Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 14 de 41

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Valkiria

Capítulo XIV

Kika y Pedro acaban de ocupar una de las pocas mesas libres que quedan en el comedor de la facultad de él. Los dos se disponen a levantarse para dirigirse al autoservicio cuando llega hasta ellos Clara, con ese caminar sugerente que atrapa la mirada de buena parte de los estudiantes que a esa hora se congregan allí.

—Hola, chicos. ¿Coméis hoy aquí?

—Sí, Pedro me va a hacer una exhibición de la dieta perfecta.

—¿Te sientas con nosotros? —él aparta su mochila, que había depositado sobre una de las sillas colocadas alrededor de la mesa.

—Ya he comido, gracias. ¿Sabéis algo de Unai?

Los dos niegan con la cabeza. Kika está a punto de decirle que estuvo con Unai la madrugada anterior, pero se calla. A fin de cuentas, Clara es una potencial jugadora de Valkiria. Cualquier estudiante de esa universidad lo es. Genial. A Kika le divierte sentirse, por un instante, miembro de esa misteriosa comunidad de jugadores, tener que mentir para ocultar lo que sabe. Oficialmente, su encuentro con Unai no se ha producido, y es mejor así.

—Bueno —responde Clara, todavía de pie frente a ellos—. Le mandaré un mensaje por wasap. Tampoco es urgente.

¿No lo es o no quieres que lo parezca?, se cuestiona Kika. Está disfrutando: se deja llevar por esa idea apasionante que alguien ha tenido de convertir el recinto universitario en un campo de juego. A lo mejor, ¿por qué no?, Clara sí es una contrincante de Valkiria y su próxima prueba tiene que ver con Unai, a quien busca en medio de un escenario tan neutral como un comedor de facultad.

 

• • •

 

Las cerraduras de las habitaciones son muy sencillas y Compu, maniobrando con una tarjeta de crédito, tal como le enseñara tiempo atrás una mala compañía, no tarda en escuchar el chasquido. Empuja y la puerta se abre hacia el interior justo cuando aparecen dos estudiantes por el pasillo. Por suerte no se han percatado de lo que sucede, aunque a punto han estado de pillarle. Compu no quiere tentar a la suerte, así que entra en el dormitorio aparentando la mayor naturalidad y cierra a su espalda.

Por poco, piensa con un suspiro mientras oye cómo se alejan las voces de sus compañeros hacia el otro extremo del corredor.

El motivo que le ha llevado a hacer algo así no sería fácil de explicar ni debe ser compartido con extraños. La discreción es clave.

—Bueno —anuncia en voz alta, girando sobre sí mismo para obtener una perspectiva completa de la estancia—. Ya estoy en tu habitación, Rubén. Veamos qué escenario has dejado, compañero…

Su mirada se detiene un instante en los pósteres de la pared, en la almohada arrugada, en algunas zapatillas tiradas por el suelo, todas ellas viejas.

Rubén eligió lo que se llevaba.

Compu, que no soporta los espacios caóticos, tiene que hacer un esfuerzo para tolerar ese desorden que reina en el dormitorio: ropa tirada por diferentes rincones, papeles sueltos sobre la mesilla y encima del escritorio, la cama deshecha.

La puerta del armario está entreabierta. Compu avanza unos pasos y se asoma a su interior. Allí descubre varias baldas vacías y cajones a medio cerrar.

Todo transmite una sensación de precipitación.

—Tenías prisa… —deduce Compu—. Mucha prisa.

Después entra en el reducido cuarto de baño y confirma que allí no queda ningún accesorio de aseo personal.

—Y también te llevaste el ordenador —dice al volver al centro de la habitación —. Faltan todos los elementos de un equipaje. ¿Adónde ibas, Rubén?

Compu sigue rebuscando, pero no encuentra lo que busca. O eso parece.

—Te llevaste mucha ropa —piensa en voz alta—. Un viaje largo.

Continúa con la inspección.

—Nada destacable —concluye por fin—. Tu móvil tampoco está aquí.

Antes de irse, hace varias fotos de la habitación con el teléfono.

—Para Instagram no sirven —dice—, pero Unai querrá ver esto.

 

• • •

 

Es ya media tarde. Unai hunde sus dedos en el cabello suave de Vega mientras sus bocas entran en contacto lentamente. Ese roce solo es comparable al placer íntimo que él experimenta al sentir en las yemas de los dedos la madera barnizada de su violín, al extraer de la caja del instrumento cada melodía. Pero Vega es mucho más, lo es todo. Ni la pasión por la música que Unai ha alimentado durante toda su vida puede competir con su pasión.

Y el beso se prolonga, ambos con los ojos cerrados, olvidándose del mundo. La complicidad de los amantes. Sin embargo, Unai no logra sepultar en su mente las imágenes del vídeo, no consigue olvidarlas, alejarse de ellas. Su memoria, como un enemigo resentido, le lleva a aquellos besos extraños, tan lejanos de los del amor auténtico. Con Laura fue diferente. Ahora los sentimientos son tan reales que, por mucho que Unai y Vega se balanceen, por mucho que se desplacen, nunca quedarán fuera de plano. Esta vez no. No hay necesidad de fingir ni de delimitar un área donde hacerlo.

Para los enamorados, el mundo entero es el escenario de su historia.

Los dos continúan sin abrir los ojos, se dejan llevar. Él desliza su lengua entre los labios de ella. Vega se deja invadir, y él hace lo propio con el aliento húmedo y dulce de su novia. Unai la estrecha entre sus brazos, siente el contacto de cada punto de su cuerpo, de la suavidad de su piel. Vega acaricia su espalda en silencio, siente el calor que emana de él.

Está siendo un día extrañamente largo.

Se separan sin soltarse. Cada centímetro de distancia entre ellos requiere un esfuerzo. Se encuentran sentados en el banco más apartado de los jardines universitarios, cubiertos por las sombras de los árboles.

—Perdona por lo de ayer —dice Unai—. No sé qué me pasó.

Vega esboza una sonrisa.

—¿Esto es una compensación?

A Unai le cuesta mirarla a los ojos. Ni siquiera sabe si lo que mueve su pasión en ese momento es el deseo o la culpabilidad. Qué difícil es enfrentarse a la mirada de Vega ocultando un secreto. Ni ella lo merece ni él es así.

Tendré que decírselo, piensa. No resistiré mucho tiempo.

—Tú te lo mereces todo —le susurra al oído—. Gracias.

Unai sabe que no tardará en poner a prueba esa empatía tan propia de su novia. Será un desafío para su relación. Solo de pensar en el riesgo de perderla siente una punzada en el estómago, pero en su fuero interno cuenta con que ella terminará enterándose de lo de Valkiria, es inevitable. Se trata de un asunto demasiado serio, demasiado próximo. Ahora lo que Unai necesita es ganar tiempo para decidir cómo y cuándo decírselo, pero lo hará. Si Vega tiene que enterarse, prefiere que sea a través de él y no por terceros. Además, así quitará poder a Valkiria porque su chantaje dejará de tener sentido. Será como arrebatar a Odín su arma contra él.

Vega, por su parte, también piensa en secretos, en los que todo el mundo cobija en su interior. Se pregunta qué aspectos no conoce de Unai, qué esconden sus ojos grises tras esas gafas de pasta, pero no está dispuesta a forzar en él una confesión. Tendrá que ser él quien saque el tema. Esperará, en eso radica la confianza.

Vega sigue creyendo en él.

—¿De verdad me lo merezco todo? —pregunta con aire inocente.

Unai exagera una expresión de recelo:

—¡Ay, Dios! ¿Qué vas a pedirme?

—Déjame que lo piense…

—Te advierto que entonces tendrás que volver a besarme.

—Estoy dispuesta a pagar ese precio si no queda más remedio.

Vega simula un gesto de resignación y ambos ríen. A Unai le sienta bien, se está olvidando de hacerlo desde su entrada en Valkiria, y agradece recuperar la sensación de la alegría, del humor. Junto a su novia nada parece grave, todo es luz; por eso le resulta tan duro enfrentarse a Valkiria sin contar con ella. No quiere ni imaginar lo que supondría tener que renunciar definitivamente a Vega, vivir sin su compañía.

Unai necesita sentir su piel, su presencia. Sus labios buscan otra vez los de ella, se encuentran de nuevo y comienzan un beso que se alarga todavía más. Al cabo de un rato se separan y Vega, con las comisuras aún húmedas, formula por fin su petición:

—Unai, acompáñame a entrar en la habitación de Marta.

—¿Cómo?

—Antes de que la ocupe otro estudiante. Por favor…

—Mientras Marta vivía, nunca fuiste a su habitación. ¿A qué viene esto ahora? Tú no eres una persona morbosa.

—No se trata de morbo, Unai. No te estoy pidiendo ir a ver su cadáver.

—¿Entonces?

Unai está acostumbrado a la sensibilidad de Vega, pero esa propuesta le parece excesiva. Su afición a las causas perdidas ha alcanzado un nuevo récord.

—Es una especie de despedida —se explica ella—. Un último gesto de quienes no supimos ver su sufrimiento.

—Suena casi como si quisieras pedirle perdón.

Vega lo piensa.

—No lo sé, Unai. Hace tiempo que no hablaba con ella…

—¡Porque os conocíais poco! No habrías evitado su muerte. Lo que ven los ojos de un suicida suele tener poco que ver con el mundo real. Tu voz no habría llegado a ella, Vega. No te hubiera escuchado.

Unai imagina que la mirada de alguien que ha decidido quitarse la vida debe de tener un brillo remoto, como el que despiden las estrellas que ya no existen. Un suicida ha empezado a alejarse mucho antes de morir.

—Es tan absurda la muerte de alguien joven… —dice Vega.

Unai insiste:

—Apuesto a que días antes de su final, Marta ya no estaba en nuestra realidad, sino en su infierno particular. No la habría salvado una conversación contigo.

—Por eso al menos quiero despedirme.

—¿Y qué esperas encontrar en su cuarto? Supongo que ya habrán vaciado la habitación…

—Era el espacio de su intimidad, todavía quedará algo de ella. Quiero decirle adiós allí.

Unai ya tiene bastantes cosas en que pensar como para añadir una más, pero no puede negarse. No con Vega.

—Vaaaale —acepta—. ¿Cuándo quieres ir?

—Habrá que darse prisa; la residencia intentará ocupar cuanto antes ese dormitorio —Vega consulta la hora en su teléfono—. Vamos ahora.

Unai tarda unos segundos en asimilar ese giro tan repentino en los planes de la tarde. No olvida que debe comenzar cuanto antes la búsqueda de la desconocida del vídeo.

—De acuerdo, acabemos con esto.

Aprovecha para echar una ojeada a su móvil. Rubén sigue sin manifestarse y tampoco hay nuevas instrucciones de Odín. La aplicación de Valkiria no detecta otros jugadores cerca.

Justo entonces le llega un wasap de Compu:

Estoy en la habitación de Rubén. Luego t cuento.