Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 2 de 35

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Cabeza de Vaca

Primera parte

 

El largo camino hacia las Indias

1

 

Como las huertas de Valencia en primavera

 

Hallé temperancia suavísima, y las tierras y árboles muy verdes y tan hermosos como en abril en las huertas de Valencia.

 

CRISTÓBAL COLÓN, tercer viaje

 

No era ya un hombre joven pero su mirada se preñó de sueños al divisar por

vez primera las costas de aquellas nuevas tierras. Álvar Núñez Cabeza de

Vaca, hidalgo de Jerez de la Frontera, alguacil mayor de la flota que

comandaba don Pánfilo de Narváez, frisaba los cuarenta, aunque lo desmentía

el vivo ardor de sus ojos clavados allá donde el mar, intensamente azul junto a

la nave y luego transmutado en esmeralda al acercarse hacia la orilla, iba a dar

en relucientes y blancas espumas sobre un horizonte de un verdor intenso,

vibrante, inabarcable y profundo que no parecía dejar siquiera espacio para la

tierra bajo sus ramas. Tan solo en las ensenadas y las calas, los arenales

blancos y las erguidas palmeras rompían el hechizo completo de la selva que

todo lo ocupaba y trepaba por las laderas hasta cubrir los picos mismos de las

montañas.

—Como las huertas de Valencia en primavera. Siempre como las huertas

más verdes, siempre en primavera —musitó recordando la frase del gran

Almirante que había podido leer por deferencia de Hernando Colón, el hijo

más pequeño del Almirante, que había acompañado a su padre en su cuarto y

último viaje antes de regresar a morir a España.

El sol brillaba en un cielo limpio pero su luz y su calidez, a las que desde

niño estaba acostumbrado, contenían unos tonos diferentes que le provocaban

sensaciones extrañas y que incluso le hacían aspirar el aire en busca también

de unos olores distintos, que creía percibir por debajo del olor a océano y al

salitre marino que le traían una mínima brisa y el golpear de la proa de la

nave contra las aguas.

Pensaba en Hernando, de su misma edad y con el que había trabado

amistad, y en lo que le había contado y mostrado. En lo que él mismo había

vivido y escrito y en lo que había copiado de las cartas de anteriores viajes del

Almirante. A Álvar se le habían quedado grabadas algunas frases de cuando en el tercero descubrió una isla que llamaron Trinidad por sus tres picos

divisados desde el mar, unas bocas, la una del Dragón y la otra de la Sierpe,

por la que penetraron a un golfo donde el agua dulce prevalecía sobre la

salada porque allí vertía un inmenso río que no podía sino provenir del

mismísimo Paraíso Terrenal.

«Las Sagradas Escrituras testifican que Nuestro Señor hizo el Paraíso

Terrenal y en él puso el árbol de la vida y de él brota una fuente de donde

resultan los cuatros ríos principales: el Ganges en la India, el Tigris, el

Éufrates y el Nilo, que nace en Etiopía y va a la mar en Alejandría. Yo no

hallo ni he hallado jamás escritura de latinos ni de griegos que

certificadamente diga el sitio en este mundo del Paraíso Terrenal, ni lo he

visto situado en ningún mapamundi con autoridad de argumento».

Refutaba luego a quienes habían pretendido ubicar el lugar en las fuentes

del dicho Nilo o en las mismas Afortunadas, que ya eran de la Corona de

Castilla y eran las Canarias, en donde las flotas solían hacer aguada y reponer

bastimentos, su armada así lo había hecho, cuando se dirigían a las Indias, y

muy decididamente había escrito a los reyes afirmando que aquel lugar muy

bien podía serlo, pues todo se lo indicaba y cumplía además la condición de

estar en el Oriente y en el hemisferio austral.

«Grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal porque el sitio es

conforme a la opinión de los santos y sanos teólogos y asimismo las señales

son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce

fuese dentro y vecina con la salada. Y en ello ayuda asimismo la suavísima

temperancia y si de allí del paraíso no sale, parece aún mayor maravilla

porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan hondo[1]».

Sonrió Álvar sin dejar de mirar a la costa, cada vez más cercana. Tal vez

el paraíso no estuviera allí ni resultaran ser aquellas tierras las Indias, pero, y

en ello Colón había acertado, sí una mayor maravilla, porque había arribado a

un nuevo mundo, que tenía detrás un nuevo océano, el Mar del Sur,

descubierto hacía ya muchos años por Vasco Núñez de Balboa, y por el que

apenas un lustro atrás Juan Sebastián Elcano había navegado para enlazar con

el Índico y de nuevo con el Atlántico para regresar al lugar de donde había

partido y lograr dar por los mares la completa vuelta al mundo. Más que de

Colón se hablaba en Sevilla de aquello, de cómo habían salido, con el

portugués al servicio de Castilla, Fernando de Magallanes, al mando de la

flota; de cómo había logrado encontrar un estrecho paso por el frío sur de la

tierra descubierta y navegando por aquellas aguas infinitas dio, entonces sí,

con la ansiada y por aquella ruta muy lejana especiería a la que los lusos habían ya llegado y con ello se enriquecían bordeando África. A Magallanes

lo habían muerto en aquellas islas y Elcano, en vez de regresar y acosado y

perseguido por los portugueses que dominaban aquellas aguas y no querían

intrusos, había seguido adelante y culminado la gesta ya con una sola nao, la

Victoria, doblando el cabo de Buena Esperanza y África arriba, con tan solo

diecisiete compañeros. Así pudo volver a casa.

De ello se hablaba en Sevilla, pero tampoco era ya lo que estaba en la

boca de todos; ahora eran Cortés y las ciudades, los imperios y el oro, sobre

todo el oro, que había conquistado lo que poblaba los sueños y los deseos de

las gentes. América, ya se comenzaba a conocerla por ese nombre, no eran las

Indias ni allí estaba la especiería y sus riquezas, en ello los portugueses

habían ganado la carrera, pero los castellanos habían encontrado algo todavía

más valioso, más inmenso y más virgen y donde asentarse, conquistar, poblar

y crear nuevas Castillas, nuevas Andalucías, nuevas Galicias, nuevas Españas

a imagen y semejanza de las propias, llevando allí la fe en Cristo,

consiguiendo tierras y súbditos para el rey y para cada cual que lo lograra,

fortuna, fama, plata y oro.

A cada arribada de una nao a Sevilla se sumaba un nuevo lugar, un nuevo

descubrimiento, una nueva maravilla a cuál más extraordinaria que la

anterior, y las gentes llegaban en tropel y con ansia para embarcarse hacia

ellos. Porque al otro lado era donde se hallaba la fama y la fortuna, el oro y la

gloria, y de ello y no de los que perecían y jamás regresaban era de lo que, en

las tabernas y en las ventas, en los campos de labranza y en las majadas, en

las lumbres de los soldados y en las cocinas de los frailes, en las casas de

adobe y en los palacios de piedra hablaban todos y cada cual, y más aún los

más bravos o los más necesitados, o los que más fe profesaban o ninguna en

la vida les quedaba cavilaban la forma de alcanzarla.

Ahora Álvar Núñez Cabeza de Vaca estaba acercándose a sus costas y

recordaba oír leer a Hernando las cartas de su padre, el gran Almirante.

«Hallé temperancia suavísima, y las tierras y árboles muy verdes y tan

hermosos como en abril en las huertas de Valencia. Y la gente de allí de muy

linda estatura y blancos, más que otros que haya visto en las Indias con los

cabellos muy largos y llanos, astutos y de mayor ingenio y nada cobardes,

muchos de los cuales traían piezas de oro al pescuezo y algunos, atadas a los

brazos, ristras de perlas».

Aunque lo del oro y las perlas se lo habían contado, algunos indios sí

había visto Cabeza de Vaca por Sevilla, pero no eran sus semblantes alegres,

sino que tenían la tez mortecina y los ojos tristes de los cautivos. Algunas naos los traían, Colón los había traído en el primer viaje para mostrárselos a

los reyes y luego a cientos, pero no aguantaban apenas y muchos morían muy

pronto. La reina Isabel había prohibido hacerlos esclavos, pues los

consideraba sus súbditos y ninguno podía tener tal condición, y hasta algunos

habían sido devueltos a sus tierras, pero seguían llegando, pues la prohibición

de herrarlos no alcanzaba a los que eran hostiles y se levantaban contra los

españoles. A ellos podía ponérseles cadenas y esclavizarlos y ello levantaba

gran polémica entre los clérigos, enviados por la Corona para hacer cumplir

sus leyes, y los conquistadores que los daban a todos por alzados para

cautivarlos y enriquecerse con su comercio. Aun así, el número había bajado

bastante, pues no eran buenos para el trabajo y resultaba que para cultivar la

caña y las minas lo que había que llevar ahora hacia el otro lado eran negros:

más sufridos y resistentes, ya que los indios se morían mucho, y sobre los

cuales al no ser súbditos del reino ni cristianos, y aunque se hicieran luego, no

había ley que lo prohibiera. Así que, a la postre, se llevaban hacia allá más

esclavos de los que se traía.

La escuadra de Pánfilo de Narváez no tenía la pretensión de llegar a

aquellas costas que a Colón le habían parecido el paraíso, aunque no era la

empresa apenas menos ambiciosa. El destino era la Tierra Florida, allí donde

las selvas eran tan hermosas y los bosques tan vigorosos y exuberantes que se

decía que en algún lugar de ellos debía hallarse la Fuente de la Eterna

Juventud, pese a que quien bautizó con tan magnífico nombre a aquellas

tierras, Ponce de León, hubiera encontrado la muerte en ellas. Pero era ahora

todo un ejército bien pertrechado el que iba al descubrimiento y la conquista.

Ellos lo conseguirían, como lo habían logrado aquellos cuyos nombres no

habían dejado de sonar en toda la travesía y en todos los barcos, aunque a

alguno se lo hubieran comido los caribes, a otro le hubieran arrancado el

corazón en un templo de ídolos paganos o le hubieran cortado, como a

Balboa, la cabeza los propios castellanos. El relato y la envidia de la

prosperidad de los afortunados pesaba mucho más que las miserias de los que

no la encontraron y hasta perecieron buscándola, y el nombre de Cortés y los

de sus capitanes resonaban más que el de ningún desgraciado, si bien los del

extremeño y los suyos mejor no mentarlos si Narváez andaba cerca, puesto

que todos sabían por qué tenía el ojo quebrado. Más valía no recordárselo.

La escuadra de cinco navíos de don Pánfilo de Narváez enfilaba ya

agrupada la entrada para comenzar a remontar el río Ozama y atracar en la

villa de Santo Domingo. Casi seiscientos hombres viajaban a bordo, muchos

de ellos, como Álvar, curtidos soldados de las guerras en Italia y en Francia, y no pocos también de la de las Comunidades. Junto a Narváez y Álvar iban

como oficiales Alfonso Enríquez, contador y Alfonso de Solís, factor y

veedor de Su Majestad el rey don Carlos, y por comisario, encargado de que

se cumplieran las leyes con respecto a los indios, el franciscano Juan Suárez y

otros cuatro frailes de su orden, pues era sabido que los franciscanos en estos

menesteres eran algo más laxos y menos encendidos que los dominicos y el

tal Bartolomé de las Casas.

Cuando la nao en la que se encontraba se disponía a dar un último bordo

para enfilar la entrada, comenzaron a pasar muy cerca de ella y viniendo

desde el mar, en busca también de la costa y volando casi a ras del agua,

sucesivas formaciones de grandes aves con unos enormes y extraños picos.

No eran de hermoso aspecto, pero su vuelo era perfecto y su navegar tan fácil,

pausado, elegante y de inusitada rapidez que hizo que la mirada de Álvar se

quedara fija y absorta en ellas. Por un momento, y aunque estas no emitían

sonido alguno y solo se escuchaba de su paso el rasgar del aire con sus alas,

quiso recordar a las bandadas de grullas cuando llegaban a las dehesas

andaluzas cruzando los cielos entre clamores. Se giró y preguntó a un

marinero que no era como él primerizo en estas tierras sino todo lo contrario.

Un tal Trifón, un alcarreño, por azar metido en mares de los que hacía

décadas que no había salido, y que por alguna razón muy suya, y para todos

de interés evidente, buscaba siempre la cercanía del oficial y procuraba

complacerle en todo.

—Son pelícanos. Vienen de pescar en alta mar y ahora van hacia tierra a

dormir. Gustan de hacerlo cerca de ella. También nosotros estamos deseando

lo mismo después de tanto tiempo sin poderlo hacer —le explicó.

—Nosotros aún tendremos que esperar hasta mañana. Esta noche

tendremos que dormir todavía en las naos aguardando el permiso para

desembarcar —compartió Álvar con el Viejo, pues así apodaban, y con

bastante razón con respecto a la mayoría de la tripulación, al de las Alcarrias,

de tierra tan adentro que resultaba extraño que hubiera optado por tal oficio.

Echaron anclas al resguardo, ya metidos en el propio río, sintiéndose a

salvo con solo contemplar las luces y los fuegos de la cercana ciudad y

algunas otras que se vislumbraban a lo largo de la costa en la negrura de la

noche que cayó casi de repente, sin que hubiera mucho trecho entre el

atardecer y la oscuridad.

Al día siguiente muy de madrugada se levantaron y se procedió al

desembarco. La noticia de la arribada de los navíos y tan poderosa expedición

había despertado gran curiosidad y muchas gentes se acercaban a contemplar su llegada tras haber dado el gobernador de La Española su permiso para

permitir el atraque y la abajada a tierra.

Los expedicionarios estaban ansiosos de poner pie en suelo firme tras la

travesía de más de dos meses desde la salida de Sanlúcar de Barrameda,

aunque habían tocado en las Canarias y hecho aguada en ellas. Para buena

parte de los hombres era la primera vez que hacían el viaje, y pocos, aunque

hubieran navegado por otros mares, como el propio Cabeza de Vaca, lo

habían realizado tan largo. Otros, los menos y no estaba claro incluso que

fuera verdad en algunos, los que sí lo habían realizado, se habían pasado la

travesía contándosela a los demás y pavoneándose de su veteranía. Se

llamaban y mentaban, los unos a los otros, como baquianos presumiendo de

sus andanzas y peripecias, mientras que a los novatos se dirigían con el

nombre de chapetones. Pero no pocos de estos, desde luego los que venían

como soldados, tenían ya la piel curtida y marcada por las heridas de las

guerras, los más en las de Italia o la de los comuneros, e incluso alguno había

entre los oficiales y en la tropa que aseguraba haber luchado contra los moros

de Granada. Unos y otros, el baquiano al chapetón y el chapetón al baquiano,

animaban a sus compañeros y se juramentaban entre ellos de que en esta

ocasión todos volverían ricos a España. Si es que volvían, porque muchos no

deseaban hacerlo sino conseguir en aquellos territorios grandes riquezas,

tierras y honores y aposentarse en ellas. Después, logrado esto, y sobre todo

los hidalgos, que había muchos segundones que de tal condición alardeaban y

que no pocos tenían, tal vez retornaran para exhibir sus logros y recibir las

mercedes de los reyes, quizá hasta un marquesado y acaso un escudo de

armas para casarse si quisieran con linajudas damas, crear estirpe y ser cabeza

de ella. Otros lo habían logrado. Algunos lo habían visto con sus ojos y a

todos alguien se lo había contado.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca se encontraba entre estos y los comprendía

bien, pues desde mozo andaba en ello, y el rango, como segundo de Narváez,

que ahora tenía en la escuadra le había costado lo suyo lograrlo. Cómo no iba

a entenderlos si había pasado tantos años de su vida compartiendo, puede que

en el ejército de los que ahora eran sus camaradas de armas, el mismo fuego,

la misma comida, la misma congoja de la noche anterior y ese vacío final

cuando la batalla ha concluido y uno busca al que ayer combatió a su lado y a

lo que debe ayudar es a enterrarle.

Desde muy joven, con sangre hidalga y limpia pero con exiguos recursos,

aún menores cuando quedó huérfano de padre y madre, había encontrado en

la milicia su sostén. También era su orgullo. Él mismo se encargó de proclamarlo cuando, al pasar por las Canarias en la primera escala del viaje,

pudo contar al resto de los oficiales que su abuelo Pedro de Vera había sido

uno de los conquistadores de aquellas tierras y que de él tenía en herencia el

relato manuscrito de aquellas hazañas suyas. Sin embargo, su relato le había

interesado más a Trifón que a los de su rango y aquella había sido la primera

y mejor toma de contacto con él, pues de aquello sí tenía también memoria el

Viejo.

Cabeza de Vaca, más allá de estirpe, que con él viajaba, no dejaba mucho

más atrás, aunque tuviera esposa. Pero no era alguien a quien hubiera echado

en falta ni pensaba reclamar si la suerte le sonreía. No le había dado dicha ni

hijo alguno. Había casado hacía unos años por conveniencia mutua, porque

ella tenía algo de sangre judía y le venía bien emparentar con un hidalgo de

probado linaje y vieja sangre cristiana, y, aunque un tanto mermada su familia

en los caudales, aportó algunos que él necesitaba.

María Marmolejo, que así se llamaba, se había sentido siempre mucho

mejor, por su parte, con los suyos que en la casa del marido. Así que volvería

muy a gusto a ella, y, por su parte, Álvar había dejado de pensarlo nada más

subir al barco. No habían sido las hembras algo que, en sus últimos años,

persiguiera en demasía y no andaba tiempo hacía ni envuelto en faltas ni a

cuchilladas por ellas como muchos otros de sus iguales o de inferior

condición, que en esto creía y lo sabía por experiencia que todos los hombres

andaban parejos. A su parecer, ya pasados algunos trances, no merecía ni a la

media ni a la larga enredarse así ni por blancas ni por moriscas ni por negras

ni por las indias tampoco, que decían a todas horas los que allí habían estado

que eran complacientes y sumisas y que gustaban de los barbudos. Y si no

gustaban, igual daba.