Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 33 de 41

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Valkiria

Capítulo XXXIII

Ella recoge los vasos sucios que han dejado los últimos clientes y después limpia la superficie de la barra con un trapo húmedo que frota con energía. Se mantiene de puntillas desde su lado, inclinada hacia adelante, sin atender a la puerta de la cafetería. Hasta ella llegan el murmullo de las mesas ocupadas y el chasquido de los cubiertos contra los platos.

—Hola, Ruth.

Alza el rostro. Ha reconocido la voz.

—¡Hola! —responde sorprendida—. ¿Qué haces aquí? ¿No tienes clase?

—Te están buscando.

Su sonrisa se congela.

—¿De qué hablas?

—Ya lo sabes. Está con sus amigos en la facultad de Periodismo. Tienes que irte.

Ella ha palidecido.

—¿Seguro que es él?

—Sí. No tardarán en terminar de buscarte por la facultad. Aquí estás demasiado cerca, deberías irte. Pueden aparecer en cualquier momento.

—Joder, ya sabía yo que este momento llegaría. Tendría que haber hablado antes con él.

—Pero no lo has hecho, y ahora…

—¿Ahora es mal momento? ¿Y si dejo que nos encontremos? Mejor solucionar esto de una vez. Estoy harta de sentirme mal. Su visitante rechaza la idea.

—Recuerda los mensajes. Sería un encuentro muy visible. Ruth vacila, mira a la gente que permanece en las mesas del local tomando sus consumiciones.

—Es que yo no puedo moverme de aquí…

—Avisa a tu jefe, dile que te has puesto enferma. Después de todo lo que has esperado, no es cuestión de arriesgarte tontamente. Cualquier otra ocasión será mejor que esta.

Ella se lo piensa unos instantes.

—Está bien —cede—. Voy a avisar al jefe y a mi compañera, que está en la cocina. Pero esto no puede continuar, en serio. Tengo que solucionarlo.

—De este fin de semana no pasa, te lo prometo. Yo organizaré el encuentro. Ahora desaparece.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Controlar sus movimientos. No se me ocurre otra cosa. —Ten cuidado. Al final se van a fijar en ti.

Se quedan en silencio unos segundos.

—Creo que ya lo han hecho, Ruth.

• • •

 

—¿Qué más da a estas alturas?

Vega lleva un rato enseñando el fotograma de la chica del vídeo a los estudiantes con los que se cruza por los pasillos, con la esperanza de que alguno la reconozca. De momento no ha tenido éxito. Compu, de nuevo junto a ella, ve imprudente esa estrategia.

—Recuerda que no conviene cabrear a Odín…

Vega, que le ha contado dónde está Unai, se gira hacia él.

—Despierta, Compu. El que estemos los tres buscando a esa chica es una declaración de guerra, ¿no lo entiendes? A partir de aquí, poco importa cómo actuemos. Odín sabe que conocemos Valkiria y que estamos ayudando a Unai.

—Ya, pero no conviene alimentar su rabia…

—Por una vez —insiste Vega mientras se dirige a otra estudiante que acaba de salir del baño de chicas—, olvídate del orden, de la corrección, de lo que se espera de ti. Ser obedientes no ayudará a Unai; solo facilitará las cosas a ese loco.

O loca, añade para sus adentros. Siguen sin tener ni el más mínimo dato sobre la identidad de Odín.

—¿Y qué han conseguido Marta o Rubén siendo desobedientes? —responde Compu—. Acabar mal. Solo eso.

Vega se detiene y deja alejarse a la estudiante; no ha llegado a alcanzarla. Se queda en silencio unos instantes sin saber qué replicar. Comprende demasiado bien la actitud de Compu. Cuando por fin se dispone a contestar, es interrumpida por el timbre de su móvil, que comienza a sonar y vibrar a un tiempo entre sus dedos.

—Es Unai —comunica al ver el número entrante en la pantalla del teléfono.

Hablan durante unos minutos mientras Compu espera sin perder de vista a todas las personas que se mueven por esa zona de la facultad. No se ha olvidado del misterioso espía de la escalera, al que ha intentado en vano descubrir. ¿Quién es? ¿Dónde se habrá metido?

—Prueba superada con la policía —dice Vega a su amigo en cuanto cuelga—. Unai solo ha tenido que responder a unas preguntas sobre Kika. Ya está libre.

—¿Por qué han querido hablar con él? Tampoco eran íntimos.

—Recuerda que intentó localizarla varias veces, y como fue justo antes de su muerte…

—Es verdad. ¿Entonces le esperamos aquí? ¿Viene ya?

Vega niega con la cabeza.

—Vas a alucinar: en medio de su conversación con la policía, Odín le ha ordenado una nueva misión.

Compu está a punto de aplaudir.

—¡Bravo! Hay que reconocer que en Valkiria tienen buen ojo para elegir los momentos.

—O eso, o lo tienen bien vigilado.

Compu asiente.

—¿Y en qué consiste lo que tiene que hacer? Espero que no sea nada muy chungo…

Vega se encoge de hombros.

—Debe robar un pendrive de una taquilla de la facultad de Comunicación Audiovisual y dejarlo en otro sitio. No le han dicho mucho más.

—¿Y lo va a hacer?

—Sí —responde Vega—. Eso nos hará ganar tiempo; incluso puede que así Odín se confíe. Además, por lo que me ha dicho Unai, solo le dan una hora para conseguirlo.

—Vaya prisa…

—Odín no nos lo quiere poner fácil. Hemos quedado en encontrarnos allí en cuanto terminemos nuestra búsqueda.

—Pues entonces, vámonos ya.

—Espera —dice Vega—, déjame que antes de irnos pregunte a ese chico. Nunca se sabe…

Compu se vuelve hacia donde señala ella. En efecto, un estudiante de aspecto hippy ha abandonado una de las últimas aulas de esa planta y camina hacia ellos sin dejar de escribir en su móvil.

—Vaya pinta —se queja Compu—. Rastas, pantalones de perroflauta y un poncho sucio. Podría ser hermano de la chica y ni haberse enterado. ¡No perdamos más tiempo aquí!

—Alguien tiene que conocerla —insiste Vega—. Quiero intentarlo un poco más.

Compu se encoge de hombros.

—De acuerdo, pero no tardes. Yo me voy adelantando; es mejor que Unai no esté solo.

Compu se aleja en dirección a la salida del edificio. Vega, que no se ha dejado llevar por la primera impresión que ha manifestado su amigo, aborda al universitario en cuanto lo tiene a su alcance. Tras un breve saludo, le muestra en su teléfono la captura de pantalla donde se ve a la desconocida del vídeo.

—¿Te suena? —le pregunta con la mejor de sus sonrisas.

El muchacho presta atención a la imagen. Contra todo pronóstico, su respuesta es afirmativa.

—Es la que trabaja en la cafetería de la facultad de Traducción e Interpretación, ¿no?

Vega contiene el aliento. Su encuentro con Unai va a tener que esperar.

 

• • •

Unai entra a paso rápido en el vestíbulo de la facultad de Comunicación Audiovisual. Se encuentra con pocos estudiantes en ese espacio circular al que dan las puertas de las primeras aulas. Se detiene unos segundos y, antes de proseguir, revisa cada rincón que queda ante él, e incluso los gestos de aquellos con los que cruza su mirada, como si pudiera reconocer en las facciones de sus compañeros alguna marca distintiva de los jugadores de Valkiria.

Ningún indicio sospechoso. Reanuda el avance con naturalidad.

Las instrucciones de Odín han sido muy precisas: en el plazo de una hora tiene que llegar hasta el pasillo donde están las taquillas de segundo y, sin ser visto, abrir la número trescientos veinte con una combinación que le ha facilitado. Debe llevarse un pendrive que encontrará dentro de un estuche y depositarlo en una papelera de un parque cercano. Típico de las películas de secuestros y rescates.

Unai se pregunta por qué quiere Odín que él haga eso, si ya tiene a su disposición el código que abre la taquilla que le interesa.

—¿No puede hacerlo él mismo? —murmura.

No, se responde. Odín no hará nada que suponga un riesgo para él, que comprometa su anonimato. Lo suyo es permanecer en la sombra, asistir al juego como árbitro y decidir la suerte de sus jugadores, al estilo de un dios vengativo que castiga a sus criaturas a la menor desobediencia. No. Odín ha conseguido la combinación que necesita —a saber cómo—, pero la acción directa la asignará siempre a alguno de sus jugadores.

No manchará sus manos.

—Aunque ya lo están —Unai vuelve a susurrar—. De sangre.

¿Por qué nos hace esto?

Toma un pasillo a la derecha que conduce hasta la cafetería. Allí hay mucha más gente, tanto en las mesas como acodados en la barra, donde un camarero muy joven se afana en atender un montón de peticiones simultáneas. Una vez allí, Unai localiza el acceso a la zona del edificio que le interesa. Se trata de una puerta de salida que comunica con los jardines del edificio. Se aproxima con expresión de indiferencia, llega hasta ella y la atraviesa.

Le quedan aún cincuenta minutos de margen para cumplir su misión. De pronto alza la mirada hacia el nuevo escenario y sus ojos se encuentran con otros que se abren mucho al reconocerle.

Ese pelo, el tatuaje en el cuello, el septum…

Es Marcos.

Unai olvida las cautelas, no piensa. Casi como un acto reflejo, echa a correr hacia él, que también ha iniciado una maniobra de huida. El tiempo del camuflaje ha terminado. Unai quiere respuestas y las necesita ya.

Marcos se mueve con agilidad. Para cuando Unai alcanza el vestíbulo, él ya está subiendo por las escaleras que llevan hasta el primer piso de la facultad. Sin embargo, le falta fondo; conforme la persecución se prolonga, la distancia que los separa se va acortando.

No puedo perderlo, piensa Unai, que ni siquiera nota el peso de la mochila a la espalda. O Valkiria acabará conmigo.