Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 10 de 41

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Valkiria

Capítulo X

Es muy temprano, la vida en el campus aún no ha comenzado, y Unai emplea esa tregua para moverse sin el riesgo de cruzarse con alguien. Prefiere evitar las preguntas, y el único modo de lograrlo es aprovechar los últimos minutos de sueño de la comunidad universitaria. No quiere más problemas. ¿Qué respondería a un simple «dónde vas a estas horas» si se encontrase con un compañero? Ni siquiera ese interrogante resulta inofensivo en su situación. ¿Qué mentira sería capaz de improvisar para justificar su movimiento? Mejor esquivar testigos. A fin de cuentas, podrían ser contrincantes en Valkiria.

Ahora todo es posible.

La única aparición que sí le vendría bien es la de Rubén. Sin embargo, este sigue sin responder a los mensajes. En el wasap de su amigo tampoco aparecen las horas de conexión.

En cualquier caso, debe evitar las suspicacias, y la presencia de un estudiante a esas horas por el campus no es algo habitual. Unai camina con decisión, con urgencia, la mirada fija en su destino: una residencia cercana; precisamente, la de Rubén. Sobre su cabeza, el cielo muestra todavía jirones de noche en medio de un silencio que tiene los minutos contados. Las primeras luces salpican las fachadas de los edificios oficiales ante la inminencia del amanecer.

Dispone de poco margen.

Odín también ha madrugado, pues le ha enviado el mensaje con su primera misión a las cinco y media de la mañana. Unai tiene la sensación de que, o bien hay varias personas controlando el juego, o bien ese misterioso personaje que maneja los hilos nunca duerme, atento las veinticuatro horas a cada maniobra de sus jugadores.

Al menos su misión no parece difícil de cumplir. Honestamente, Unai esperaba algo más retorcido o, al menos, más aparatoso. Si lo que pretende Odín es complicarle la vida, está en condiciones de obligarle a hacer cosas mucho peores que ordenar el sótano de una residencia, recoger una bolsa que encontrará allí y llevarla a otro lugar.

Porque en eso consiste su misión, más próxima a una novatada que a un desafío. Aunque, como ha insistido Odín, resulta vital hacerlo sin testigos. Si alguien llega a verle, perderá la prueba. «Y entonces habrá consecuencias», termina su mensaje.

Una amenaza que da la impresión de consistir en algo más que una simple penalización de puntos.

En otras circunstancias, Unai tampoco se habría tomado demasiadas molestias. ¿Cómo iba a enterarse el máster del juego si alguien ajeno a Valkiria le pilla in fraganti cumpliendo la misión? No obstante, la forma tan calculada en que Odín se conduce en todo ese asunto indica a Unai que más le vale cumplir sus instrucciones.

La sombra del vídeo aletea sobre él de nuevo.

El problema de Valkiria, se dice Unai sin detenerse, es que mezcla realidad y ficción. Tanto en los escenarios del juego como en las misiones, los personajes y las sanciones. Y eso le desorienta. Como jugador, sigue sin saber exactamente a qué se enfrenta.

Ese es el poder de Odín. Nuestra inseguridad.

A pesar de todo, Unai se plantea si tal vez se ha dejado llevar por el susto y al final Valkiria no va a ser para tanto. Han empleado un método demasiado agresivo para conseguir su participación, ciertamente, pero si el nivel de las pruebas se va a mantener en la línea de esta primera misión, todo ese asunto no es más que una ida de cabeza.

Unai acaba de llegar a la puerta principal de la residencia que le interesa. Tal como le adelantaba Odín en su mensaje, la encuentra abierta. A Unai vuelve a impresionarle el control que exhibe el máster del juego. Tras mirar hacia los lados para confirmar que no hay testigos, accede a un vestíbulo vacío.

Ahora, de acuerdo con las instrucciones que ha recibido, debe revisar la aplicación de Valkiria —se enfrenta al abrirla a la imagen del cuervo negro— y seguir la ruta en el mapa. Unai obedece y con dos dedos maximiza la imagen de la residencia en el plano. Identifica su propia ubicación sobre ella, un punto de color que parpadea con la leyenda de Jugador4. Con un doble clic, queda ante su vista el interior de la planta calle del edificio, como si hubiera entrado en una nueva pantalla del juego.

La calidad gráfica sigue siendo excelente.

El punto intermitente que marca su posición se mantiene ahora dentro del vestíbulo. Una flecha roja le indica que avance hacia la derecha.

Así que, cuando lo decide el máster, la geolocalización se vuelve precisa, deduce.

Unai se adelanta en esa dirección mientras se pregunta si el resto de los jugadores de Valkiria verán su desplazamiento. Él no detecta la presencia de ninguno desde su aplicación.

Pronto se ve obligado a bajar unas escaleras y entrar en una zona prohibida para los estudiantes. El aspecto inofensivo de su misión empieza a mostrar un cariz diferente: si es descubierto allí, le caerá —como mínimo— una buena bronca. Unai continúa sin perder de vista el rumbo que le marca el móvil. Por fortuna, a esas horas el peligro de un encontronazo con alguien del personal de la residencia es mínimo.

Por fin llega al sótano y, tal como le indica la flecha roja en la pantalla, gira a la derecha hasta acceder a la sala que debe ordenar. Comienza a recoger todos los trastos que hay en ella, un espacio poco ventilado donde el polvo revolotea con tranquilidad. El resplandor del amanecer se filtra por una especie de tabique acristalado muy sucio tras el que debe de haber algún ventanal que comunica con la calle, en el nivel superior. A su alrededor distingue algunos muebles —varios de ellos volcados—, cajas e incluso una impresora y monitores viejos de ordenador.

Sobre una mesa distingue la bolsa grande que debe llevarse. Junto a ella descansa una pesada barra de metal. Odín la menciona en su mensaje como uno de los objetos que debe meter en la bolsa. Coge la barra con cuidado, pues en medio de la penumbra nota a lo largo de todo aquel cilindro el tacto pegajoso de algunas manchas oscuras, y cumple la orden.

Hay que reconocer que Odín no improvisa, desde luego. La precisión de sus indicaciones constituye un síntoma más de la rigurosa preparación de Valkiria.

—Lo dicho —murmura—, este tío tiene que aburrirse mucho para organizar todo esto.

Unai reanuda su tarea. Mientras ordena la estancia, no pierde de vista la pantalla de su móvil. No se fía. ¿Y si la geolocalización del juego detecta la aparición de otros jugadores? A lo mejor Odín ha ordenado a sus adversarios que le impidan ejecutar su misión.

No tarda en terminar. En los pisos superiores comienzan a escucharse ruidos que anticipan el despertar de los residentes, mala señal. Tiene que largarse cuanto antes y dejar la bolsa en el lugar señalado: los baños masculinos de la planta baja.

Si le ve alguien, aunque solo sea una persona, Odín se enfadará. Y Unai no quiere que eso ocurra. Por nada del mundo.

 

• • •

 

Vega ha dormido bien a pesar de sus preocupaciones. Con la luz del día, todo ofrece un aspecto menos dramático. El miedo que pasó la noche anterior en su camino a la residencia se le antoja una tontería que no está dispuesta a comentar con nadie. Casi se avergüenza de ese episodio ridículo, impropio de ella.

Ahora prefiere centrarse en los últimos minutos que pasó con su novio.

—Creo que exageré un poco —reconoce a Clara, una amiga con la que en esos momentos se dirige a clase—. Es verdad que Unai se puso un poco raro ayer, pero tampoco hizo nada grave. Y esta mañana ya me ha enviado un wasap deseándome los buenos días, como hace siempre.

—Los tíos son así —Clara asiente—. De pronto se agobian, pero luego se les pasa. Y nosotras somos también así, que damos a todo muchas vueltas.

—Si tú lo dices…

—Formáis una buena pareja, Vega. A mí Unai me cae muy bien. Seguro que no le pasa nada.

—Con él me siento muy cómoda, la verdad. Podemos hablar de cualquier cosa y procura apoyarme siempre.

—Y además está bueno…

Vega se echa a reír.

—Sí, eso también es verdad. Y sonríe mucho, que para mí es aún más importante. Aunque…

Clara se ha detenido. Hasta ese instante caminaba a pasos cortos, pues la estrecha falda que lleva, a juego con su cazadora de piel negra, no le permite mucho margen para mover sus largas piernas. Una incomodidad que, como ella suele decir, acepta con tal de poder exhibir lo único que le convence de su cuerpo, observación trágica que es, no obstante, una pose; en el fondo se sabe atractiva y no disimula unas curvas que la alejan de la extrema delgadez que otras compañeras se empeñan en conseguir, arruinando su belleza joven. Vega no ha conocido a nadie que lleve con tanto orgullo sus kilos de más, lo que sin duda intensifica el magnetismo de su amiga. Vuelve locos a los chicos.

—¿Aunque? —vuelve a repetir Clara, levantando los brazos hacia el cielo—. ¿Tienes algo de lo que quejarte con respecto a Unai? ¿En serio?

Vega suspira.

—A lo mejor me estoy pasando, vale. Pero es que eso que me soltó de que todos tenemos secretos… no me lo esperaba de él.

—¡Vamos! ¿Pero es que no estás de acuerdo?

—¿De acuerdo con que tenga secretos conmigo, que soy su novia?

Clara la mira como si estuviera contemplando a un marciano que acabara de aterrizar ante ella.

—¿Pero es que hay alguien que lo sepa absolutamente todo… todo… todo sobre ti? Por tu bien, espero que no…

Las dos se quedan unos segundos en silencio. Vega repasa mentalmente el contenido de su intimidad. Nunca se le habría ocurrido calcular cuánto de ella conocen sus amigos, su familia, su pareja.

—El hecho de que no sientas que tienes algo que ocultar —opina Clara— no quiere decir que se lo vayas contando todo a todo el mundo. Una siempre necesita guardarse algo para sí misma.

Vega asiente, aunque no está segura de comprender para qué sirve atesorar información que no puedes compartir.

—Supongo que sí —termina cediendo—. Tengo mi… área privada.

—Enhorabuena. La mía es como un disco duro de cinco terabytes. Me da que el contenido de la tuya cabe en un pendrive de los viejos.

Vega suelta una carcajada que le sienta bien. Clara siempre logra mejorar su humor. Al igual que Unai, la ayuda a relativizar.

—No creo que la sociedad esté preparada para conocer los secretos que ocultas, Clara. Tu interior debe de ser como la caja de Pandora.

—Todo a su tiempo, querida. De momento, tú preocúpate de guardar algo para ti; así equilibras la actitud de Unai. Además —añade en tono vicioso—, a los tíos les ponen las tías misteriosas. No gastes todo tu arsenal, resérvate armas para ocasiones especiales. No te dejes conocer tanto.

—Ya, supongo que es aburrido saberlo todo sobre alguien. Otra de las cosas que me gustan de Unai es que, después de estos meses, sigo descubriendo muchos detalles nuevos en él.

—¡Por supuesto! —confirma Clara—. Los tíos previsibles son un coñazo: fútbol y sexo. Nosotras, como chicas listas, necesitamos más. Y Unai es un tío de primera calidad, nena —le suelta un codazo—. Aunque no esté cachas ni mida uno noventa.

—Lo sé.

Y sin embargo… Vega no logra quitarse de encima la impresión de que Unai, al formular la declaración de la noche anterior, pensaba en un secreto concreto. Quizá es una intuición tonta, pero cuando le pidió explicaciones a Unai se le notaba incómodo. Ella repasa aquellos minutos de conversación.

—Le faltó naturalidad —afirma de pronto.

Ya habían reanudado el camino, pero sus últimas palabras consiguen que Clara interrumpa de nuevo el avance hacia la facultad.

—Vega, por tu culpa vamos a llegar tarde a clase. ¿De qué estás hablando?

Vega se queda mirando las gradas del campo de fútbol.

—No se trata de lo que dijo, sino de cómo lo dijo —explica—. Por eso me ha afectado tanto.

—No comprendo.

—Acepto que todos nos guardamos cosas para nuestra intimidad, pero si hubiera sido una afirmación tan general, Unai no se habría comportado como lo hizo.

—¿No?

—Unai no actuaba con naturalidad, ¿entiendes? Sus palabras sonaron forzadas. Y eso es lo que yo capté, sabes que soy muy sensible para este tipo de cosas. Ahora veo que lo que me alarmó, en el fondo, fue su gesto, su mirada. No sus palabras.

—¿No estás llegando demasiado lejos? ¿De una simple frase dicha de madrugada sacas todo eso? Chica, ni Freud.

—No sé, por eso te lo cuento.

—Pues ni idea. Pregúntaselo directamente. Ya que le das tanta importancia a la franqueza entre novios…

Vega descarta esa solución.

—Tiene que salir de él —dice—. Si de verdad me está ocultando algo, no me sirve que me lo cuente por obligación. La única forma de que nuestra confianza se mantenga es que sea él quien tome la iniciativa. Hasta entonces, yo respetaré su silencio.

Clara lanza un largo suspiro.

—Qué rarita eres cuando te pones, Vega. ¡Lleváis solo unos meses saliendo!

—Por eso. Creo que aún no nos conocemos lo suficiente como para permitirnos misterios entre nosotros.

—Pues a mí ahora tu Unai me gusta más —Clara le guiña un ojo mientras la obliga a ponerse en marcha—. Nada me pone tanto como los tíos con lado oscuro…