Valkiria
Capítulo XXX
Pedro ha aproximado el rostro hasta acariciar la valla que rodea la zona de obras. Siente sobre la piel el roce de los filamentos, su perfil frío marcándole las mejillas y la frente. Desde allí observa en silencio, con expresión abatida e incrédula. Los dedos de sus manos atraviesan la cuadrícula de metal que le impide acercarse más. Contempla la escena como un preso que aguarda inclinado sobre la puerta de su celda. Su postura transmite impaciencia, aunque él sabe que no hay nada que esperar.
Kika está muerta. La policía no ha logrado evitar que se filtrara la identidad del cuerpo encontrado. Ahora esa información corre de boca en boca entre la gente que se ha ido acercando hasta la verja.
Kika está muerta y eso no va a cambiar.
Pedro se seca los ojos enrojecidos. En el área protegida hay mucho movimiento pero poco ruido; la gente camina con gravedad. El ambiente de tragedia contamina el paisaje. Toda la maquinaria pesada que queda ante su vista está parada y los obreros permanecen en corrillos, fumando mientras murmuran sobre el triste hallazgo que ha tenido lugar a primera hora de la mañana.
Desde su posición, rodeado de otros estudiantes, funcionarios y profesores que han acudido al conocer la noticia, Pedro distingue dos coches de policía aparcados y varios agentes que inspeccionan la zona. También ve una ambulancia, que por desgracia no ha sido necesaria, y otro vehículo que se llevará el cuerpo de su amiga en cuanto el juez ordene el levantamiento del cadáver. Un precinto policial delimita varias áreas de terreno.
—¿Dónde está ella? —pregunta Pedro a Clara, que permanece a su lado en silencio.
Él ha buscado en vano la dramática imagen de un cuerpo tendido en el suelo y cubierto con una manta, aunque en el fondo no está seguro de querer ver algo así, ni siquiera para asimilar que la muerte de Kika es real.
—Desde aquí no se puede ver —responde su amiga mientras le aprieta de un brazo para transmitirle su apoyo—. Por lo visto, se cayó en esa parcela que están excavando.
Señala el lugar a pesar de que una de las cintas policiales ya delata el punto desde el que presuntamente Kika se precipitó al vacío.
—No quise quedar con ella —a Pedro le tiembla la voz—. Vaya mierda de último recuerdo se ha llevado de mí.
—Tú eras uno de sus mejores amigos —Clara intenta contrarrestar esa culpabilidad—. Habíais pasado la tarde juntos, ¿no? Y también quedasteis a comer. Gracias a ti disfrutó de un buen último día, estuviste con ella. Eso es lo que importa.
—Si hubiera quedado con Kika por la noche, no habría salido con el skate y ahora estaría viva.
—Eso no puedes saberlo. Lo más probable, si tanto le apetecía, es que saliera en cuanto tú te hubieses ido a dormir. No tienes nada que reprocharte, Pedro. Te portaste con ella mejor que cualquiera de nosotros.
Él se queda callado unos segundos.
—Me voy a la residencia, Clara. Necesito estar solo.
Él se gira hacia su amiga, vacilante, y es entonces cuando ella descubre que el estado de Pedro es mucho peor de lo que suponía: una mueca de remordimiento ha deformado su habitual expresión alegre y muestra ahora un aspecto sudoroso, casi febril. Sus ojos se hunden en un semblante lívido.
Un solo pensamiento invade la mente impresionada de Clara: la pena no provoca una reacción así.
• • •
Los tres se encuentran en el vestíbulo de la residencia. Unai, que ya ha escondido la pulsera de Rubén en un macetero de la planta baja, carga a la espalda su mochila con el portátil. Quiere estar preparado para cualquier imprevisto. Ahora murmuran entre ellos, atentos a la puerta de salida que marca un límite invisible metros más allá. En cuanto atraviesen ese umbral reanudarán la partida de Valkiria, que Odín no ha interrumpido en ningún momento.
—Entonces, ¿definitivamente sigues jugando? —Vega plantea por última vez un interrogante que suena casi televisivo. Y es que ella continúa debatiéndose entre el temor a los próximos movimientos de Odín y el riesgo de que Unai acuda como sospechoso a la policía sin pruebas de su inocencia. No alcanza a decidir qué la asusta más.
—Lo preguntas como si tuviera alternativa —responde él—. Y no es así, Vega. Ya lo hemos hablado. Aún no. El objetivo de nuestros movimientos de hoy es precisamente conseguir algo que nos permita acudir a la policía. Pero hasta entonces…
—Unai tiene razón —apoya Compu—. Por peligroso que sea, hay que aguantar. Hoy es un día clave. Tenemos que resistir.
—¿Quién va a creerse que tú eres un asesino? —Vega se ha vuelto hacia su novio. Entiende todos los argumentos, pero su idealismo le impide concebir que Unai sea acusado de algo que no ha hecho—. Ni siquiera tienes motivos.
—Lo que no tengo es coartada para ninguna de esas muertes —dice él—. Eso es lo único que importará a la policía. Odín es capaz de lograr que me vinculen incluso con el suicidio de Marta.
—Sobre todo si se ha enterado de vuestra visita a su habitación —Compu se ha puesto muy serio.
—¿Por qué dices eso?
A Vega también le ha sorprendido el comentario.
—Bueno —comienza Compu—. Al parecer está comprobado que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. En ese sentido, vuestra visita a la habitación de Marta días después de su muerte da la impresión de respetar ese ritual.
—Lo que nos faltaba —Unai ha puesto los ojos en blanco—. A esto llamo yo comenzar con fuerza el día. Ahora va a resultar que visitar el dormitorio de Marta nos convierte en culpables de su suicidio.
—¿Cuándo va a llegar alguna buena noticia? —Vega procura mostrar un gesto amable, pero necesita algo de luz, un atisbo de horizonte.
—Tendremos que fabricarla nosotros —Unai rescata una convicción que se ha mostrado esquiva hasta ese momento; para él, la jornada que comienza acaba de transformarse en una suerte de asalto final, tiene que serlo o perderán—. Se acabó, basta de dudar. Hoy es el día en que Odín cometerá un error. Lo provocaremos, lo sacaremos de su madriguera. Hay que impedir que esto degenere más. Si la foto que me envió ayer por la noche es real, han muerto dos de los cuatro jugadores que competimos en Valkiria, y ha sido por incumplir las normas, por pretender abandonar.
Lo peligroso es infringir las reglas del juego.
Dos jugadores muertos. En las mentes de Unai y Vega ha brotado la imagen del cadáver de Rubén tendido en el suelo del sótano. Por enésima vez se preguntan si de verdad Odín ha terminado con él.
—Mientras obedezca, no me hará daño —concluye Unai—. Hay que darle caza respetando sus condiciones.
—Pero no vamos a hacerlo… —Compu piensa en voz alta—. Y va a enterarse.
—No hará daño a Unai.
Vega lo confirma con un aplomo que sorprende a los otros. Se han girado hacia esa voz de repente tan sólida.
—¿Estás segura? —cuestiona Compu.
—Ya lo hemos hablado: Odín no querrá que termine el espectáculo tan pronto. Y eso le perderá.
En el rostro de Unai se dibuja una sonrisa, termina de aflorar en su interior la certeza de que esta vez todo saldrá bien. Optimismo, esperanza. Basta de miedo. Ellos estarán a su lado hasta el final. Abraza a Vega y ella responde al gesto con toda la energía de la que es capaz. Lo que necesita Unai es su complicidad, y Vega lo sabe. Juntos son más fuertes.
—No podría tener mejores aliados —dice con gratitud.
Ella le besa. Es consciente de que, una vez la decisión de seguir jugando está tomada, de nada sirve mantener una actitud vacilante. Ni es útil ni ayudará a su chico en esa guerra sucia. ¿Unai está dispuesto a jugar? ¿No hay más alternativa? Pues ella lo que tiene que hacer es apoyarle y llegar más lejos, jugar también junto a él. Compartir el riesgo como comparten su amor, en primera línea. Deben desenmascarar a Odín en el menor tiempo posible. Cada hora cuenta.
Unai, todavía abrazado a su chica, piensa en el día que tienen por delante. La cuestión sigue siendo cuándo acabará el juego, adonde los llevará. ¿Habrá preparado Odín una última pantalla para casos de motín? ¿Cuándo dará por concluida la partida? Las circunstancias en las que Marta y Rubén perdieron su condición de jugadores no permiten deducir si lo que pretende el máster es solo hacerlos sufrir con Valkiria o quiere, en realidad, matarlos a todos.
En este último caso, lo único que habrían conseguido Marta y Rubén con sus decisiones es anticiparse a su destino.
Odín. Unai daría lo que fuese por averiguar quién se oculta tras ese nick, por distinguir el rostro de su enemigo.
¿A qué espera para ordenarle su segunda misión como Jugador4?
—Hoy tenemos que identificarle —advierte a los demás—. Si Odín presiente que nos acercamos demasiado, procurará adelantar el final.
Y eso sí suena peligroso.
—Pues no perdamos más tiempo —dice Vega, separándose de él—. Comencemos con el plan.
Los tres intercambian una mirada cómplice antes de girarse hacia la puerta principal de la residencia. Ya no hay vuelta atrás.
—Primer objetivo: encontrar a la desconocida del vídeo —recuerda Unai—. ¡Adelante!
Se dirigen a la salida con paso firme. Quieren vencer por Marta, por Rubén, tal vez por Kika. Y para que Unai y Jugador3 logren salvarse de un probable desenlace trágico que alguien ha diseñado para ellos.
El problema es que Valkiria no permanecerá impasible ante su provocación. Y lo saben.