Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 41 de 41

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Valkiria

Epílogo

Vega ha pasado un brazo por la cintura de Unai y ahora se aprieta contra él. Necesita su calor. Apoya la cabeza en su pecho, percibe el sonido regular de sus latidos. Ambos permanecen callados, de pie frente al nicho donde ha sido enterrado Compu tras la incineración.

Ahí dentro se cobijan las cenizas de un asesino, procuran asimilar. Tantos buenos recuerdos asociados a su amigo muerto… La sangre lo salpica todo ahora. Solo hay dolor y ausencia.

«Sergio Villar Marco», se lee en la lápida. Se trata de su nombre auténtico, aunque para ellos sigue siendo Compu. A continuación, bajo esas palabras, han grabado en el mármol las fechas de su nacimiento y de su muerte. Sin epitafios, símbolos ni despedidas.

Esa leyenda transmite el mismo silencio, la misma derrota que ha caído como un telón sobre su familia aniquilada. Silencio, espanto, incredulidad. Y preguntas sin respuesta.

¿Cómo puede alguien perderse dentro de sí mismo, convertirse en un desconocido, morir tan joven?

¿Y cómo alguien es capaz de arrastrar a otros inocentes en su degeneración?

El ambiente invernal, con un cielo cubierto de nubes grises y un viento que derrama sobre sus rostros ráfagas de aire húmedo y frío, parece acompañar la solemnidad de la jornada. El clima de crudeza que pide la tragedia que han vivido.

Apenas una hora antes ha terminado el funeral por Rubén Prades, con una capilla a rebosar de gente, la presencia de autoridades de la universidad, incontables coronas de flores y testimonios de amigos y familiares. Unai ha tocado el violín durante la ceremonia. Incluso Pedro ha acudido, con la cabeza vendada. Lágrimas, calor y compañía que contrastan con la soledad helada que se respira junto a la tumba de Compu.

La soledad del condenado. El mismo vacío que descubrieron en sus pupilas cuando perdió la consciencia. La nada contenida en un cuerpo consumido por la obsesión.

Vega se separa de Unai y deposita una flor junto a la lápida. La única, que no tardará en marchitarse a la intemperie. Los dos se quedan contemplándola.

—¿Seguro que quieres hacer eso? —Unai no puede evitar el resentimiento. Compu les ha hecho demasiado daño. Si han llegado hasta allí es únicamente por insistencia de Vega. Él no habría querido ni acercarse. Solo pretende olvidar, borrar de su memoria la existencia de su compañero, superar el trauma con ayuda del tiempo y, quizá, de la distancia.

Vega desliza las yemas de sus dedos por las letras grabadas en el mármol. Su contacto gélido es un símbolo más que interpretar.

—Compu —susurra—. ¿Cómo pudiste? Lo siento…

Se ha interrumpido, incapaz de continuar.

—No lo merece, Vega. Yo no voy a perdonarle.

Ella se seca los ojos.

—La suya es también una vida que se ha perdido, Unai. Que se perdió mucho antes de que muriera. Ha sido una víctima más de esta pesadilla.

Aquí todos hemos perdido.

Vega retrocede hasta donde aguarda Unai. Los dos se giran y comienzan a alejarse cogidos de la mano. Caminan entre sepulturas, inmersos en ese paisaje de quietud perpetua, sin volver la vista atrás.

Nunca regresarán a ese rincón del cementerio.

Vivirán por los que ya no pueden hacerlo. A ellos brindarán una historia de amor, la suya, que ha estado a punto de arrastrarlos a la muerte.

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David Lozano Garbala

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