Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 17 de 41

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Valkiria

Capítulo XVII

—¿Vamos al campo de fútbol a ver cuerpos? Hay partido —Clara, que ha lanzado su sugerencia incluso antes de llegar hasta Vega, se percata del semblante mustio de su amiga—. No, supongo que no.

—No me apetece mucho.

—¿Qué te pasa? Espero que no sigas todavía dándole vueltas a lo de los secretos de cada uno.

—Pues…

—He intentado localizar a tu chico para comprobar si está tan raro como dices, pero no lo he encontrado. Tranquila, no se librará de mi examen.

—Esta tarde ha estado conmigo.

Clara se pone en guardia:

—¿Y eso no te ha calmado?

—Ha vuelto a hacerlo, Clara.

—¿El qué?

Los ojos de Vega brillan, de nuevo al borde de las lágrimas. Las dos comienzan a caminar hacia una cafetería que hay junto al rectorado.

—No sé explicarlo bien, es una sensación. De pronto, su actitud cambia. Así, de golpe. Unai estaba normal, quizá un poco serio, pero nada más, y de repente lo he notado distante, como si su mente estuviera centrada en otra cosa.

Clara se queda en silencio.

—¿Qué estabais haciendo en ese momento? —pregunta.

—He querido visitar una última vez la habitación de Marta Vela y me ha acompañado.

Clara pone los ojos en blanco.

—Coño, Vega, es que tienes cada ocurrencia… ¿Qué será lo siguiente que le propongas? ¿Ir al cementerio para ver alguna lápida? ¿Con planes así crees que vas a conseguir que Unai se comporte con normalidad?

—Pues te aseguro que al principio era el Unai de siempre… Ha entendido perfectamente que yo quisiera hacer eso.

—Pero algo ha fallado, ¿no?

—Sí. Ha sido de repente. Su expresión ha cambiado, otra vez el gesto hermético de anoche y la mirada ausente. Después me ha acompañado hasta aquí y se ha ido, ni siquiera ha esperado a que tú llegaras. Me ha dejado sola.

—¿No ha esperado para verme? Empiezo a pensar que no exageras al preocuparte.

Vega, demasiado angustiada para captar las bromas, se encoge de hombros.

—No sé, desde ayer tengo la impresión de que ha surgido una barrera invisible que me impide llegar a una parte de él. Hasta ahora nunca había sentido algo así, no lo comprendo. También lo noto incómodo. ¿Hay otra chica? ¿Se estará viendo con alguien?

Clara descarta esa posibilidad.

—No. Unai te quiere demasiado, no te pondría los cuernos. No sé lo que le ocurre, pero él no es así.

—Claro que no es así. Está perdiendo su sonrisa, incluso la concentración, le veo muy distraído. Ha habido momentos en que le he visto más atento al móvil que a mí.

Y no ha querido quedarse a saludarte, repite Vega para sus adentros. Eso podría calificarse de comportamiento antisocial, con lo que la actitud de Unai… ¡comienza a parecerse a la descrita por Nuria sobre Marta!

Hasta que ha dicho en voz alta los síntomas, Vega no se había percatado de esa similitud. Sus temores están llegando demasiado lejos. Es imposible que alguien tan vital como Unai sufra un comienzo de depresión.

—De acuerdo: algo le pasa —decide Clara, por fin inquieta—. Ha sido un error mío no darle importancia desde el principio.

A Vega no le interesa buscar responsabilidades sino respuestas:

—¿Y por qué entonces no cuenta conmigo? ¿Por qué no me pide ayuda?

—Eso solo lo sabe él. ¿Tienes alguna idea sobre qué puede provocar en Unai esos cambios de actitud? Si lo descubrimos, tendremos una pista.

Vega se queda pensando.

—No sé… Ayer estábamos hablando tranquilamente en su habitación. No pasó nada especial, salvo que empezó a encontrarse mal de la tripa. Y hoy… Bueno, yo he notado su cambio después de que se quedara mirando un dibujo en la mesilla de Marta como si hubiera visto un fantasma.

Esa información desconcierta a Clara.

—¿Un dibujo?

—Una especie de muñeco del que salían unas rayas. Ya ves.

Clara resopla.

—¿Un simple dibujo provoca un cambio de humor en tu chico? Eso nos ayuda muy poco.

—Lo sé —el semblante de Vega se ha entristecido—. Tengo la impresión de que esto va a ir a peor y no sé qué hacer.

Tiene miedo de que llegue un momento en que Unai se convierta en un desconocido para ella. Empieza a no reconocerle en su comportamiento, está desorientada.

—A lo mejor el dibujo en la mesilla le ha recordado algo malo… —Clara sigue buscando indicios—. ¿Conoces algo sobre la infancia de Unai que podamos relacionar con ese muñeco?

—Que yo sepa, fue un niño feliz.

—¡Basta entonces de lamentarse! —Clara exhibe su resolución habitual, ha cogido a su amiga por los hombros y aproxima su rostro al suyo—. A grandes males, grandes remedios. Tienes que hablar con Unai, decidido.

—Pero…

—Se impone un cambio de estrategia. Olvídate de dejarle espacio para que sea él quien tome la iniciativa. La situación es lo suficientemente crítica como para que te dejes de rodeos. Es hora de hablar claro, no vaya a ser que te estés montando una película sin necesidad. Ya sabes: hay que sufrir lo estrictamente necesario. Ni un poquito más.

Vega va a replicar, pero se calla. No hay nada que añadir, puesto que su amiga tiene razón. Es absurdo continuar fingiendo ante él. Eso también es mentir, se dice ella.

Yo tampoco estoy siendo sincera con Unai. Y así no vamos a ninguna parte.

—Esta noche hemos quedado —anuncia a su amiga—. De acuerdo, sacaré el tema y a ver qué pasa.

—¡Bravo! Brindaremos durante la cena por el éxito de tu emboscada. Y quiero al menos un mensaje en cuanto puedas. ¡No me dejes toda la noche sin noticias!

Vega acepta, aunque tiene miedo. No quiere perder lo que tiene, está muy enamorada de Unai. ¿Y si él se agobia, si se siente acorralado por su curiosidad? Podría reaccionar mal. ¿Interpretará correctamente su pregunta, entenderá que Vega no pretende interrogarle, sino que se trata del interés lógico de alguien que lo único que quiere es verle feliz?

 

• • •

 

—Ya he visto tus fotos. Rubén se ha largado, no hay duda.

Unai habla en susurros, pues se encuentran en la biblioteca de la facultad de Derecho. Ambos, Compu y él, simulan estar estudiando, por si hay cómplices de Valkiria cerca. Y es que no saben si aparte de los jugadores, adversarios entre sí, Odín cuenta con colaboradores para las tareas sucias, como el espionaje a los participantes. Todo es una incógnita y ahora, allí, en medio de esa enorme sala de techos altos y paredes acristaladas, los dos cuchichean sentados en una larga mesa de madera. Los exámenes están muy cerca; por eso el edificio continúa abierto a esas horas.

—Sí —Compu ha asentido—. Rubén se ha ido, y parece que para bastante tiempo. He preguntado a varios de sus amigos más cercanos y no saben nada de él desde ayer por la noche. Parece que nadie estaba al tanto de su plan de huida, y sigue sin responder al móvil.

El último contacto real se produjo a la hora de la cena. Para entonces, Rubén aún no había escrito su enigmático estado en Facebook, apunta mentalmente Unai. Con toda seguridad ya lo tenía en la cabeza, como su determinación de desaparecer.

Los errores se pagan.

—Así que se fue por la noche —dice.

—Sí. El mejor momento para no ser descubierto —Compu está organizando un poco su zona de la mesa. A un lado coloca en paralelo los bolis y después ordena el montón de apuntes para que no sobresalga ninguna hoja—. La verdad es que Rubén se ha tomado bastante interés en ocultar su marcha.

—¿Pero es que deja el curso? ¿Toma una decisión así sin contar con nadie? ¿Y por qué no responde a las llamadas ni a los mensajes?

Compu le pide con un gesto que baje la voz. Varios compañeros se han girado hacia ellos al escuchar la subida de tono.

Unai ha formulado esos interrogantes, pero en realidad son preguntas retóricas. Desde que ha deducido que Rubén probablemente sea jugador en Valkiria, su comportamiento no hace sino confirmar la sospecha. ¿Cómo vas a comunicar tus intenciones de irte, de abandonar el juego, si ni siquiera estás seguro de que tus amigos no sean adversarios en Valkiria? ¿Cómo anticipar tus intenciones si Odín parece estar en todas partes?

Yo habría hecho lo mismo, piensa Unai, recordando la muerte de Marta Vela. Habría desaparecido sin dejar rastro.

Lo inquietante es imaginar cómo ha conseguido Valkiria provocar esa decisión en Rubén, un tipo fuerte y seguro de sí mismo. ¿A qué situación crítica le han conducido para que él esté dispuesto a dejarlo todo y escapar en plena noche, como un ladrón?

¿De qué está huyendo?

«Los errores se pagan», fue lo último que escribió en las redes. Palabras que adquieren un nuevo significado en clave de Valkiria.

Lo que ha impulsado a Rubén a desaparecer tiene que ser algo brutal… casi tanto como lo que llevó a Marta a suicidarse. Unai se asusta: ¿Qué me habrán preparado a mí? ¿A qué ha venido esa misión que me han obligado a cumplir por la mañana? Nada inofensivo rodea a Valkiria, así que no se fía de la apariencia pacífica de su acción.

—¿Has preguntado a sus amigos si ayer estaba normal?

Necesitan nuevos datos que arrojen algo de luz.

—Sí —contesta Compu—. Me han dicho que se le notaba nervioso, tenso. No dejaba de mirar el móvil y se marchó pronto, casi sin despedirse.

Se trata de una descripción que Unai habría podido predecir con exactitud, sobre todo porque Rubén ya mostraba esa conducta en días anteriores. Él mismo la había notado. Esa coincidencia con el cambio de carácter que mostró Marta durante sus últimos días de vida es evidente.

—Y con el mío —susurra, consciente del modo en que se ha separado de Vega—. Yo también estoy cambiando.

Parece una epidemia.

Una de sus manos hace rato que atenaza el móvil. Al menos de ese modo lo oculta a la vista durante un rato, mientras piensa. Al tapar la pantalla evita su magnetismo y recuerda que hay vida más allá.

Marta y Rubén. Dos desapariciones, al fin y al cabo. Dos formas de escapar.

Y dos jugadores en Valkiria cuyos nombres se leen en gris claro.

¿Casualidad?

—Sí —Compu ha vuelto a asentir—. Tú siempre has sido un tío relajado y esta mañana se te ve muy nervioso. Tienes que tomarte esto con más calma o ganarán ellos, si lo que pretenden es que lo pases mal.

—No sé si se conformarán con eso o llegarán más lejos. Con Marta no debió de bastarles.

Esa alusión descoloca a Compu.

—¿Con Marta? ¿Marta Vela? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?

Unai le cuenta lo del dibujo en la mesilla.

—Es un dibujo reciente —añade—. Tuvo que hacerlo Marta.

Quizá se trata de un último mensaje dirigido a alguien. Un testamento en forma de advertencia.

—¿Seguro que es el mismo muñeco de Valkiria? Te veo tan obsesionado que…

—Marta era Jugador2 —Unai no vacila—. Tenía que serlo. Por eso su nombre está en gris claro desde el principio. Para cuando yo he entrado en el juego, ella ya estaba muerta. Y apostaría a que Rubén también participa en Valkiria.

Compu vuelve a exhibir un absoluto asombro.

—Y por eso se ha marchado, para abandonar el juego. ¿Esa es tu teoría?

—Sí. Además, ahora el nick de Jugador1 también aparece en gris claro, lo he comprobado. ¿No te parece un cambio demasiado casual, horas después de que Rubén haya abandonado la universidad? ¿Justo entonces un jugador deja la partida en Valkiria?

Compu no se muestra tan convencido:

—Las coincidencias siempre son sospechosas, de acuerdo, pero el hecho es que se dan en la vida real.

—En este caso no es algo accidental, créeme. Incluso la actitud de Marta durante sus últimos días es muy parecida a la que ha mostrado Rubén antes de largarse.

Compu se queda pensando.

—La verdad es que su pasión por los videojuegos podría justificar que se metiera en algo así —comenta—. Rubén sí sería capaz.

—Y descubrió tarde que Valkiria es mucho más que un simple juego…

—¿En el que no basta con desconectarse para abandonar la partida?

Unai asiente.

—En este juego tú decides entrar, pero no cuándo salir.

Unai se pregunta si también chantajearon a Rubén para meterlo en Valkiria. Su perfil es mucho más propicio para conducirlo hasta el juego por las buenas, pero Rubén es demasiado inteligente como para aceptar una invitación de Odín sin disponer antes de todos los datos.

Y el máster jamás facilitará a sus víctimas esa información.

—Hace varias semanas, Rubén pasó unos días muy preocupado por si perdía la beca —recuerda Unai—. Estaba convencido de que tendría que dejar los estudios.

—¡Es cierto! —confirma Compu—. Fue por un asunto de porros, ¿verdad?

—Alguien debió de verle fumando en la residencia, y tenía miedo de que llegara a oídos del profesorado. Por lo visto, dos compañeros suyos también fumaban en su habitación, así que había riesgo de que se le acusara incluso de tráfico de drogas — completa su amigo.

—Se jugaba su futuro, pero tuvo suerte. Ese tema se ha… olvidado —concluye Compu.

La insinuación de Compu cala en él. Unai está ahora dispuesto a jurar que ese providencial «olvido» tuvo un precio y que Valkiria fue quien lo cobró.

—No sabía que la situación había sido tan grave.

—Rubén lo ocultó, no era algo de lo que se sintiera orgulloso. Su imagen como deportista también estaba en juego.

—Me estás empujando a que vincule ese tema con Valkiria —dice Unai—. Eso es que no te parece tan absurda mi teoría.

—Lo que me convence de ella es que no se me ocurre ningún otro motivo que explique su desaparición —Compu juega con un boli—. Rubén jamás se había comportado así.

—¿Y eso de que se enrollara con Marta hace poco? —Unai no ha olvidado ese episodio que, tras sus últimas deducciones, se le antoja mucho más extraño—. ¿Dos participantes de Valkiria que se lían en pleno juego?

—También suena raro, sí. Aunque no tenían por qué saber que eran adversarios…

—Da igual. Marta nunca habría estado entre los objetivos de Rubén. Por no hablar de su suicidio, tan próximo. Empiezo a convencerme de que todo está relacionado.

Compu vacila:

—No sé, a lo mejor te estás pasando. Lo que sí me cuadra es que Rubén se haya ido para escapar de Valkiria.

Unai vuelve a hacer un gesto afirmativo.

—Y apuesto a que a mí me han fichado para sustituir a Marta. No me extrañaría que estos días alguien más reciba una invitación a participar en Valkiria: ahora tienen que cubrir la baja de Rubén. No se lo están montando muy bien si tan poco les duran los jugadores…

Compu guarda silencio unos segundos.

—Si aciertas en tus suposiciones, a lo mejor esas bajas estaban previstas.

Unai, ajeno a la expresión cada vez más inquieta de su amigo, descarta esa hipótesis:

—Eso no tiene sentido. Si montas un juego como este, lo que quieres es hacer sufrir a tus jugadores el mayor tiempo posible. No es tan fácil fichar nuevos participantes. Además, ¡eso supondría que Odín ya contaba con la muerte de Marta! No, lo que ha sucedido es que se les ha ido de las manos, simplemente. Supongo que pensaban que ella era más fuerte y no resistió la presión. La han cagado, estarán más asustados que yo.

O eso prefiere pensar.

Lo que impacta a Unai, ahora que lo considera, es el hecho de que ni siquiera la muerte de Marta ha interrumpido el juego. Odín está dispuesto a llegar hasta el final… a cualquier precio.

Da miedo.

Compu, que ha escuchado con paciencia, no se deja convencer por las palabras de su amigo:

—Tengo un argumento de peso para defender que desde un principio tú estabas en la lista de jugadores y, por tanto, si es verdad que debes sustituir a Marta, ella fue elegida como participante de poco recorrido.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es ese argumento tan sólido?

—Que el vídeo con el que te han chantajeado para ficharte como jugador de Valkiria se grabó antes de que Marta se suicidara.

—Joder.

Unai se ha quedado sin palabras. Esa observación es incuestionable y, en efecto, echa por tierra su razonamiento. No hay duda: semanas antes de que Marta se quitara la vida, Odín preparaba su trampa para atrapar a Unai. Para envolverle en su tela de araña.

Luego contaba ya con la baja de Marta.

En Valkiria no se improvisa, todo responde a un plan muy bien trazado.

—¿Eres consciente… —titubea—, eres consciente de que eso implica que forzaron el suicidio de Marta?

Esa afirmación es muy fuerte.

—O al menos aceptaron correr ese riesgo —matiza Compu—. Tal vez no pensaron en ti como sustituto de ella, sino como el siguiente jugador. No sabemos cuántos necesitan.

No añade nada más, se limita a mirar a su amigo con una mueca tétrica que constituye en sí misma una respuesta.

—¿Debería ir a la policía? —Unai se siente incapaz de asimilar la dimensión que está adquiriendo todo.

—El problema es que no tienes ninguna prueba. Demostrar la inducción al suicidio es dificilísimo en un juicio —Compu vuelve a exhibir su formación jurídica.

—¿Y la aplicación de Valkiria en mi móvil no es suficiente?

—La descarga de un videojuego no es ilegal. Además, Odín va borrando sus mensajes y sus textos del chat, ¿no? Ni siquiera tienes eso, solo el SMS del vídeo, de número ilocalizable. ¿Y cómo vas a relacionar Valkiria con un suicidio, si ni siquiera puedes demostrar que Marta estaba participando en ese juego? La policía no te va a tomar en serio, Unai. Van a pensar que eres un flipado de los videojuegos y punto.

Es cierto. Con lo que tiene, Unai no está en condiciones de acudir a la policía. Sería absurdo quemar ese cartucho y perder credibilidad. Todavía. Su verdadero objetivo en el juego, por tanto, ya no consiste solo en desenmascarar a Odín, sino en lograr material que involucre al máster en la muerte de Marta y en el chantaje que él mismo está sufriendo.

—Todo pasa por que yo siga jugando —dice con resignación—. No me queda más remedio.

—Eres una especie de infiltrado, de topo —Compu escribe palabras sueltas en un folio para mantener la simulación de estudio ante miradas ajenas—. Sí, tienes que hacerlo. Tienes que jugar y resistir. Odín cometerá un error tarde o temprano. Y tú estarás ahí para aprovecharlo.

Unai sigue dándole vueltas al asunto.

—Me pregunto si a la policía le habrá extrañado que Marta restaurara su teléfono antes de suicidarse.

—Lo dudo mucho. El caso es tan evidente que se habrán limitado a comprobaciones rutinarias.

—Lástima que Odín haya estado tan rápido para borrar sus huellas. Así no hay manera de confirmar la participación de Marta en Valkiria.

Compu está al tanto de su última teoría.

—Por eso a mí también me cuadra que Odín esté detrás de la restauración de su móvil. Seguro que fue el primero en enterarse de su suicidio… Incluso a lo mejor como testigo directo.

Unai se frota los ojos. Todo es excesivo, irreal.

—¿Dónde estará ahora ese teléfono? —pregunta.

—En manos de los padres de Marta, muy lejos de esta universidad.

—A lo mejor quedaba algún rastro en él…

—Olvídate de eso. Por ahí no vamos a llegar a ninguna parte. No hay tiempo.

—Tienes razón.

Identificar a la chica del vídeo parece una línea de investigación mucho más prometedora. Compu consulta la hora en su teléfono.

—Ahora tengo que irme —dice—, pero estaré localizable en el móvil. Las veinticuatro horas, en serio. Toda la noche. Avísame para cualquier cosa, estoy contigo en esto, ¿vale? Yo, mientras tanto, seguiré buscando a Rubén. Alguien tiene que saber algo.

—Una pena que no tuviera novia.

—Sí, a ella seguro que le habría contado sus planes y ahora podríamos interrogarla en plan poli bueno y poli malo. Aunque, tal como están las cosas, a lo mejor se habrían ido juntos.

—Es cierto.

Pero no lo es, como tampoco que Rubén hubiera compartido con ella su problema. Unai acaba de darse cuenta de que él mismo no ha actuado así, no le ha contado nada a Vega sobre Valkiria.

Compu se levanta.

—¡Animo, Unai! Recuerda que no estás solo en esto. Voy a ayudarte hasta el final.

—Gracias. Significa mucho para mí.

Lejos de aliviarlo, lo único que consiguen las palabras de Compu es despertar en Unai el dolor por la ausencia de Vega. Ella tendría que estar allí, con ellos, aportando su sensibilidad, su compañía, su inteligencia. Su amor. Pero él la ha apartado. Ha sido un error.

Un error que le ha hecho débil, por mucho que ahora esté dispuesto a rebelarse contra Odín y acabar con Valkiria.

Decide que esa misma noche contará a Vega lo que está sucediendo. Todo. No aguanta más. Lo que intuye es demasiado fuerte como para mantenerla al margen; sin ella no logrará resistir. El desgaste que provoca Valkiria ya es lo suficientemente duro como para que Unai soporte al mismo tiempo la culpabilidad por engañar a su novia. Tiene que librarse de ese lastre. Asumirá las consecuencias.

—Saldrás de esta.

Compu, ajeno a los pensamientos de su amigo, le palmea la espalda y se aleja en dirección a la puerta de la biblioteca. Unai se queda en su sitio, mudo y pensativo, aún con la mano cerrada sobre su móvil.

Ya ha resistido bastante.

También toma la determinación de contar con Kika a pesar de los riesgos de una filtración. Necesita su dominio tecnológico. Unai ha comprendido que para vencer a Odín debe atacarle desde las dos dimensiones, la real y la virtual. Confía en que, si lo hace bien, Valkiria no descubrirá la presencia de sus aliados.

Por eso Odín no nos facilita la identidad de los demás jugadores, piensa. Nos quiere aislados, débiles.

Unai extiende por fin sus dedos y deja el teléfono a la vista. Seca la pantalla, húmeda de su propio sudor, y después introduce la clave y entra en la aplicación de Valkiria. Lo primero que llama su atención es el parpadeo rojizo de la alerta de geolocalización. Le da un vuelco el corazón.

Un jugador de Valkiria está muy cerca. Tiene que tratarse de Jugador3, el único junto a él que figura como operativo en la aplicación. Jugador1 y Jugador2 continúan apareciendo en gris claro.

Sí, es Jugador3.

Unai levanta los ojos y comienza a pasear la mirada por cada uno de los estudiantes que quedan en su campo de visión. ¿Quién será su adversario y por qué está allí? ¿Se trata de una casualidad —de nuevo una presunta casualidad—, o Jugador3 ha acudido en su busca?

Entre los diferentes conocidos que distingue desde su posición, identifica a Marcos Esteve, el compañero extraño que le observaba en clase esa misma mañana.

Unai recuerda las palabras de su amigo Compu: las coincidencias siempre son sospechosas.

Mantén la calma, no te delates.

En ese momento, Marcos alza la mirada y las de ambos se cruzan durante varios segundos. Ninguno de los dos exterioriza ninguna reacción, tahúres que sostienen un extraño pulso silencioso. Protegen su tapadera como estudiantes. A continuación, Marcos vuelve a sus apuntes.

Tengo que irme de aquí, se dice Unai. Veamos si Marcos se mantiene en su silla o sale también.

En ese instante, un zumbido le avisa de que acaba de recibir un mensaje en el chat del juego. Unai comprueba el origen: Odín.

Empieza a perder los nervios.