Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 27 de 35

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Cabeza de Vaca

Capítulo 15

15

 

Los pies ligeros

 

Están tan usados a correr, que sin descansar ni cansar corren de la mañana a la noche. Siguen a un venado y de esta manera matan muchos de ellos porque los siguen hasta que los cansan y algunas veces los toman vivos.

 

CABEZA DE VACA, Naufragios

 

Se llamaban a sí mismos raramuri, que en su lengua significa «pies ligeros»,

vivían en el corazón de la Sierra Madre[40], cultivaban el maíz, pero no tenían

pueblos dignos de tal nombre sino que vivían dispersos por sus montañas,

cazando venados y cualquier otro animal que se pusiera a su alcance, desde

serpientes hasta coyotes. Se juntaban alrededor del lago Arareko y hacían

grandes fiestas para enseñarse a sus hijos nacidos en el año y emborracharse

bebiendo tesgüino hasta caer al suelo. Los chamanes celebraban la ceremonia

del peyote y entraban en comunicación con los espíritus; estos les sanaban de

sus males, les mandaban mensajes y les adelantaban profecías sobre lo que

iba a suceder en la tierra y en el cielo.

No obstante, el peyote no había avisado de la aparición de aquellos

barbudos blanquecinos y un extraño hombre de piel negra que llegaron a sus

confines seguidos por innumerables gentes que decían de ellos que curaban

los males y eran enviados del cielo. Luego, después de que se establecieron,

un chamán dijo que sí se había profetizado aquella venida, pero que se había

olvidado. También predijo que habría mucha conmoción por todo ello, pero

los raramuris no hicieron caso. Nadie había tenido nunca interés por

apropiarse de sus territorios, pues estos eran muy ásperos, fríos y tan duros

que solo ellos se atrevían a vivir allí.

A Álvar Núñez Cabeza de Vaca, por alguna razón que se ocultó incluso a

los ojos de sus compañeros, aquellas nuevas gentes le fascinaron desde un

principio. No acudieron a ellos en tropel como habían hecho otras en toda la

travesía por el territorio de los pueblo, pero los recibieron con adusta

curiosidad y los trataron bien. Álvar se había empeñado en dejar la

comodidad y agasajos de sus anfitriones e intentar llegar al Mar del Sur antes

de que las nieves bloquearan los pasos. Le dijeron qué arriesgaba al hacerlo, pues la sierra era muy dura y heladora, pero él se mantuvo inflexible. Estaba

seguro de que allí daría al fin con los cristianos. Se pusieron en camino con

abundantes provisiones tanto de maíz como de carne, entre ellas una gran

cantidad de corazones de venado que como signo de amistad les habían

regalado en una última ofrenda. Media docena de hombres escogidos por los

jefes pueblo los acompañaban y entre todos los fueron asando y comiendo; ya

casi no les quedaba nada cuando alcanzaron el lago que llamaban Arareko y

allí establecieron contacto con los hombres del peyote.

Apareció un puñado de ellos, que se acercaron con cierta prevención pero

sin miedo. Eran hombres enjutos, de ojos oscuros y mirada intensa que se

parecían a los de muchas otras naciones por las que habían pasado. Sin

embargo, tenían algo diferente; quizá lo primero que les sorprendió a los

blancos fue su hablar siempre quedo, tanto para dirigirse a los extraños como

a los propios. Parecían no gustar del ruido y sí de la soledad. Álvar comenzó a

hablar a poco con ellos y consiguió que muy pronto lo llevaran a presencia de

uno de sus chamanes más importantes. Con él pasó mucho tiempo y cuando

ambos salieron de la pequeña casa que el hombre tenía, hecha de adobe y de

techo de ramas, barro y paja, a Cabeza de Vaca le resplandecía la mirada.

Les contó a los otros que había conversado mucho con aquel hombre

espíritu y que era tan vivo e inteligente que había podido conversar con él

incluso de Dios. Esos indígenas tenían una religión, sobre la que habían

platicado. Los raramuris creían que había unos «señores de arriba» y que el

padre era el Sol, y que la madre era la Luna; asimismo tenían un hijo que era

el Lucero de la Mañana[41]. El hidalgo jerezano le explicó al chamán que ellos

creían en un Dios que era padre de todos y creador de las tierras, aguas y

cielos y que tenía una madre, que era la Virgen María, y un niño Jesús, que

era Dios Hijo. El chamán se había puesto muy alegre al oír aquello de las

gentes que los pueblo habían dicho que eran enviados divinos y le invitó a

tomar tesgüino, una bebida muy buena que le había reconfortado mucho.

Bebieron aquello y el brujo le siguió contando que también había un

«señor de abajo» que vivía en las simas y tinieblas bajo tierra, que tenía forma

de lobo y que se comía a los hombres y les traía desgracias. Álvar le dijo que

aquel era el diablo. Luego continuaron bebiendo y contándose cosas hasta

hacerse amigos. El otro le habló también de que había en su tierra seres

malignos y espíritus buenos. Los buenos podían estar en las aguas, los

bosques o las cuevas, pero también los había que eran malos, y los más

perversos eran unos gigantes terribles que habitaban en las profundidades de

ciertos desfiladeros y que se alimentaban de niños. Eso de los gigantes no gustó nada a Álvar, y se enfadó incluso, pues para entonces el tesgüino ya le

había hecho efecto. No tardó en volver a sonreír porque le agradó

sobremanera saber que no tenían ídolos ni imágenes de sus dioses, ni les

hacían sacrificios de niños ni de ningún humano, ni de los suyos ni de sus

enemigos, sino tan solo alguna víscera de animal o algún fruto si los creían

enojados.

Los raramuris cultivaban el maíz y vivían casi a expensas de él y de la

caza. El chamán le regaló un saquito y una güeja para que pudiera prepararlo

a su manera. Le llamaban pinole y era maíz tostado muy finamente molido

hasta convertirlo en la más delicada harina. Bastaba añadirle agua y le quitaba

a uno tanto la sed como el hambre. Un hombre podía estar un día entero

caminando o trabajando tan solo con aquella comida. Desde niños todo

raramuri salía siempre con su provisión de pinole encima.

También le había mostrado cómo preparaban el tesgüino que estaban

bebiendo y del que en señal de amistad envió una calabaza llena a los otros

que venían con él y otra para los pueblos que se disponían a regresar a sus

tierras. Para elaborarlo ponían granos de maíz sobre un lecho de agujas de

pino, lo cubrían con otra capa de ellas y lo humedecían hasta que germinaba.

Entonces lo hervían, lo colaban y lo ponían en vasijas hasta que fermentaba

añadiéndole algunas plantas que solo ellos conocían para que lo hiciera con

rapidez y fuerza. A poco más de un día ya podía beberse y pese a su

apariencia, un líquido espeso, y su sabor, un poco amargo, acababa por gustar

mucho y hacer que uno quisiera seguir bebiendo. De hecho, los raramuris

bebían tanto que se embriagaban. Lo tomaban en los ritos de las grandes

ocasiones, pues con él se hacían las ofrendas al sol y se imploraba la lluvia.

«Sin tesgüino no se obtiene la lluvia, sin maíz no puede hacerse tesgüino y sin

la lluvia no se da el maíz», sentenció el chamán.

Bebían, pero creían que no era bueno beber solos, sino hacerlo juntos, y

no estaba mal visto sino bien al contrario, pues era en las tesgüinadas

comunes una de las pocas veces que los raramuris se juntaban. Les gustaba

tanto que las madres lactantes se untaban la teta de él para que al chuparla el

mamoncillo se hiciera al gusto, aunque luego de niños no solían darles hasta

que no cumplían los años de ser mozos y andar con mujeres para fundar casa

propia.

Pues aunque cultivaban los valles con arroyos o aguas manaderas, no

formaban pueblos sino que cada familia vivía en su tierra y en su choza y la

vecina apartada por su campo en la siguiente. Todos se conocían en el valle,

si bien cada cual se dedicaba a lo suyo y solo se juntaban para la caza, para dar a conocer a los hijos o cuando los jóvenes se casaban. Los hombres

podían tener varias mujeres pero no era costumbre que vivieran en la misma

casa y el hombre construía una en cada punta de sus cultivos.

Lo que cuidaban mucho más incluso que su vivienda eran sus graneros.

Como vivían en la sierra, de valles y muchas cavidades entre rocas, allí en lo

alto solían instalar los graneros para almacenar y orear las mazorcas. Los

tapaban con esmero para que no pudieran entrar ratas, ni siquiera ratones.

El chamán había hecho llamar y convocado en Arareko a los raramuris de

los valles más cercanos, y a poco se fueron concitando bastantes alrededor del

lago. Luego, ya presentados a los chamanes blancos, salieron de allí

corredores hacia los lugares más alejados y en todas las direcciones para que

acudieran todos a saludar también a los visitantes. El chamán les anunció que

se haría fiesta, pues eran enviados del Sol padre, de la Luna madre y del

Lucero hijo, y además tenían grandes poderes y querían bendecir a los

raramuris. Salieron los batidores a la carrera y con paso tan elástico y ligero

que admiraron una vez más a los cristianos; parecía que no corrían sobre la

tierra sino que flotaban sobre ella.

A los cuatro los repartieron en sus casas y se fijaron mucho en el negro,

pero no invitaron a quedarse a los pueblo sino que hicieron lo posible por que

se marcharan cuanto antes. Con ese propósito le dijeron a Álvar que les darían

pinole siempre que iniciaran el regreso sin dilación. Los pueblo tampoco

querían quedarse, y así se separaron contentos todos de hacerlo a la mañana

siguiente tras dejarlos dormir en un granero abandonado. A los raramuris no

les gustaban nada los de otras tribus y mucho menos el dejarles participar en

los ritos que iban a celebrar por la llegada de los barbudos. Los raramuris

vivían dispersos, pero si otras gentes se internaban en su territorio se juntaban

y les daban caza como a los venados por sus quebradas y desfiladeros.

Al lago Arareko comenzaron a llegar multitud de gentes, que venían de

todos los puntos y parecían ir brotando de las tierras y las rocas. Enseguida

comenzaron los cantos, que no eran muy altos pero sí muy acompasados y

suaves[42]. Tocaban tambores grandes con la imagen del sol pintada en ellos.

Los hombres bailaban en círculo y todos llevaban el pelo recogido con unas

cintas que gustaban colorear con varios tonos verdes y rojizos. Las mujeres

portaban unos aros de madera, grandes y redondos, festoneados de flores y

jugaban con ellos.

Los blancos, para acompañarles, elevaron sus manos también al sol y

rezaron; al final todos los indios los imitaron haciendo lo mismo con los

brazos y entonando sus cánticos. Corrió durante todo el día el tesgüino, y aunque no brotó pelea alguna sí hubo enfados y disputa entre las gentes de

dos valles, que se retaron a una carrera. Aquella era la manera de resolver las

pendencias leves y algo que a todos enardecía. Porque correr era para los

raramuris la mayor señal de vida, fortaleza y valía[43].

La carrera podía durar todo un día y toda una noche, e incluso más. Esta

se concretó de amanecida a amanecida y a la siguiente aurora aún había

todavía más gente congregada frente al lago; nadie quería perderse la carrera.

Aquella noche, antes de ella, invitaron en exclusiva a Álvar, al que

supusieron jefe de los chamanes extranjeros, a una ceremonia aún más

secreta, la del peyote. A tal ritual solo podían acudir gentes muy especiales y

señaladas por el chamán para ello. Nunca se había hecho con nadie que no

fuera de la raza de los raramuris.

Lo llevaron a un lugar apartado, en medio del bosque, y la fortuna hizo

que estuviera llena la luna, que se entendió como buen presagio; se hicieron

bailes al inicio en círculo en honor a ella, a la madre. Álvar observó que en el

círculo donde iba a celebrarse el ritual colgaban de los árboles como ofrendas

los pulmones, la tráquea y un cuarto trasero de un venado. En el suelo había

platillos de madera con pinole, tortitas de maíz, calabazas y frijoles. Quien

llevaba el peso de la ceremonia era el Rascador, que era el propio chamán

amigo, quien hizo un agujero en el suelo y luego depositó en él con sumo

cuidado el peyote que iba a consumirse, bien envuelto en hojas. Sobre él

colocó una batea de madroño que servía de caja de resonancia para que al

apoyar un palo de un brazo de largo con muescas y símbolos y deslizarlo

sobre otro redondeado produjera un ruido sordo al frotarlo. El silencio de los

asistentes era total. A la luz de unas hogueras que se habían encendido para

calentarse bebieron por turno tesgüino, y Álvar lo hacía santiguándose cada

vez que vaciaba su cuenco. Se santiguó varias veces.

La noche fue pasando. Se conversaba, se bebía, se salmodiaban cantos y

el Rascador frotaba su instrumento cada cierto tiempo. Cuando ya vio que

estaba a punto de anunciarse el alba, pues la ceremonia tenía que hacerse al

tiempo que el sol se levantaba, sacó de su envoltorio el hongo que había

guardado y que estaba seco y arrugado, lo molió finamente y lo vertió en un

cuenco con agua. Tras removerlo para que se mezclara con el polvo, ya

estuvo listo para ser consumido. Antes todos juntos, ante la inminencia de la

salida del astro, bailaron una última danza en su honor, y Álvar con ellos.

Cuando el primer rayo acarició la tierra a cada cual se le dio su trago de

bebida, siendo el chamán quien lo apuró del todo y en una ración doble que la

de los otros. A continuación bailaron de nuevo en círculo en torno a la fogata, el chamán volvió a raspar los palos y luego los purificó a todos uno a uno,

ahumándoles. Algunos entraron en trance y en visiones. La de Álvar fue el

mar de su tierra y los barcos navegando a toda vela. Cuando fueron

despertando hubieron de ir hacia un arroyo cercano a lavarse cabeza, cara,

pecho, espalda, brazos y piernas sin importar el frío que hacía, que al

amanecer y en las sierras era intenso. Para reconfortarse bebieron un trago

más de tesgüino y todos, diciendo que se encontraban muy bien y que ya no

les dolía nada, se fueron con cierta prisa a dar la salida a la carrera.

Castillo y Dorantes preguntaron a Álvar dónde había estado y por aquel

rito, pero este contestó con evasivas; quería guardar para sí las visiones, los

colores y figuras que había visto. Se sentía muy vigoroso y fuerte, tan fresco

como si fuera un joven de veinte años, descansado y alegre en grado sumo.

Ahora la atención de todos estaba centrada en la carrera. La bola había

comenzado a rodar empujada por los pies de los corredores. Se elaboraba de

encino o de otra madera dura como el madroño, que allí crecía, y tenían que

correr llevándola delante de ellos. Para empujarla solo podían usar los pies, el

empeine y los dedos, no estaba permitido hacer nada con las manos. Se había

marcado previamente el recorrido, que solía consistir en dar varias grandes

vueltas por los terrenos más quebrados y difíciles sin que hubiera por ellos

caminos. Se había pactado que el recorrido durara el día y la noche, ya que la

luna grande les permitiría hacerlo mejor, y en la carrera no solo participarían

los corredores sino también los partidarios de unos y otros, o bien dispuestos

a lo largo del recorrido o bien corriendo por turnos a su lado con antorchas

resinosas encendidas para alumbrarles el camino y animarlos. Los

competidores tenían prohibido haber yacido con mujeres desde días antes y

tampoco podían beber tesgüino. Tenían que lavarse el cuerpo y untárselo con

cocimiento de corteza, hojas de cedro y grasa de venado. Podían comer

legumbres, huevos y pinole.

La pasión desatada por la carrera sorprendió a los cristianos, que no

habían visto tal algarabía en sus tierras ni cuando se alanceaban toros. Los

habitualmente callados raramuris gritaban enardecidos «¡Wériga, Wériga!» a

su favorito. Se perdieron por las montañas y en el lago se quedó la multitud

esperándoles. Otros fueron a ver la carrera por donde pasaba, aunque

estuviera muy lejos, de este modo también demostraban por qué eran los pies

ligeros.

El equipo corría en grupo y los corredores podían relevarse, pero tenían

que salir todos juntos. Solo uno podía tocar la bola en su turno, y quien hacía el tramo final, el que se consideraba el más resistente y rápido, debía haber

hecho todo el recorrido al completo.

Los cristianos no siguieron la carrera por los montes, pero esperaron con

el chamán anhelantes y sin pegar ojo aquella noche hasta que, cuando ya casi

amanecía, vieron que por la ladera de enfrente venía hacia ellos como una

serpiente de fuego moviéndose. Eran las antorchas de quienes seguían a los

corredores. El griterío se elevó aún más entonces según se iban acercando a la

meta en la orilla del lago. Un equipo venía un tanto destacado y sus

partidarios se mostraron muy alborozados con la victoria de los suyos. Los

perdedores se desconsolaron, pero cuando llegaron sus corredores, que habían

aguantado hasta el final, estos también fueron vitoreados y recibidos con

enorme admiración, pues dijeron que los dos equipos habían corrido una

magnífica carrera y que habían sido muy grandes y sin trampas en toda ella.

Aun así, los vencedores estaban rodeados por muchos y los vencidos solo

tenían el consuelo de los de su valle.

Las mujeres también habían hecho sus competiciones aparte a orillas del

lago. Las llevaron a cabo lanzando al aire sus aros de ramas entrelazas con un

palo curvo y competían por ver quiénes lo hacían mejor y con mayor tino y

soltura.

Castillo y Dorantes instaron a Álvar, a los pocos días de estar entre

aquellas gentes, a partir cuanto antes, pero este había sido espoleado por su

amigo el chamán, pues se habían hecho grandes amigos, para ir a un lugar que

quería enseñarle y que era la más grande maravilla de su tierra, tanto que

nunca habría visto nada igual. Un lugar donde el agua caía desde el cielo

mismo hasta las profundidades de la tierra. Tanto le insistió en su hermosura

que Álvar aceptó, aunque en esta ocasión acompañado por los otros tres. Así

iniciaron la expedición hacia lo que los raramuris llamaron Basaseachi, y que

les explicaron que en su lengua significaba «lugar de coyotes».

Hubieron de caminar hasta llegar a un poderoso río y seguirlo luego aguas

abajo. Estaba rodeado de praderías muy hermosas y grandes bosques de pino.

Había muchos ciervos y animales que se escabullían a su paso y, en efecto,

también divisaron algún furtivo. Álvar pensó que allí podrían pastar muy

buenas caballadas[44], pero solo se lo comentó a sus capitanes, pues de sobra

sabía que su mejor arma contra los indios y lo único con lo que podían

sojuzgarlos eran los caballos, a los que tanto temían. De tal animal ni al

chamán habló siquiera.

Flanqueaban el río grandes paredes de piedra que se elevaban hacia el

cielo. Enormes farallones rojizos que competían con su colorido con el azul de las alturas, por donde planeaban las aves de presa. La caminata por la orilla

duró medio día. Un rumor muy fuerte del agua desplomándose anunció la

catarata y cuando al fin se asomaron a ella quedaron sobrecogidos. Una

inmensa cola de espuma se despeñaba hacia la más profunda de las simas, y

cuando estaban aún anonadados mirando aquello, el chamán les invitó a que

descendieran por un camino, que lo permitía, hasta lo más hondo y donde la

cascada iba haciendo grandes pozas[45]. Fue un descenso que no estuvo

exento de miedo, pues era tiempo frío, muy empinado y sinuoso el sendero y

las piedras resbalaban. Una caída podía matarlos, pero se asieron los unos a

los otros y bajaron con extremo cuidado. Las muchas largas caminatas habían

fortalecido sus piernas y en un momento dado Estebanico dijo al verlos saltar

entre las rocas:

—Bajamos ya como cabras montesinas.

Se rieron todos y al fin llegaron al fondo. Desde allí la vista de la catarata

era más impresionante si cabe y parecía caer desde el borde mismo del cielo.

El chamán les dijo además que aquellas aguas preservaban de enfermedades y

les animó a bañarse y lavarse en ellas, cosa que hicieron entre resoplidos.

Luego, nada más ponerse los taparrabos y echarse los cueros encima,

comenzaron a subir de nuevo, esta vez por otra trocha diferente para llegar al

menos a acampar ya en lo alto de aquel otro desfiladero de empinadas crestas

y cantiles que parecían cortados a pico. Iba cayendo la tarde y bajando una

bruma. Entonces en aquellos altos empezó a resonar la voz de un coyote y le

contestaron otros y luego más. Todo el camino hasta que llegaron arriba los

acompañó su cántico.