Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 23 de 41

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Valkiria

Capítulo XXIII

Vega y Compu se han detenido en el vestíbulo de la residencia para planificar sus movimientos. Quién sabe si el edificio está vigilado.

—¿Vamos? —ella se muestra impaciente por encontrar a Rubén, quiere acabar cuanto antes con todo ese asunto—. Odín controla el móvil de Unai; no creo que tenga a nadie pendiente toda la noche.

—¿Seguimos rutas distintas y nos encontramos en la puerta de su residencia? — propone Compu para no llamar la atención.

—Ni de coña —Vega no está dispuesta a andar sola por el campus en plena noche. Bastante mal lo pasó la noche anterior, un episodio extraño que duda si asociar también con Valkiria. Empieza a pensar que todo es posible.

La puerta principal del edificio se abre desde dentro sin necesidad de llave, así que enseguida salen al exterior. Vega sigue los pasos de su amigo sujetando con fuerza la linterna que les ha dejado Unai. Lo que es la sugestión, piensa. Ya me estoy poniendo nerviosa. Se imagina a sí misma saliendo a hurtadillas del edificio como una delincuente. Todavía le cuesta creer lo que está haciendo, cómo han cambiado las circunstancias en poco rato. Hace unas horas, en su ingenuidad, aspiraba a que Unai compartiera con ella algún problema que amenazaba su relación. Jamás habría imaginado que se vería envuelta en esa especie de trama absurda que, sin embargo, parece haber costado ya una vida.

Valkiria va en serio. Vega se pregunta cómo de voraz es el apetito de venganza de Odín, si harán falta más sacrificios para calmar a la persona que se oculta tras el nombre de esa divinidad vikinga, o se contentará con humillar a los jugadores durante unos días para luego desaparecer.

Odín tiene que estar enfermo, se dice. Quien haya ideado este juego está muy enfermo.

Vega y Compu marchan con rapidez por el camino más corto. La residencia de Rubén queda tan cerca que la ven desde su posición. Mientras caminan, él teclea en su móvil.

—¿Qué haces ahora? —Vega avanza atenta a todos los rincones que van quedando a la vista—. ¡No te distraigas!

—Solo una última comprobación. Hay que revisar si Rubén ha actualizado sus redes —responde Compu—. Imagina que hay novedades y no nos enteramos…

Pero no las hay: Rubén continúa desaparecido. Su último estado en Facebook, «los errores se pagan», se mantiene como único titular al margen del escueto mensaje que solo puede leer Unai.

Compu guarda el móvil en un bolsillo de su cazadora para centrarse en el recorrido, que termina a los pocos minutos.

—Ya estamos —anuncia Vega, los dos detenidos frente a la puerta principal de la residencia de Rubén—. Ahora comienza lo delicado…

Estudian las inmediaciones en silencio. Si es cierto que su compañero se encuentra retenido dentro del edificio, cabe la posibilidad de que Odín haya organizado algún tipo de vigilancia. Sin embargo, no distinguen ninguna figura que rompa la serenidad del paisaje nocturno del campus.

Valkiria evita las maniobras visibles, concluye Vega. Se trata de un juego que oficialmente no existe.

Siguen inspeccionando la zona. No brilla ninguna luz en las ventanas; en apariencia, todo el mundo duerme. Aun así, Vega experimenta el mismo cosquilleo de la noche anterior, la corazonada de que la atmósfera que respiran solo muestra una tranquilidad artificial, postiza.

—Voy a llamar a Carlota para que baje a abrirnos —anuncia por fin Compu, con el móvil de nuevo en las manos—. Es tarde; espero que haya vuelto ya de sus correrías nocturnas.

Pero Vega extiende un brazo y le detiene.

—No la molestes —dice—. Yo también tengo un amigo en esta residencia.

A Compu le sorprende su reacción.

—Pero si Carlota es la única que seguro que no está durmiendo aún…

—Dejémosla al margen de esto.

Compu mira a Vega y lee en sus ojos el recelo. Se conocen demasiado bien.

—Como tú digas —accede—. Solo espero que tu amigo tampoco sea Jugador3.

—Ni Odín —completa ella—. Con Carlota hubiéramos corrido el mismo riesgo.

Una afirmación incuestionable. Vega inicia la llamada a su amigo sin sospechar que, desde una de las ventanas del primer piso, alguien los observa.

Alguien que los esperaba.

 

• • •

 

Unai ha dejado de contemplar a través del cristal la silueta de la residencia de Rubén. Se aparta y vuelve a sentarse en la cama, con el portátil sobre las rodillas. Calcula que Vega y Compu ya habrán llegado. Cruza los dedos. Ojalá esa maniobra pille fuera de juego a Odín y logren rescatar a Rubén sin sobresaltos.

—Tampoco nos enfrentamos a criminales profesionales —murmura para tranquilizarse—. No se van a encontrar con asesinos. ¡Y es un edificio lleno de gente durmiendo!

No, Odín tiene que ser un simple estudiante que está mal de la cabeza, eso es todo. Un compañero —o compañera— que se mueve bien en las redes, pero no en la vida real. Si se oculta tanto es porque no sabe manejarse con la gente, aunque su máscara le permita disimularlo.

En el fondo, su forma de vengarse es cobarde: no es capaz de afrontar un cara a cara con sus presuntos enemigos y ha recurrido a este montaje.

Por eso Unai no ve a Odín capaz de cruzarse en el camino de sus jugadores. Su protección es el anonimato; no renunciará a él. Unai supone que Odín quiso acudir a presenciar en primera línea la detención de Rubén… y además quiso que él, su último fichaje para Valkiria, también asistiera a sus pasos desde la habitación de su residencia.

—Sí —Unai está convencido—. Odín se hizo visible para que yo lo detectara, para que me diera cuenta de que es real. Ha sido su personal forma de darme la bienvenida al juego. Desde entonces no ha vuelto a mostrarse, y seguro que ha estado muy cerca de mí. Observándome.

Odín juega con ventaja. Y la aprovecha.

—Tiene que estar disfrutando mucho. Quizá por eso, para ponerme nervioso, tarda tanto en ordenarme una nueva misión.

Se está recreando.

Unai mantiene la aplicación de Valkiria activa conforme a las instrucciones del juego. De vez en cuando comprueba su geolocalización para confirmar que sus amigos no van directos a una emboscada. Claro que si el máster o Jugador3 apagan su aplicación…

Unai prefiere ser optimista. Ahora se centra en revisar los perfiles de Rubén y Marta en diferentes redes, a la caza de algún vínculo que los relacione. Repasar los amigos comunes de los tres en Facebook es un buen primer paso si, tal como intuyen, Odín pertenece a su entorno. Incluso puede que mientras indaga se cruce con el perfil de la desconocida del vídeo. ¿Quién sabe? Si contaron con ella para la trampa, es fácil que se relacione en las redes con alguno de ellos.

Rubén, como jugador más experimentado en Valkiria, también debe de tener información comprometedora sobre Odín.

—Y Odín lo sabe —murmura Unai—. Por eso no dejó que se marchara.

Y por eso encontrarlo es vital, en todos los sentidos.

Unai se centra en la pantalla de su ordenador. Rubén tiene treinta y dos amigos en común con él, y Marta —no son amigos en Facebook— seis. Comienza por ella, la suya es una cifra mucho más manejable. Unai apunta esos seis nombres compartidos para a continuación comprobar si alguno de ellos figura también como amigo de Rubén en Facebook.

A los pocos minutos ha confirmado que, entre los seis nombres de amigos que él comparte con Marta, hay tres que también lo son de Rubén: Clara, Kika y Pedro. Ninguno constituye una sorpresa. Lo que asombra a Unai es descubrir, por casualidad, que Marcos Esteve también figura como amigo de Rubén.

¿Rubén tiene relación con ese tipo tan raro? Las conexiones entre redes son siempre un misterio. Tal vez se conocieran como jugadores de algún videojuego.

—Bueno —concluye—. Dos de nuestras candidatas para ser Odín son amigas de tres presuntos jugadores. Aumenta la sospecha sobre ellas…

¿Especialmente en el caso de Kika? Porque la hacker sigue sin responder a sus mensajes… ¿Habrá regresado ya a su habitación?

Unai capta de refilón un relampagueo. Vuelve la vista hacia su móvil y se enfrenta al guiño rojizo de su alerta.

—¡Joder!

Se lanza a revisar qué presencias detecta su aplicación: ¡Jugador3 y Odín han entrado en el área de seguridad, lo que incluye la residencia de Rubén! ¿Cuánto rato hará que se ha activado la alarma? Unai confía en que muy poco, por el bien de sus amigos.

Se apresura a llamarles por el móvil. ¡Tienen que salir de allí!

 

• • •

 

Vega ha logrado que su amigo —cuya respuesta somnolienta no parecía muy amenazadora— les abra el acceso a la residencia sin hacer demasiadas preguntas. Una vez en el interior del edificio, Compu y ella han seguido el primer tramo de la ruta indicada por Unai, hasta situarse en el extremo del corredor de dormitorios de la primera planta. Todavía no han necesitado encender la linterna gracias al tenue resplandor de las luces de emergencia.

Vega experimenta sentimientos encontrados. Lamenta que su regreso a un escenario que compartió con su anterior pareja sea en esas circunstancias. Los recuerdos se mezclan con la ansiedad que le provoca la situación. Qué cerca está de la habitación de su ex.

—¿Y ahora? —pregunta en voz baja Compu.

Los dos están pendientes de no cruzarse con nadie. Desde su posición escuchan conversaciones procedentes de diferentes habitaciones, risas amortiguadas, el murmullo de alguna televisión, música. Ruidos normales en un entorno de estudiantes poco aficionados a acostarse temprano.

—Ahora toca ir por ahí.

Vega señala una puerta con un cartel donde se lee «privado».

Compu asiente y, adelantándose unos pasos, comprueba que está abierta.

—¿Vamos? —pregunta.

En ese instante escuchan cómo alguien sale de su dormitorio. Los dos se arriman a la pared, aprovechan un recodo que los salva de quedar a la vista de todo el pasillo. Varias voces llegan hasta ellos hasta que un portazo las apaga casi por completo. El corredor vuelve a quedar en silencio.

Vega se aparta de la pared, hace un gesto a Compu y los dos entran con cuidado en la zona restringida. Ahí se encuentran con las escaleras que ha mencionado Unai en sus indicaciones.

—Ahora hay que bajar hasta los sótanos —recuerda Vega en susurros—. Si Rubén está en el edificio, lo tendrán allí.

Compu asiente y ambos comienzan a bajar peldaños muy lentamente, atentos a cualquier sonido. Alcanzan el último escalón y se encuentran ante un espacio con aspecto abandonado, una especie de rellano amplio que se bifurca en dos corredores cuya longitud se pierde en direcciones opuestas.

—Tú por el pasillo de la izquierda y yo por el de la derecha —propone Compu.

—Al menor obstáculo retrocedemos —advierte Vega.

—Vale. Quédate con la linterna, yo utilizaré la del móvil.

Vega hace un gesto afirmativo, aunque no llega a separarse. Los zumbidos de su teléfono la han detenido. Comprueba que Unai está llamando, lo que comunica a Compu señalando su móvil iluminado. El chico aguarda también.

Vega pulsa la tecla verde y escucha frunciendo los labios. Al cabo de unos segundos, cuelga.

—Unai cree que nos han descubierto —comunica a Compu—. Jugador3 y Odín se mueven por esta zona.

Compu abre mucho los ojos.

—¿Qué hacemos? ¿Nos vamos? —él deja la decisión en sus manos.

Vega se debate entre acatar la retirada que le ha rogado Unai o aprovechar unos últimos minutos antes de escapar. Ya que han llegado hasta allí… Rubén se merece una apuesta más firme.

—Asomémonos —decide—. En dos minutos, aquí, ¿de acuerdo? ¡Rápido!

Ella enciende la linterna y cada uno se pierde por su respectivo sector. Ya no hay margen para cautelas, avanzan con la urgencia pintada en sus rostros. Ignoran qué van a encontrarse. Vega atraviesa una nueva puerta y se encuentra en una sala grande llena de armarios y taquillas. Es una zona empleada por el personal de limpieza; distingue —además de un intenso olor a desinfectante— ropas de trabajo, fregonas, frascos de detergente…

Se dispone a adelantarse cuando un ruido a su derecha la detiene, justo a tiempo. Todo un bloque de taquillas, que llega casi hasta el techo, comienza a tambalearse, se inclina hacia ella hasta que, por fin, cae provocando un estrépito que resuena por toda la planta. Vega ahoga un grito y logra esquivar el derrumbe de un salto, pero pierde la linterna, sepultada ahora bajo los armazones de metal que cubren el suelo. Se ha librado por muy poco.

Envuelta en sombras, sin posibilidad de avanzar, Vega asume que ha llegado el momento de retroceder, mientras trata de reponerse del susto. Con el ruido provocado, en pocos minutos aparecerá alguien de la residencia.

—Bueno —se consuela, aún nerviosa—. Si tienen a Rubén en el edificio, seguro que lo descubren con todo este jaleo.

A su espalda suenan de pronto unas pisadas veloces. Vega palidece, sabe que no tiene donde esconderse. Alguien corre hacia su posición, se encuentra cada vez más cerca. Está atrapada.