Cabeza de Vaca
Capítulo 17
17
El reencuentro
Castillo vio al cuello de un indio una hebilleta de talabarte de espada, y en ella cosido un clavo de herrar.
CABEZA DE VACA, Naufragios
El capitán Alonso del Castillo Maldonado, hidalgo salmantino hijo del doctor
Castillo y de su esposa, doña Aldonza, nobles pero de poca fortuna y venida a
menos, con algún extraño secreto que parecía pesarles, siempre había sido
hombre muy entero y comedido, incluso en los peores trances y hasta
soportando las mayores humillaciones y golpes de los indios cuando los
tenían cautivos, pero ahora ese hombre de temple de acero venía corriendo
desalado, desnudo excepto por el taparrabos, descalzo, pisando los charcos y
dando brincos gritando a voz en cuello: «¡Cristianos, cristianos!».
Tal era su exaltación que Álvar, Dorantes y el Negro miraron de
inmediato tras él por ver si venían a la zaga. Pero solo vieron indios que
contemplaban con asombro su carrera desaforada.
Llegado al fin donde sus compañeros y entre resuellos les mostró lo que
tenía en la mano. Era una hebilleta del talabarte de una espada y cosido a ella
un clavo de herradura de caballo.
—Los cristianos han estado aquí. Por aquí han pasado. Este indio lo
llevaba al cuello —señaló a un joven indígena que le había seguido— y me ha
dicho que lo encontró en el suelo tras haberse ellos ido.
Álvar lo interrogó. La emoción alcanzaba a todos. Después de casi nueve
años daban al fin con la primera huella de cristianos. El joven indio les contó
lo sucedido, que había sido ya antes, muchas estaciones atrás. Que aquellas
gentes habían venido del cielo y se habían ido sobre el mar y que no habían
regresado jamás.
—Eran unos hombres con barbas como vosotros, que vinieron de los
cielos y llegaron a nuestro río. Venían encima de grandes animales y traían
largas varas con puntas que herían mucho y también otras que brillaban, no
tan largas, con las que cortaban y tajaban a los hombres. A dos de los nuestros los mataron con sus varas largas. Huimos y nos ocultamos, pero yo me quedé
escondido para ver qué hacían.
—¿Por dónde partieron? —le preguntó ansiosamente Castillo.
—Fueron hacia el mar. Yo los fui siguiendo y los vi llegar a él y luego
meterse por debajo, con sus varas y otras armas. Después volví a verlos por
encima de ello hacia la puesta del sol. Vi que sus varas, sus muy largos
cuchillos y lo que cubría su cuerpo brillaba y que habían bajado de aquellas
grandes bestias que montaban. Se marcharon y nunca más han vuelto. Bajé
hasta la arena y encontré esto donde habían estado. Devuélvemelo, pues es
mío. Yo lo encontré.
Se lo retornó Castillo y todos se congregaron excitados.
Por fin habían dado con huella de cristianos, pero era ya perdida y se
habían vuelto a embarcar y partido. A pesar de ello, Álvar hizo que dieran
todos gracias al Señor por el hallazgo. Cabeza de Vaca, según había ido
avanzando primero en su cautiverio y luego en el viaje, se había vuelto en
verdad y de corazón muy fervoroso creyente. A su parecer, todo dependía de
la providencia y así se lo recordaba de continuo a sus compañeros, tanto en
las dichas como en las desgracias. Al fin habían dado con la huella de los
suyos, pero resultaba algo desalentador por otro lado, ya que bien pudiera ser
tan solo una gente que había venido por mar, sin haber hecho otra cosa que
una bajada a tierra, y luego había seguido para ir descubriendo.
Aun así, habían dado con su rastro y era evidente que habían adoptado la
decisión correcta cuando se olvidaron de seguir por la costa rumbo a Pánuco y
comenzaron a viajar por las tierras rumbo a poniente.
Les dijeron a los indios que los acompañaban que era su intención dar con
los que eran como ellos cuanto antes y que deberían ayudarles. En
compensación, los españoles les pedirían que de ahí en adelante no los
matasen, ni los cogieran esclavos, ni los sacaran de sus tierras, ni les hiciesen
mal alguno. Y como los indios creían mucho en el poder de aquellos
chamanes poderosos y tenían mucha confianza en ellos creyeron sus palabras
y les ayudaron a encontrar huella más reciente de cristianos.
No tardaron demasiado, ya sobre la pista, en dar con ella de nuevo, pero
fue para su desconsuelo y pena, ya que hallaron la tierra por donde iban
pasando despoblada, sus moradores huidos a las sierras, sin cultivar sus tierras
ni morar en sus casas por miedo precisamente a los castellanos. Pues ya era
corrido por todo el territorio que incendiaban las aldeas, les arrebataban todo
lo que tenían, les cogían a ellos y a sus mujeres e hijos y se los llevaban. El
rastro que los suyos dejaban era de muerte, fuego y tristeza.
La pena se apoderó de todos, y Álvar rezó por ellos y por aquella tierra
tan fértil, pues era muy hermosa y llena de aguas y de ríos. Ahora estaba yerta
y los lugares, despoblados y quemados, y la poca gente que asomaba por
alguno de ellos, flaca, enferma, huidiza y escondida y alimentándose tan solo
de cortezas de árboles y raíces.
Siguieron el camino y a ellos se fueron añadiendo otros desventurados,
tanto que parecían querer morirse, pero que se aliviaban al juntarse y así
incluso algunos, al pasar por pueblos y lugares donde habían vivido, les
trajeron mantas y alguna comida que se repartió y con ella fueron
subsistiendo. Llegaron a un pueblo bastante grande. Allí algunos de los
huidos al verles regresaron y les relataron que los barbudos con sus monturas
habían entrado en él varias veces y lo habían dejado medio destruido.
Además, se habían llevado, aunque no les opusieron resistencia, a la mitad de
los hombres y a todas las mujeres jóvenes y los niños. Explicaron que los que
habían podido escaparse estaban por los montes. Ya no pensaban en labrar ni
sembrar, sino que estaban decididos a dejarse morir.
Álvar los vio tan atemorizados y tristes que se compadeció de ellos y se
avergonzó de quienes siendo de los suyos tales males les causaban. No pudo
dejar de pensar que en la entrada con Narváez no menos habían hecho ellos,
aunque bien era cierto que aquellos les habían flechado y hecho la guerra y
estos eran mansos y en su mansedumbre eran atropellados y esclavizados.
Algo que bien habían dicho sus majestades los reyes, desde Isabel hasta
Carlos, que los cristianos no podían hacer.
Los indios mostraban con ellos, a pesar de ser de la misma raza que
quienes los maltrataban de tal forma, mucha deferencia y respeto y se
complacían en estar junto a ellos, pero al hablarlo con Dorantes y Castillo no
dejaron de percatarse de que si llegaban a un lugar donde ya hubiera guerra
entre ellos y los cristianos no sería nada extraño que a la postre los cogieran y
les hicieran pagar lo que otros cristianos les hacían.
No fue así y al cabo de poco y como había sucedido con los indios pueblo,
se les hicieron aún más adictos y buscaron junto con ellos su cobijo. Vieron
en Álvar y sus compañeros su único amparo y esperanza y entendieron que
era junto a ellos donde podrían encontrar alguna protección. Los
contemplaban como hombres venidos de los cielos, así que creían que podrían
interceder ante los que tanto se les parecían por sus cuerpos pero que con sus
actos les aterrorizaban.
Aquel comportamiento emocionó a todos, en especial a Cabeza de Vaca,
quien dijo a sus compañeros que si había gentes que en verdad merecían ser atraídas a ser cristianos y a entrar en la obediencia de su imperial majestad, el
rey Carlos, eran ellos, pero que era muy de menester ser llevados con buen
tratamiento, y este era el camino, mientras que el que allí se practicaba era el
que no debía hacerse. Si se hiciera lo correcto no habría mejores súbditos de
la Corona y de España que ellos.
Los que habían ido recogiendo empezaban ya a ser cientos y estos los
llevaron a la postre a un pueblo que estaba en un cuchillo, un gran saliente, de
la sierra y al que era muy difícil subir, porque había que trepar por
escarpaduras muy fuertes y cortados muy ásperos. Allí encontraron a mucha
gente recogida y parapetada.
Los cuatro, tras tan largos años viviendo entre las tribus, apenas en nada
se diferenciaban de los indios, excepto por la barba, pues el color de la piel ya
era casi tan tostado como el suyo. Sin embargo, los que los acompañaban
proclamaban quiénes eran y divulgaban la protección que les habían
procurado y las promesas que les hicieron, por lo que fueron todos muy bien
recibidos y les dieron maíz del que tenían guardado. Lo repartieron entre
todos los que les seguían y se quedaron allí a decidir qué camino seguir y qué
hacer en la situación en la que se encontraban.
Álvar tomó entonces una decisión, pues entendió que era lo único que
podía hacer de acuerdo a su conciencia y a los ojos del Dios que les había
preservado la vida durante aquellos años. No sin la reticencia de sus
compañeros, en especial de Dorantes, que prefería avanzar hacia los suyos,
aunque fuera solos, y desentenderse de quienes los seguían, algo que le
reprocharon con mucha viveza Cabeza de Vaca y Castillo. Estebanico, que
era a la postre un sirviente suyo, calló. Si llegaban a territorio de Castilla,
quién sabe si no seguiría siendo su esclavo, y un esclavo no rechistaba nunca
a su amo. Pero en su corazón y aunque hubieran vivido tales peripecias juntos
y sufrido por igual, se avergonzó de su falta de gratitud y compasión y se
alegró de que Álvar impusiera su criterio.
Envió Álvar por delante a cuatro mensajeros indios, como acostumbraban
a hacer, pero esta vez no para que la gente los esperase, sino para que se
desplazaran hasta un pueblo cercano que estaba a tres jornadas de allí, donde
deberían confluir todos. Una vez juntados irían al encuentro de los cristianos,
de los que había que buscar huella reciente para dar con ellos. Cabeza de
Vaca y sus compañeros les hablarían y les dirían que no podían hacerles mal
ninguno. Asimismo les pedirían que les dejaran seguir cultivando sus tierras y
vivir en ellas, y así podrían hacerlos a todos súbditos del rey de las Españas y
si querían bautizarse cristianos también.
Los mensajeros volvieron pronto pero no con buenas noticias. Gente
habían hallado muy poca, pues andaban todos huidos y escondidos porque los
barbudos, a los que los batidores habían llegado a ver la noche anterior en su
acampada, ocultos ellos tras unos árboles, estaban cazándolos y poniéndolos
en cadenas. Contaron que llevaban presos a muchos a los que tenían
encadenados.
La multitud que estaba con Álvar y los suyos se alteró mucho. Surgieron
gritos y algunos decidieron que no era conveniente seguir con ellos. Salieron
corriendo hacia sus tierras a dar el aviso de que los hombres con espadas y
lanzas montados en aquellos gigantescos venados sin cuernos venían contra
ellos para llevárselos y que debían huir y esconderse. De nuevo Álvar les
habló. Les aseguró que él se dirigiría a los cristianos y los que fueran con él
estarían a su cuidado: no permitiría que les hicieran daño.
Al día siguiente todos, que eran más de seiscientos, se pusieron en
camino. Tras haber rezado Álvar y los otros, y levantado las manos todos al
cielo, comenzó la marcha hacia aquellos que les esperaban con los hierros
para ponerlos en cadenas. Algunos venían de tierras a decenas de leguas de
allá. Caminaban por la planicie, cogieron un camino muy sobado y ya no se
ocultaban de la vista, pues iban confiados en el gran chamán y junto a él
tenían menos miedo. Álvar iba delante de todos ellos y detrás, Castillo y
Dorantes. Estebanico se retrasaba algo más y andaba entre las gentes.
A la hora de vísperas, cuando el sol ya comenzaba a declinar, encontraron
el lugar donde los exploradores habían visto a la compañía de jinetes y
comprobaron que era cierto lo que decían por las estacas en las que habían
estado atadas las caballerías. Acamparon muy cerca de aquel sitio, pues tenía
el agua próxima, un río al que llamaban Petatlán[50] y que por allí cruzaba
entre sotos y arboledas. Hicieron muchas hogueras, compartieron el maíz y lo
tostaron para comerlo mejor. Álvar y los dos capitanes, siguiendo su
costumbre, comieron los últimos y menos que los otros. Los indios se
admiraron mucho por su actitud.