Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 29 de 41

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Valkiria

Capítulo XXIX

Unos repentinos golpes en la puerta de la habitación despiertan bruscamente a Unai y a Vega, que casi saltan de la cama del susto. Se desperezan con urgencia, las mentes aún abotargadas y la mirada borrosa por culpa del resplandor que se filtra a través de las cortinas. Los golpes al otro lado de la puerta continúan. ¿Qué está pasando? ¿Quién espera fuera?

Unai se pone en guardia, no entiende esa insistencia a una hora tan temprana. ¿Es Odín que viene a buscarlos?

¿Será la policía que acude a detenerle como presunto autor de la muerte de Rubén Prades?

Las pupilas de Unai se dirigen instintivamente hacia la mesilla donde todavía permanece la pulsera de Rubén, con la expresión del criminal sorprendido sin haber tenido ocasión de desembarazarse de las pruebas que lo incriminan.

Tal vez Odín ha decidido mostrar ya el cuerpo de Rubén…

Aún en la cama, procuran serenarse. Les cuesta retornar a la realidad, sobre todo porque ambos albergaban en su interior, refugiados en los últimos vestigios de sueño, la esperanza de que el recuerdo del día anterior fuera solo una pesadilla. Pero no: con la mañana los ha recibido el mismo escenario angustioso que dejaron de madrugada.

Valkiria no da tregua. No tiene compasión.

—¡Son las nueve! —Vega acaba de mirar la hora en la pantalla de su móvil—. ¡Nos hemos dormido!

Era previsible que eso sucediera con la noche tan mala que han pasado. Han logrado descansar muy pocas horas. La cuestión ahora es si deben responder a esos golpes contra la puerta o mantenerse en silencio hasta que el frenético visitante se vaya.

—¡Vega! ¡Unai!

Se tranquilizan al reconocer la voz de Compu. Sin embargo, la impaciencia de su amigo quizá no sea un buen presagio.

—¡Voy! —grita Unai.

Vega se viste con rapidez mientras Unai se levanta, llega hasta la puerta y abre, aún en calzoncillos y camiseta. Ante Unai queda la alta y huesuda figura de Compu que, como siempre, ofrece un aspecto impecable: recién duchado, bien vestido, afeitado. El olor fresco de su colonia se derrama por la habitación. Lo único que traiciona su apariencia perfecta son las ojeras y el color pálido de sus facciones: tampoco ha dormido bien.

—¿Pero qué os pasa? —pregunta, adelantándose hacia el interior—. ¿Por qué no me abríais?

A raíz de Valkiria, cualquier contratiempo alimenta en ellos interpretaciones oscuras. Tienden a desconfiar.

—Nos hemos dormido —confiesa Vega, arreglándose un poco el pelo—. ¿Qué pasa? ¿A qué viene tanta prisa?

Compu ha llegado hasta la ventana y ahora aparta las cortinas para que entre algo más de luz en el dormitorio.

—No os habéis enterado, claro…

En ese momento, Unai descubre el número de mensajes de wasap que han llegado a su teléfono durante la última media hora. Vega también los ha recibido, acaba de abrir la aplicación.

Unai alza la mirada. Su impaciencia es tal que prefiere escuchar de labios de Compu lo que está sucediendo.

—¿Qué ha ocurrido?

Vega y él reparan de pronto en la seriedad que refleja el semblante de su amigo.

—Un accidente —responde por fin Compu.

—¿Un accidente? —Vega repite esas palabras como si necesitara ganar tiempo. La sombra de una nueva tragedia empaña el horizonte.

—Kika —anticipa Compu—. Ayer por la noche sufrió una caída con el skate. Lo siento.

—¿Se ha hecho daño? —Unai entiende ahora que ella no respondiera a sus mensajes. Al menos no parece un acontecimiento relacionado con Valkiria—. ¿Dónde está?

—Kika… —Compu se detiene y en ese instante la memoria de Unai recupera las palabras anteriores de su amigo.

Compu acaba de decir «lo siento».

Unai siente un frío repentino que va calando en su cuerpo. ¿Por qué se ha disculpado? Vega, que capta mejor las insinuaciones, lleva varios minutos guardando un prudente silencio. Se teme lo peor.

—Kika ha muerto —consigue terminar Compu—. Unos obreros han encontrado su cuerpo hace poco más de una hora donde la ampliación del campus.

Unai se deja caer sobre la cama. Todo le da vueltas. Se ha quedado con la boca abierta, busca palabras que no logra articular. Es imposible.

Compu se sienta a su lado.

—Según los primeros indicios —explica con suavidad—, ayer por la noche Kika se coló con el skate en la zona de obras, imagino que para aprovechar algunas rampas de los solares. Parece que había bebido y se cayó desde bastante altura. Yo vengo de allí, aunque la policía no deja acercarse a nadie.

—Dios…

—Uno de los agentes me ha dicho que lleva varias horas muerta —completa Compu—. Al menos no ha sufrido; por lo visto, murió en el acto.

Vega sigue en silencio, encogida en un rincón del dormitorio. No tiene nada que decir. Ha vuelto la cara hacia la ventana y permanece con los ojos cerrados, sintiendo cómo la pena traspasa su cuerpo con la lentitud de un veneno que la inunda por dentro. Otra muerte absurda en la universidad. Más dolor.

Otra ausencia definitiva.

—¿Lo sabe… lo sabe Pedro? —pregunta con voz débil—. Eran muy amigos.

Unai sonríe con amargura. Su novia es la única capaz, en esas circunstancias, de pensar en quién sufrirá más. Y eso que Kika solo era para ellos una buena compañera con quien charlaban a menudo.

—Seguro que Pedro se ha enterado ya —opina Compu— La noticia ha corrido como la pólvora. Estará deshecho.

—No hay más que ver la cantidad de mensajes que nos han llegado —Unai comprueba en su móvil los wasaps pendientes de respuesta—. Es un misterio la rapidez con la que se propagan las malas noticias.

—Espero que se lo hayan dicho con delicadeza —Vega intuye la importancia del modo en que se comunica una tragedia así.

Unai piensa. Su expresión de recelo se está convirtiendo en un gesto permanente.

—Entonces. ¿Kika fue a la zona de obras en plena noche?

—Allí es donde se cayó —Compu se encoge de hombros—. En una parcela que están excavando. Y si lleva varias horas muerta, tuvo que ser por la noche.

Unai se levanta.

—¿Por qué iba ella a hacer algo así? Por la noche siempre estaba ocupada con sus ordenadores.

—A lo mejor salió para despejarse y se le ocurrió que necesitaba experiencias fuertes —aventura Compu—. Supongo que una zona de obras con rampas y saltos debe de ser muy tentadora para cualquier skater.

—Una zona de acceso restringido, además —añade Vega, que no se ha movido de su rincón—. A los hackers les encanta eso de meterse en sitios prohibidos.

—¡Esos sitios están en la red, no se trata de lugares físicos! —Unai aprovecha para ponerse los pantalones—. Kika no era una grafitera que anduviera metiéndose en edificios públicos y rincones así. Me sigue resultando raro. Dos muertes en el mismo campus y en tan poco tiempo…

—El suicidio de Marta es un drama terrible, pero no te obsesiones con Odín — recomienda Compu—. ¡No es el culpable de todo! Tienes que mantener la sangre fría.

—¿Crees que me he vuelto un paranoico?

Vega cae en la cuenta de que nadie le ha contado a Compu las últimas novedades.

—Tenemos que contarte algo —le dice.

A continuación, tanto ella como Unai le ponen al tanto de la siniestra conversación mantenida horas antes con Odín. En cuanto llega el momento de describir la foto enviada por el máster del juego, Vega calla y deja hablar a su novio. Un mareo la recorre por completo cada vez que piensa en ello.

—¿Rubén… muerto? —Compu se muestra incrédulo—. ¿Me lo estáis diciendo en serio?

—Al menos la imagen era muy real —Unai ha abierto el cajón de la mesilla y ahora le enseña la pulsera del desaparecido que parece respaldar la noticia—. No daba la impresión de ser un montaje y yo identifiqué el lugar: el mismo sótano de mi primera misión, el que tú registraste ayer.

—Eso me preocupa todavía más… —Compu se mueve de un lado a otro. Ha cogido la pulsera manchada de Rubén, que también reconoce—. Ahora entiendo que sospechéis del accidente de Kika.

—Además —recuerda Vega a su chico—, ¿para qué iba Odín a encargarte la primera misión si la foto fuese falsa? Incluso yo me he terminado convenciendo. Tus huellas allí solo le son útiles como amenaza si realmente se produjo el ataque y acaban encontrando el… cuerpo.

—¿Comprendes todo lo que te hemos contado, Compu? —Unai también empieza a perder la calma—. Rubén trató de escapar, pero Odín se encargó de que no lo consiguiera.

—Y de que no pudiera volver a intentarlo —completa Vega con tono sombrío—. Nunca más.

Se hace el silencio. Los semblantes de los tres reflejan el impacto de los acontecimientos.

—Pues estuvo a punto de conseguirlo —dice Compu—. Esta mañana he coincidido con Carlota en la cafetería de Ciencias y me ha dicho que anteayer por la noche lo vio yéndose, con la mochila a la espalda. De madrugada.

—Así que de nuevo nuestra sospechosa número cinco estaba oportunamente donde no debía y pilló a Rubén en plena huida… —Unai toma nota de ese dato—. ¿Te ha preguntado por lo de anoche?

—Justo después de saludarme —responde Compu—. Le he respondido lo que acordamos y después, sin darle tiempo a hablar más, he sacado el tema del accidente de Kika. Ha funcionado.

—¿Te ha dicho ella algo más sobre Rubén?

—Solo que parecía muy nervioso cuando se cruzaron.

—Lógico —Unai asiente.

—Sobre todo si escapas de alguien como Odín —añade Vega.

Los tres se quedan callados durante unos segundos.

—Y encima ese demente ha estado aquí —Unai alucina con ello—, en mi propia habitación…

—O a lo mejor no —Compu piensa en la pulsera—. ¿No dijiste ayer que Jugador3 había tenido dos aumentos de puntuación?

Vega y Unai se detienen a reflexionar sobre lo que sugiere su amigo.

—¡Tienes razón! —Unai asiente—. ¿Cómo no se me ha ocurrido? ¡Una de las dos últimas misiones cumplidas por Jugador3 ha podido consistir en dejar en mi cuarto la pulsera de Rubén!

Vega está de acuerdo:

—Odín no se habría arriesgado a traerla personalmente —dice—. Le pega más mantenerse en la sombra y utilizar a los jugadores de Valkiria.

—Como me utilizó a mí para limpiar la escena del crimen —Unai comprende mejor que nunca la imagen del títere como logo del juego. Odín maneja a los jugadores a su antojo… hasta que se cansa de ellos y los destruye.

Un pensamiento se abre paso en su cabeza: Más vale que se siga divirtiendo conmigo.

—Lo que ha demostrado es que puede llegar hasta ti sin problema —dice Compu —. Un mensaje que también está detrás de esa pulsera en tu cuarto. Aumenta su presión.

Ni siquiera aquí estoy a salvo de Odín.

—Pues lo está consiguiendo —confiesa Unai.

Compu lanza un suspiro.

—Aun así, vincular el accidente de Kika con todo esto…

Pero su compañero ha dejado de escucharle. Acaba de coger el móvil y ha abierto la aplicación del juego.

—Ayer no me dejasteis meter a Kika en el equipo —dice Unai—. Sospechabais de ella.

—¿Y…? —Vega atiende a su manipulación del teléfono, intrigada.

—Ahora veremos si teníais razón al desconfiar.

Durante un minuto, nadie habla. Compu y Vega aguardan mientras Unai revisa los datos del juego.

—¿Qué estás mirando? —pregunta por fin Compu.

—Si Kika es Jugador3 —contesta Unai sin levantar la mirada—, su nombre en la aplicación aparecerá ahora en gris claro. Como ha ocurrido con Marta y Rubén. Y si, por el contrario, su muerte ha sido una prueba más de Valkiria ordenada a mi otro adversario, la puntuación de Jugador3 habrá aumentado en diez puntos.

—Es verdad —Compu asiente—. Podemos comprobar eso.

Sin embargo, el optimismo dura poco:

—Nada —Unai interrumpe su tarea—. Ni una cosa ni otra. La puntuación de Jugador3 sigue igual a como la dejamos ayer y el nick mantiene su color, así que Kika no ocultaba ningún vínculo con Valkiria; ni como víctima ni como participante. Quizá ha sufrido un auténtico accidente.

Aun así, él sabe que tampoco están en condiciones de descartar por completo que detrás de su muerte no aceche la figura de Odín. Tal vez, si hubieran contado con ella la noche anterior, Kika habría podido protegerse. Unai empieza a experimentar un preocupante sentimiento de culpabilidad… ¿Es también una secuela de Valkiria?

—Kika se cayó hace horas, no esta mañana —Vega repasa la lógica de los argumentos de su novio—. La suma de puntos tendría que haberse producido ayer por la noche, no esta mañana. Y Jugador3 sí sumó puntos dos veces.

Unai se ha quedado quieto.

—Es cierto, pero si aceptamos que la caída de las taquillas del sótano y esconder la pulsera de Rubén en mi habitación han sido pruebas para Jugador3, no quedan misiones pendientes para él que justifiquen sumas recientes de puntuación.

—Luego la muerte de Kika sí parece un auténtico accidente —afirma Compu con seguridad—. No nos pongamos en lo peor.

Unai hace un gesto afirmativo aunque sin convicción. La muerte de Kika no permite ninguna certeza más allá de su sospechosa oportunidad. Y es que tiene muy presente que, para cuando su compañera sufrió el accidente, él estaba dispuesto a incluirla en el equipo contra Valkiria, lo que le incita a pensar mal. Decide compartir su suspicacia con los demás.

—Es una coincidencia creíble —plantea el larguirucho—. No le des más vueltas.

—Esa intención tuya de fichar a Kika como aliada no podía adivinarla Odín — dice Vega a Unai—, por muy hacker que sea. Si ese monstruo ha tenido algo que ver con su muerte, habrá sido porque detectó que recurriste a ella la primera noche.

—En ese caso —Unai siente que comienza a recuperar el tono, las últimas noticias le han despertado por completo—, ahora sois vosotros los que estáis en peligro. Sabéis demasiado.

No soportaría que por su culpa le pasara algo a Vega… ni a Compu. En su interior sufre un dilema terrible: por un lado necesita contar con su chica y con su amigo, y por otro no quiere arrastrarlos a un peligro del que tal vez no pueda protegerlos.

—Olvídalo —dice Compu—. A estas alturas, no merece la pena que nos escondamos. Después de la desastrosa operación de rescate de ayer y de tus últimos mensajes a Odín, Valkiria sabe perfectamente que estamos contigo en esto.

—Eso no quita para que tengamos mucho cuidado —Vega se ha tomado en serio la advertencia—. Debemos ayudarte, Unai, no complicar aún más las cosas.

—No quiero que os ocurra nada. Bastante daño ha hecho ya Valkiria.

En sus mentes brotan los rostros de Marta y Rubén, una lista de víctimas de la que quizá forme parte Kika.

—Entendido —Compu mira a los dos—. Y ahora, ¿cuál es el plan?