Cabeza de Vaca
Capítulo 10
10
La calle de las Damas
No consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados.
ISABEL LA CATÓLICA, testamento, 1504
Caminaba por la calle de las Damas mientras el crepúsculo caía sobre Santo
Domingo. Había sido su primer día y a Álvar aún le envolvía la sensación que
le había embargado desde que bajó a tierra. Aquella mezcla de olores, de
calor húmedo, de sudores y sabores que parecía haber en el aire, que lo
impregnaba todo y que le hacía a cada momento intentar descifrarlo y al
aspirarlo, transpirarlo y hasta palparlo le llevaba la certeza de que aquello era
por completo diferente; aquello era otro mundo, un nuevo mundo.
La calle empedrada, la única que lo estaba en toda la ciudad, tenía aún
bastante trajín, aunque este había disminuido con respecto a la mañana,
cuando la llegada de la escuadra la había llenado de gentes que iban y venían,
se paraban o corrían. Damas que hicieran honor a su nombre a esas horas ya
no había apenas ninguna y la que pasaba, escoltada por el marido o seguida de
algún criado indio, lo hacía con rapidez para guardarse ya en su casa.
Tras salir del puerto, esa calle había sido lo primero que Trifón,
convertido en su guía, le había enseñado con mucho orgullo.
—Se empedró con el lastre de los barcos que llegan desde España. Es
piedra española —le explicó—. Las gentes la llaman así porque las damas
fueron desde el primer día sus mayores beneficiarias y quienes más la
frecuentan. Merced al empedrado, no se manchan las sayas con los barrizales
que aquí se forman día sí y día también y en tiempo de lluvias durante meses
enteros.
Álvar notó que el alcarreño hablaba de aquella ciudad como algo propio.
Lo cierto era que el otro, aunque no lo acababa de dilucidar del todo y no
dejaba de repetir que un día pondría rumbo a su tierra natal y que no se le
vería más por aquellos sitios, jamás había hecho ni el más mínimo intento de
hacer realidad sus palabras, por mucho que dijera que estaba harto de dar
botes sobre las olas siendo tan de secano como él era.
A la calle de las Damas le llamaban también la de la Fortaleza, por el
pequeño fuerte levantado a orillas del Ozama por Bartolomé Colón cuando
fundó la ciudad en sustitución de La Isabela, que no había quien la sostuviera
ante la intemperancia del tiempo y los terribles huracanes. Mientras
caminaban, Trifón le señalaba algunas casas. Por la mañana no vieron a
aquellas horas tempranas a ninguna elegante dama paseando, sino trajín de
gentes que iban o venían desde el puerto, pero Trifón le fue mostrando las
casas, muchas de ellas solariegas y levantadas con muy buena piedra tallada.
—Al fondo está el palacio de los Colón, con mucho el más lustroso de la
ciudad y de la isla. Don Diego quiso aparentar aquí el ser lo más parejo a un
rey. También es buen edificio el que tuvo el gobernador Ovando, pero ese que
tenemos enfrente no le va a la zaga. Es de don Rodrigo de Bastidas, que vino
con el Almirante en su segundo viaje y luego navegó por tierras de Panamá
incluso antes que el propio Almirante. Hizo fortuna, pero fue efímera como la
de muchos, pues fue por aquellas tierras donde también pereció muerto por
los indios. Culparon a Vasco Núñez de Balboa de no socorrerlo, y con esa
excusa le cortaron la cabeza a este. Balboa también tuvo paso y residencia por
esta villa. Por aquí, don Álvar, han pasado todos, sin que falte uno solo de
quienes ahora tienen nombre y fama en las Españas. Sin ir más lejos, esa otra
casa, más humilde pero con su empaque, fue un día de Hernán Cortés. Ya os
contaré cosas de todos. Ahora hemos de acercarnos al alojamiento que os he
encontrado y ver si es de vuestro agrado.
Aunque la mayor parte de los recién llegados, amén de los que por
obligación tenían que hacerlo, se quedaban a dormir en los barcos, los que
contaban con posibles intentaron conseguir acomodo en tierra. Don Pánfilo lo
había encontrado raudamente gracias a la invitación del propio gobernador, el
que había sustituido al hijo de Colón y unía a la doble condición de obispo de
la ciudad y gobernador de la misma una tercera: era también el presidente de
la Audiencia. Se llamaba Sebastián Ramírez de Fuenleal y acababa de llegar a
la isla nombrado por el rey Carlos, harto de los pleitos de los Colón y en
particular de las ínfulas del virrey don Diego, a quien había mandado regresar
a España un par de años antes. Por Santo Domingo no faltaba quien decía
que, del disgusto, Diego Colón se había muerto nada más llegar a España. El
propio Trifón también pensaba lo mismo y no se privó de decirlo. Su lealtad
quedaba circunscrita al Almirante y al hijo pequeño, pero al observar que la
chanza no le hacía ninguna gracia a Álvar, se abstuvo de repetirla. Era perro
viejo; se había aquerenciado al jerezano y se arrimaba a él buscando serle útil y de paso encontrar acomodo y cobijo para él mismo. Que si el interés va
aparejado a la querencia es mejor, incluso.
Útil había sido el Viejo en la travesía y ahora estaba demostrando serlo
aún más en tierra. No había mejor guía para transitar por la villa, ni mejor
conocedor de sus gentes y sus callejas para encontrar solución a las
necesidades del jerezano. Este pudo comprobarlo bien pronto con la cuestión
del hospedaje, aunque había mucha demanda y poca oferta. Trifón lo llevó
directo a una casa pegada a una venta y allí negoció con una viuda también de
ciertos años, pero no tantos como él, que les alquiló una habitación a no
excesivo precio. Acordaron, con el beneplácito de quien pagaba, Álvar, que
con una cortina colgada entre la entrada al aposento y un arco que daba a la
cama, se convertiría en dos estancias y en aquel hueco y en un jergón podría
aposentarse Trifón, convertido en criado mientras estuvieran en puerto a
cambio de techo y comida.
Para llegar hasta el lugar habían pasado ambos, tras adentrarse en la
ciudad alejándose del río, por la plaza de la catedral, que ya estaba muy en
sazón y con varios de sus muros levantados. Eran sus obras lo primero que
había reiniciado el nuevo gobernador con mucho ímpetu, pues se las había
encontrado paradas, cosa que no era la primera vez que sucedía desde que se
iniciaron hacía ya un cuarto de siglo.
Trifón se mostró convencido de que don Sebastián la concluiría, algo que
al igual que la calle empedrada parecía que de alto modo le afectaba e
incumbía.
—Siendo obispo y gobernador al tiempo, este seguro que la acaba. La
primera catedral de las Américas y es aquí, en La Española, por derecho,
donde debe levantarse. Mire vuestra merced qué hermosa va a quedar y qué
color saca el sol a los muros de piedra coralina. Ya se va alzando al cielo, ya.
No le puede faltar a Nuestro Señor un templo como este en la puerta de las
Indias.
El alcarreño, aunque no se había caracterizado por una devoción excesiva,
al pasar ante el templo en obras, y aunque no estuviera aún consagrada, se
santiguó ante ella. Álvar le acompañó en el gesto.
No quiso decirle al Viejo muchas cosas que él sabía y que entendió que
era mejor callarse, pues habían sido confidencias de don Hernando Colón y
no era cuestión de irlas desparramando nada más llegar a la isla. Si no se
torcía nada, y lo más difícil de torcer era la voluntad de la viuda de don Diego
Colón, doña María Álvarez de Toledo, de la casa de Alba, los restos del
Almirante y de su hijo y sucesor no tardarían en ser llevados allí. Quizá, si había ocasión y encuentro, algo de ello se podría hablar con el obispo
gobernador y enviarle de la manera que fuera alguna buena nueva a su amigo
Hernando[11].
La intención de Narváez era demorarse lo menos posible en La Española
y partir cuanto antes hacia Cuba, donde le quedaban muchos amigos, aunque
su tío hubiera fallecido, y buenos asideros para poder emprender con
garantías la última navegación del viaje y arribar a la Florida. En La Española
no le faltaban contactos, pero desde la caída y marcha de Diego Colón, todas
las relaciones estaban cambiando y ahora con los clérigos al frente andaban
muy trastocadas y sin saber bien a qué atenerse. Él necesitaba sobre todo
caballos y bastimentos, pero cada día que pasaba parecía resultar más caro y
difícil el conseguirlos y la palabra dada no significaba pronto cumplimiento
sino que, como mucho, se alcanzaba una nueva promesa con protesta incluida
de que esta vez se cumpliría.
Álvar, en su papel de responsable de la tesorería y alguacil mayor de la
armada, se esforzaba en esto más que en nada, sin embargo, al cabo de unas
semanas sentía que cada vez que intentaba dar un paso le amarraban la pierna
con una liana y que el camino estaba lleno de brozas y pegas.
Pánfilo de Narváez y él estaban a la espera de un prometido encuentro en
el que confiaban resolver muchos de los inconvenientes con el obispo
gobernador don Sebastián, tras el protocolario al que solo había acudido
Narváez, mas dicha audiencia se demoraba de continuo.
El hidalgo jerezano se había ido acostumbrando a que en aquellas
latitudes no se producía la misma secuencia de amaneceres y atardeceres, que
caían mucho más repentinamente, al igual que no había según las estaciones
aquellas diferencias tan señaladas entre noches y días. Además, allí llovía de
otra manera. No era la forma de llover de España o de Italia. La lluvia llegaba
como una cortina de agua empujada a toda velocidad por el viento que se
desplomaba sobre la tierra. La llamaban «palo de agua» y en verdad lo era,
pero salvo por tormenta o huracán, en ocasiones llegaba, caía el torrente y se
marchaba dejando por unos momentos refrescada y despejada la tarde. Era el
agua buena. La mala era cuando venía enrabietada. De esas aún no había
catado ninguna pero, como le decía Trifón y le había prevenido Hernando,
que tantos ciclones habían sufrido en el viaje que realizaron juntos, se iba a
hinchar de hacerlo.
Pasadas ya las dos semanas, Álvar y algunos de los notables de la
escuadra se habían aficionado a una taberna en una de las esquinas de la plaza
de la catedral, donde estaba plantado un inmenso sicomoro que daba buena sombra y cobijo, y allí se emplazaban cada tarde si no les impedían hacerlo
sus ocupaciones. No solía faltar el vino, pero eran protagonistas el ron que ya
se destilaba en la isla y los mejores zumos que pudiera imaginarse uno y que a
Cabeza de Vaca le gustaban más que nada. Sin embargo, no resultaba muy de
castellanos el beber de ellos tan solo, y si no se le daba un tiento al mollate
pareciera que no había tertulia.
Los parroquianos fijos, además de Álvar, eran Alfonso Enríquez,
contador, y Alfonso de Solís, factor y veedor de Su Majestad. Algunos
capitanes, a veces Castillo y más a menudo Dorantes, junto con su hermano y
el negro, que se sentaba alejado pero a la vista de su amo, y en compañía de
Trifón, apoyado en una esquina, se unían a la reunión.
También acudía en ocasiones, pero muy brevemente, el franciscano Juan
Suárez, nombrado comisario de la expedición para que velara por el trato a
los indios según el mandato de la Corona. Fray Juan tenía ya bastante corrido
por las Indias. No solía alardear mucho de ello, pero algo habían ido sabiendo
los otros de su peripecia. No resultaba raro que no quisiera contarla en
demasía. Era muy conocido y amigo de Narváez, pues lo había acompañado a
la Nueva España cuando fue a prender a Cortés y acabó tan malparado. El
franciscano no lo abandonó en su desgracia, que entre otras cosas se ganó por
avaro, pues mientras Cortés repartía con sus capitanes los presentes de los
caciques indios, Narváez se los guardaba todos para sí, por lo que el que más
y el que menos pensaba que mejor le iría con el extremeño y cuando este les
asaltó el campamento poca resistencia opusieron y se pasaron a sus filas.
El clérigo fue de los pocos que le permanecieron fieles y al ser
prontamente liberado por su condición de religioso regresó a Cuba para que
también pusieran libre de su prisión, aunque llevó su tiempo, a Pánfilo. De ahí
venía la buena disposición del gobernador para con él y su complacencia en
que fuera el designado como comisario de la expedición. Era el más adicto a
Narváez entre el grupo de oficiales al mando y quien más le apoyaba en todas
sus decisiones. Y tampoco él estimaba en nada al conquistador de la Nueva
España, aunque a él no le hubiera tratado con ninguna inquina y sí con
sobrada benevolencia.
Cuando el fraile estaba presente, los contertulios procuraban dejar a un
lado los temas más escabrosos y los puntos de desavenencia y se hablaba más
de los trabajos de la catedral. Estos parecían andar a buen paso con una
capilla, la de don Rodrigo de Bastidas, ya concluida, y fray Juan afirmaba que
un hermoso retablo de Nuestra Señora la Virgen de Altagracia estaba ya
dispuesto para colocarse en ella.
La conversa no obviaba ningún día la cuestión meteorológica sobre
cuándo llegaría el casi cotidiano palo de agua, puesto que era la manera de
que no se encendiera demasiado la discusión sobre el asunto de los indios y
sus derechos. Si el fraile estaba presente, los dos Alfonsos tendían a la callada
ante las admoniciones de este, que mucho confiaba en el nuevo obispo para
que enderezara las malas prácticas y abusos que los españoles cometían. Solo
Álvar se atrevía a hacerle alguna leve apostilla. Pero en cuanto el clérigo se
perdía de vista ambos oficiales daban rienda suelta al verdadero encono que
como muchos colonos, encomenderos y conquistadores les tenían a los
frailes, aunque coincidían en que los franciscanos no eran los peores. Ese
honor quedaba reservado para los dominicos. Era entonces Álvar el que
también, y con más vehemencia que con el cura, se salía de la parva. Castillo,
cuando estaba con ellos, fiel a sus costumbres, no solía soltar nunca palabra ni
en un sentido ni en otro.
Todos conocían y decían acatar las órdenes de la Corona al respecto. Sin
embargo, cosa bien diferente era cumplirlas, allá tan lejos, con la mar océana
por medio. Los más vehementes en ese asunto eran los del oficio de las
armas.
—Las prédicas de los frailes son una cosa y el tener que lidiar con los
indios otra muy distinta —argüían—. Sus majestades proclaman las leyes,
pero aquí se viene a morir o a conseguir fortuna y gloria. Si no permiten que
para ello utilicemos a los indios, que nos digan ellos cómo lograrlo después
de haber expuesto nuestros pellejos para ensanchar sus dominios.
Ante esa interpelación, el veedor y el contador del rey callaban y hacían
mohín disgustado, pero en el fondo otorgaban.
Álvar no lo hacía y se ponía más bien de parte de los curas y de las leyes
de la Corona, en las que estaba bastante ducho, por sus lecturas con Hernando
Colón y lo que este le había transmitido de los pesares de su admirado padre
precisamente a causa de aquello, aunque siempre lo exculpaba y aseguraba
que había tratado bien a los indios sometidos. Los indígenas que hacían la
guerra y atacaban ya eran otra harina y cualquier podía comprender que
entonces cabía combatirlos y cautivarlos. Eso en cualquier cabeza entraba. A
Cabeza de Vaca no se le escapaba que las ansias de riqueza de los
conquistadores y encomenderos no hacían distingos, ni aunque fueran muy
evidentes, y que con negocio por delante todos los indios eran alzados y por
tanto se les podía poner hierros. A los sometidos a las encomiendas tampoco
se los trataba nada bien, y lo cierto es que la mortandad entre ellos era mucha.
Álvar no solía entrar en el cogollo de la polémica, sino que prefería
prevenir de las consecuencias. Resultaba bien sabido que el miedo guarda la
viña.
—Que hoy no esté en su palacio un Colón como virrey y se le niegue tal
título a su sucesor y quien sí está en la Audiencia y como gobernador sea
fraile, es algo que vuesas mercedes debieran tener en cuenta —les dijo un día
en que el franciscano había dejado un tanto encendidos los ánimos—. Al
mismo Almirante fue la reina Isabel la que le cortó las alas y le quitó rangos y
honores por haber tratado a los indios como esclavos. Antes de morir, la reina
de Castilla lo dejó por escrito para que no cupiera duda. Que los indios eran
seres libres, y que al ser súbditos suyos, los que a ello se avinieran no podían
ser herrados ni cautivados. Si a don Cristóbal le costó volver en cadenas,
aunque luego se las quitaran y le repusieran parte, que no todo, de sus poderes
y rentas, mejor que los demás, mucho más bajos en el favor real de lo que lo
estuvo el descubridor, lo meditemos antes de dejarnos llevar por tales trochas.
Ahora aquellas palabras ya son ordenanza y mejor será cumplirla[12].
—Razón en parte no os falta, don Álvar, y bien podemos verlo con
nuestros propios ojos en la isla. Pero el cónclave de Burgos no prohibió, sino
que confirmó los repartimientos y encomiendas. Aquí mismo don Nicolás de
Ovando las suspendió y los indios quedaron tan solo como súbditos de la
Corona, con lo cual se produjo una huida masiva de las encomiendas. Lo
siguiente fue una guerra abierta entre los conquistadores, y a la postre Ovando
hubo de ceder y volver a imponerlas. ¿Cómo van a mantenerse las
propiedades si no se puede hacer trabajar a los indios en ellas? Otra cosa es
que no se les maltrate, pero de ahí a suprimirlas va un mar por medio —
respondió don Alfonso Enríquez, a quien su tocayo, el de Solís, como veedor
del rey no pudo dejar de replicar de inmediato.
—Alto ahí, don Alfonso. Lo que los encomenderos pretenden es que los
indios sean propiedades suyas y eso es lo que la Corona prohíbe con toda
claridad. Cosa bien diferente es lo que por orden del rey impuso a la postre
Ovando. Los indios han de ser tutelados, considerando su libertad y
otorgándoles la remuneración debida. Al igual que de esa retribución es de la
que han de pagar los indígenas a la Corona como tributos.
Aquella salida del contador del rey le abrió definitivamente los ojos a
Álvar. Allí cada cual iba a lo suyo y Solís, claro, a los tributos. El sistema de
encomiendas, por muchos abusos que se cometieran y por mucho que la
Corona amonestara y hasta castigara a los que cometían los mayores excesos,
en realidad estaba destinado a que a través de ellas se pagaran los impuestos reales. No iban a conseguir los dominicos, que eran los más empecinados en
el intento, suprimirlas.
No lo expresó en voz alta, pues no quería avivar el fuego. Pero Solís no
estaba dispuesto tampoco a dejar a Álvar exento de su réplica.
—Quizá, don Álvar, vos simpaticéis con Las Casas. No obstante, ya os
digo que antes que fraile fue encomendero y que fue tanto aquí como luego en
Cuba uno de los más adelantados en establecerlas y, si no me han mentido
quienes no tienen por qué hacerlo, de algunas matanzas de indios no estuvo
precisamente lejos, sino que las tocó bien de cerca.
—Ese pasado de fray Bartolomé es bien conocido, don Alfonso, pero
quizá por tanta maldad como ha visto y contemplado es por lo que ahora
predica en contra de ello. —Ya no se calló Cabeza de Vaca, pero atemperó
raudo. No quería problemas con sus compañeros—. Aunque os acepto que el
dominico incurre en exageraciones que no son aceptables y sí muy dañinas
para el prestigio del reino.
La coletilla apaciguó la cosa. Eran amigos todos, de buen linaje y más
dados a la contención que a la disputa, así que callaron dando un sorbo y
luego pasaron a hablar de la catedral y la hermosura de su piedra. Además,
todos suscribían en su corazón y en su fe algo en lo que no se permitían duda
alguna. Las tierras aquellas habían sido entregadas a los reyes de España por
decisión y derecho divino, y como bien había establecido el papa Alejandro
VI los monarcas habían quedado investidos del poder temporal y espiritual
sobre el territorio descubierto, siempre y cuando su fundamental misión fuera
evangelizarlos a los indígenas y convertirlos a todos en creyentes en el Dios
verdadero.
Caía la tarde. Cada vez resultaba más preocupante que no hubiera aún
noticias de embarcar los bastimentos necesarios y proseguir el viaje.
Al fin el encuentro con el obispo tuvo fecha. No obstante, fue de nuevo el
asunto de las encomiendas y los indios el que protagonizó la cena y la velada,
aunque de lo que quería Narváez hablar era de caballos y vituallas.
Don Sebastián Ramírez de Fuenleal envió invitación para Narváez y
Álvar de acudir a su residencia y allí se allegaron puntuales y esperanzados.
La cena fue larga, aunque frugal, amable pero sin solución alguna. Al
despedirse ambos todo seguía más o menos igual, excepto alguna promesa no
del todo concreta, si bien con mayor disgusto de Narváez que de Cabeza de
Vaca, quien se llevó del obispo gobernador una tan grata sorpresa por sus
observaciones y prudentes consejos que en más de una ocasión hubo de hacer
esfuerzo para no expresar su plena conformidad con ellos no fuera aquello a disgustar a su jefe. A este, sin embargo, le pareció que el clérigo había
antepuesto esa condición suya a la de gobernador y que en vez de darles
respuesta a sus problemas lo que les había echado fueron sermones.
—Con eso —dijo Narváez bufando al marcharse—, ni se avituallan
escuadras, ni se embarca, ni se conquista, ni se puebla.
Don Sebastián no había ahorrado críticas a muchos comportamientos y
había advertido sobre los que habrían de corregirse en el futuro, sin dejar de
mencionar tampoco hechos acaecidos en Cuba que afectaban a su propio
invitado, aunque evitó hacerlo personalmente. Por tanto, Narváez se vio
obligado a contenerse en algunas ocasiones cuando el tiro del obispo le
pasaba rozando.
Para no caer en la descortesía y evitar el sofoco del otro, había procurado
centrarse sobre todo en lo ocurrido en La Española con los Colón y también
con Ovando, porque tampoco su colega de oficio, ambos eran sacerdotes,
salió limpio de polvo y paja del asunto. Que no cayeran en sus yerros era lo
que les señalaba el obispo, en todo momento intentando evitar el tono
imperativo, hablando como quien ofrece un consejo. Al observar la
receptividad de Álvar, parecía dirigir más a él sus palabras que a su superior
en la armada.
Quedó patente el distanciamiento del actual gobernador con los Colón, a
quienes apenas había mencionado sino de pasada, aunque, sabedor de que
Narváez y Velázquez habían sido protegidos del último virrey, se guardó de
cualquier crítica directa. Sí que las hizo de soslayo, muy frailunamente,
enalteciendo de continuo la figura de Nicolás de Ovando como quien en
verdad logró pacificar la isla por completo, tras las rebeliones que habían
estallado contra los abusos de los encomenderos y la dejadez en el sentido de
hacer cumplir con las leyes de Colón y sus hermanos.
—Él fue quien impulsó en verdad la colonia hasta que se pudo hablar ya
de cultivos, de ingenios de caña, de minería y de administración. Cierto que
hubo en ocasiones de aplicar mano dura, pero el gobierno de Ovando
desarrolló La Española, y yo me propongo avanzar por lo que fueron sus
pasos. El problema no es tanto el de la disputa por las encomiendas —había
sentenciado cuando el asunto una vez más salió con los postres de la cena
sobre la mesa—. No hay repartimientos que valgan porque, en realidad, cada
vez quedan menos indígenas con que hacerlos. Mi antecesor, el virrey don
Diego, quien sustituyó a Ovando, hizo ya lo último que podía hacerse, y lo
cierto es que la población nativa ha disminuido tanto que ya quizá no sean
muchos más que los españoles. Las enfermedades han quebrado sus poblaciones de tal forma que pareciera que fueran a desaparecer de la faz de
la tierra.
El último repartimiento de Diego de Colón había sido ya la puntilla y
además motivo de gran riña. Este quería premiar ante todo a sus allegados, los
conquistadores veteranos y los hidalgos, dejando aparte a quienes habían
arribado después ya como colonos, gentes de oficios, o al servicio de la
administración y la Corona. Los dominicos, cada vez más en contra de la
encomienda, le fueron más hostiles, y los ligados a la administración real
formaron una facción realista que le entorpecía toda acción. Aun así, el hijo
del Almirante prosiguió en su quimera y levantó una corte suntuosa en su
palacio que quería rivalizar con la propia corte española. Las peticiones de
relevo fueron ya continuas y lograron en 1515 un primer juicio de residencia a
sus oficiales y su retorno a España, pero ganó los juicios y regresó de nuevo
como virrey aunque con mermadas competencias.
A la rebelión que hubo de hacer frente entonces el hijo mayor del
Almirante no fue ninguna de indios, sino de esclavos negros cimarrones. Su
traída a la isla la había iniciado su admirado Ovando y a su esclavitud, al ser
negros, los frailes no parecían poner impedimento alguno. Ni siquiera los
dominicos de fray Bartolomé. Diego Colón consiguió meterlos en cintura,
aunque no a todos, pues muchos huyeron a partes impenetrables y nada
pobladas de la isla, unos pantanales que llamaban los Haitises. Además, el
problema lo tenía en su propia casa, con las ínfulas de la virreina y en la que
había de gobernar. La oposición contra él fue cada vez mayor y más
influyente ante el rey Carlos, por lo que el soberano acabó finalmente por
cortar por lo sano y esta vez sin remedio ordenó su regreso a España.
Concluida la velada, Narváez y Cabeza de Vaca volvieron a sus
aposentos. El segundo, callado, y el primero, rezongando. Mucho sermón
sobre el tratar bien a los indios, pero ni un solo compromiso para que la
escuadra pudiera partir en breve. Todo lo más que obtuvo Pánfilo de Narváez
fueron palabras de aliento y leves promesas de que interesaría a quienes
debían suministrar los pedidos para que lo hiciesen cuanto antes. Iban ya
camino de las cuatro semanas las que llevaban allí anclados.