Valkiria
Capítulo XII
Compu, mirada penetrante y facciones huesudas bajo su pelo perfectamente peinado, ha escuchado durante un buen rato, sentado sobre la cama de su dormitorio. Tras mucho insistir, ha logrado sonsacarle a Unai una confesión.
—Sabía que te pasaba algo —dice—. Pero no imaginaba algo así.
El tono es seco. Unai se arrepiente de habérselo contado todo, pero ya no hay remedio.
—¿Es lo único que vas a decir?
—Lo que voy a decir es que tú eres gilipollas.
Acaba de emitir su veredicto y sus ojos castaños estudian a Unai con severidad.
—Tienes que entenderlo —él intenta justificarse, de pie junto a la ventana—. Fue una noche muy rara… Yo…
Pero su amigo se muestra inflexible:
—¿Cómo se te ocurre liarte con una desconocida, saliendo con una chica como Vega? ¿Qué más quieres?
Unai aún recuerda la actitud celosa que Compu exhibió cuando él empezó a salir con Vega, meses atrás. Ahora ese problema ya está superado, incluso son buenos amigos, pero en general Compu no lleva nada bien que nuevas personas se interpongan en su relación con Vega si hay riesgo de que ella sufra. El clásico conflicto entre amigos de toda la vida y parejas recientes. Y eso que Vega jamás ha necesitado un protector: bastante personalidad tiene, a pesar de su delicadeza.
—¿Ella no te parece suficiente? —insiste.
Unai mira a través del cristal para evitar enfrentarse al gesto inquisitivo de Compu. En el fondo opina lo mismo que él, no hay ninguna distancia con su propia visión de sí mismo. Se avergüenza. Por fin, se gira hacia su amigo.
—Ella lo es todo para mí.
—Pues vaya forma de demostrarlo. Vega no es un objeto a tu disposición, como tu violín. No puedes jugar con ella.
—No sabes lo que me arrepiento… Me parece imposible que pasara, en serio. No lo entiendo.
—Pues, por lo visto, pasó. El daño ya está hecho.
Compu está comportándose con la lealtad esperable hacia Vega, aunque esa reacción no frena a Unai en su necesidad de confesarle lo que está sucediendo. Necesita contar con él como aliado en esa guerra que acaba de empezar.
Se han quedado en silencio. Ahora Unai se ha movido y pasea sus ojos por las estanterías tan ordenadas de su amigo, por la ropa bien doblada sobre la silla, por cada rincón de ese cuarto donde nada está, nunca, fuera de su lugar.
—Todavía puedo hacer mucho más daño —murmura.
En esa afirmación se esconde un interrogante clave.
—¿Me estás preguntando si debes contárselo?
Unai asiente con la cabeza.
—No sé qué hacer. Todas las alternativas me parecen igual de malas.
Compu suspira.
—Ya que en su momento no fuiste sincero con ella —sugiere—, olvida el tema. Entiérralo para siempre. Tampoco es una táctica para sentirse orgulloso, pero al menos evitarás que Vega sufra. Es una forma de proteger vuestra relación, ¿no? Y si es verdad que la quieres y que no has vuelto a tener contacto con la otra…
—Ni siquiera sé quién es.
Vuelven a quedarse callados. Compu se rasca la barbilla.
—¿Por qué me cuentas esto ahora, Unai? Si hubieras querido, me lo habrías dicho cuando ocurrió. ¿A qué viene este arrebato de franqueza?
Esa es la gran pregunta, la que lleva directamente al meollo del asunto. Unai, en silencio, busca el vídeo comprometedor en su móvil y tiende a su amigo el teléfono. El arrebato no es de franqueza, piensa. Es de culpabilidad.
—Alguien grabó cómo me enrollaba con esa chica.
Compu se muestra perplejo.
—¿En serio?
La expresión de asombro se acentúa en su semblante mientras toma el móvil y comienza a ver las imágenes. No tarda en detenerlas golpeando con un dedo la pantalla del teléfono.
—Esto es muy fuerte.
—Lo sé.
—¿Cómo has conseguido este material?
—Alguien me lo envió ayer noche.
—¿Alguien?
—Número ilocalizable. Se hace llamar Odín, me envió el vídeo mientras estaba con Vega en mi cuarto.
—Demasiado oportuno.
—Eso creo. La persona que se oculta detrás de esto me está chantajeando. Amenaza con hacer llegar el vídeo a Vega.
Compu abre mucho los ojos.
—¿Pero qué es lo que quiere? ¿Dinero? ¿O se trata de algo personal contra ti?
Unai se aparta el pelo de la frente y se reajusta las gafas.
—Lo que quiere es algo que ya ha conseguido: verme jugar.
Compu frunce el ceño.
—¿Verte jugar?
Unai comienza a explicarle la existencia de Valkiria, incluso le enseña la aplicación.
—¿Pero qué gana él con tu participación? —Compu no despega los ojos del plano virtual del campus que muestra el juego—. ¿A qué viene esto?
—Ojalá lo supiera.
—Vaya montaje… —Compu estudia diferentes elementos de la aplicación: el logo azul del títere, la silueta del barco vikingo, el cuervo negro—. El diseño no es de aficionados.
—Oye —le advierte entonces Unai—, de todo esto ni una palabra a nadie, ¿eh? Si los de Valkiria se enteran de que conoces el juego…
Compu sonríe.
—Si se enteran… ¿qué? ¿Por qué empleas ese tono de amenaza? Por muy retorcida que haya sido la forma de ficharte, es solo un juego.
Unai baja la mirada.
—No sé aún lo que es Valkiria —confiesa—. Parece un juego, pero da la impresión de que quienes lo manejan están dispuestos a todo…
Compu se resiste a adoptar una actitud tan prudente:
—Entiendo que han sido duros contigo, pero… ¿qué podrían hacerme a mí? ¿Me van a esperar alguna noche junto a mi residencia para darme una paliza? Venga, hombre…
Unai lo medita durante unos segundos. El estilo de Odín es mucho más sutil que una manifestación tan evidente de violencia física. ¿Qué represalia emplearía su adversario contra alguien que sabe demasiado, que pone en peligro todo el despliegue de Valkiria?
—¿Tienes algún secreto? —pregunta a su amigo.
Ese interrogante desconcierta a Compu.
—¿A qué te refieres?
—A alguna información que, de hacerse pública, te complicaría la vida.
Compu se queda callado unos instantes.
—Supongo… supongo que sí. Todos tenemos un lado oscuro, ¿no? Una parte de nosotros de la que no nos sentimos orgullosos…
Y que no queremos que nadie conozca.
Su semblante ha adoptado un gesto grave.
—Pues entonces la encontrarán —sentencia Unai—. Su poder es la capacidad que tienen de complicarte la vida. Te investigan, descubren tu punto débil…
Te tienden una trampa y se adueñan de tu voluntad.
Unai se pregunta si, al igual que han hecho con él, esa fue la estrategia que emplearon para atrapar al resto de participantes en Valkiria. Es muy poco probable que ninguno de ellos se haya prestado al juego voluntariamente.
Compu, escéptico, descarta ese panorama con un ademán.
—¿Van a descubrir mi punto débil? No seas tan dramático. De pronto te has vuelto un experto en el modus operandi de una organización clandestina que se mueve en esta universidad, nadie sabe para qué.
—Lo sé porque es exactamente lo que han hecho conmigo, Compu. Para cuando te quieres dar cuenta… ya te tienen.
La información es poder.
Compu se le queda mirando como si no reconociese en la persona que tiene delante al amigo impetuoso y feliz que ha sido Unai desde que se conocen.
—Vale, vale. Guardaré el secreto, me has convencido. Si Valkiria ha logrado cambiarte tanto en solo unas horas…
Esa observación duele, porque Unai sigue decidido a no traicionarse. Él mismo no para de repetirse que si ha aceptado someterse a Valkiria es para acercarse al responsable del juego. Desde dentro estará en condiciones de acabar con ese montaje, piensa. Por eso en su interior se siente fuerte, digno, aunque se trate de una fortaleza todavía poco firme.
—Gracias por tu discreción —responde—. Ya llegará el momento de reaccionar cuando sepamos más.
—Bueno, ese sí empieza a ser el Unai de siempre.
—Que no va a irse a ningún sitio —advierte él—. Simplemente han conseguido descolocarme un poco. Pero sigo aquí.
—De todos modos… ¿te han pedido algo? ¿Cómo ha sido tu comienzo como jugador?
Unai le explica la inofensiva prueba que ha tenido que realizar a primera hora de la mañana.
—Ya me han puntuado por el éxito de la misión —añade—. Y nada más, de momento. En el chat del juego aparecen otros tres jugadores, además de Odín.
Compu cambia ahora el rumbo de la conversación:
—¿Has hablado con Rubén de todo esto? A lo mejor él ha oído hablar de ese juego y sabe quién está detrás. Todos esos frikis se conocen…
Unai niega con la cabeza.
—Ayer por la noche le envié un par de mensajes, pero no me ha respondido todavía. Y lleva toda la mañana con el móvil apagado.
Compu levanta su larga figura de la cama. Su estatura, casi un metro noventa, unida a su perfil flaco, provoca cuando se mueve la sensación de que se desplaza haciendo equilibrios. Por supuesto, se alisa la camiseta y se recoloca el flequillo antes de volver a hablar:
—Qué raro, Rubén siempre anda con el móvil encima. Responde muy rápido.
Unai se encoge de hombros.
—¿Le has visto esta mañana por el campus?
Compu menea la cabeza.
—Hoy no nos hemos cruzado.
Unai abre la aplicación de Facebook en su móvil y a los pocos segundos accede al muro de Rubén. Ante sus ojos queda un enigmático estado:
Los errores se pagan.
Comprueba que esas palabras fueron escritas a las once y media, la noche anterior, y cuentan ya con veintidós «me gusta» y ningún comentario.
Unai muestra la pantalla a Compu.
—¿Qué significa esto? —se queja—. ¿Pero es que todo se ha vuelto misterioso de repente? No sé qué pasa en esta universidad…
Compu se ha quedado pensando.
—Sí que es un estado extraño. No le pega nada a Rubén. ¿A qué hora le enviaste tú los mensajes?
—A la una y media de la mañana. Vale, ya sé que es tarde, pero si lo pillé durmiendo me habría respondido al levantarse, ¿no?
—No es tan tarde para Rubén. Además, es muy cumplidor.
—¿Entonces?
Ahora es Compu quien emplea su móvil para llegar hasta el Twitter de Rubén.
—Publicó su último tuit a las doce de la noche de ayer —informa a su amigo—. Es el mismo texto de su estado de Facebook. Y el caso es que siempre se queda jugando hasta la madrugada…
—Pues qué bien.
—A ver, no perdamos la calma. Ayer por la noche recibiste el vídeo y, más tarde, varios mensajes en los que se te daba un plazo de dos horas para que te incorporaras al juego Valkiria, ¿no?
—Eso es. Si me negaba, enviarían el vídeo a Vega.
—Ya veo. ¿Y cómo ha conseguido tu número de teléfono ese tal Odín? Si te envió mensajes es que lo tiene en su agenda. Por tanto, o es alguien cercano o se las ha apañado para averiguarlo.
—Bueno. Con los recursos tecnológicos que parece tener, ha podido conseguirlo de muchas maneras.
—Una pena: eso nos hubiera permitido reducir la lista de sospechosos.
—Créeme: no habrá cometido un error tan básico.
Compu asiente.
—Enséñame de nuevo el vídeo.
Unai desbloquea su móvil y accede a la bandeja de entrada de los SMS.
—¡Joder!
—¿Qué pasa?
—¡Ya no están! —grita Unai—. ¡Se han borrado sus mensajes, excepto el que contiene el enlace al vídeo!
—¿En serio?
Compu toma el teléfono y comprueba lo que dice su amigo. En efecto, en la bandeja de recibidos solo aparece el del link al vídeo comprometedor.
—Qué fuerte… Supongo que, al descargarte la aplicación de Valkiria, Odín infectó tu móvil con un troyano que le permite hachearlo. ¡No es nada tonto!
—Ha borrado sus palabras —Unai siente como si se enfrentara a un fantasma—. Ahora ni siquiera tengo pruebas de lo que te he contado…
—Salvo el vídeo. Odín no quiere que olvides lo que hay en juego.
Unai vuelve a tomar el móvil de manos de su amigo y abre la aplicación de Valkiria. Segundos después, confirma que su bandeja de entrada en el chat del juego está vacía. ¡También ha eliminado las instrucciones de su primera misión, incluso el mensaje inicial con el aviso de la noche anterior!
Lo único que Odín ha respetado es la puntuación de Jugador4 —la casilla correspondiente muestra el número diez— como recompensa por su objetivo cumplido.
—¿Mensajes que se autodestruyen? —pregunta Compu—. Esto parece una peli vieja de espías. En realidad, no es tan distinto a Snapchat… Ahí tampoco puedes conservar las imágenes.
—No es lo mismo. ¡Odín ha sido capaz de borrar mensajes de texto de mi móvil! Ya te he dicho que está demostrando un control acojonante. Maldita sea, tendría que haber hecho alguna captura de pantalla de sus mensajes…
—No te habría servido de nada. Seguro que las capturas no valen como prueba llegado el caso. Ten en cuenta que pueden ser simples montajes.
—Nada me sirve con Valkiria.
—A ver el vídeo…
Compu contempla las imágenes durante varios minutos, atento a cada detalle. A Unai, que aguarda junto a la ventana, le avergüenza esa exhibición de su conducta, pero no tiene más remedio que aguantarse. Se aparta bruscamente del cristal, un movimiento que llama la atención de Compu.
—¿Qué pasa?
—No quiero que se me vea desde fuera —explica Unai—. ¿Y si me están observando?
Compu adopta su expresión favorita, la de mártir.
—¿De verdad crees que alguien va a estar tan aburrido como para dedicar la mañana a espiarte?
—Sí.
—¿Y qué más da eso? Somos amigos, lo sabe todo el mundo en el campus. Es normal que estés en mi habitación.
—Pero ahora resulta comprometedor —Unai alucina con su propio comportamiento—. Si me ven contigo mucho rato, pensarán que estoy hablando más de la cuenta.
—Estás viviendo el juego a tope, ¿eh? Te has metido de lleno.
—No se trata de eso.
—En serio —Compu se dirige a él en un tono suave—. Comprendo que el riesgo de perder a Vega te asuste, pero creo que te estás pasando. Calma, Unai. No te enfrentas a una mafia, solo a un cabrón muy listo que la ha tomado contigo. Cometerá un error, no te preocupes. Lo pillaremos y te dejará en paz.
Unai baja la mirada. Van transcurriendo las horas y continúa sin saber nada: ni a quién se enfrenta, ni por qué ha sido elegido, ni qué pretenden con el juego.
En su teléfono, la aplicación de Valkiria sigue activa, conforme a la orden de Odín. Unai la revisa a menudo. A todas horas, en realidad. Durante esa mañana, su aplicación ha detectado la proximidad de Jugador3 un par de veces, aunque la figura de ese adversario invisible ha desaparecido del área de control muy pronto en las dos ocasiones.
Unai también es un jugador, no lo olvida. Se pregunta cuándo volverá Odín a requerir sus servicios… y en qué consistirá la siguiente prueba.
Otras cuestiones igual de preocupantes se abren paso en su mente: ¿cuál será la próxima misión de sus contrincantes? ¿Por qué todavía no ha detectado ni una sola vez a Jugador1 y Jugador2? Si se supone que todos ellos están obligados a tener activa la aplicación las veinticuatro horas y el radio de acción de Valkiria abarca exclusivamente el campus…
Unai concluye que el recinto universitario es demasiado grande —casi un millón de metros cuadrados repartidos en cien aulas y seminarios, cinco residencias, doce laboratorios…— para un control de localización tan limitado como el que le ofrece Valkiria como jugador. No tiene ni idea del alcance concreto de su dispositivo, pero seguramente no será mucho más de cien metros. Lo cual es inquietante; implica que para cuando la alerta le avisa, tiene al enemigo muy muy cerca.