Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 9 de 41

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Valkiria

Capítulo IX

Rubén acaba de abandonar la planta de su dormitorio. Ha dejado atrás el acceso que emplea el personal de mantenimiento, avanza sin mirar atrás mientras desciende los peldaños que conducen al sótano de la residencia. Sigue atento a cada sonido, pero no parece que Jugador3 haya detectado su último movimiento.

 

De momento.

Mi adversario no tardará en descubrir esta ruta, se dice. Tiene que cumplir la orden.

Odín —que también anda cerca, según su alerta— no ofrece segundas oportunidades. El fracaso se paga caro en Valkiria.

Él lo sabe bien, otros lo confirman.

Marta se negó a obedecer.

Rubén pasa junto a un ventanuco empotrado en la pared de la escalera. Se detiene y lo abre. Ha llegado la hora de soltar amarras. Detectado su intento de fuga, la situación es ya irreversible. Odín no perdona.

Rubén siente la frescura de la madrugada en las mejillas, una promesa de libertad frente a la atmósfera viciada que impregna Valkiria. Una atmósfera que lo ha contaminado todo, que avanza como una marea dispuesta a engullirlo.

Tiene que escapar.

Alza la mano que sostiene su móvil, la asoma a través de la ventana y extiende sus dedos para dejarlo caer. El teléfono se precipita al vacío.

Adiós, Valkiria.

El móvil pesaba poco, pero Rubén siente un alivio inmenso al verse sin él. En ese instante es consciente del lastre que ha soportado, del modo en que se ha ido arrastrando durante las últimas semanas por culpa de ese juego perverso.

Ya no podrán localizarme.

Reanuda su carrera, cada segundo cuenta. En pocos minutos alcanza la puerta del sótano. Se gira, atento al silencio del edificio que duerme. Busca en el aire cualquier sonido que delate movimientos sospechosos, pisos más arriba. No percibe ningún ruido, ninguna actividad. Al menos en apariencia ha conseguido despistar a su contrincante.

Sin embargo, Rubén no se confía. Todavía se encuentra dentro de los límites de Valkiria. Empuja con cuidado la plancha de madera que lo separa del sótano. Unas minúsculas aberturas en el techo de esa estancia permiten la penumbra suficiente para no tener que encender la luz.

Ese nivel del edificio se bifurca en dos corredores a derecha e izquierda. Toma el de la derecha, que comunica con un espacio muy amplio ocupado por sillas, otros muebles y bultos cuyos relieves se pierden entre las sombras. Algunas zonas, fuera del alcance de los puntos de resplandor abiertos en el techo, permanecen en una negrura absoluta.

Rubén se deja llevar por ese panorama inquietante. ¿Y si alguien se oculta ahí? Valkiria es capaz de anticiparse a sus pasos…

La amenaza es poco probable, pero factible. Rubén calcula, presionado por el transcurso de cada minuto.

Estoy solo, intenta convencerse. No han llegado hasta aquí.

Se reajusta la mochila. Necesita llegar hasta el fondo de la sala, donde un tramo acristalado de la pared —que no logra distinguir desde su posición— comunica con una especie de bodega que sí cuenta con un acceso a un sector restringido de la planta superior. Desde allí llegará hasta la salida de emergencia.

¡Estoy muy cerca!

Ni Jugador3 ni Odín habrán previsto esta ruta, se dice. Seguirán buscándome por las zonas comunes del edificio.

Rubén se gira, levanta la cabeza y echa una última ojeada al pasillo que deja a su espalda. La tranquilidad continúa. Después comienza a caminar despacio hacia el extremo opuesto, procurando no perder de vista ningún rincón.

Avanza paso a paso, temeroso de una quietud que puede quebrarse en cualquier momento, hacerse añicos con la misma violencia con la que se desintegraría su esperanza de salvarse. Vigila bien dónde apoya cada pie, esquiva restos que provocarían chasquidos inoportunos.

No debe cometer ningún error.

Prudencia. Estoy muy cerca, se repite. Voy a conseguirlo.

Voy a conseguirlo.

Se limpia el sudor de la frente. Ya se imagina corriendo por el campus; conteniendo un grito de alegría; respirando el aire de la madrugada conforme se aleja de esas construcciones que esconden una oscuridad mucho más densa que la del cielo nocturno.

Lo único que pretende es volver a ser libre, recuperar lo que perdió aquel día en que no tuvo más alternativa que aceptar la invitación de Valkiria.

El día en que fue elegido.

Quiere recobrar su vida.

Rubén continúa caminando. Si extiende un brazo, ya casi puede rozar el resorte que abre la hoja de cristal traslúcido. Al otro lado, una sala pacífica, neutra. Y su pasaporte a la libertad.

Lo voy a conseguir.

Sus dedos bailan en el aire. Queda tan poco…

Entonces oye el chasquido, tan próximo, y su lucidez le ofrece la imagen del desenlace que se ha esforzado en evitar. No reacciona, no dispone de margen para hacerlo. Lo único que acierta a distinguir es una silueta en la oscuridad, una figura que se precipita sobre él; luego, el estallido de dolor, algo pesado se hunde en su cabeza. Sus ojos lanzan una última mirada hacia la plancha de vidrio que constituye su objetivo, un gesto que es como una súplica. Salpicaduras de su propia sangre aterrizan en el cristal. Sobre el ruido de su cuerpo al desplomarse brota un grito débil, apenas un susurro que no despierta a nadie.

Segundos después, el relampagueo de un flash ilumina la escena durante décimas de segundo.

 

• • •

 

Unai permanece tendido en la cama de su habitación, a oscuras. Ha estado interpretando con su violín la banda sonora de su remordimiento. La música ha sido para él, hasta esta noche, un antídoto frente al miedo, la inseguridad. Pero esta vez no funciona. Unai no logra conciliar el sueño, y eso que su preocupación tampoco es ahora Valkiria. Lo que realmente le mantiene en vela es Vega o, mejor dicho, el riesgo de hacerle daño, de perderla, de despertar —qué dolor al imaginarlo— su desprecio.

Ella no se merece una traición.

Ese vídeo, aquella noche absurda… Unai daría lo que fuese por volver atrás en el tiempo y borrar de su memoria y de la realidad ese episodio cuyas repercusiones no se atreve a calcular.

—¿Quién eres? —se pregunta.

El tono es de acusación, de reproche. El auténtico interrogante que flota en el aire, que se dirige a sí mismo, es en quién se ha convertido durante las últimas horas. Ha vuelto a mentir a Vega, la ha dejado irse sola a su residencia. ¿Cómo se ha arrastrado hasta ese punto?

¿Tan destructiva es la amenaza de un desconocido que en pocos minutos ha logrado anular su voluntad?

Yo no soy así.

La sumisión no va con él. Ni el desánimo, ni el miedo.

Tiene que encontrarse.

Contempla, en la pantalla de su móvil, el insultante icono de Valkiria: la marioneta.

Ese cabrón se está riendo de mí.

Unai se incorpora con los ojos muy abiertos. Es extraño, siente que de repente ha recuperado un pulso regular, sosegado.

El pulso de la serenidad.

Su situación no ha cambiado, pero él se nota diferente.

—Yo no soy así —se repite, esta vez en voz alta.

Tiene que volver a tomar las riendas.

Cometió un error en unas circunstancias que todavía no se explica, y está dispuesto a pagar por ello. Pero no será Odín quien decida por él, quien marque el modo y el momento en que asuma su responsabilidad.

Unai vuelve a dejarse caer en la cama. Su primera equivocación fue no confesar a Vega lo sucedido aquella noche —error que le ha convertido en una víctima—, pero si actuó de esa forma no lo hizo con intención de engañarla. Él se comportó así porque, entre otros motivos, ni siquiera recordaba con exactitud lo que había sucedido y, desde luego, no estaba dispuesto a conceder a la chica de la fiesta ninguna importancia en su cabeza.

Esa desconocida no requiere una confesión, no está dispuesto a concederle tanta relevancia.

Buena voluntad, mala decisión. Unai no alcanzó a comprender que con su comportamiento generaba un secreto entre Vega y él, que estaba traicionando su confianza. Demasiado pronto para una fisura en la relación: los efectos de su torpeza serán letales si no se conduce con delicadeza.

Ahora todo se ha complicado y es tarde para reacciones dignas, piensa. Lo hará lo mejor que pueda y a cruzar los dedos.

Vega me perdonará. Tiene que perdonarme.

—Acepto el reto, Odín —susurra entonces.

Desempeñará su papel como Jugador4 en Valkiria, pero no lo hará con la obediencia de un esclavo. Ya no. Su intención es introducirse en el juego para aproximarse a su enemigo. Solo así logrará llegar hasta esa persona sin escrúpulos que se oculta tras el nick de Odín. Precisa identificarla para obtener respuestas y librarse del chantaje.

—He de simular que me presto al juego.

¿Conseguirá mantener al margen a Vega hasta que todo se solucione? ¿Debe hacerlo? No quiere involucrarla, pero al mismo tiempo necesita su apoyo.

—Bueno —el móvil, con la aplicación de Valkiria activa, le indica la hora—. Queda ya muy poco para recibir la primera instrucción de Odín. El juego va a comenzar… y yo estoy preparado.