Valkiria
Capítulo XXXVIII
Compu golpea con los nudillos la puerta del dormitorio. No entra hasta escuchar la voz de Pedro, que llega hasta él con una fragilidad que la vuelve casi irreconocible.
Ya en el interior de esa habitación, a oscuras por la persiana bajada casi por completo, Compu descubre a su compañero tendido en la cama, con una mirada que parece observarle desde una profundidad remota. Al menos ha encendido la luz de la mesilla. Se trata de una pesada lámpara de bronce, recuerdo de su abuelo, que proyecta un resplandor amarillento.
—¿Qué haces aquí? ¿No tienes clase?
Es evidente que Pedro quiere estar solo, aunque Compu finge no captar ese tono en sus preguntas. Arrastra la silla del escritorio hasta colocarla al lado de la cama. Se sienta antes de contestar.
—Sí, tengo. Pero he preferido venir a ver cómo estás —mientras habla, envía un mensaje rápido a Vega para avisarlos de que ya está con él—. Siento mucho la muerte de Kika, sé que erais muy amigos.
Los ojos de Pedro se desvían un instante hacia su móvil antes de orientarse en dirección a la ventana. No añade nada, se limita a contemplar el hueco de luz que deja la persiana. Compu se percata de que su compañero ha estado llorando; incluso tiene aún las mejillas húmedas y hay un pañuelo de papel arrugado sobre la mesilla.
—Ha sido mala suerte —comienza, sin saber muy bien cómo enfocar esa conversación—, un desgraciado accidente. Kika era muy buena gente y…
Las pupilas de Pedro se clavan en las suyas. De pronto recupera una firmeza que nace de su culpabilidad.
—No ha sido un accidente —susurra.
Compu no reacciona.
—¿Qué has dicho?
Pedro se ha cubierto el rostro con las manos y mueve la cabeza hacia los lados como si intentara renegar del mundo que le rodea.
—He intentado ir a la policía, pero no he sido capaz —confiesa, de nuevo entre lágrimas—. No he podido…
Compu se ha levantado y ahora se inclina sobre él. Le coge de un brazo.
—Lo que tienes que hacer es calmarte, dormir un poco. Cuando hayas descansado, lo verás todo de otra forma. Es normal que te haya afectado la muerte de Kika.
—No —Pedro insiste—. Yo coloqué la lata de cerveza que ella bebió… Debo contárselo a la policía.
—Preparar una bebida no te convierte en un asesino.
La sorprendente confesión se ve interrumpida por unos golpes que de repente comienzan a sonar al otro lado de la puerta. Compu da un respingo. Se lleva un dedo a los labios para indicar a Pedro que guarde silencio. Una voz familiar se deja oír entonces:
—¡Pedro! ¿Estás? Soy Clara.
Compu tapa la boca a su compañero mientras le sigue indicando que no conteste. La situación se complica por momentos…
• • •
—Está cerrada.
Unai vuelve a intentarlo, pero no logra abrir la puerta de la tercera planta que da a la escalera de incendios.
—Qué raro —dice Vega, a su lado—. Se supone que tienen que estar abiertas, ¿no?
Unai se encoge de hombros. Ya no es capaz de distinguir lo raro de lo normal. Se pregunta cuánto falta para que alguien dé la voz de alarma en el sótano de la residencia de Rubén y todo el campus se llene de policía. Imagina ya la sonrisa de suficiencia que le dirigirá la subinspectora que le ha interrogado cuando acudan a detenerle.
Siempre sospeché de ese muchacho… Y su novia está implicada.
—Pues yo he quedado aquí con Marcos —dice, conteniendo su agobio—. Antes de ir a lo de la taquilla, me he asomado y no estaba en este rellano. He dado por hecho que a lo mejor me estaba esperando fuera, en las escaleras, pero no he llegado a mirar. Y ahora… tenemos que encontrarlo, Vega. Pronto.
Antes de que lo haga Odín.
Vega escucha sin dejar de vigilar las proximidades. De vez en cuando quedan ante su vista estudiantes y profesores que se pierden pronto en aulas, despachos y pasillos.
No se fía de nadie.
—¿Qué hacemos entonces? —pregunta con impaciencia.
—Marcos se ha comprometido a ayudarnos —Unai procura calmarse sin mucho éxito—. Él puede lograr que su amiga nos cuente todo lo que sabe: ¡llegó a ver a Odín!
—Vamos a la cafetería donde trabaja Ruth —propone Vega—. Hay que conseguir que su compañera nos dé su móvil.
Unai asiente. Es la única opción que tienen. ¿Dónde se habrá metido Marcos?
• • •
Compu se ha aproximado con cuidado hasta la puerta y ahora se dedica a escuchar los ruidos que proceden del otro lado, sin perder de vista a Pedro.
—Parece que se ha ido —susurra al cabo de un rato mientras hace girar la llave que está en la cerradura, por si acaso—. No se oye nada.
Hace ya varios minutos que se han interrumpido los golpes con los nudillos y las llamadas pronunciadas con la voz rotunda de Clara, que ha debido de pensar que su amigo ha salido de la residencia. Compu cree haber escuchado sus pasos conforme se alejaba por el pasillo, pero prefiere asegurarse antes de reanudar la conversación con su compañero.
Pedro ha asentido desde la cama y vuelve a dirigir la mirada a la ventana, hacia un mundo del que lleva días distanciándose, como absorbido por un agujero negro. Continúa tumbado, con el mismo gesto sombrío que se ha encontrado Compu al llegar a su habitación. Sí, Pedro quisiera desintegrarse, desaparecer.
—No me hubiera importado verla —habla con fatiga, como si le faltara el aliento.
—Pensaba que querías estar solo.
Pedro se encoge de hombros.
—Ya no sé ni lo que quiero. Bueno —se gira hacia Compu—, sí lo sé: terminar con todo lo de Valkiria, acabar de una vez.
Quizá Marta quiso cumplir el mismo deseo y por eso acabó con su vida.
Pedro ha adoptado una expresión ausente, de añoranza. Lo que daría por recobrar su libertad. Aunque de poco serviría: siente que tiene las manos manchadas de sangre y nada puede limpiar esa suciedad.
—Lo conseguirás —Compu procura animarle—. Recuperarás tu vida. Tienes que tener paciencia.
Pedro no atiende al consejo, está inmerso en sus pensamientos.
—Soy gay, ¿sabes? —termina reconociendo—. Tanto tiempo ocultándolo, llevando una doble vida… Ya da igual.
Compu quita importancia a la declaración:
—Ser gay no es nada de lo que tengas que avergonzarte.
—Eso díselo a mi familia —Pedro suspira—. No entiendo cómo Odín se enteró de lo mío, cómo consiguió esas fotos… Me amenazó con enseñárselas a mis padres, ¿sabes? Así entré en Valkiria. No tuve elección.
Pedro se interrumpe, al borde de las lágrimas. Menea la cabeza hacia los lados, como si fuera incapaz de asimilar la situación en la que se encuentra.
¿Cómo ha llegado hasta ese punto? Hace tan solo unos días era la persona de siempre, un estudiante entregado a su carrera y sin más preocupaciones que los amigos y el sexo. Hasta que recibió aquel mensaje…
Odín es el Mal.
—Conozco Valkiria —dice ahora Compu—. Y entiendo que estés así. Pero tienes que tranquilizarte, no exagerar las cosas.
—¿Conoces Valkiria?
En los ojos de Pedro, Compu lee la desconfianza.
—Unai me lo ha contado —se apresura a explicar—. Él es Jugador4. Tú eres Jugador3, ¿verdad? Los dos lucháis en la misma guerra. Estamos en el mismo bando.
Ese dato apacigua el ánimo de Pedro, que abandona su actitud de recelo y se deja caer de nuevo sobre la cama. Ya ha aprendido que el peligro no está en los demás participantes de ese diabólico juego, sino en la amenaza invisible del máster.
—Dile a Unai que abandone, que deje la partida antes de que sea demasiado tarde —aconseja—. Aunque Odín no lo permitirá.
Compu decide cortar ese pesimismo:
—Venga, el accidente de Kika te hace ver las cosas peor de lo que están. Todavía puedes salir de esta.
Pedro ha esbozado una sonrisa al escuchar la palabra «accidente», aunque es una sonrisa demasiado amarga para resultar natural.
—¿Me pides que me tranquilice después de haber participado en el asesinato de Kika? Tengo que ir a la policía…
—¿Para confesar qué? No sabes lo que ocurrió.
—¡Yo puse la cerveza en el sitio donde murió Kika! —Pedro se ha incorporado —. No imaginaba lo que Valkiria pretendía hacer. ¡Tienes que creerme! Jamás hubiera permitido que hicieran daño a Kika.
Compu no está dispuesto a que Pedro se martirice. No es conveniente.
—¿Quién te dice que fue una trampa? —insiste—. A lo mejor ese tal Odín citó allí a Kika, sí, pero fue ella la que después decidió practicar con el skate… Tal vez la única causa de su muerte sea la imprudencia. ¿Por qué iba Odín a invitarla a una cerveza si pretendía matarla?
Pedro no se deja convencer por una teoría tan inofensiva.
—Un presunto accidente de alguien que ha bebido es más creíble —murmura—. Tú no sabes cómo es Odín… No deja rastros.
—Perdona, ¡eso son paranoias! No estás bien, tienes que relajarte. Se piensa mejor en frío. Olvídate un rato del mundo.
A veces vivir resulta agotador.
Pedro oculta la cara entre las manos.
—He cometido demasiados errores durante los últimos días —continúa, sin piedad consigo mismo—. ¿Cómo he podido someterme tanto? Yo tiré las taquillas para asustar a Vega, Odín me lo ordenó… Y también fui a buscar a Jugador1 esa otra noche, aunque no lo encontré. Era Rubén, ¿sabes? Me alegro de que no estuviera en su habitación. No sé qué me habría pedido Odín si llego a encontrarlo.
Compu ha cogido de la mesilla el móvil de su compañero y lo apaga.
—¿Por qué no escribes lo que piensas? —le tiende un cuaderno y un boli que ha encontrado sobre el escritorio—. A mí siempre me ayuda cuando me siento mal.
Pedro necesita canalizar el miedo y la culpabilidad que experimenta, reconciliarse consigo mismo.
—¿De qué va a servirme hacer algo así? —se queja su compañero—. ¿Qué voy a solucionar?
—De momento te ayudará a ordenar tu cabeza, a serenarte un poco —Compu se sienta junto a él, sobre la cama—. Necesitas distanciarte de lo que te sucede. Escribe lo que quieres contar a la policía. Créeme, te hará bien.
Pedro obedece en silencio. Tampoco hay nada que pueda llenar el vacío que le oprime por dentro. Se ha rendido. Llorará a través de las líneas, se reprochará lo que ha hecho, cómo se ha dejado transformar en alguien desconocido y sumiso.
—Yo, mientras, te prepararé una medicina —Compu entra en el baño de la habitación. A los pocos segundos, el sonido del agua corriente llega hasta Pedro—. Suerte que llevo aquí algo que te hará descansar.