Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 34 de 41

Páginas del PDF

Valkiria

Capítulo XXXIV

Compu se detiene al encontrarse con Carlota. Procura disimular el fastidio que le provoca ese encuentro tan inoportuno. Esa chica cunde mucho últimamente. Quizá demasiado.

El difuso territorio de las casualidades vuelve a abrirse ante ellos. ¿Cómo deducir si un encuentro es accidental o intencionado?

Compu lo analiza. ¿Qué se esconde detrás de cada mirada? Imposible saberlo.

—Veo que tienes prisa —ha comentado ella—. Parece que solo te dediques a correr estos días…

Curioso modo de referirse al episodio de la noche anterior. Compu se pone en guardia.

—A veces se juntan muchas cosas… —responde—. Y entonces hay que correr. Otros lo hacen por deporte.

Carlota sonríe.

—El personal de la residencia está hablando con los estudiantes sobre lo del sótano, ¿sabes? Tranquilo, no he dicho que os vi por las escaleras.

—Gracias. Te debemos un favor.

—De todos modos —añade ella—, no sé si Pedro Ginés también os vio. Andaos con cuidado.

—Hablaremos con él. Es buena gente, tampoco dirá nada.

Compu evita exteriorizar preocupación delante de ella, aunque el dato le inquieta. Intuye que Carlota pretende sacarle información y se pregunta el motivo.

¿Acaso sabe algo?

 

• • •

 

No es ella.

En cuanto Vega entra en la cafetería y distingue a la chica tras la barra, se da cuenta de que no es la del vídeo. Se detiene y suelta un largo suspiro. A pesar de la decepción, esos instantes le sirven para tranquilizarse. El camino hasta el local, mientras intentaba prepararse para un encuentro cara a cara con la chica responsable de la pesadilla que ha contaminado sus vidas, no ha sido fácil. Ahora al menos dispone de unos segundos para recuperar la serenidad. En su fuero interno se agita un mar turbulento de sentimientos.

Vega llega hasta la barra y pregunta por la otra chica que suele trabajar allí. Teme una respuesta negativa que confirme que el estudiante que le ha enviado a esa cafetería se ha confundido.

—Lo siento —responde la camarera—. Ruth se ha puesto enferma y ha tenido que irse.

Vega asiente. Pues ya es mala suerte. Al menos acaba de averiguar su verdadero nombre: Ruth. Ahora solo es cuestión de tiempo encontrarla… aunque tiempo es justo lo que no tienen.

—¿Sabes cómo puedo localizarla? —Vega adopta su gesto más inocente—. Es por un asunto muy urgente.

—Lo siento —contesta la camarera—. Si quieres dejarle algún mensaje…

Vega sabe que no le van a decir nada. Además, su forma de preguntar por Ruth — ha quedado claro que ni siquiera sabía su nombre— le pone muy difícil insistir sin arriesgarse a molestarla.

Bueno, tal vez Unai sepa hacerlo mejor. Vega se despide de la camarera y sale de la cafetería. Una vez en el exterior, llama a su chico para contarle las novedades, pero Unai no contesta. Qué raro. Lo imagina enfrascado en la misión ordenada por Odín. Le envía un mensaje por wasap con el titular de su descubrimiento y, a continuación, se dispone a contactar con Compu.

No llega a hacerlo. Acaba de caer en la cuenta de que Unai, con la geolocalización de Valkiria en su móvil, constituye el cebo que atrae la vigilancia de Odín. Por eso ahora toda la atención estará centrada en él a lo largo de la zona de la facultad de Comunicación Audiovisual, lo que sitúa también a Compu bajo el control de Valkiria.

Ella se ha quedado fuera del área de peligro, o al menos eso parece. Debe aprovechar su presunta libertad de movimientos para llevar a cabo alguna maniobra que sorprenda a Odín. Ya se reunirá con Unai y Compu más tarde.

Tiene claro su nuevo destino: el sótano de la residencia de Rubén.

Algo tiene que haber allí que justifique la caída de taquillas que le impidió terminar su registro la noche anterior. Ahora es el momento de comprobarlo, a plena luz del día y con la acción de Valkiria centrada en otro lugar del campus.

Vega dirige sus pasos a ese nuevo destino. Su propia tensión la distrae; no se ha percatado de la escasa batería que le queda a su móvil.

 

• • •

 

El sudor resbala por la frente de Marcos mientras intenta zafarse de su perseguidor. Unai se le ha tirado encima de un salto y ambos han rodado por el suelo de la zona de talleres, hasta que una pared los detiene. Incluso entonces, Marcos se esfuerza en desembarazarse de su compañero, sin éxito. Unai se mantiene encima de él.

—¡Para, joder! —le grita, casi sin respiración—. Va a aparecer algún profesor…

Da por hecho que lo último que querrá su compañero es llamar la atención. Marcos parece asumir la situación, pues en ese momento deja de moverse. Ha asentido.

—¡Valkiria! —se limita a decir Unai mientras recupera el aliento. Aproxima su rostro al de él, harto de acosos y montajes.

Marcos le mira sin comprender.

—¡Dime qué sabes de Valkiria! —insiste Unai sin apartar su cara—. No me hagas perder más tiempo. ¿Eres Odín?

—No sé de qué hablas —el asombro de Marcos parece real, lo que asusta a Unai.

—¡Déjalo ya! Sé que me espías a todas horas. ¿Qué sabes del juego?

—¿Juego? ¿Pero qué dices?

—¡Lo sabes perfectamente!

—Yo no sé nada de ningún juego. Te lo juro.

—¿Y por qué no dejas de mirarme siempre que nos encontramos? ¿Por qué has echado a correr al verme?

—Vale —reconoce Marcos—, ¡te he estado siguiendo! Pero es porque te reconocí cuando llegué a tu clase.

—¿Me reconociste?

Unai se aparta un poco.

—Sí —Marcos se incorpora al notar menos presión sobre él—. Tú eres el que se enrolló con mi amiga Ruth.

—No me jodas… —Unai interpreta las palabras de su compañero. A continuación le muestra en su móvil el fotograma de la desconocida del vídeo—. ¿Esta es tu amiga?

Marcos asiente. Unai nota cómo la ira crece dentro de él.

—¿Y siempre que ella se enrolla con alguien tú te dedicas a espiar al afortunado y a grabarlo?

Él lo niega con un movimiento de cabeza.

—¡Yo no tuve nada que ver con eso! A ella le pagaron por hacerlo. Fue todo muy… raro.

—¿Qué? —Unai siente que por fin las piezas empiezan a encajar.

—Mi amiga tiene problemas económicos. ¡Iban a echarla del piso! Lo puso en Facebook para pedir ayuda, y alguien que te conoce se debió de enterar y le propuso un negocio…

Unai reflexiona. Uno nunca sabe hasta dónde —hasta quién— llega la información que publica en las redes. Siempre hay un riesgo. Esa chica se sirvió en bandeja a Odín sin darse cuenta.

—¿Un negocio? —repite Unai—. ¿Alguien le ofreció un negocio?

—¡Yo le dije que no lo hiciera, te lo juro! Pero era mucha pasta y ella estaba desesperada.

Unai apenas puede contenerse:

—¿Qué estás diciendo?

—Fue la noche de la fiesta —explica Marcos, visiblemente avergonzado—. En el Lombok. Yo fui con ella, aunque nos separamos en cuanto Ruth te identificó.

—¿Me conocía?

—La persona que contactó con ella le envió una foto tuya. Yo la he visto: detrás de ti se ven unas montañas.

Unai adivina enseguida de qué foto se trata, pero ese dato no aporta ninguna pista nueva; es la imagen de su perfil de Facebook, así que cualquiera ha podido guardársela.

—Continúa.

—Ruth tenía que enrollarse contigo en el baño de chicos, ese fue el trato. Sin llegar más lejos. Solo enrollarse. Si lo conseguía, le pagarían trescientos euros. ¡Trescientos euros! Tienes que entenderlo: Ruth estaba desesperada, ¡la iban a dejar en la calle!

Unai le agarra de las solapas del abrigo, a punto de perder el control. ¿Qué le importan a él los problemas de una desconocida que le ha complicado la vida hasta extremos demenciales? Lo único que le preocupa es recuperar la libertad, apartarse de Valkiria para siempre.

—¿Quién? —grita—. ¿Quién estaba dispuesto a pagarle trescientos euros por enrollarse conmigo?

—¡No lo sabemos! —Marcos se encoge de hombros—. Lo único que puedo decirte es que se hacía llamar Odín. Todo le llegaba a Ruth desde una dirección desconocida de correo electrónico. Esa persona parecía saberlo todo sobre ella…

Odín. El vínculo con Valkiria acaba de confirmarse. Las pulsaciones de Unai empiezan a dispararse.

—¿Entonces no tiene ni idea de quién es?

Marcos niega con la cabeza.

—Bueno —añade—. Creo que Ruth sospecha de alguien a quien vio horas antes varias veces, por la zona de los baños del Lombok. Como fue allí donde tuvieron que colocar la cámara… Ella se sentía tan nerviosa esa tarde que estuvo allí mucho antes de la hora de la fiesta. No hacía más que ir y venir.

Unai casi se queda sin respiración.

—¿Tu amiga podría reconocer a esa persona si la viera?

Marcos se encoge de hombros.

—No lo sé. Eso tendrás que preguntárselo a ella.

Unai contiene su impaciencia. En Ruth puede estar la clave para identificar a Odín, y él va a volverse loco si no consigue de una vez información que le lleve hasta el máster del juego.

—¿Y se lo creyó? —pregunta ahora—. ¿De verdad siguió tu amiga el juego a alguien desconocido que le proponía semejante cosa?

—Ruth trabaja en la cafetería de la facultad de Traducción —se defiende Marcos —. Lo primero que hizo esa persona fue indicarle dónde debía mirar en su local para encontrar cien euros. ¡Y estaban! Le prometió doscientos más si cumplía su parte.

Eficaz método de demostrar que uno habla en serio, piensa Unai. La compró. Ese cabrón de Odín compró a la chica que me ha hundido la vida.

—Cómo pudo prestarse a eso… —Unai se levanta y apoya la espalda en la pared —. Cómo pudo venderse así.

Marcos se ve libre, pero no huye. Se ha puesto también de pie y se frota las magulladuras provocadas por la pelea.

—En el fondo no fue por dinero —termina reconociendo—. Fue por miedo.

—¿Por miedo? —Unai se le queda mirando—. ¿Es que no ganó trescientos euros? Porque imagino que cobró el total: hizo un buen trabajo.

—Lo cobró, sí. Aunque tal como me contó que fue la oferta… —Marcos baja la mirada—. Esa persona lo sabía todo sobre ella. Daba miedo. En serio, Ruth no pudo elegir. Odín le insinuó que si ella no aceptaba, le haría perder el empleo. Y que eso solo sería el principio. Y Ruth le creyó. Por eso te he vigilado en cuanto te reconocí. Ella está asustada desde que sucedió todo, y se siente culpable. Más de una vez ha querido buscarte para disculparse, pero nos asusta intentarlo porque Odín le advirtió que no se volviera a poner en contacto contigo. No sabemos en qué andáis metidos, pero quienquiera que se oculte tras ese nick da muy mal rollo.

Unai se queda pensando. Transmitir ese tono de amenaza a través de mensajes escritos tiene mucho mérito.

—Y yo caí en la trampa.

—Estabas… estabas drogado —Marcos se siente fatal al confesarlo—. Odín hizo llegar a Ruth una sustancia que debía echar en tu copa. Era algo que no te haría daño; te juro que Ruth jamás te habría hecho beber algo tóxico. Odín le aseguró que solo anularía tu resistencia y…

—Y lo hizo.

Se quedan en silencio unos segundos.

—Lo siento mucho, en serio —Marcos no sabe cómo disculparse—. Mi amiga no es así…

Unai apenas atiende. Su mente se centra ahora en la sospecha que se ha confirmado. Por encima de la rabia que siente en esos momentos, experimenta una serenidad nueva: la de la inocencia recobrada.

—No era yo —dice—. Siempre lo he sabido.

No era yo.

—Ruth se lo explicará a tu novia —propone Marcos—. Y todo quedará aclarado.

Unai, molesto por haber resultado una víctima tan fácil, siente una curiosidad muy concreta:

—¿Pero cómo consiguió echar eso en mi vaso?

—Por lo que me contó Ruth, hubo un momento en que alguien fue a saludarte. Durante esos minutos perdiste de vista tu copa.

—Y fue suficiente.

—Sí.

—¿Le dijo Odín a tu amiga por qué me «regalaba» algo así?

Por obsceno que a él le resulte ese asunto, visto desde fuera, la apariencia es de lo más tentadora: tener a tu alcance una chica con un físico espectacular no sucede todos los días. A muchos compañeros les encantaría sufrir esa… broma.

—Sí —contesta Marcos—. Odín le comentó que se trataba de una especie de novatada, en plan despedida de soltero. Ruth no se lo creyó.

—Es una justificación muy verosímil.

Marcos carraspea.

—Mi amiga describió la conversación con un adjetivo que no se me ha olvidado.

—¿Cuál?

Marcos suspira.

—«Siniestra». No es que ella aceptara el encargo al creerse lo de la novatada, Unai. Es que prefirió evitar preguntas.

Para entonces, Ruth ya había deducido que no debía formularlas sino limitarse a obedecer. Por su propio bien.

—Marcos, ¿de qué conoces a Rubén Prades?

—Solo de League of Legends —responde—. Es muy bueno con ese juego. ¿Por…?

—Por nada.

Unai se dispone a pedir a Marcos que le lleve sin perder un minuto hasta su amiga, pero no tiene tiempo, pues en ese instante su teléfono empieza a emitir un destello rojizo demasiado familiar: la alerta de Valkiria.

Sin embargo, lo que sus ojos encuentran al revisar el teléfono lo hunde en una confusión absoluta: la presencia que ha detectado la geolocalización es la de… ¡Jugador1!

Se trata del nick que han atribuido a Rubén desde el principio.

¿Qué está ocurriendo? ¡Rubén se mueve de nuevo a través del plano virtual del campus!

Unai se lleva las manos a la cabeza. ¿Qué significa eso? ¿Rubén está vivo? ¿Ha escapado de sus captores o se trata de una trampa? ¿Vuelve a jugar? ¿Era todo, por fin, un farol de Odín que ha terminado por salir a la luz?

Ahora mismo, la alerta sitúa a Jugador1 cerca de allí, en el pabellón polideportivo adyacente a la facultad en la que se encuentran.

Un lugar muy poco frecuentado a esas horas, lo que es una buena noticia.

Unai está a punto de sufrir un colapso. ¿Qué debe hacer? La combinación de la taquilla que guarda en su móvil es un incómodo recordatorio de la cuenta atrás. Qué dilema: le quedan aún treinta minutos para cumplir su segundo encargo en Valkiria, tiene ante sí a la persona que puede conducirle hasta la desconocida que le tendió la trampa, y ahora… ahora surge un rastro de Rubén.

¿Qué dirección debe tomar?

—¡Marcos, tengo que irme! —decide por fin—. ¡Espérame en la escalera de incendios de la tercera planta! ¡No tardaré!

Le ha propuesto ese lugar porque lo nota verdaderamente inquieto y él también necesita discreción. Marcos ha asentido. No hay riesgo de que huya, no hay ya nada que ocultar.

Unai se aleja del área de talleres a toda velocidad. No puede perder ni un minuto más. Ni siquiera ha abandonado esa planta cuando su teléfono detecta otra presencia vinculada a Valkiria: Odín acaba de surgir cerca del polideportivo.

El máster también ha detectado a Jugador1.

Mal síntoma.

Unai, desde la ignorancia sobre lo que sucede a su alrededor, intuye que tiene que llegar antes que el máster del juego. Por la seguridad de todos.