa aplicación de Valkiria.

La persona que me ha enviado esto habrá comprobado que ya he visto el vídeo, deduce. Espera mi reacción. Seguro que se está divirtiendo, el muy…

Unai consulta la hora en el móvil. Desde que ha recibido los mensajes han transcurrido cuarenta minutos, así que dispone de una hora y veinte antes de que el chantajista materialice su amenaza.

Se enfrenta a una cuenta atrás de ochenta minutos.

¿Qué debe hacer?

Está a punto de acudir a la habitación de Compu, pero finalmente decide mandar un wasap a Rubén Prades, el ex de Vega y auténtico maestro en todo lo relativo a videojuegos; si hay alguien en el campus que pueda conocer Valkiria, es él.

Le escribe un texto breve, no hay tiempo para rodeos. Antes de pulsar la tecla de «enviar», Unai se levanta de la cama y llega hasta la ventana de su dormitorio. Fuera, el campus universitario ofrece un aspecto de serenidad: farolas encendidas, senderos vacíos entre la hierba y las masas grises de las construcciones salpicadas de algunas luces. Nadie a la vista, calma y silencio. Sin embargo, Unai no se deja engañar; está comprobando —sin sutilezas— que un entorno tan pacífico también puede servir de refugio a mentes perversas.

—Porque ese cabrón tiene que estar alojado en alguna de las residencias del campus —murmura—. Está aquí, cerca. Solo así se explica que conozca tan bien mis horarios. Me ha estado espiando. Me controla.

En realidad, Unai ni siquiera está en condiciones de concretar el sexo del responsable del vídeo. Quizá se trate de una compañera. Atisba luces encendidas en otros edificios y piensa si alguien, al mismo tiempo, lo observará a él desde algún rincón invisible. Unai es ahora mismo un buen blanco, una silueta recortada contra la luz del interior de su dormitorio.

Desde fuera se me tiene que ver muy bien.

Envía el mensaje a Rubén. Quedan setenta minutos.

 

• • •

 

Vega cierra la puerta de su dormitorio y se queda quieta, con la espalda apoyada en ella, procurando recuperar la respiración. ¡Por fin en casa! Qué trayecto tan horrible, piensa. En ningún momento ha dejado de sentirse espiada, como si desde cada rincón en sombras hubiese pares de ojos que la vigilaban, atentos al menor descuido que cometiera. ¿Qué es lo que ocurre esa noche? ¿Por qué todo se ha vuelto tan extraño de repente, empezando por la actitud de Unai?

¿Y qué es lo que le ocurre a ella, que se ha dejado llevar por un miedo irracional, exagerado, solo por culpa de unos simples ruidos que ha podido provocar un gato?

Porque Vega no ha llegado a ver nada durante el camino, solo ha captado ruidos y algún fugaz movimiento. No ha sucedido nada que haya roto la calma de la noche, una calma que ella percibe a punto de estallar, de resquebrajarse. La atmósfera que se respira esa madrugada en el campus, bajo el clima de silencio que impone la noche, es de tensión; reina esa serenidad engañosa, crítica, que anticipa una amenaza. O al menos para ella. Súbitamente se ha sentido insegura, sin más detonante que un sonido en medio de la oscuridad.

—La muerte de Marta me está trastornando —dice en voz alta.

Ni siquiera en el interior de la residencia se ha sentido tranquila hasta que ha llegado a su habitación.

Vega entra en su baño y se lava la cara. A continuación, alza el rostro todavía húmedo y se mira en el espejo. Se compara con Marta al estudiar su semblante.

—Yo también soy joven, tengo casi su misma edad.

Por eso no entiende que alguien en una situación similar quiera terminar con su vida.

Quizá ella también tenía miedo.

¿Qué te angustiaba tanto, Marta?

Vega contempla sus ojos negros en el cristal, aún con la huella del susto en las pupilas. El espejo le devuelve esas facciones suyas que parecen bronceadas, la nariz pequeña y graciosa, el cabello oscuro que le llega casi hasta los hombros. Es guapa, aunque nunca se ha preocupado de eso. Prefiere lo natural. Por eso apenas se maquilla. Igual de alta que Unai, delgada sin excesos, intenta desde que salen juntos que su sonrisa sea tan frecuente como la de él, algo difícil. Vega es de naturaleza melancólica, menos imperiosa en su alegría.

Se seca la cara con la toalla antes de salir del baño. Cuando llega junto a su cama, saca el móvil del bolsillo dispuesta a enviar a Unai un mensaje cariñoso que él lea al despertar. A Vega le encanta descubrir cada mañana un mensaje de su chico, que sean sus palabras lo primero que ven sus ojos todavía empañados por el sueño. Esa noche quiere ofrecerle lo mismo y el deseo de que ya se encuentre bien.

Vega tiene ganas de olvidar ese final de noche tan penoso. Entra en la aplicación de WhatsApp y abre el chat con Unai. Sus dedos se detienen al comprobar que él ha estado conectado un minuto antes. ¿Pero no se iba a dormir porque se encontraba mal? Ya hace un buen rato que ella ha abandonado su habitación.

Entonces, ¿todavía está despierto?

Y no es con ella con quien ha estado hablando, eso es evidente.

—Pues no tiene que sentirse tan enfermo —susurra, algo molesta—. Ni siquiera me ha enviado un mensaje de buenas noches.

Mientras ella sufría un buen susto de camino a la residencia —lo que se habría evitado si hubiesen dormido juntos—. Unai se ha dedicado a wasapear con alguien. Pues qué bien.

Definitivamente, Vega tiene muchas ganas de que esa noche termine y, con ella, la confusión. Para colmo, no se quita de encima la sensación de que algo raro está pasando, una especie de mal augurio.

Levanta los ojos hacia la ventana. No le gustaría estar ahí fuera esa madrugada.