Cabeza de Vaca
Capítulo 20
20
El marqués Cortés
Hágole saber que otro más venturoso hombre en el mundo no [ha] habido que Cortés, y tiene tales capitanes y soldados que se podían nombrar tan en ventura cada uno, en lo que tuvo entre manos, como Octavio Augusto, y en el vencer, como Julio César, y en el trabajar y ser en las batallas, más que Aníbal.
PÁNFILO DE NARVÁEZ
El marqués del Valle de Oaxaca, don Hernán Cortés, podía ser muy marqués
y muy cortés si suponía que debía o le placía serlo, pero era también un
soldado; lo había sido toda su vida y con otros soldados delante aquello
acababa por emerger por encima del marquesado y de la cortesía. Entonces
era cuando se explayaba y salía lo mejor que había en él, la inteligencia y la
astucia, pero también su espontaneidad, valentía y cercanía con quienes con él
estaban y que hacían, como ocurrió en los momentos decisivos en los que retó
al destino y lo venció, que los hombres estuvieran dispuestos a seguirle donde
fuera. Bien lo tenían sus capitanes y él demostrado.
Con Álvar, Castillo y Dorantes se comportó como un compañero de armas
y de penalidades que solo los soldados conocían. Les ofreció una gran
comida, les dio a beber su mejor vino y acabó por hacerles sentirse si no
como en su casa al menos como en un cuartel donde celebraran con su capitán
una victoria. El capitán siempre era Cortés, estuviera donde estuviera.
Antes de preguntarles fue él quien les contó muchas cosas que habían
pasado y que supuso les interesarían. En especial, que Pizarro había
conquistado, como hizo él, un gran imperio. Lo admiraba y lo hacía sin tapujo
alguno. Enaltecía a los autores de la hazaña, en particular a Hernando de Soto,
el gran jinete de Jerez de los Caballeros, pero por encima de todos a Francisco
de Pizarro, enorgulleciéndose de su parentesco.
—El viejo rodelero de Italia, mi paisano de Trujillo, que vale más ese
bastardo —lo decía sin desdoro— que todos sus hermanos legítimos, y bien lo
ha demostrado. Es pariente mío, no sé si primo o tío abuelo, pero familia por
mi madre. Anduvo de teniente con Pedrarias y de compañero con Balboa.
Duro como los peñascos. Cuando le ordenaron que prendiera a Vasco, a pesar de que lo apreciaba, lo hizo y cumplió la orden aunque le penara. Fue pena
que a Balboa le cortaran la cabeza, pues juntos se hubieran ido al Perú.
¡Seguro! El viejo Pizarro conquistando un imperio. Nada de cuatro indios en
un peñón. ¡Un imperio!, con escuadrones de miles de soldados, como los que
nosotros derrotamos. Eso es conquistar y no lo que hacen algunos de estos
herrando a pobres indios; eso es hacer grande un reino, tomar ciudades y no
quemar casuchas de paja. Eso es en verdad lo que ha hecho grande a nuestro
rey Carlos y no tanto leguleyo y tanto cura. Que líbreme Dios de ofenderles,
pero mejor sería que solo se ocuparan de las cosas de Dios.
Era templado Cortés en el beber, aunque le gustara, y no abusaba del vino
ni en camaraderías de soldados. Lo que decía no lo decía sin tino ni atufado
por el licor, pero sabía usar de la campechanería que producía en todos para,
más a las claras, decirlo. Era seguro, también, que según qué cosas solo las
dejaba oír por los oídos que consideraba apropiados y en los cuales entendía
que pudieran encontrar buena acogida sus palabras.
—Que no digan que le tengo envidia a Pizarro. Le tengo aprecio y no me
duele aventar su valía, que fui yo el que le mandé dos naves para que lo
socorrieran en Lima. Cómo no va a alegrarme su conquista y su fortuna,
siendo como soy su primo, aunque lejano[55]. Mas os pido perdón, señores,
que estáis aquí para contarme y no que os cuente yo lo que seguro que ya
sabéis. Contadme vuestro viaje y no os importe el tiempo. Que bien sé lo que
habéis sufrido y pocos como yo entenderán vuestra hazaña.
No se acordó o no le pareció oportuno decir nada de que su antes capitán
Pedro de Alvarado, estando presente e invitado a la velada como estaba, al
que llamaron los mexicas Tonatiuh, dios del Sol, y confundieron por su porte,
barba y ojos con el mismo y otorgaron a primera vista la jefatura hasta darse
cuenta de quién mandaba, también había ido, pero por su cuenta, a Perú a ver
qué tajada sacaba. Y la sacó, pero no conquistando sino que Benalcázar, que
andaba por el norte y se había adueñado de toda la zona de Quito y Cuenca
(Tomebamba), le cargó de oro para que se volviera. No era cuestión de andar
revolviendo cosas.
Para recibir a los náufragos de la Florida milagrosamente reaparecidos,
Cortés quiso acompañarse de sus hombres más cercanos y leales; así, hizo
llamar a todos los que se encontraban por la ciudad o cercanías. Acudieron
para gran placer y honra de Álvar y sus compañeros, agradecidos por ser
cumplimentados por tan grandes capitanes. La cena fue magnífico desfile de
manjares y criados, pero a una señal del marqués se quedaron a solas, sin
indios ni sirviente alguno blanco ni negro, que también los tenía por allí merodeando. El vino ya se lo servían ellos y así podían conversar con libertad
sin otros oídos que los de sus capitanes. Eran todos hombres de armas y como
tal se trataban. Fue por ello por lo que sin tapujos les preguntó primero de
nada por su viejo enemigo, Narváez.
Cuando lo mentó, un capitán suyo no pudo reprimir la carcajada. Lo de
aquella noche de Pánfilo en Zempoala, con cuatro veces más hombres y
pertrechos que los que ellos tenían, era motivo de orgullo, pero también de
burla. Sabiendo que el sobrino de Velázquez venía contra ellos, Cortés no lo
esperó en Tenochtitlán sino que fue a por él, y con trescientos castellanos y
varios cientos más de sus indios, le atacó el campamento en plena noche. Sin
apenas derramar sangre cristiana, tenía en sus manos al que venía a prenderle,
con el ojo quebrado y a sus gentes rendidas y prestas, la mayoría, a pasarse a
sus filas. Lo cogieron prisionero, lo curaron y lo trataron bien hasta que se
pactó su libertad.
Una cosa no le perdonaban a Pánfilo, aun estando muerto.
—Pero el muy hi de puta —saltó Alvarado amoscado un tanto por el vino
y cuyo genio arrebatado era bien conocido— hizo algo que me hubiera
gustado cobrármelo en vida y fue que al llegar lo primero que hizo fue
mandar recado a Moctezuma de que éramos rebeldes al rey y que si podía nos
matasen a todos. O sea, que nos arrancaran el corazón en lo alto de la
pirámide. Que se lo recompensaría. En vida no me dejó el marqués
cobrármelo, pero si puedo me lo cobraré en el infierno sacándole el otro ojo.
Cortés detuvo aquella deriva e instó a Álvar a seguir contando su
peripecia. No obstante, de nuevo Narváez hubo de salir por fuerza a escena y
volver a quedar malparado por sus errores y su escaso arrojo, como fue el
derrotarse a sí mismo cuando renunció a la responsabilidad del mando y dejó
a todos a su suerte buscando salvar cada uno, pero él antes que nadie, su vida.
Aquello sí que en esta ocasión levantó una seca expresión a Cortés, que hasta
entonces en lo referente a ello había permanecido en silencio.
—Cobarde no diré que fuera, que supo combatir en Cuba, pero había
cosas que le venían grandes y el mandar pesa mucho y a algunos en demasía.
Atemperó luego las críticas de sus propios hombres con cierta chanza.
—Mis señores capitanes, no. Los que le derrotamos y los que le habéis
padecido, brindemos en su honor, pues nadie ha hecho más elogios míos, y no
lo digo en broma sino que lo dejó por escrito, que Narváez. Oíd esto. —Y les
leyó lo que acabó por decir en el propio juicio contra Cortés por mor de
aquella desobediencia al gobernador Velázquez—: «A mí peleando me
quebraron el ojo y me robaron y me quemaron cuanto tenía y hasta me mataron al alférez y muchos soldados y prendieron a mis capitanes; nunca me
han vencido tan descuidado como a vuestra merced le han dicho. Hágole
saber que otro más venturoso hombre el mundo no ha habido que Cortés y
tiene tales capitanes y soldados que se podían nombrar tan en ventura cada
uno, en lo que tuvo entre manos, como Octavio Augusto, en el vencer como
Julio César y en el trabajar y ser en las batallas, más que Aníbal». Eso,
señores, decía de mí y de vuesas mercedes. Así que no le hagamos desprecio
y por su memoria brindemos por él.
Por él brindó Cortés, así como sus capitanes y los tres que le habían
acompañado en la escuadra que fue a la Florida. Pensó Álvar que si tal decía
Narváez, era más como excusa propia que por enaltecer a los otros, pero
brindó con todos.
Una vez acabado el relato de los sufrimientos y peripecias de los
náufragos y llegados a tierra que ya sí le incumbía, de lo que en verdad quería
saber Cortés era de Nuño Beltrán de Guzmán. Aquella noche este se
mencionó de pasada, pero para ello y para conversarlo a solas hizo venir al
Cabeza de Vaca otro día.
En esa ocasión, el trato que le dio Cortés fue muy distinto al que le había
dado en la anterior cita. Le presentó incluso a su esposa, que había venido
hasta México desde su residencia en Cuernavaca. Era esta, doña Juana
Ramírez de Arellano, señora muy distinguida hija del conde de Aguilar y
sobrina del duque de Béjar y que le había dado seis hijos. Los dos primeros,
un varón y una hembra, se le murieron a poco de nacer, pero le sobrevivieron
cuatro, el tercero, que fue también varón, por fortuna, Martín, que ya estaba
para cumplir cinco años y era la gran esperanza del marqués, y otras tres hijas
aún muy chicas, la última casi recién nacida.
Gustaba mucho el marqués de hablar de su prole, la legítima y la que no
lo era. Que a todos había reconocido como hijos suyos: la hija que tuvo con
una Pizarro, otra prima que había engendrado en su estancia en Cuba; otro
Martín Cortés, que era hijo de la Malinche, doña Martina, y que ya era mozo
de catorce años; otro, Luis, nacido de una española, y otras dos chicas, Leonor
nacida de una nieta del propio Moctezuma, y María, de otra princesa mexica.
Las mujeres siempre le habían gustado mucho a Cortés y Cortés a las
mujeres. Ello se había sabido ya en Medellín de muy joven, en Salamanca
cuando hacía que estudiaba, en Sevilla, en Santo Domingo, donde más de un
duelo tuvo por ello, y en Cuba, donde no se conformó nunca con la propia,
aquella con la que se casó, pariente de Velázquez, que dejó en aquella isla y
de la que ya no quiso saber nada, doña Catalina. Tenía, sin duda, su don aquel marqués para con las damas, aunque ahora ya parecía haber sentado, no la
cabeza, que siempre la tuvo en su sitio, sino otras partes de su organismo.
Sin embargo, de la misma forma que en tiempos era mejor no mentar
Narváez a Cortés, a Cortés mejor no mentarle a doña Catalina Suárez, su
primera mujer, con quien estuvo casado cinco años y que murió no mucho
después de sus conquistas, en el año 1522, sin haberle dado hijos. De su
muerte se decían muchas cosas y quien peores las dijo fue Nuño Beltrán de
Guzmán, que fue por eso por lo que le quiso, además de por su rebelión y
cosas de la conquista, levantarle el juicio que le obligó a ir a España en el año
1529 a defenderse. Desde entonces odiaba a don Beltrán Nuño de Guzmán
por sobradas razones y estaba dispuesto a hacérselo pagar. Ahora veía que su
venganza tras tantos años podía quedar cumplida.
—Ese esclavista felón, que no ha hecho más que comerciar con esclavos
desde que llegó a Pánuco, me quiso manchar la honra y quedarse con lo que
había yo conquistado con mi sudor y mi sangre y los de mis capitanes —se
encrespó el marqués.
No le faltaban motivos. Nuño de Guzmán había llegado a la Nueva
España en 1527 como presidente de la Audiencia y gobernador de Pánuco,
aquel puerto al que Álvar y los suyos no consiguieron llegar nunca. Venía con
órdenes del rey de cortar un algo las alas a Cortés, pero lo que hizo fue
quererle cortar la cabeza y quedarse con todo. Para ello no encontró mejor
cosa que acusarle de la muerte de su primera mujer, doña Catalina, acaecida
siete años antes. Las otras acusaciones resultaban menores, pero a todas hubo
de responder en España el conquistador y, aunque salió libre de ellas, aquello
le supuso amargura y también pérdida de poder, pues no logró el virreinato
que ansiaba. Aun así, no volvió sin poderes a la Nueva España y desde que
llegó no había dejado de rumiar la revancha.
Don Nuño, aunque le habían desposeído de la Audiencia, también había
medrado y se había apoderado de una gran cantidad de territorios al norte
hasta conseguir la gobernación de la Nueva Galicia. Había fundado ciudades,
ocupado cientos de pueblos y saqueados todos. Pues lo que hacía era herrar a
todo indio que podía y someterlo a esclavitud. Cosa que alegraba en mucho a
bastantes que bajo su gobierno no dejaban de conseguir grandes fortunas con
aquel comercio y cautivos para sus encomiendas. Su intención, que estuvo a
punto de lograr, era señorear una gran franja de territorio al norte que fuera de
costa a costa, desde el Atlántico hasta el Mar del Sur, y así poder
independizar a la Nueva Galicia de la Nueva España. No lo consiguió, pero
anduvo cerca.
Lo perdieron sus desmanes y crueldades contra los indios y contra los
españoles que se le oponían. Fueron tan continuas las quejas y demandas,
aunque de muchas logró librarse, que a la postre acabaron con su ambición.
Su trato a los indios era tan cruel y despiadado que, hasta los españoles, y no
solo los frailes sino muchos capitanes, se lo afearon y denunciaron. Además,
había proseguido en su inquina contra Cortés y le tomó gentes de su tierra,
incluso una nave, y cobró tributos en la zona que le había sido asignada. Sin
embargo, en el fondo le tenía miedo y cuando un día el marqués del Valle
avanzó contra él y se le presentó en Compostela, ni le resistió ni le plantó
cara, sino que lo trató muy servilmente y no osó rechistarle hasta que siguió
adelante con sus tropas.
Quien precisamente había llegado para sustituirle tanto como gobernador
de la Nueva España, que lo fue efímeramente, como en la presidencia de la
Audiencia era un viejo conocido de Álvar, el religioso Sebastián Ramírez de
Fuenleal, a quien había encontrado en Santo Domingo ocupándose allí
también de resolver problemas graves, en este caso con el hijo mayor del
almirante Colón, don Diego. Don Sebastián, que compartía la crítica de fray
Bartolomé al trato con los indios, aunque no tan vehementemente y sí
autorizaba que hubiera esclavos negros para las plantaciones y las minas, fue
muy sensible a lo que le llegaba del norte y de don Nuño y quiso ponerle coto.
Pero no pudo. Sus requisitorias a que don Nuño se presentara ante él se las
pasó don Beltrán por la entrepierna. Seguía a lo suyo, enfeudado en su
territorio, y no tenía intención ninguna de personarse ante la Audiencia, pues
sospechaba lo que podía esperarle.
Así habían andado y ese era el clima enrarecido que Álvar había
detectado, ya en su fase final, a su llegada a sus tierras. Justo cuando acababa
de arribar a México el nuevo virrey, don Antonio de Mendoza. Don Sebastián
había sido sustituido hacía tan solo unos meses, si bien no había regresado a
España porque se encontraba enfermo.
Sabedor Cortés de la relación de Álvar con el fraile, le procuró cita. De lo
que Cabeza de Vaca le había contado y ya puesto por escrito sobre lo que le
acaeció a su llegada le pareció muy relevante y que el fraile lo conociera por
su propia boca y después lo hiciera llegar también por su parte al Mendoza lo
haría mucho más a tener en cuenta y considerar por parte de este. Don
Sebastián no era ya presidente de la Audiencia, pero tenía grandes influencias
en ella y además gozaba de predicamento ante el propio virrey. Cortés
prefería que a estos las cosas de don Nuño no le llegaran por él y no pudieran
objetarle la tacha de la enemistad. Mejor que les llegaran por otros que no tuvieran ninguna. Así que de una manera u otra el Mendoza recibió también
las quejas de Álvar, Castillo y Dorantes, ahora los héroes de la Nueva España
tras su extraordinario viaje. Aquello iría cada vez más en perjuicio de don
Nuño y en beneficio suyo. La jugada era buena y evidenciaba de nuevo la
gran habilidad de Cortés para encontrar aliados contra sus enemigos, como
bien había demostrado en la conquista.
Durante el tiempo que el marqués estuvo en la ciudad, Cabeza de Vaca y
él se frecuentaron y llegaron a considerarse amigos. Cuando ya para octubre
Cortés partió para su residencia de Cuernavaca, Álvar ya se había
entrevistado no solo con don Sebastián, quien se había alegrado de verle vivo
y se había mostrado pesaroso por todos los que habían muerto de aquella
expedición, sino que asimismo había hecho llegar su misiva por escrito a fray
Bartolomé de las Casas, que andaba a la sazón por tierras de Guatemala con
otro de los hombres de Cortés que estaba allí al mando, Bernal Díaz del
Castillo, a quien gustaba también el usar del recado de escribir. A fray
Bartolomé aquello no hizo sino confirmarle la pésima impresión que tenía de
don Nuño, y en este caso con sobradas razones, y aumentar sus ataques contra
él. A propósito de ello escribió lo siguiente: «Este gran tirano comenzó a
hacer las maldades y crueldades que solía, y que todos allá tienen de
costumbre y muchas más, por conseguir el fin que tienen por Dios, que es el
oro; quemaba a los pueblos, prendía a los caciques, dábales tormentos, hacía a
cuantos tomaba esclavos, llevaba infinitos atados a cadenas; las mujeres
paridas yendo cargadas con cargas que de los malos cristianos llevaban, no
pudiendo llevar las criaturas por el trabajo y flaqueza de hambre, arrojábanlas
por los caminos, donde infinitas perecieron. Entre otros muchos, hizo herrar
por esclavos, injustamente, siendo libres como todos lo son, cuatro mil y
quinientos hombres y mujeres y niños de un año a los pechos de las madres, y
de dos y tres y cuatro y cinco años, aun saliéndole a recibir de paz, sin otros
infinitos que no se contaron».
El relato de Álvar, sin entrar en tales calificativos, no dejaba de ser
también muy contundente, pues señalaba con dureza a los capitanes y alcaldes
que cumplían sus órdenes, y ello había acaecido además muy recientemente y
venía avalado por quien era considerado alguien a quien se debía el máximo
respeto y gran admiración por su hazaña. El escrito de Álvar acabó en muchas
y muy señaladas manos, las primeras las del propio virrey Antonio de
Mendoza, que se lo había pedido personalmente, y todos hicieron uso preciso
de él contra don Nuño. Sobre todo, cuando relataba lo sucedido al llegar con
todos los indios que le seguían a sus tierras: «Pasados cinco días, llegaron Andrés Dorantes y Alonso del Castillo con los que habían ido por ellos, y
traían consigo más de seiscientas personas, que eran de aquel pueblo que los
cristianos habían hecho subir al monte, y andaban escondidos por la tierra, y
los que hasta allí con nosotros habían venido los habían sacado de los montes
y entregado a los cristianos, y ellos habían despedido todas las otras gentes
que hasta allí habían traído. Y venidos a donde yo estaba, Alcaraz me rogó
que enviásemos a llamar la gente de los pueblos que están a la vera del río,
que andaban escondidos por los montes de la tierra, y que les mandásemos
que trajesen de comer, aunque esto no era menester, porque ellos siempre
tenían cuidado de traernos todo lo que podían. Y enviamos luego nuestros
mensajeros a que los llamasen, y vinieron seiscientas personas, que nos
trajeron todo el maíz que alcanzaban, y traíanlo en unas ollas tapadas con
barro en que lo habían enterrado y escondido, y nos trajeron todo lo más que
tenían; mas nosotros no quisimos tomar de todo ello sino la comida, y dimos
todo lo otro a los cristianos para que entre sí la repartiesen. Y después de esto
pasamos muchas y grandes pendencias con ellos, porque nos querían hacer
los indios que traíamos esclavos, y con este enojo, al partir, dejamos muchos
arcos turquescos que traíamos, y muchos zurrones y flechas, y entre ellas las
cinco de las esmeraldas, que no se nos acordó de ellas; y así, las perdimos.
Dimos a los cristianos muchas mantas de vaca y otras cosas que traíamos;
vímonos con los indios en mucho trabajo porque se volviesen a sus casas y se
asegurasen y sembrasen su maíz. Ellos no querían sino ir con nosotros hasta
dejarnos, como acostumbraban, con otros indios; porque si se volviesen sin
hacer esto, temían que se morirían; que para ir con nosotros no temían a los
cristianos ni a sus lanzas.
»A los cristianos les pesaba de esto, y hacían que su lengua les dijese que
nosotros éramos de ellos mismos, y nos habíamos perdido mucho tiempo
había, y que éramos gente de poca suerte y valor, y que ellos eran los señores
de aquella tierra, a quien habían de obedecer y servir. Mas todo esto los indios
tenían en muy poco o nada de lo que les decían; antes, unos con otros entre sí
platicaban, diciendo que los cristianos mentían, porque nosotros veníamos de
donde salía el sol, y ellos donde se pone; y que nosotros sanábamos los
enfermos y ellos mataban los que estaban sanos; y que nosotros veníamos
desnudos y descalzos, y ellos vestidos y en caballos y con lanzas; y que
nosotros no teníamos codicia de ninguna cosa, antes todo cuanto nos daban
tornábamos luego a dar, y con nada nos quedábamos, y los otros no tenían
otro fin sino robar todo cuanto hallaban, y nunca daban nada a nadie. Y de
esta manera relataban todas nuestras cosas y las encarecían, por el contrario, de los otros […]. No acabaron nunca de creer que éramos de los mismos que
los otros cristianos».
»Con mucho trabajo e importunación les hicimos volver a sus casas, y les
mandamos que se asegurasen, y asentasen sus pueblos, y sembrasen y
labrasen la tierra, que, de estar despoblada, estaba ya muy llena de monte; la
cual sin duda es la mejor de cuantas en estas Indias hay, y más fértil y
abundosa de mantenimientos, y siembran tres veces en el año. Tienen muchas
frutas y muy hermosos ríos, y otras muchas aguas muy buenas. Hay muestras
grandes y señales de minas de oro y plata; la gente de ella es muy bien
acondicionada; sirven a los cristianos (los que son amigos) de muy buena
voluntad. Son muy dispuestos, mucho más que los de México, y, finalmente,
es tierra que ninguna cosa le falta para ser muy buena.
»Despedidos los indios, nos dijeron que harían lo que mandábamos, y
asentarían sus pueblos si los cristianos los dejaban; y yo así lo digo y afirmo
por muy cierto, que si no lo hicieren será por culpa de los cristianos».
El relato de Álvar Cabeza de Vaca concluía con una demoledora
acusación que condenaba al capitán Alcaraz y con él al gobernador Beltrán de
Guzmán.
«Después que hubimos enviado a los indios en paz, y regraciándoles el
trabajo que con nosotros habían pasado, los cristianos nos enviaron, debajo de
cautela, a un Cebreros, alcalde, y con él otros dos, los cuales nos llevaron por
los montes y despoblados, por apartarnos de la conversación de los indios, y
porque no viésemos ni entendiésemos lo que de hecho hicieron; donde parece
cuánto se engañan los pensamientos de los hombres, que nosotros andábamos
a les buscar libertad, y cuando pensábamos que la teníamos, sucedió tan al
contrario, porque tenían acordado de ir a dar en los indios que enviábamos
asegurados y de paz. Y así como lo pensaron, lo hicieron».
Don Nuño no era muy consciente ni sabedor de todo aquello que se estaba
tejiendo; confiaba incluso en que su paisanaje con el virrey seguiría teniendo
efecto. Cuando tuvo noticias de la inmediata llegada de quien más temía, el
licenciado Diego Pérez de la Torre, con el cargo de gobernador de su
territorio de la Nueva Galicia y de presidente de la Audiencia, con
instrucciones muy precisas de proceder a hacerle juicio muy sumario y
conducirlo a España si estimaba indicios y pruebas en su contra, decidió
jugarse la carta con Mendoza, salir de su cubil en el norte y presentarse en la
capital de la Nueva España. Era no conocer al prudente y avisado virrey, que
estaba ya al cabo de la calle de sus tropelías.
En realidad, y aunque no había llegado el licenciado, don Nuño ya había
sido desposeído del cargo de gobernador tan solo unos días después de que
Álvar hubiera salido de Compostela. Pero su sustituto provisional fue
Cristóbal de Oñate, quien había sido su capitán más cercano y segundo al
mando aunque procuró no participar en sus peores matanzas y desmanes. Esta
circunstancia le otorgó un cierto tiempo, pues Oñate lo respetaba y no
procedió contra él. El ir a México era una jugada arriesgada pero casi la única
que le quedaba. La hizo y le costó hacienda, prisión y al cabo la vida, aunque
no fuera ajusticiado.
Había planeado llegarse a la capital y que el virrey le permitiera partir
hacia España para poder defenderse ante la corte. Sin embargo, no pudo
hacerlo. El virrey no lo autorizó y antes de que pudiera embarcar quien
desembarcó fue el licenciado Pérez de la Torre, que lo primero que hizo fue
ordenar apresarlo con el beneplácito de Mendoza. Sin más comenzó su juicio,
que se prolongó un año y en el cual fue encontrado culpable y condenado.
Entonces regresó a España, pero lo hizo cargado, como tantos indios que él
había herrado, de cadenas, de las que ya no se libraría nunca. Fue encerrado
en Torrejón de Velasco, repudiado por casi todos y sin amparo de apenas
nadie. Murió en esa prisión seis años después, entre la desesperación y la
furia, que no le abandonaron nunca[56].