Cabeza de Vaca
Capítulo 5
5
El fin de Narváez
El gobernador me respondió que ya no era tiempo de mandar unos a otros; que cada uno hiciese lo que mejor le paresciese que era para salvar la vida.
CABEZA DE VACA, Naufragios
A la bahía por la que habían salido a la mar le pusieron el nombre de los
Caballos, en homenaje a las buenas bestias que habían sido su último
sustento, amén de sus monturas en la marcha y los combates. Con las frágiles
barcas tan rudimentariamente construidas y con una peligrosa sobrecarga, se
lanzaron a las aguas buscando en ella la oportunidad de salvar la vida que ya
no tenían en la tierra. Siete días costearon por aquellos ancones procurando
mantenerse juntos, siete días en que no vieron rastro alguno ni de indios ni de
cristianos y menos todavía de aquel puerto de Pánuco que desesperadamente
trataban de localizar. Al séptimo, Álvar, cuya barca iba algo adelantada, se
dirigió a una isla que estaba cerca de la tierra, para ver de proveerse de agua y
si fuera posible comida. Observaron entonces que cinco canoas indias estaban
llegando a la orilla y se lanzaron hacia allí con toda la velocidad que pudieron
agotando sus cada vez más escasas fuerzas con los remos. Los nativos no
aguardaron su llegada, sino que tras dejar las canoas en la arena saltaron a
tierra y se perdieron corriendo entre los árboles.
Cabeza de Vaca decidió al instante tomar para sí las canoas abandonadas
pensando que muy bien le vendrían. Mientras, las otras barcas, que siguieron
costeando, divisaron las casas en donde se guarecían los indios. Abandonadas
también apresuradamente por los indígenas ante la llegada de los españoles,
hallaron un tesoro que ni por oro hubieran cambiado en aquel momento, pues
estaban llenas de pescados parecidos a las lisas, puestos a secar, y muchas
huevas de ellas. Se apoderaron de todos y pudieron comer y recuperarse un
poco de los padecimientos y hambres que soportaban. Con aquellas viandas
se mantuvieron un tiempo. Luego dejaron atrás el islote y desembarcaron en
una costa accesible, y allí desguazando las canoas, haciendo falcas de ellas y
añadiéndolas a las barcas, lograron que las bordas sobresalieran dos palmos
más sobre el agua, que como antes iban, no dejaba de entrarles dentro.
Sin embargo, aquella fue la única dicha, pues aunque continuaron
navegando siguiendo la costa, y creyendo ilusamente estar en las cercanías
del río de las Palmas y se suponía que de Pánuco, ningún rastro de ellos
hallaron y cada día lo único que crecía era la sed y el hambre. Para mayor
pesar, las botas que habían hecho con los cueros de los caballos se pudrieron
y descompusieron el agua que allí habían querido mantener.
Divisaron algunos pescadores indios que huían nada más detectarlos y
algún chamizo miserable y pobre en la distancia. Treinta días después de
partir de la bahía de los Caballos su necesidad era tanta, pues alcanzaban ya
las cinco jornadas de no poder llevarse ni una gota de agua dulce a la boca,
que, tras arribar a otra isla y no hallar en ella manantial alguno ni poza que la
contuviera, eso les puso en la tesitura de beber agua salada. Algunos hombres
lo hicieron de tal forma que cinco de ellos perecieron tras una mala agonía sin
que pudieran hacer nada para socorrerlos.
La noche anterior a aquello habían llegado a vislumbrar una canoa que se
dirigía a tierra furtivamente, por lo que decidieron que era mejor embarcarse
de nuevo, seguir su rumbo hacia tierra y ver dónde había desembarcado y
seguirla. Así lo hicieron y, al volver una punta de tierra, dieron con una zona
bien abrigada, bonancible y desventada y vieron que hacia ellos acudían
multitud de canoas indígenas. Les hacían gestos y les decían palabras y voces
que no comprendían, pero parecían invitarles a seguirles.
El gobernador decidió hacerlo y todos estuvieron de acuerdo. Al fin y al
cabo, no tenían otra opción si no querían morir de sed. Álvar se percató de
que eran gente de buena estatura y fuertes, pero que no llevaban lanzas ni
arcos. Les siguieron a tierra y fondearon sus barcas no muy lejos, si bien algo
separadas por precaución de donde ellos lo hicieron con sus canoas. Tras
dejar a un grupo en la playa, los que estaban en peor estado y algunos más
para proteger las embarcaciones, la mayoría con el gobernador al frente les
siguió hasta sus casas, delante de las cuales habían dispuesto muchos cántaros
con agua y una gran cantidad de pescado que el cacique que los mandaba le
ofreció a Narváez. Todos comenzaron a beber primero y a comer con ansia
luego. Dejaron para después, aunque sin olvidarlo, el dar gracias a Dios, a la
Virgen y a todos los santos por haberles socorrido en aquella necesidad
extrema. Quizá lo hicieron antes de tiempo, aunque nada se maliciaron, pues
el comportamiento de aquellas gentes más amistoso no podía haberlo, y no se
les veía que portaran armas de ningún tipo.
El cacique invitó al gobernador a entrar con él a su casa, que era la más
lucida de todas con excepción de otra muy grande donde los indios celebraban sus ritos y consejos. Pánfilo se hizo acompañar de unos pocos, en
tanto que Álvar y el resto quedaron fuera e hicieron trueque del maíz que
traían por más pescado. Los indios comieron gustosos de su maíz y ellos de
sus peces. Los españoles también les entregaron muchos rescates, cuentas,
vidrios, cascabeles y abalorios, y todos parecían muy contentos.
Cabeza de Vaca, en medio del jolgorio y las muchas risas y palmadas, se
dirigió a Castillo, que andaba a su lado, y le dijo:
—Gracias sean dadas a la divina providencia por habernos amparado en
este aprieto, aun así mejor será ser precavidos.
—No veo en ellos mala intención, Álvar.
—Pero lo que yo no veo, Alonso, es ni a mujeres ni a niños. Ninguno. Las
mujeres que pude vislumbrar al llegar han desaparecido. Dile a Dorantes que
se mantenga alerta.
Se fijó Castillo en lo que Cabeza de Vaca le señalaba y comprobó que era
muy cierto. Así que con discreción buscó a Dorantes y le pasó el aviso.
Cayó la tarde; el crepúsculo, como siempre sucedía en aquellas tierras,
pasó fugazmente y con serenidad dio lugar a la noche. Los castellanos, por
una vez sin hambre, ni encendieron los fuegos. El gobernador y sus
acompañantes seguían en casa del cacique. De pronto los indios que se habían
separado no hacía ni media hora amistosamente de ellos se abalanzaron, con
grandes alaridos y lanzándoles piedras, lanzas y flechas, contra los que
estaban dolientes en la playa y los que con Álvar se encontraban al lado de las
casas. Otro grupo, al unísono con los dos anteriores, lo hacía contra la
mansión del cacique donde se hallaba Narváez. A este lo alcanzaron con una
roca en la cara, y cayó conmocionado al suelo, pero los que estaban con él
repelieron el ataque e incluso por un momento tomaron preso al cacique. Pero
este se les zafó, aunque al hacerlo les dejó en las manos una magnífica capa
de pieles de castor que le cubría por entero, y se refugió entre los suyos, que
siguieron atacando cada vez con más ímpetu y en mayor número[24].
Los que guardaban a Narváez lograron llegar con él en brazos a la playa y
lo metieron en su barca. Entretanto, Álvar y Castillo, a quienes al igual que a
Dorantes y sus hombres el ataque no los había cogido del todo desprevenidos,
contenían a la indiada, que no se acercaba en demasía ante los filos de las
espadas, que probaron aquellos que osaron ponerse a los alcances del acero.
Con cincuenta hombres, Cabeza de Vaca montó una línea defensiva mientras
que el resto se acogía a las barcas; con estos se mantuvo el jerezano toda la
noche soportando las acometidas, que tres grandes les dieron, y sin cejar en su
intento a pesar de las bajas que sufrían y las tripas que desparramaban los hierros. A los castellanos les caía encima de todo y se las veían negras para
protegerse con las rodelas y escudos de la lluvia de dardos y piedras que les
lanzaban y de quienes, más osados, arremetían con mazas y cuchillos de
piedra contra ellos. En cada uno de aquellos envites los hombres de Álvar se
veían obligados a ceder terreno, un tiro de piedra en cada arremetida, y de los
cincuenta no quedaba ya ninguno que no tuviese heridas. A Cabeza de Vaca
lo alcanzaron en la cara con una piedra de las que lanzaban con hondas, pero
para su fortuna no le dio de lleno sino que algo le paró el yelmo, pues de no
ser por él lo hubiera descalabrado. Aún conmocionado, se dio cuenta,
mientras se restañaba la sangre tras lograr contener la última embestida y
hacerles retirarse, de que la lluvia de dardos disminuía.
—¡Se están quedando sin flechas! —gritó a sus hombres—. Recogedlas.
Que no las recuperen. Así no podrán hacernos tanto daño.
Dorantes se acercó a él con los capitanes Peñalosa y Téllez, que también
se habían unido y ocupado la primera línea de la refriega.
—Ya no nos queda mucho espacio para seguir retrocediendo —señaló
Téllez—. Tenemos que contraatacar o llegarán hasta las barcazas.
Todos comprendieron que estaba en lo cierto, pues si los indios las
alcanzaban y se las tomaban o hundían estarían todos perdidos.
—Les prepararemos una celada. Vosotros dos —dijo Álvar señalando a
Castillo y Dorantes—, con una docena más, id al flanco por el que no nos
vienen y queda oscuro por estar más alejado de nuestros fuegos; allí tumbaos
en el suelo y quedaos al acecho. Nosotros retrocederemos. Cuando ellos
avancen y les quedéis a las espaldas, atacadles y nosotros haremos igual para
cogerlos entre ambos grupos y así acuchillarlos desde los dos lados.
Los indios no tardaron en volver en una tercera embestida,
envalentonados por el retroceso de los barbudos, cada vez más seguros de su
victoria y con mayor griterío que nunca. Álvar, Téllez y Peñalosa y los demás
de su grupo formaron una fila adelantada y cuadro compacto tras ella. Así
aguantaron cuanto pudieron hasta que Castillo y Dorantes, con el grupo de la
emboscada, les cayeron por detrás a los indios acuchillando en silencio pero
tajando la carne desnuda, dirigiéndoles sobre todo los golpes a las partes
blandas y a las piernas. Estos, cogidos entre las dos líneas, no tardaron en
descomponerse; perdieron todo su ímpetu y huyeron dejando tras ellos una
carnicería entre muertos y heridos que los castellanos remataron sin
compasión alguna mientras gritaban insultos a los traidores.
Al amanecer, Álvar comprobó que todos los indígenas habían abandonado
el poblado y huido. En la playa habían quedado arrumbadas treinta canoas. Se apoderó de ellas y las hizo quemar para que los hombres se calentaran, pues
había entrado un norte muy frío que les estaba congelando hasta los huesos.
El relente de la amanecida hacía que les dolieran aún más las heridas.
Además, sin ellas, los indios no podrían seguirlos y acosarlos en el mar.
Porque era preciso embarcar sin tardanza, aunque el mar estaba muy feo y
bravo con aquel norte que lo encrespaba. Intentaron hacer acopio de agua,
pero no llevaban suficientes vasijas para poder guardarla y abastecer a tanta
gente. Hubieron de conformarse con transportar tan solo para unos cuantos
días, sabedores de que ese sería de nuevo el peor de sus problemas y la mayor
de sus necesidades. Aun así, no les quedaba más remedio que partir y, en
cuanto amainó un poco la tormenta, volvieron a embarcarse y siguieron
costeando en busca de aquel puerto de cristianos que cada vez más
desesperaban de encontrar, pues nadie les daba señal de presencia de
castellanos, tampoco aquellos indios traidores.
Costearon durante tres días más y el último se vieron de nuevo forzados a
buscar tierra para conseguir abastecerse de agua. Entraron por un estero y
vieron una gran canoa india a la que el gobernador, que iba adelante, llamó y
se acercó. Les pidieron agua a los indios y estos les dijeron que si les daban
vasijas se la traerían. Entonces el cristiano griego, Teodoro, aquel que había
encontrado la forma de hacer pez para embrear las barcas, dijo que él iría con
los indios. Narváez puso muchos impedimentos, pero a la postre el griego
porfió afirmando que era la única manera de que la trajeran con seguridad y
que se llevaría un negro con él, había varios que eran criados de algunos
hidalgos. Pánfilo aceptó con la condición de que los indios dejaran a dos de
los suyos como rehenes en las barcas. Así se hizo, y el griego partió con el
negro en la canoa.
A ninguno de los dos volvieron a verlos nunca. Los indios sí
reaparecieron esa misma noche y aparentemente traían el agua, pero resultó
que las vasijas estaban vacías y tampoco traían a los cristianos que se habían
llevado con ellos. Los dos indios que tenían los españoles cautivos intentaron
echarse al agua y nadar hasta los suyos, pero pudieron agarrarlos a tiempo y
no los dejaron escapar. Entonces los de la canoa, al quedar al descubierto su
treta, huyeron. En las barcas hubo mucha tristeza por la pérdida de los dos
cristianos, sobre todo de Teodoro, que era muy apreciado por todos por haber
logrado que pudieran embarcar. Los indios les habían vuelto a traicionar, y
estuvieron seguros de que estaban en connivencia con los que les habían
llevado con engaños a su poblado y luego les habían atacado, para matarlos o
tomarlos como cautivos.
—Quieren apresarnos —le dijo a Álvar un soldado de los que habían
estado en la Nueva España—, para llevarnos a los altares de sus dioses y
sacrificarnos arrancándonos el corazón con sus cuchillos. Eso hacían y esa es
la intención de estos, pues se les parecen mucho.
El que los indios querían apresarlos y sacrificarlos corrió pronto por todas
las barcas y muchos tuvieron miedo. En cada una había gente que había ido a
la expedición con Pánfilo, aquella en la que perdió el ojo en la batalla con
Cortés, y relataban a los demás los sacrificios y las pirámides manchadas de
sangre cuando los sacerdotes abrían el pecho de los prisioneros con los
puñales de obsidiana negra y les sacaban el corazón para ofrecérselo a sus
dioses.
Fondeados en la bahía, muy pocos pudieron dormir aquella noche
esperando a cada momento el asalto de los indios en la oscuridad. No sucedió
lo que temían, pero al amanecer vieron llegar multitud de canoas, y al frente
de ellas parecía haber señores suyos muy principales, a juzgar por sus
penachos y actitudes. Prudentemente se fueron retirando hacia la bocana del
estero, pues pronto observaron que tras reclamarles a los dos suyos cautivos,
aunque ellos no traían a los cristianos, comenzaban a intentar cerrar con sus
canoas la salida a mar abierto siguiendo las órdenes de sus caciques, que
llevaban abrigos de castor y también unas zamarras de cuero de color leonado
con lazos colgantes, que les envidiaban porque hacía ya mucho frío. Los
españoles echaron mano a los remos y salieron fuera seguidos por la indiada,
que no se atrevía a acercarse en demasía. Hasta el mediodía porfiaron los
unos en exigir la devolución de los cristianos y los indios de los suyos;
furiosos los nativos por no lograr su propósito de cercarlos, comenzaron a
tirarles con las hondas y algunas varas. No obstante, no hubo demasiado
peligro, pues entre todos apenas si tres o cuatro llevaban arcos. Finalmente
entró buen viento y, viendo la imposibilidad de conseguir recuperar a
Teodoro ni al negro, los españoles optaron por seguir y tornaron a costear.
Álvar, al que en esta ocasión tocó ir por delante con su gente, a la hora de
vísperas, tras doblar un pequeño cabo, descubrió al otro lado una punta de
tierra y tras ella la desembocadura de un enorme río cuya grandiosidad dejó
asombrados a todos[25]. Cabeza de Vaca se dirigió a la punta de tierra y a una
isleta que allí había para esperar a las otras barcas. Sin embargo, el
gobernador, que desde la pedrada en el poblado indio había caído en una
mayor y casi total postración de ánimo, ni quiso seguirle allí, sino que se
metió en una bahía cercana donde también había muchas isletas y a la que los
demás, incluido Álvar, hubieron de acudir.
La alegría de todos era que aquel poderoso río metía su agua dulce en el
mar y se podía coger de ella cuanta se quisiera sin necesidad de bajar a tierra.
No solo aliviaron su sed, sino que por una vez pudieron darse un hartazgo de
ella; por otra parte, algunos aprovecharon la coyuntura, aunque hiciera frío,
para lavarse y quitarse el salitre que les escocía la piel.
La necesidad de agua estaba cubierta, pero no hallaron leña para poder
encender los fuegos en condiciones; entonces Álvar acordó el ir, atravesando
la desembocadura del río, hacia el otro lado y procurar traerla de unos
bosques que allí se divisaban, si bien no contó con la tremenda corriente que
aquel agua traía. La otra orilla estaba como a una legua, pero no pudieron
llegar ni con toda la fuerza que pusieron a los remos. La corriente no solo se
lo impedía, sino que los iba empujando hacia el mar abierto. Cuando además
se levantó norte, que venía desde tierra, ya fue imposible resistir aquella
fuerza y se vieron sacados fuera y cada vez más lejos de la orilla. Sondaron, y
ni siquiera con treinta brazas que llevaban lograron hacer fondo. Se hizo de
noche y no les quedó otro remedio que esperar al alba para saber dónde se
hallaban. Al amanecer descubrieron que se habían alejado bastante y les costó
dos días, tras lograr hurtarse de la corriente, volver cerca de la costa. Entonces
vieron muchos humos y se previnieron de lo que podía aguardarles allí,
separados encima de las otras barcas.
Al atardecer ya estaban a solo tres brazas de profundidad, pero el miedo
les impidió seguir hacia la costa, por lo que aguardaron de nuevo la luz y ver
si divisaban alguna de las otras embarcaciones. No había ninguna en el
horizonte. Tras volver a salir al mar abierto y al cabo de dos días, cuando ya
daban a todos los demás por perdidos, detectaron dos de las barcas, que iban
cercanas la una de la otra. Se llegaron a la que iba más atrás, y en ella viajaba
el gobernador, a quien Álvar vio hosco y malencarado con él, y le preguntó,
con no muy buenos modos y gesto de hombre ya muy desalentado, qué creía
que debían hacer. Cabeza de Vaca le señaló la necesidad de juntarse los tres y
buscar a las otras dos barcas. Narváez respondió que no, que la barca que iba
delante iba muy metida en el mar y él quería volverse a tierra, e instó a Álvar
a seguirlo.
—Tomad los remos y haced uso de ellos. Si trabajan tus hombres y ponen
fuerza en los brazos podrán tomar tierra con nosotros.
Insistió Álvar en que se juntaran todos, pero Narváez no le quiso oír. Vio
además Álvar que el gobernador ya solo se fiaba de aquel capitán llamado
Pantoja, al que había nombrado su segundo y cuyos consejos seguía sin
objetarles nada, habiendo despojado de tal rango al contador Alfonso Enríquez, a quien le correspondía ese puesto. El tal Pantoja intervino entonces
para cortar la polémica y hacerse valer con mucha brusquedad y mal tono.
—Señor gobernador, si hoy no tomamos tierra, no lo haremos en seis días
después. Presto hay que hacerlo o no tendremos más oportunidad. Que don
Álvar haga lo que le plazca, pero nosotros nos vamos a tierra.
Viendo Cabeza de Vaca tal voluntad cogió su remo y con él todos los
demás, y comenzaron a bogar tras la barca de Narváez. Lograron mantenerse
cerca de ella hasta casi ponerse el sol, pero la barca del gobernador llevaba la
gente más recia y los iba dejando atrás. A gritos, Álvar les pidió que les
echaran un cabo para ayudarles. Pantoja se negó a hacerlo con los peores
modos.
—Ya tendremos nosotros gran esfuerzo que hacer para poder llegar solos
a tierra. Hacedlo vos también —le gritó por su parte Narváez, confirmando a
su segundo.
—Entonces, don Pánfilo, como lo más probable es que no os podamos
seguir, tened a bien decirme qué es lo que me mandáis hacer —replicó Álvar
—. Vos habéis de dar las órdenes.
Narváez se enfureció.
—Siempre las habéis cuestionado y ahora las pedís. Ya no es tiempo de
órdenes, señor Cabeza de Vaca, ni de mandar unos a otros. Es tiempo de que
cada cual haga lo mejor que le parezca para salvarse él.
Entendió Álvar que aquel hombre ya no era capitán de nada, ni capaz de
liderar ni gobernar tropa alguna, y comprendido esto, con gran pesar y con no
poco desprecio e ira se separó de él y de Pantoja. Entretanto, este aseguraba a
los que navegaban con él que si arribaban a tierra estarían ya muy cerca de
Pánuco, aquel Pánuco de que había comenzado a hablar el piloto Miruelo y
que todos decían saber dónde estaba y ninguno sabía en realidad llegar a él.
Aquella fue la última vez que Álvar vio al gobernador.
Liberado ya de su autoridad, el jerezano decidió seguir su propio dictado y
razón. Salió de nuevo hacia el mar, y divisó la otra barca y ellos también lo
vieron a él. Le esperaron y resultaron ser los capitanes Téllez y Peñalosa, a
quienes expuso la situación. Decidieron seguir juntos e intentar dar también si
era posible con la otra barca que faltaba.
No les quedaba apenas comida y cada día solo tocaban a un puñado de
maíz crudo por hombre, pero así navegaron cuatro jornadas más hasta que en
la noche del cuarto día les alcanzó la tormenta fatal. Fue tal su fuerza y
estaban tan dentro del mar, que primero los separó. Luego, ya perdido Álvar
de Téllez y Peñalosa, el hidalgo jerezano solo pudo intentar que su propia barca no se hundiera, pues eran tales los golpes de mar que náufragos y
ahogados se vieron cien veces. Además, su debilidad por la falta de comida
era ya tal y el frío tan fuerte que aún les minaban más; al día siguiente, la
mayoría de los hombres estaban caídos los unos sobre los otros y solo cinco
se mantenían en pie. Llegada la noche ya solo quedaban el maestre que iba al
timón y él. A las dos horas, el timonel también sucumbió y le pidió que lo
tomara él. Aguantó Álvar el leme durante toda aquella terrible oscuridad, con
el ruido ensordecedor de las olas y la tempestad hasta ya la media noche, en
que las fuerzas le abandonaron incluso a él.
Se acercó entonces al maestre, creyéndole tal vez ya muerto, para caer a
su lado y morir con él, pues en aquel momento era ya casi su voluntad que la
muerte lo tomara de una vez y acabara con su sufrimiento. Solo por su fe de
cristiano se mantenía vivo y no se arrojaba al mar, pero ni siquiera en esas
circunstancias dejó de confiar en Dios.
Sin embargo, resultó que el maestre no había fallecido, sino que le dijo
que con el reposo se hallaba mejor y que él tomaría el timón. Que le parecía
incluso que la tempestad amainaba un poco. Álvar se echó a reposar, aunque
le resultó imposible conciliar el sueño. Se mantuvo en vela hasta el alba,
cuando comenzó a parecerle, al oír el tumbo del mar, que la costa estaba
cercana.
Con ese sobresalto se incorporó y llamó al maestre.
—El ruido del mar parece indicar que la costa es baja y no está lejana.
Oídlo.
—Eso mismo llevo un rato barruntándome yo, don Álvar. Tal vez no haya
llegado todavía nuestra hora de morir.
Tentaron el fondo y hallaron que tenían debajo seis brazas de
profundidad. Decidieron permanecer en la mar hasta que acabara de amanecer
para ver algo mejor dónde llegar. Ya de buenas luces, Álvar tomó un remo y
con el maestre al leme comenzó a bogar intentando poner la barca popa al
mar para que este los fuera aproximando a la orilla.
Al llegar cerca de la tierra, una ola los tomó y arrojó la barca fuera del
agua de un golpe, algo que los marineros llamaban un juego de herradura. Al
golpetazo casi toda la gente que parecía estar como muerta tornó en sí y
comenzó a rebullir. Cuando ya se vieron varados en la arena empezaron a
descolgarse casi a gatas y como animales de cuatro patas, arrastrándose,
consiguieron llegar a seco.
Álvar entonces se arrepintió de su desesperación y de haberle pedido la
muerte a Dios y le agradeció haber sido salvado por él. Hicieron lumbre, tostaron el maíz que les quedaba y hallaron agua de la que había llovido con
la tempestad; con el calor del fuego, la gente tornó en sí y comenzaron algo a
esforzarse. El día que llegaron era el sexto del mes de noviembre. Álvar lo
recordaría para siempre y así lo anotó en el recado de escribir que
acostumbraba llevar consigo.
Estaban vivos todos, aunque muchos parecían espectros. Se encontraban
separados de todos los demás, perdidos, sin saber siquiera a dónde dirigirse y
sin que a su vista hubiera otra cosa que el mar delante y la tierra hostil detrás.
No obstante, estaban vivos y eso era lo que tenían que intentar seguir estando
y por lo que daban gracias a Dios[26].