Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 39 de 41

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Valkiria

Capítulo XXXIX

—¡Para! ¡Para, joder!

Las imperiosas exclamaciones de Vega, que ha comenzado a frenarle tirándole de un brazo como si él estuviera a punto de lanzarse por un precipicio, detienen a Unai cuando ambos están a punto de salir de la facultad. Él se gira, sorprendido, y descubre en las facciones de su novia una expresión distinta a cuantas ha conocido en ese rostro.

No es miedo lo que empaña sus ojos abiertos. Tampoco duda, ni rabia.

Unai lee en sus pupilas con atención.

Es angustia lo que inmoviliza a Vega. Una angustia tan abrumadora que le corta la respiración. Una angustia mezclada con incredulidad.

Unai mira alrededor, buscando un peligro que no alcanza a localizar, algo capaz de provocar en su chica una reacción tan radical.

—¿Qué ocurre? —los dos se apartan de la puerta principal—. ¿Qué te pasa, Vega?

Ella al principio apenas acierta a articular palabra. Unai se ve obligado a sacudirla por los hombros para que logre recuperar el ánimo.

—¡Pedro! —dice Vega al fin—. Si Pedro es Jugador3…

Unai no entiende. Sí, esa es una de las posibilidades que barajan. ¿Y…?

—¿Qué quieres decirme, Vega? ¿Qué pasa si Pedro es Jugador1?

—Pedro, tú, Rubén, Marta… —Vega continúa sobrecogida—. ¡Los cuatro jugadores de Valkiria, los cuatro elegidos para la venganza de Odín!

Unai empieza a impacientarse.

—¡Vega, no hay tiempo! ¿Qué te ocurre?

—¿Qué tenéis en común los cuatro? —ella no se molesta en responder al interrogante de Unai. Su propia deducción colapsa su mente, sus pensamientos.

La verdad se abre paso en su cabeza.

Él resopla. Tienen que hablar con Ruth, esa es la prioridad. No pueden permitirse juegos ni rodeos.

—¿Qué tenemos en común los cuatro? —repite Unai—. Ni idea, Vega. Ahora mismo no se me ocurre…

Ella ha cogido su móvil, busca una entrada en Google y a continuación se la enseña. Unai descubre que ella ha localizado en la red información relativa a las valkirias. Vega le indica un párrafo.

—El beso de la muerte —lee Unai—. «Las valkirias besaban en la frente a los héroes que iban a morir en la batalla».

Unai alza los ojos para encontrarse con los de Vega.

—No entiendo.

—¿Qué tenéis en común los cuatro jugadores? —insiste ella, intentando reprimir su nerviosismo—. ¡Te dije que en esa fiesta donde me besé con Marta también lo hice con alguien más!

Llegados a ese punto, a Unai no le cuesta atar cabos.

—No irás a decirme…

Vega asiente.

—La otra persona fue Pedro, Unai. Pedro y yo nos besamos esa noche.

—Pero…

—¡Todas las personas con las que me he besado han sido elegidas por Valkiria! —grita—. ¡Mi ex, Marta, Pedro y tú! ¡Es increíble! ¡Estáis todos!

Incluso Unai reconoce que esa circunstancia resulta excesivamente casual y encaja demasiado bien con el propio nombre del juego.

El beso de las valkirias. El beso de la muerte.

Todo empieza a cobrar sentido.

Vega tiene que estar en lo cierto, no puede ser una coincidencia. ¡Acaba de descubrir la vinculación entre los jugadores!

—Rubén y Marta, muertos —continúa ella, implacable en sus deducciones—. Y vosotros vais detrás. Odín siempre ha tenido claro el final del juego, Unai. No tenéis posibilidad de ganar.

Y la finalidad de Valkiria es la venganza.

—¿El máster nos castiga por haberte besado? ¡Es absurdo!

A Unai le parece inconcebible esa conclusión. ¿El beso de Vega ha sido, entonces, para ellos tan letal como el de las valkirias? ¿Los ha condenado a ojos de un misterioso verdugo que sigue ocultándose en las sombras? Sí, para eso se creó el juego; se trata de una retorcida y lenta ejecución.

Ni siquiera busca un final rápido. Odín quiere que suframos antes de morir. Quiere humillarnos, someternos.

—¿Cuánta gente sabe lo que ocurrió en esa fiesta? —pregunta, todavía perplejo —. Ni siquiera a mí me lo habías contado.

Vega traga saliva. Su gesto la delata: ella ya se ha hecho esa pregunta… y la respuesta ha arrebatado el color a su rostro.

Unai, que lo capta, nota cómo sus pulsaciones comienzan a dispararse. ¿Por qué no contesta? ¿Qué teme confesarle?

—Solo una persona de mi entorno sabe que me besé con Marta y Pedro aquella noche.

Vega ha hablado con una gravedad que huele a tragedia. No muestra el entusiasmo esperable en alguien que acaba de lograr desvelar el mayor enigma de Valkiria.

—¡Venga, dime quién es! —Unai no logra contenerse.

Nada es peor que la incertidumbre. Encontrar a Marcos o a su amiga Ruth ha perdido toda la importancia.

Vega baja la mirada.

—Es… Compu.

Unai se queda blanco.

—¿Qué has dicho?

—¡Es Compu, Unai! ¡Tiene que ser él!

—Imposible —se niega a contemplar esa alternativa, sencillamente no cabe en su cabeza—. ¿Cómo puedes pensar eso? ¡Es tu mejor amigo!

—Lo sé, no tienes que recordármelo —Vega está conmocionada—. ¿Es que no te das cuenta de lo que me cuesta aceptarlo?

Unai menea la cabeza.

—¿Por qué iba a hacernos algo así? ¡No tiene sentido!

—¿No lo tiene o no quieres que lo tenga?

Al final, ella se está mostrando más valiente que él.

La situación ha despertado en Vega viejos temores. Repasa su historia compartida con Compu. Determinados gestos y detalles de él se vuelven ahora sospechosos: sus celos, ciertas miradas, sus reacciones protectoras ante cualquier acercamiento masculino… Compu tardó en aceptar la relación de Vega con Unai, y a menudo aparece en los momentos más inoportunos, como si pretendiese interrumpir los instantes de intimidad de la pareja.

¿De verdad él sería capaz de algo así?

En el fondo, Vega siempre se ha preguntado qué siente Compu hacia ella. ¿Es amistad únicamente? Por comodidad ante el riesgo de perder un buen amigo, nunca se ha atrevido a buscar la respuesta ni a exigirla. Ha preferido ganar tiempo, fingir una ignorancia que solo ha servido para enquistar un problema que ha terminado revelándose mucho más dañino.

¿Hasta dónde puede llegar alguien carcomido por la impotencia, por una obsesión? ¿Es ese el caso de Compu?

—Os eligió para Valkiria porque habéis tenido lo que él nunca ha podido conseguir —dice Vega, experimentando una profunda tristeza—. Detrás de esta locura hay un motivo pasional. Y yo no he sabido verlo.

—¿Un motivo pasional? —Unai mira a su novia con la perplejidad pintada en el rostro—. ¿Estás insinuando que Compu siente algo por ti?

Vega lo admite en silencio.

—Ya sabes que al principio le costó asimilar que tú y yo saliéramos juntos. Y lo mismo le ocurrió con Rubén.

—Tú misma me dijiste que siempre ha sido muy protector como amigo…

—Me equivocaba —la voz de Vega tiembla—: no era protección, eran celos. Y yo no he querido verlo hasta ahora, aunque es verdad que ha habido detalles que, con la implicación de Compu en Valkiria, cobran más sentido. Ha aprendido a disimularlo, pero ya sabes lo mal que lleva que los chicos intenten ligar conmigo. Ha sido siempre así. Ahora entiendo por qué.

Unai nota cómo el asombro va dando paso a otra sensación mucho más áspera: el dolor de verse traicionado por un amigo en el que confiaba. Si Vega tiene razón, Compu no solo es un asesino, sino que se ha estado riendo de él; su aparente apoyo durante esos días es una auténtica burla, el colmo de la ironía: ha tenido junto a él en todo momento a su verdugo, que incluso se ha brindado a ayudarle en lo que pudiera necesitar. Lo imagina contemplando plácidamente cada una de sus maniobras inútiles, asistiendo a su progresivo hundimiento personal mientras disimula una sonrisa de satisfacción.

Compu ha debido de disfrutar mucho de la situación.

—Si estás en lo cierto, su «motivo pasional» ha arruinado varias vidas —Unai contiene a duras penas la rabia—. Tal vez alguna más, si no logramos detenerle. ¿Cómo ha sido capaz? Pedro y Marta ni siquiera han mantenido una relación contigo.

Vega se encoge de hombros.

—Las obsesiones te vuelven irracional. Supongo que Compu no ha soportado que ellos lograran un beso de mí y sin embargo él…

—¿Ese fue el detonante? —Unai la interrumpe, con un grado de crispación que no recuerda haber experimentado nunca—. ¿Eso desató en Compu la demencial idea de programar un juego asesino como Valkiria? ¿Fue entonces cuando decidió vengarse?

Un asesino siempre vuelve a la escena del crimen.

La mente de Unai recupera las palabras de Compu y, con ellas, el recuerdo de su visita a la habitación de Rubén. Las fotos que hizo de su interior vacío.

Me mandó esas fotos, reflexiona. Pero Compu no fue allí buscando pistas sobre el paradero de Rubén. No, ahora lo entiende: esa fue solo su tapadera para justificar el registro. Compu tenía que estar buscando otra cosa en el dormitorio de Rubén: huellas de Valkiria que alguien pudiera descubrir, algún papel escrito con información comprometedora, tal vez el fruto de alguna prueba superada por Rubén como Jugador1…

O incluso su móvil.

El móvil de Rubén.

Unai lo piensa detenidamente. Si aciertan al suponer que Compu restauró el teléfono de Marta antes de que encontraran su cadáver para borrar cualquier rastro, tal vez no pudo hacerlo con el de Rubén… porque no lo encontró.

Unai cae en la cuenta de que Compu no se quedó con ellos la noche en la que Rubén intentó huir. Tenía un examen al día siguiente, según le dijo a Vega. Horas después, su aplicación recién descargada advertía a Unai de la presencia de Odín y Jugador3 en las inmediaciones de la residencia de Rubén.

Unai nota con un escalofrío cómo las piezas del siniestro puzle de Valkiria van encajando a partir de la deducción de Vega.

—¿Fueron, entonces, nuestros besos? —vuelve a preguntar a Vega—. ¿Eso nos ha sentenciado como mártires de Valkiria?

—No lo sé —ella sigue sin alzar la mirada; está hundida—. Compu debe de llevar mucho tiempo alimentando ese resentimiento. Algo tuvo que hacerle ver que, definitivamente, jamás me conseguiría.

Y eso ha provocado que perdiera la cabeza hasta ese punto.

Unai se da cuenta de que los besos de Pedro y Marta no hubieran arrebatado las esperanzas a Compu de un modo tan brutal. Sin embargo, el hecho de que él comenzara a salir con Vega y se les viera tan felices…

—Ha sido nuestra relación, Vega —Unai lo ve claro—. Ese fue el detonante.

Llevan cuatro meses saliendo, un plazo que encaja con lo que, según calculó Kika, requiere la programación de un juego como Valkiria.

El día en que Vega dijo «sí» a Unai, condenó sin saberlo a los cuatro elegidos. Ese día, Compu empezó a concebir un enfermizo plan que culminaría con la creación de Valkiria.

—¿Cómo es posible que yo no me diera cuenta de nada? —Vega no da crédito—. Cada vez que le contaba a Compu lo bien que estábamos tú y yo juntos, los planes que hacíamos…

Ha tenido que ser un tormento para su amigo. Ella se sentía demasiado ilusionada como para percatarse del daño que provocaban sus comentarios.

—No podías imaginarlo —le dice Unai—, como tampoco podíamos imaginar el dominio informático que ha demostrado. Compu ha resultado ser, para mal, una caja de sorpresas.

 

• • •

 

Compu ha metido su móvil en un bolsillo del pantalón y ahora tritura unas cuantas pastillas de Rohipnol que ha sacado de una pequeña caja que llevaba en la cazadora. A continuación, vierte el polvo resultante sobre un vaso de agua colocado encima del lavabo. Es la tercera vez que lleva a cabo ese proceso. Después revuelve el líquido hasta que la sustancia acumulada se disuelve por completo.

—¡Esto te ayudará a descansar! —dice desde el baño a su compañero, que continúa en la cama con la mirada fija en la ventana como si pudiera ver más allá de la persiana.

Pedro, que ha terminado ya de escribir su versión de los hechos en el cuaderno, mueve la cabeza con resignación.

—De nada servirá, no puedo cambiar lo que he hecho. Nunca pensé que Valkiria llegaría tan lejos… Tengo que ir a la policía y quitarme este peso de encima.

El peso de los remordimientos.

Compu sale del baño y llega junto a su cama. Sostiene con una de sus manos el vaso de agua, cuyo contenido presenta una tonalidad blanquecina.

—¿Qué es? —Pedro gira la cabeza, hundida en la almohada, para contemplar el líquido con ojos tristes.

—Necesitas dormir —Compu le habla con el tono paciente de un enfermero—. Es un relajante, te sentará bien. Ahora no estás en condiciones de ir a ningún sitio.

—Cuando despierte todo seguirá igual. Quiero acabar ya, entregarme.

—Duerme un poco —Compu insiste mientras le tiende el vaso— Yo mismo te acompañaré a la policía cuando despiertes. Tú no tienes culpa de nada, Pedro…

—¡Ayudé en la trampa que le tendieron a Kika!

Compu le quita importancia:

—Colocar una cerveza sobre una caja no te convierte en un asesino. No te sientas culpable.

Compu le sigue ofreciendo el vaso, que Pedro se dispone a coger. Sus dedos casi acarician el cristal cuando, de improviso, detiene el movimiento. Su gesto ha adoptado una súbita expresión de alerta. Ahora mira a su compañero de un modo distinto.

—¿Cómo sabes lo de la caja? Yo solo te he hablado de la cerveza…

Las facciones de Compu mantienen su amabilidad. ¿Le ha traicionado su urgencia? Lentamente, va apartando el brazo para depositar el vaso sobre la mesilla.

—Tranquilo, todo el mundo en el campus conoce esos detalles —explica—. Es una información que se ha filtrado después de la inspección de la policía.

Pedro va a replicar, pero no tiene oportunidad de hacerlo antes de que la lámpara de bronce de la mesilla impacte violentamente contra su cabeza. No ha sido capaz de anticiparse a la maniobra de Compu, que le asesta un golpe tan fuerte que lo lanza hacia el otro lado de la cama. Pedro acaba resbalando hasta el suelo, medio inconsciente y con la cara cubierta de sangre.

—¿Cómo fue besar a Vega? ¿Mereció la pena?

Una mueca de odio deforma el rostro de Compu mientras comienza a acercarse a su víctima, todavía con la lámpara en alto.

—¿Es que no tienes suficiente con los tíos? —Compu da un paso más—. Ella no es para ti. No es para ninguno de vosotros…

Pedro apenas puede moverse. La sangre sigue manando abundantemente de su sien, nota el sabor metálico en sus labios. Intenta apartarse de la cama, pero solo consigue arrastrarse un poco.

Observa cómo la figura de Compu se aproxima.