Valkiria

David Lozano Garbala · Capítulo 32 de 41

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Valkiria

Capítulo XXXII

Compu acelera el paso hasta situarse a unos metros de Clara, aunque no lo suficientemente cerca como para que sus pasos la alerten. Hay que ser prudente: en ese corredor la resonancia es traicionera y no hay ningún lugar donde él pueda ocultarse si Clara hace un giro imprevisto. En caso de ser sorprendido en su labor de espionaje, Compu le dirá que estaba aproximándose para saludarla, una justificación más o menos creíble.

Ya han terminado de recorrer el pasillo y ahora suben las escaleras que conducen a la planta de las aulas de cuarto curso. Él se inclina hacia el hueco central y así controla sin riesgo el avance de su compañera, pues distingue su mano deslizándose por la barandilla en el tramo superior. Compu frena para distanciarse un poco más de su objetivo y es entonces cuando descubre una figura que le observa desde uno de los rellanos de la planta inferior. Es un estudiante de unos veinte años, de rostro muy blanco y pelo castaño tan largo que casi le llega hasta los hombros. Lleva un septum en la nariz y a un lado de su cuello se aprecia el final de un tatuaje de color verdoso. En cuanto se sabe descubierto, retrocede hasta quedar fuera de la vista. Compu se ha detenido. Está a punto de bajar a investigar, pero la posibilidad de perder a Clara le hace desistir. ¿Quién será ese chico? ¿Por qué le miraba? El modo en que se ha escondido también le parece sospechoso.

Metros más arriba, Clara ha abandonado las escaleras y continúa ahora por un nuevo pasillo de aulas. Compu termina de subir los últimos peldaños y se mantiene tras ella. Así alcanza a ser testigo del encuentro entre Clara y un estudiante que aguarda sentado en un banco. Él no conoce a ese chico, aunque por su aspecto da la impresión de ser un alumno de último curso. Compu se detiene a cierta distancia, junto a la puerta abierta de una clase vacía, en la que se mete.

Compu asoma la cabeza y espía. El modo cariñoso en que el chico trata a Clara confirma el motivo puramente sentimental de su presencia allí. Toca retroceder para reanudar la búsqueda de la desconocida del vídeo… y de ese chico del septum que se ha escabullido plantas más abajo.

Compu regresa a la escalera y comienza a descender. Atento a su móvil, no llega a percatarse de lo breve que es el encuentro de Clara con el estudiante.

 

• • •

 

Se trata de una mujer robusta de unos treinta y cinco años, algo más baja que él. Lleva el cabello negro muy corto y su expresión mientras habla apenas transmite alguna emoción. Unai, que se ha detenido al cruzar la puerta principal de la residencia, la distingue sin dificultad. La agente no le ha visto aún. Va vestida con el uniforme de la policía nacional y está conversando con el recepcionista.

—¿No te han dicho para qué quieren hablar contigo? —Vega ha insistido en acompañarle y aguarda junto a él—. Desde luego, no parece que esté esperando a un sospechoso de asesinato.

La actitud tranquila de la mujer les hace descartar que su presencia sea consecuencia de una maniobra de Odín.

—Supongo que me quiere preguntar sobre el accidente de Kika —dice Unai—. No se me ocurre otra cosa.

A Vega le extraña:

—Tampoco erais tan amigos…

—Habrán visto en su móvil mi llamada perdida y los mensajes. Se preguntarán por qué tenía yo tanto interés en hablar con ella precisamente la noche de su accidente.

Tiene sentido. Vega maldice en voz baja; cada nueva iniciativa que toman da la impresión de complicarlo todo aún más.

—¿Quieres que me quede contigo?

Unai se ha vuelto hacia ella. Se agarran de las manos. Los dos saben que la policía preferirá que ella no esté presente durante la conversación.

—Ya has hecho bastante acompañándome hasta aquí —dice Unai—. Y lo prioritario ahora es encontrar a la desconocida del Lombok. Sin ella no llegaremos hasta Odín.

Le cuesta renunciar a su chica en esas circunstancias. Su compañía le ayuda a mantener la serenidad, pero hay demasiado en juego. Deben separarse. Ella, que comparte la urgencia en desenmascarar al máster de Valkiria, acepta a regañadientes.

—De acuerdo. Me vuelvo entonces a la facultad de Periodismo. Avísanos en cuanto termines o si surge algún problema.

—Lo haré. Ojalá tengáis suerte.

—Cuidado con lo que dices.

Le ha guiñado un ojo. Se dan un beso y ella sale, tras lanzarle una última mirada que dice muchas cosas. Desaparece al otro lado de la puerta y Unai se siente frágil. Odín ha conseguido que incluso la policía implique un riesgo. Se gira para encontrarse con los ojos de la agente, que le observan sin disimulo desde la recepción. Le han debido de indicar que es él la persona a la que espera.

Unai avanza sin prisa, manteniendo la calma. Su gesto serio encaja bien con la reacción que la policía esperará en él tras la reciente muerte de una compañera.

—¿Unai Bengoa?

Él asiente.

La mujer, tras un saludo formal, se presenta: Elena Sánchez, subinspectora de la policía nacional.

—Necesito hablar contigo, Unai.

Como si él no lo supiera. Unai le propone un pequeño recibidor que hay a pocos metros, pero la agente prefiere que suban a su habitación.

—Estaremos más tranquilos —dice.

Unai titubea. Sus nervios aumentan. No puede negarse sin correr el riesgo de llamar la atención de ella. Su imaginación recrea a Jugador3 en su dormitorio, colocando elementos comprometedores que le vincularán con la muerte de Rubén. Por eso pretendía evitar llevar a esa policía hasta su cuarto. Sin embargo, su intento no ha servido de nada y ahora ambos van a jugar en un clima de tensión creciente que le recuerda a La soga, una película de Alfred Hitchcock. Porque Unai siente como si tuviera el cadáver de Rubén escondido en el dormitorio y cualquier mirada de soslayo de su visitante pudiera descubrirlo.

Valkiria se ha convertido en una ruleta rusa.

Unai y la subinspectora no tardan en llegar a la habitación. Han subido por las escaleras y superado en silencio el tramo de pasillo que los separa de la puerta correspondiente. Unai emplea su llave para abrirla, deja pasar a la agente antes de entrar y a continuación le señala la silla con ruedas que hay ante el escritorio, mientras él se sienta sobre la cama. La subinspectora desplaza la silla hasta colocarla frente al chico y se acomoda en ella. Sus rostros quedan muy próximos.

—Usted dirá —comienza Unai—. Aunque no tengo mucho tiempo: enseguida empieza una clase importante a la que no quiero faltar.

Ya que no ha conseguido esquivar esa situación tan peligrosa, al menos procurará abreviarla todo lo posible. Cada minuto aumenta las posibilidades de que la mirada de la subinspectora detecte algo que no encaja, algo que la lleve a formular más preguntas de las oportunas. Y cada respuesta de Unai es un paso sobre el abismo que se abre bajo sus pies.

—Siento mucho la muerte de tu compañera —dice ella—. Qué mala suerte.

Las pupilas de la subinspectora Elena Sánchez son claras, suaves. Pero engañosas. Unai detecta en ellas un filo agudo que va resbalando muy sutilmente por cada milímetro de su semblante. Me analiza, piensa. Estudia mi reacción, el nivel de mi tristeza ante la muerte de Kika.

Unai duda sobre el dolor que debe exteriorizar ante ella. En el fondo no eran tan amigos, aunque el asunto de Valkiria ha generado un repentino vínculo entre ellos. ¿Entonces? ¿Resultará sospechoso mostrar una pena excesiva?

En realidad, su alusión a la próxima clase no lo ha situado como alguien muy emotivo, desde luego.

—Era un sitio peligroso, ¿verdad? —se limita a preguntar—. El del accidente.

La subinspectora hace un gesto afirmativo.

—Mucho. Por eso me extraña tanto que se metiera allí, ¿sabes? Una zona llena de obstáculos y de zanjas, en plena noche. ¿Ella solía ser tan imprudente?

—Tampoco la conocía tanto —al instante, Unai se arrepiente de su respuesta. Ha sonado a excusa, a justificación—. Quiero decir como skater.

—Ya.

—Yo me llevaba bien con ella. Su cuarto está en esta misma planta.

—Lo sé.

—Me solucionaba los problemas del ordenador, ¿sabe? Como a todos los de la residencia. Utilizaba el skate para moverse por el campus, eso sí, pero no tengo ni idea de adonde se iba para practicar con él. De hecho —Unai se da cuenta de que es el momento de anticiparse—, ayer la necesitamos con bastante urgencia y no hubo manera de encontrarla.

Unai mantiene una mirada indiferente. Tiene la impresión de que ha logrado introducir la información sospechosa de un modo muy natural.

La subinspectora se queda en silencio unos segundos.

—Quizá por eso hemos descubierto en el móvil de tu compañera varios mensajes tuyos y una llamada perdida que también le hiciste.

—Sí.

Los ojos de la policía se pasean ahora por la habitación, y Unai siente cómo un profundo calor va ascendiendo por su cuerpo. ¿Cuánto va a durar esa charla? ¿Resistirá sin cometer un error? ¿Verá ella algo que lo incrimine en la desaparición de Rubén?

—«Tengo que contarte algo» —lee la subinspectora de una libreta que acaba de sacar de un bolsillo—. «Llámame cuando puedas».

—Ese mensaje es mío.

—Sin embargo —objeta ella—, en la carpeta de mensajes recibidos y en la de enviados del wasap de tu compañera apenas se conserva alguna conversación contigo. En los últimos tres meses, apenas cuatro o cinco mensajes. Es evidente que no manteníais una comunicación frecuente.

—Ya le he dicho que tampoco teníamos tanta relación. Además, me cruzaba con ella a diario; lo que queríamos decirnos, nos lo decíamos al vernos.

Unai recuerda con tristeza la noche en que Kika le ayudó a entrar en Valkiria. Ella era generosa, siempre tenía tiempo para los demás. No merece un final tan estúpido como un accidente con el skate, piensa. Él mismo debe reconocer que las circunstancias de su muerte son extrañas.

—¿Y justo ayer, la noche de su accidente, era tan necesario para ti contactar con ella?

—Casualidad.

Casualidad. Una palabra venenosa, que quema en labios del muchacho. Una palabra con sabor a Valkiria.

La subinspectora no aparta su mirada de él. El contenido de la habitación parece haber dejado de interesarle.

—¿Qué era eso tan urgente que tenías que hablar con tu compañera?

Unai esperaba esa pregunta.

—Ayer por la noche estaba en mi habitación con mi novia y un amigo — comienza a explicar—. Jugábamos a League of Legends, un videojuego muy conocido. Kika era una experta, se sabía todos los trucos. Necesitábamos que nos ayudara a pasar de pantalla, por eso la llamamos. De hecho, queríamos que formara parte de nuestro equipo.

—Eso es lo que querías contarle.

—Sí.

La subinspectora se queda pensando.

—Primero enviaste varios mensajes y un rato después la llamaste. Qué insistencia, ¿no?

Unai mantiene su mente a toda máquina. No permitirá que esa policía entrometida desmonte su versión de los hechos. Improvisa, se dice. ¡Improvisa, improvisa!

—Jugamos a menudo a League of Legends, usted no sabe cómo se vive cada partida. Necesitábamos su ayuda con urgencia.

La subinspectora se humedece los labios.

—Entiendo. ¿Me puedes facilitar los nombres de tu novia y de ese amigo tuyo?

—¿Es que no se cree que ayer por la noche estuviera con ellos? ¿Qué es esto, un interrogatorio?

Unai no ha podido evitar esa súbita irritación. Primer error.

La subinspectora pestañea sin mostrar la más leve molestia por el tono de voz que acaba de emplear el chico, aunque sus ojos penetrantes se clavan en él con mayor intensidad. Unai lee en ellos la curiosidad, la duda. La subinspectora Sánchez se pregunta si hay algo extraño detrás de la muerte de la estudiante, un interrogante que Unai tampoco está en condiciones de contestar.

—¿Debería interrogarte? —pregunta ella por fin—. Pensaba que solo estábamos hablando sobre un desgraciado accidente.

—Disculpe, todo esto de la muerte de Kika me ha trastornado. Como me ha pedido esos nombres, yo…

—No es que desconfíe de ti —la subinspectora mantiene la suavidad de su voz, que contrasta con la frialdad de su mirada—. Pero necesito hablar con las personas del entorno de la víctima para hacer las comprobaciones básicas. Seguro que lo comprendes.

—¡Claro! Perdóneme. Mi novia se llama Vega Loscos, y el amigo con el que estuvimos, Sergio Villar. Todos estudiamos en esta universidad.

La subinspectora toma nota. En cuanto Unai se encuentre con ellos, los pondrá al tanto de su explicación para que los tres coincidan en la justificación de los mensajes a Kika. La coordinación es clave.

—Lleváis muy mala racha en este campus…

Al principio, Unai no entiende.

—¿Cómo?

—Hace pocos días, otra compañera se suicidó, ¿no?

Ahora Unai sí reacciona.

—Sí, sí. Marta. Estamos todos muy impresionados.

—No es para menos. Dos tragedias así en tan poco tiempo…

Unai aparta la mirada, necesita descansar de la presión de sentirse observado por esa mujer. Es un pulso agotador. ¿Cuándo se va a ir?

—¿Es verdad que Kika iba borracha? —decide probar con un giro en la conversación hacia temas inofensivos.

La subinspectora enarca las cejas.

—Ya veo que los rumores vuelan. Hemos encontrado una lata de cerveza muy cerca del cuerpo de tu compañera, eso es cierto. El análisis de huellas dactilares en ella y la autopsia confirmarán si tu compañera había bebido o si se trata simplemente de una lata dejada por un trabajador de la obra.

—Claro.

—De todos modos, ¿sabes si tu compañera bebía a menudo?

—Ni idea, lo siento. Creo que no.

Unai nota una vibración en su bolsillo y la ansiedad que ha estado reprimiendo amenaza con dispararse dentro de él. No va a conseguir controlarse. Incluso percibe su pulso, el latido en la sien. Su esfuerzo por disimular se irá al traste delante de una policía demasiado perspicaz. Tiene que resistir o lo estropeará todo, pero la curiosidad es demasiado fuerte: ¿Quién le ha escrito? ¿Se tratará de un mensaje de Vega? ¿De Compu? ¿Habrán encontrado a Laura? O tal vez acaba de recibir nuevas instrucciones de Odín. Sea lo que sea, tiene que comprobarlo de inmediato.

Decide que no va a esperar, no debe hacerlo. Ni siquiera ante la presencia de la subinspectora. El tiempo de Valkiria sigue transcurriendo.

Unai saca su móvil, cuya pantalla le notifica que ha recibido un mensaje de Odín en el chat del juego.

Odín.

—¿Es importante? —pregunta la policía, que continúa atenta a su semblante.

Unai carraspea, teme que no le salga la voz.

—Es un wasap del amigo con el que he quedado para ir a la próxima clase — miente sin levantar el rostro—. Quiere saber si me espera o no. ¿Qué le digo?

Él habla mientras abre la aplicación de Valkiria y accede al chat. Comienza a leer.

Dios.

El juego continúa. Odín le acaba de comunicar su siguiente misión como jugador… y le da un plazo de una hora para cumplirlo. A los pocos segundos, el mensaje se borra de su pantalla.

Todo se está precipitando.

Odín está nervioso. ¿Le habrá visto en compañía de la subinspectora?

Unai lo imagina muy cerca, a la espera. Recrea su perfil anónimo acariciando el cuerpo de Rubén, dispuesto a mostrarlo si él comete la más leve imprudencia.

Unai, te la estás jugando. Mide tus palabras o arruinaré tu vida para siempre.

¿El máster del juego ha elegido intencionadamente ese momento, en pleno interrogatorio, para enviar su mensaje? Odín es experto en escoger la circunstancia más delicada, cualquier situación que multiplique el poder de sus palabras.

A pesar de su crispación, Unai debe fingir tranquilidad. Levanta la cara y, al enfrentarse a la expresión inteligente de la subinspectora, siente de pronto la tentación de confesarle todo, de quitarse ese tremendo peso de encima. Demasiada carga. Se pregunta qué sucedería si en ese momento le hablara a la mujer de Valkiria, del acoso de Odín, de la presunta muerte de Rubén y de la oscura razón que motivó el suicidio de Marta. ¿Le creería?

¿Está él dispuesto a correr ese riesgo? No. Es una locura. Unai resiste el impulso. Se obliga a ser honesto consigo mismo: ahora no cuenta con ninguna defensa, nada para demostrar su inocencia. Si la policía empieza a husmear, Odín lo venderá como el asesino; después hará desaparecer su propio rastro y todo habrá terminado. La denuncia de Unai solo parecerá un burdo intento de escapar a la justicia, de eludir su participación en un crimen plagado de evidencias que la policía cerrará demasiado pronto.

Será su cabeza la que ruede, no la de Odín. Todo el mundo sabe que, cuando hay un culpable, nadie se molesta en seguir investigando.

—¿Estás bien?

La voz de la subinspectora saca a Unai de su ensoñación.

Segundo error: mostrarse más afectado de lo que debería.

—Perdone, ya le he dicho que el accidente de Kika me tiene…

—Está bien —le corta ella, como si hubiera decidido de pronto que no sacará más de ese muchacho—. Por el momento hemos terminado, muchas gracias.

La subinspectora se ha levantado. Le hace un gesto de despedida muy formal y se dirige a la puerta.

—Hemos terminado.

Ojalá fuese así, piensa Unai. Esto solo acaba de empezar.

Unai extiende un brazo y está a punto de llamar a la subinspectora cuando esta sale de la habitación.

No se vaya, le pide en su interior, sin llegar a pronunciarlo. No nos abandone, ayúdenos.

No nos deje aquí.