Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 15 de 35

Páginas del PDF

Cabeza de Vaca

Capítulo 3

3

 

Los flecheros de la floresta inundada

 

Cuantos indios vimos desde la Florida aquí, todos son flecheros: y como todos son tan crecidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parecen gigantes. Es gente a maravilla bien dispuesta, muy enjutos y de muy grandes fuerzas y ligereza. Los arcos que usan son gruesos como el brazo, de once o doce palmos, que flechan a doscientos pasos con gran tiento, que ninguna cosa yerran.

 

CABEZA DE VACA, Naufragios

 

Era una tierra hermosa, pero hostil y despiadada. La propia tierra, la tierra

misma hacía la guerra a los conquistadores. Y al igual que ella, sus hijos, aún

con mayor saña, la hacían a quienes la invadían. Aquellos flecheros desnudos,

altos, sombras entre los árboles, serpientes de sus lagunas que clavaban los

colmillos de sus dardos traspasando incluso las corazas o buscando cualquier

punto desprotegido. Era una tierra hermosa, pero pareciera querer matar a

todos los que habían osado profanarla.

Hasta llegar a Apalache habían venido sin encontrar montañas apreciables

a su paso. Todo aquel territorio era llano, con suelo de arena en muchos casos,

poblado de grandes árboles, que en ocasiones les recordaban a los que ellos

conocían y en otros casos les resultaban extraños; unos parecían nogales y

laureles, y otros pinos, cedros, robles y encinas, pero había muchos a los que

no encontraban parangón alguno, aunque sí a los numerosos palmitos que

crecían por doquier y que a veces les servían de alimento.

Con todo, lo que definía aquella tierra eran las lagunas, los pantanos, los

aguazales, más pequeños o más grandes, algunos someros, otros de gran

hondura y peligro, aunque siempre presentes, siempre dominando el paisaje.

Hasta Apalache habían procurado evitarlas y no les había resultado

demasiado difícil, pues no eran excesivamente grandes, pero una vez llegados

allí en aquel entorno ya las unas se unían casi a las siguientes, y todo el

espacio era un aguazal inmenso y continuo[20] donde los peligros acechaban

entre las aguas, escondidos entre las plantas que en ellas crecían u ocultos tras

la multitud de árboles caídos, de troncos flotando o varados. Serpientes y

grandes lagartos de cuerpo acorazado y mandíbulas llenas de afilados dientes se escurrían y acechaban su avance. También aves, innumerables aves, que se

levantaban a su paso, de todos los colores y gritos, unas con maravillosos

plumajes multicolores, otras de blancura inmaculada. Los pájaros fascinaban

a Cabeza de Vaca y no podía dejar de admirarlos. Había ánsares y patos de

distintos tamaños y colores, grandes garzas y también pequeñas garcillas

blancas, flamencos rosados, avocetas, correlimos, agachadizas y toda suerte

de avecillas similares a las de las marismas de su Andalucía. Arriba en lo alto,

sobrevolándolo todo, poderosas y raudas aves rapaces atentas a cualquier

descuido u oportunidad para abalanzarse sobre una presa.

Algunos animales de tierra le asombraron y no solo aquellos que podían

resultar peligrosos, pues había leones sin melena y algunos osos; también

admiró los esquivos venados, que bien les hubiera servido el lograr cazar

algunos, pero que se escondían prestamente y huían, además de otros que

jamás había visto parecidos en toda su vida. Le fascinó uno de ellos que

observó con atención, pues no era muy grande, pero tenía una particularidad

que le dejó perplejo. Cuidaba tan bien de sus crías que si había peligro las

recogía en una bolsa que tenía en la barriga y donde las guardaba antes de

salir huyendo[21].

Álvar empapaba sus ojos en toda la belleza de aquella tierra, pero, al

tiempo, la sentía latir bajo sus pies y era un latido de ira y de rechazo.

Pareciera querer rodearlos, enredarse en sus tobillos, cercarlos con sus aguas,

dispuesta a acabar con ellos y sumergirles para siempre en lo más hondo de

sus lagunas. Porque ahora los españoles se retiraban, intentaban huir de ella y

escapar de aquel abrazo angustioso con que parecía querer ahogarles, sin

darles tregua ni reposo. No se la daba ni la tierra, ni sus aguas, ni sus plantas,

ni sus gentes. Todos los acechaban y querían matarlos.

La venida hasta ella había sido, sufriendo ahora en su vuelta, bastante más

fácil y llevadera. Lograron bordear aquellos pantanos, pero ahora estos los

tenían atrapados al intentar regresar a la costa y salir vivos de aquella floresta.

Porque tras un mes en aquella tierra, desde el día siguiente al de San Juan,

en el que entraron en Apalache, lo que ahora hacían era huir como fuera para

intentar salvar la vida.

Aquel primer día, Narváez le había ordenado entrar al pueblo con nueve

de a caballo y cincuenta peones. No encontraron resistencia, no había

empalizadas ni muros, sino casas de paja y en ellas tan solo mujeres, ancianos

y niños. Los hombres se habían refugiado en la selva colindante, pero no

tardaron en aparecer en son de guerra y comenzaron a volar las flechas. Aunque pudieron matar al caballo del veedor, una carga, algunos disparos de

arcabuz y las cortantes espadas los hicieron huir y esconderse de nuevo.

El pueblo quedó para los castellanos, pero no había allí riquezas, ni oro ni

palacios. Lo único que les satisfizo fue que al menos encontraron maíz en

abundancia. Mucho que tenían ya seco y guardado y otro para cogerse en los

campos. Arramblaron con todo el que pudieron, así como con alguna carne de

venado, y hallaron también muchos cueros de estos animales curtidos y

algunas prendas de hilo que usaban las mujeres para cubrirse un poco, aunque

tanto los varones como las hembras iban casi por entero desnudos. Ese fue

todo el botín que consiguieron.

A nadie pudo ocultársele que Apalache no era más que un pueblo y no la

gran ciudad que Narváez intentaba encontrar. Nada había allí para aplacar las

codicias ni para hacerse merecedor de fama. Cuarenta casas de paja, eso sí,

bien construidas y al resguardo para protegerse de los vendavales, y todo ello

rodeado de aquel espeso bosque, aquella gran selva que por doquier lo

cercaba sembrada de piélagos de agua, árboles caídos y jungla enmarañada

donde aventurarse suponía ponerse en grave peligro.

Los indios tampoco estaban dispuestos a entregarles el pueblo y aún

menos a su gente. Al poco de retirarse volvieron, ahora en son de paz, y

lograron hacerse comprender; querían que les devolvieran a las mujeres y los

niños. Lo hicieron, pero Narváez tomó prisionero a quien le pareció que era

su cacique, cosa que los airó sobremanera. Tras marcharse, para poner a todos

los suyos a cubierto, regresaron furiosos y disparando todas las flechas que

podían y usando también el fuego, poniendo estopas encendidas en sus dardos

para prender sus propias casas y expulsar a los castellanos de ellas dejándolos

sin su refugio. Una nueva embestida contra ellos de las tropas, peones y a

caballo, los volvió a hacer huir y acogerse a la selva y las lagunas, donde no

pudieron perseguirlos ni los que iban a pie ni los montados.

Desde aquel día, los indios ya no les dejaron de hacer la guerra con

continuas emboscadas, ataques desde uno y otro lugar, nunca presentando

batalla sino haciéndolo furtivamente, flechando y huyendo. A poco, además,

se vieron respaldados por los de otra población vecina a quienes llamaron en

su ayuda y lanzaron ataques conjuntos desde el otro costado del poblado. Eran

muy hábiles hurtándose y conseguían hacerles más heridas que los castellanos

a ellos, pues de aquellas escaramuzas tan solo lograron matar a un par de los

atacantes indígenas.

Álvar se fijó en uno de los muertos. Era todavía joven, de buena estatura,

muy fibroso y bien formado, pero lo que más le asombró fue que tenía la piel entera, desnuda excepto por un taparrabos, cubierta de tatuajes, en la cara, en

los brazos, piernas, hombros, pecho y espalda. Casi no había un espacio de su

cuerpo que no estuviera cubierto por aquellas libreas y figuras en espirales

que se adaptaban a los pómulos o al contorno de la musculatura. Llevaba un

penacho de plumas muy vistosas y le habían visto dirigir y arengar a sus

tropas en el asalto. Lo alcanzó un tiro de arcabuz y se desplomó mientras los

suyos salían huyendo ante el estruendo y al verlo caer muerto y sangrando,

sin entender qué era lo que le había matado que no era dardo ni arma alguna

que ellos conocieran. Cabeza de Vaca comprendió que aquel hombre debía de

ser uno de sus jefes y todos aquellos tatuajes, el símbolo de su poderío y

rango.

Pánfilo de Narváez aguantó en Apalache veinticinco días. Ordenó hacer

entradas desde allí a diferentes puntos ascendiendo por las montañas, pero al

fin hubo de convencerse de que el lugar donde había llegado no tenía más que

ofrecerle y que más lejos aún había menos. Era una tierra muy pobre,

despoblada de gentes; todas las aldeas que hallaron más allá de Apalache eran

a cual más pequeña y mísera que la anterior. Tanto el cacique que tenían

preso como los indios que les habían acompañado, y que eran enemigos de él,

le dijeron una vez tras otra que Apalache era el lugar más grande y más rico y

que más adelante todo era aún más pobre y con los pobladores repartidos y

que no había apenas asentamientos.

Lo más que logró sacarles fue que en dirección al sur, aunque por ruta

diferente a la que habían seguido al venir y metiéndose ya por los piélagos,

había otro poblado, llamado Aute, que sí era ya más grande y que tenía

mucho maíz. Le dijeron que además tenía muchos frijoles y calabazas y que

al estar ya muy cerca del mar también tenían pescados. El cacique les decía

eso para que se marcharan cuanto antes, y los indios guías y enemigos suyos

decían lo mismo, pues también ellos querían escapar de Apalache.

Pánfilo se resignó al fin a su fracaso. El oro ya no importaba, se trataba de

salir vivos de allí.

Los españoles también querían partir a toda prisa y retornar hacia la costa,

por ver de encontrar de nuevo sus navíos. Ahora era la comida, y ya no el oro,

del que no había rastro alguno, lo que ansiaban. En aquel mes casi completo

habían acabado con los alimentos que el poblado tenía y ya se habían comido

o apropiado y embolsado todo el maíz que quedaba. Los indios no dejaban de

hostigarles y no podían responder siquiera a los ataques, cada vez más

constantes y mortíferos, con continuas emboscadas, metidos en las lagunas y

casi sin que pudieran verles y causando día tras día más heridos, hasta matar a un indio cristianado de Tezcuco que fray Juan había traído de la Nueva

España con él. Al fraile los bríos de evangelizar a aquellos indios se le

enfriaron mucho con aquello. Sin querer acordarse de las tonantes palabras

pronunciadas contra Cabeza de Vaca que profirió en la costa cuando arengaba

a los capitanes a que cumplieran la voluntad y designios de la divina

providencia o interpretando que estos habían cambiado, fue el primero en

dirigirse a Narváez para recomendar la retirada.

El gobernador, desolado y lleno de amargura, cedió al fin comprendiendo

que allí no había nada que pudiera merecer continuar adelante y que lo único

que se podía hacer era intentar regresar al mar y reencontrar los barcos,

aunque ya muchos murmuraban que no los hallarían, como Álvar había

profetizado, y otros hasta dudaban que pudieran siquiera retornar vivos a la

costa. Aunque confiaban aún en sus fuerzas, pues eran muchos hombres y

bien armados los que iban juntos.

El primer día de marcha ya advirtieron que el camino, vadeando de

continuo lagunas, iba a resultar penoso, pero no sufrieron ataques si se excluía

la insufrible plaga de mosquitos y todo tipo de insectos y bichos que hacían

de la marcha un infierno. Al menos los flecheros no les ofendieron.

La mínima tregua duró tan solo hasta el segundo día. Entonces, perfectos

conocedores de su tierra y de los lugares por donde habían de pasar con

mayor fatiga y peligro los invasores, los nativos les emboscaron y les

causaron un gran daño.

Habían tropezado con una laguna que se fue haciendo cada vez de más

difícil paso y más profunda, con un agua que les llegaba al pecho, cuando el

ataque les sobrevino de todos los lados. Los flecheros[22], escondidos tras los

árboles, camuflados entre los arbustos y palmitos, lanzaban una lluvia de

flechas e incluso se atrevieron al ataque cuerpo a cuerpo, pero procurando

evitar las espadas de los castellanos y concentrándose en los guías indios.

Aunque tuvieron algunas bajas, lograron su objetivo. Mataron a unos y a otros

se los llevaron cautivos, consiguiendo dejarles sin ninguno de ellos.

Después centraron su embestida en los cristianos y lograron herir a

muchos hombres y caballos antes de que estos consiguieran salir de la laguna.

Una vez fuera del agua, pudieron defenderse mejor, y los pocos arcabuceros

que llevaban incluso realizaron algunas descargas, ya que les resultaba muy

difícil hacerlo chapoteando en el agua. Los escopeteros sabían su trabajo y en

cuanto pudieron hallar un lugar mínimamente propicio ejecutaron su labor

con rapidez y tino, aunque llevaba su tiempo.

Cada cual, tras clavar en la tierra la horquilla de apoyarlo, había de cargar

por la boca su arcabuz de pólvora, después introducir la bola de plomo,

taparlo y atacarlo con la baqueta. Con todo, aún no estaba listo. Había que

tener candela en la mecha y cebar con los dedos y una pizca de yesca el punto

de fuego. Para hacerlo, y más rápido, el más diestro y templado en el oficio

sacaba yesca seca de la faltriquera, hacía brotar la chispa con el hierro y el

pedernal hasta prenderla y con su llama, tras encender la propia, iba dando

fuego a las mechas de todos, cada uno al siguiente, hasta que la fila al

completo las tenía ya encendidas. La cuerda, larga y que podía aguantar

mucho tiempo y más viva cuanto más aire, solían sujetarla con los dientes.

Cuando ya estaba todo listo se apoyaba el arcabuz en la horquilla, se apretaba

al hombro, se apuntaba al indio que estaba al descubierto o que se creía a

salvo detrás de un matojo y se arrimaba la mecha al cebo. El tirascazo era tan

potente que si detrás de uno había otro se llevaba por delante a los dos. Si se

les acertaba, claro[23]. Que solían hacerlo, y varios flecheros quedaron

flotando en las aguas y otros, malheridos, tuvieron que ser recogidos y

arrastrados por los suyos. Los estampidos y el olor acre de la pólvora también

contaron. Los flecheros retrocedieron y se ocultaron. Los castellanos lograron

contener la acometida, a lo que contribuyeron asimismo los ballesteros y

desde luego los caballos y las espadas, porque una vez que habían acabado

con los guías indios, a las espadas de los castellanos procuraban no acercarse.

—¡Pie a pie no quieren combatir estos malnacidos paganos! —oyó Álvar

gritar al pequeño de los Dorantes, que combatía hombro a hombro con su

hermano.

Lo más fuerte del ataque cesó un poco en intensidad, pero el acoso no

concluyó y los indios no dejaron de atosigarles ni un momento. Aparecían

como sombras, flechaban y como sombras huían sin que pudieran alcanzarlos

a pie, aunque Narváez ordenó un ataque para intentar despegarlos, y aún

menos a caballo por entre aquellas aguas; con tantos troncos y obstáculos que

había en ellas las caballerías apenas podían avanzar.

Los flecheros, además, habían ido descubriendo los puntos débiles de las

corazas y apuntaban cada vez con más precisión. Los castellanos apenas si

podían entrever a sus oponentes, desnudos, rapidísimos al moverse y que no

daban tiempo para apuntarles las ballestas ni las escopetas. Eran altos, pero a

los españoles cada vez les parecían más gigantescos y temibles. Sufrían en sus

propias carnes la fuerza de sus grandes arcos. Las flechas tenían tal potencia y

capacidad para horadar las defensas que alcanzaban sus blancos hasta a doscientos pasos de distancia y lograban taladrar incluso los troncos de los

árboles jóvenes.

Andaban desnudos, sin que ninguna ropa les embarazara, y ahora

descubrían también que de todos aquellos guerreros, que en mayor o menor

medida tenían cubierto el cuerpo de tatuajes, eran quienes lo llevaban casi al

completo lleno de rayas, espirales y todo tipo de marcas y señales, los que

mayor arrojo y valentía mostraban. Las lucían en el torso, los brazos, las

piernas y todavía más si cabe en el rostro. Su astucia, agilidad, destreza y

rapidez infundían pavor mientras ellos se movían como fantasmas entre las

lagunas, los árboles y la floresta.

Lograron al cabo y con mucho esfuerzo desembarazarse un tanto de la

indiada, más que nada porque pareció que se les habían acabado las flechas.

Justo a tiempo, ya que también los arcabuceros, por su parte, tenían cada vez

mayores problemas porque en medio de los aguazales mantener la pólvora y

la yesca en seco resultaba muy difícil. Los ballesteros sí que sembraron cierto

miedo entre los atacantes, que, con prudencia, se guardaban de ellos.

A lo largo de aquella jornada los castellanos también fueron aprendiendo

algunas formas y trucos para defenderse y hasta en una ocasión lograron

prevenir un ataque. Cabeza de Vaca y Castillo, que iban en vanguardia, vieron

rastro de enemigos delante y tras avisar a Narváez, que cubría la retaguardia,

permanecieron atentos. De ese modo descubrieron y deshicieron la

emboscada e incluso, llegados a una zona seca y llana, con los caballos

pudieron dar alcance a una tropilla de ellos y matar a varios, aunque también

los castellanos sufrieron heridas, el propio Álvar y dos montados más, pero no

fueron daños graves ni tenían ponzoña.

Ocho días duró aquel continuo hostigamiento y al noveno, cuando al fin

tuvieron Aute a la vista, porque vieron subir hacia el cielo mucha humareda,

los que les acosaban les atacaron con mucha mayor fiereza y violencia. Les

entraron ya desde muy cerca y produjeron bastantes heridos. Mataron a un

hidalgo de nombre Avellaneda, que era de los más bravos, a quien alcanzó

una flecha que rozó el canto superior de la coraza y le atravesó el pescuezo.

Con un último apretón los castellanos consiguieron llegar a Aute, aunque

comprobaron que la gran humareda que subía por encima de los bosques la

habían provocado los indios incendiando sus propias casas y todo lo que

pudiera servirles a los otros de comida, incluidos los maizales sin cosechar,

así como los sembrados de calabazas y frijoles. Algo sí encontraron sin

socarrarse que les aprovechó para comer y sostenerse un par de días. Al

menos en aquella zona pudieron acampar con un espacio suficiente libre de boscaje a su alrededor que evitaba el ataque de los flecheros, que para poder

alcanzarlos estaban obligados a ponerse al descubierto.

Los indios guías, antes de que los capturaran o mataran, les habían dicho

que el mar se hallaba muy próximo a aquel poblado. Narváez, una vez más,

envió a Álvar por delante y en esta ocasión este partió con sus dos capitanes

amigos, Castillo y Andrés Dorantes, que siempre procuraban acompañarle, y

con el fraile, que ahora era quien más ganas tenía de salir de aquello.

Encontraron un ancón de entrada al mar y se alegraron mucho. Más aún

cuando comprobaron que las aguas someras estaban llenas de ostiones con los

que los hombres disfrutaron mucho comiéndoselos y gustando de su carne

tras tantos días alimentándose tan solo de maíz.

Álvar regresó al incendiado Aute, dio las nuevas a Narváez y al día

siguiente volvió a salir en descubierta con otra veintena de hombres para ver

si aquella entrada al mar era buena y hallaban pronto la costa. Sin embargo, se

encontró con que era una bahía muy extensa y de aguas muy someras y no

consiguió llegar a las olas. A la vuelta halló al gobernador enfermo, al igual

que a bastantes hombres de las tropas. Aun con ello, Pánfilo decidió que había

que salir de Aute. Había caballos suficientes para llevar a los enfermos y

lograron avanzar algo más en dirección a la costa. Encontraron un lugar

propicio y despejado para acampar aquella noche, a medio camino entre el

pueblo indio y el ancón de entrada a la bahía.

Había gran desazón entre todos y muy turbios ánimos. Nadie sabía qué

camino iba a tomar el gobernador, pues nada decía de ello y en realidad

ninguno había. Al llegar al mar, y sin navíos, estarían atrapados. El malestar

cundía al tiempo que se agrandaba la angustia de encontrarse perdidos y

acorralados por los indios. O morían de hambre o perecerían ensartados por

sus flechas.

Castillo y Dorantes avisaron a Álvar de que entre los de a caballo se

extendía cada vez más el descontento. Como disponían de montura había

bastantes que estaban rumiando la posibilidad de abandonar a Narváez, partir

solos y buscar su propia salvación. En cuanto lo supo, Cabeza de Vaca

marchó hacia ellos. Se plantó en medio de los que supo más cabecillas de la

pretensión de abandonarlos, les afeó de tal forma la conducta y los avergonzó

de tal manera en su hombría, que ni siquiera se atrevieron a replicarle.

Abochornados, bajaron la cabeza y la vista al suelo ante quien durante todo el

viaje se había ganado su respeto y aprecio. Ahora todos recordaron cuál había

sido su consejo de no partir de los barcos ni meterse con tan poco juicio por

tierra sin saber dónde ir ni contar con lenguas ni apoyos. Entonces Narváez le había llegado a tachar de cobarde, aunque arteramente, ofreciéndole que se

quedara en los barcos, y él se había negado a aceptar y eligió compartir la

suerte de todos. Pese a que barruntaba lo aciaga que iba a ser dicha suerte. No

podían dejarlo abandonado. Ni a él ni a ninguno de los que habían compartido

el fuego, la poca comida, la batalla y las heridas. Eran soldados, eran

hombres, eran castellanos.

—Podéis salvaros tal vez, pero ¿con qué honra? —dijo Álvar—. ¿A

quién, como hidalgos, podréis mirar a la cara tras haber abandonado a vuestro

gobernador enfermo y a vuestros compañeros de a pie? El baldón de vuestra

cobardía y traición os acompañará de por vida si lográis conservarla. Estoy

seguro de que así no querríais vivirla, ni como caballeros ni como cristianos

ni como hombres.

Todos, sin excepción alguna, levantaron al fin los rostros y hablaron

dando la cara a Álvar.

—No será así, Álvar. Aquí nos quedaremos. Que la suerte de unos sea

también la de todos. No desampararemos ni al gobernador ni a vos ni a

ningún camarada. Lo que hayamos de padecer, vivir, penar o morir, lo

padeceremos juntos.

Se enorgulleció Álvar de ellos y los abrazó a todos, uno a uno. Fue

entonces a ver al gobernador. Le contó lo que pasaba y que había de encontrar

la manera de salir de allí. Cuanto antes, además, pues los hombres, una tercera

parte enfermos y los demás cada vez más débiles, no podrían sostenerse por

mucho más tiempo.

Se celebró consejo entre los capitanes. Álvar no hizo mención alguna ni

reproche al pasado. Ya no era tiempo de llorar sobre la leche derramada.

Decidieron que la mar ofrecía la única salida. Sin embargo, carecían de

barcos y además allí no había calado para que pudieran llegar estos a donde

ellos estaban. Entonces se propusieron construir las barcas.