Cabeza de Vaca
Capítulo 4
4
Los oficios de Álvar: de alférez a alcahuete
Soy hombre con suerte. Aunque sea solo por seguir viviendo.
TRIFÓN EL VIEJO
Trifón oficios había tenido pocos y beneficios, menos. De niño zagal y
después chico de los recueros. Le daban de comer lo que sobraba o cuando
había alguno que le tenía más compasión que la mayoría. Mejoró cuando se
metió a grumete: de ahí pasó a marinero y siguió en los barcos haciendo lo
que le mandaban. No tuvo nunca mayores pretensiones que ganarse la vida y
procurar no perderla. No sabía leer ni escribir ni tenía ambición alguna de ser
otra cosa de lo que era, un huérfano de pobres, que constituía la orfandad más
mala. De madre porque se murió al parirlo y de padre porque desapareció de
su vida antes de que pudiera siquiera recordarle la cara y no volvió para los
restos. Por lo visto, fue a comprar una muleta para su oficio de recuero a la
feria de Jadraque y allí lo que mercó fue una moza o ella a él. El caso es que
los dos se perdieron de vista, y tras alguna noticia los primeros años de que
andaban por la zona de Zorita luego ya no hubo ninguna. Entre los arrieros se
comentó que se habían ido para Cuenca y luego para Valencia, que era ya de
la Corona de Aragón y estaba aún más lejos.
Si bien se pensaba Trifón que había logrado progresar en la vida. En los
barcos se le estimaba. Valía para muchas cosas y se hacía querer por los
contramaestres. No es que fuera demasiado bueno con las velas y las
maniobras, bastante tenía con no caerse al mar, algo a lo que le tenía pavor,
pues siempre recordaba cómo había conseguido el primer empleo y no quería
dejar de la misma forma el puesto libre. Poco a poco consiguió aprender lo
necesario y hasta se desenvolvió con cierta soltura, pero no fue por ahí por
donde encontró su nicho, sino por las muchas faenas que había en la cubierta
y debajo de ella. Acabó por ser una especie de ayudante de las intendencias de
a bordo, que si del cocinero, que si del encargado de los víveres, que si le
ponían al cuidado de que no se pudriera el tocino ni se agusanaran demasiado
las galletas y las legumbres. En esos manejos y en hacer recados, al fin y al
cabo, era en lo que se desenvolvía desde crío, no tenía rival conocido. Y era algo que le apreciaban, el contramaestre, claro, pero también los oficiales, que
a cada momento le estaban pidiendo ayuda. Trifón siempre los hacía y luego,
sin que se notara en demasía, sabía cobrárselos, con algún trato más de favor,
algún consejo y hasta algunos dineros que añadir a lo que tenía como soldada.
Pese a que él soldado no había sido nunca, eso no le eximió de tener que estar
en campañas y verse en peligro de mucha muerte en ya demasiadas ocasiones.
Aunque fueron más las de morir ahogado, y a eso es a lo que mayor pavor le
tenía el alcarreño, que a muchos más que aquel grumete había visto sucumbir.
Más que por los flechazos de los indios.
Aun así, seguía en la mar porque no tenía ningún otro sitio al que ir ni otra
forma de ganarse la vida. Podía haber tratado de quedarse en una de las islas
conquistadas y hacerse con alguna plantación o montar algún negocio. Pero
las encomiendas se las otorgaban a los hidalgos y gentes de cierta estirpe, y
para montar un negocio no le dio nunca la industria. Lo intentó una vez de
tabernero, entrando al servicio de uno en el barrio de Triana, pero a poco
decidió que era mejor andar, y hasta menos peligroso ir por los océanos, pues
el día en que no había trifulca de borrachos había puñaladas de pícaros y el
que no cataba puñada de matón probaba arañazo de puta. Trifón era bastante
corto de estatura y, más que membrudo, un tirillas. Total, que volvió a
embarcarse. Así continuó su aprendizaje de cómo mantenerse callado y catar
a la gente y tomarle el número, aunque no supiera de ellos ni sumarlos ni
multiplicarlos. Pero dilucidar de qué pie cojeaba cada cual, eso lo cazaba de
primeras y rara vez marraba en su barrunto. Además, había aprendido a
enterarse de quién era cada individuo, lo cual muchas veces no coincidía con
lo que este decía y de lo que alardeaba. Por lo general, según le había
enseñado la experiencia, cuanto más, solía ser menos.
Cuando se arrimó al Cabeza de Vaca, sabía pues bien de sobra quién era
el hombre, que ya la mocedad se le había pasado hacía tiempo, aunque menos
que a él, que ya había pasado de sobra la cincuentena y aún más años parecía
tener a las espaldas, pese a que seguía ágil de piernas y magín. Que lo de ser
un tirillas no iba a ser malo para todo, y se mantenía más tieso que muchos
con bastantes menos años cuando el esfuerzo o la fatiga apretaban. Con el
trato en el puerto de Sanlúcar, donde a cada paso el hidalgo hubo de echar
mano de él para conseguir esta o la otra cosa que faltaba, y que no costara un
ojo de la cara, al tesorero y alguacil mayor de la escuadra, pues tal era Álvar,
se le fue haciendo imprescindible. Hizo que estuviera entre los de su nao y allí
le dio, si no rango, sí prebendas y mano, pues cuando el Viejo solicitaba algo
los más sabían de dónde venía la demanda y los menos acababan por saberlo y a la siguiente no rechistaban o, si acaso, farfullaban menos. Como además
no lo hacía con soberbia sino con humildad cómplice y sabía devolver los
favores y los buenos tratos de obra y palabra, Trifón tenía bastantes más
amigos que enemigos, aunque de estos siempre hubiera alguno, que contentar
a todos es la misión humana más imposible de todas.
Ya navegando, la cercanía entre ambos devino en cierta complicidad y
hasta en confidencia. Así, a no tardar, acabó por saber mucho más él de Álvar
que Álvar de Trifón, y no porque fuera el Cabeza de Vaca lenguaraz
precisamente, pues era más bien reservado y nada inclinado a andar dando
cuartos al pregonero, sino porque en las conversaciones, que en medio del
mar parecen encontrar mejor los momentos, los recuerdos iban en muchas
ocasiones fluyendo y se acababa por contar cosas que antes ni se le pasaba a
uno por la cabeza el haber tenido ganas de contarlas.
A Trifón lo que más le fascinaba de su superior y protector, aunque a
veces pareciera que el protegido era el otro, era verlo leer, y se asombraba aún
más de verlo escribir. Pues llevaba recado de hacerlo y tenía por gala y gusto
intentar dejar estampadas unas cuantas líneas casi todos los días. Cuando
andaba en tales menesteres, Trifón se quedaba quieto, mudo y sin moverse
para no molestarle y hasta para que no percibiera su presencia. Álvar sí era
consciente de ella, pero acabó no solo por acostumbrarse sino por echarla de
menos cuando faltaba. Había ocasiones en las que incluso al terminar le leía
en voz alta algo de lo que había escrito, y entonces Trifón meneaba la cabeza
con un gesto que denotaba una admiración profunda.
Álvar empezó también a admirar en cierta forma al otro. En su desempeño
desde luego era útil, pero lo que parecía en verdad milagro es que estuviera
simplemente vivo. Era un milagro de Dios, sin duda, pensaba. Un día le
preguntó por ello.
—Pues sí, don Álvar, a pesar de mi pobreza y ninguna fortuna, soy
hombre con suerte. Aunque sea solo por seguir viviendo. Nunca he tenido
nada, ni de niño ni de joven ni de viejo. Pero sigo vivo mientras que otros,
algunos capitanes famosos y otros las más grandes personas que este mundo
ha visto, han perecido, y a algunos los he visto morir con mis propios ojos.
Muchas veces me ha rondado la muerte, el naufragio y la herida, pero a Dios
debo sin duda dar las gracias porque habiendo fulminado a otros a mí me ha
dejado seguir viviendo. Espero que lo haga aún por el tiempo que considere, y
que no sea este muy corto. Sí doy gracias y soy hombre afortunado. Solo por
seguir viviendo.
Álvar pensó que él también debía dárselas, puesto que el Señor le había
protegido a él también en no pocas circunstancias, ya que sus oficios habían
sido en muchas ocasiones de los que en ellos la muerte es la probabilidad
primera. Desde que abandonó la casa familiar de Jerez no pocas veces le
rondó el peligro, unas en forma de espada o arcabuz y otras de deshonra y
cárcel. De todas había salido bien, y coincidieron los dos en que debían dar
gracias al Altísimo. Porque el primer oficio de Álvar fue la guerra y en la
primera batalla que libró los suyos fueron vencidos y no pocos, muertos.
Tras pasar largos años al cobijo de tía y abuela, a medias entre Jerez y
Sevilla, mientras se formaba en letras y se adiestraba con las armas, decidió,
cumplidos ya los veinte, alistarse en las tropas de la Liga Santa para luchar
contra Francia. Álvar llegó así a Italia y hasta a él, un hombre que gustaba de
comprender el porqué de las cosas, le costó entender lo enrevesado de todas
aquellas alianzas, pero aprendió a valorar lo que era ser soldado, a combatir,
defenderse, atacar, sobrevivir y confiar en los compañeros.
El papa Julio II había sucedido al español Borgia, Alejandro VII, y lo que
intentaba era recuperar para los Estados Pontificios lo que los Borgia se
habían quedado para ellos y convertirlos en hegemónicos ante todas las
repúblicas itálicas. Topó con Venecia y se alió con Francia, el emperador
germánico Maximiliano de Austria y Fernando el Católico. Venecia no tuvo
más remedio que someterse, pero los franceses habían aprovechado la ocasión
para apoderarse de Milán y Génova. El sinuoso Julio II cambió entonces las
estrategias y formó la Liga Santa contra los franceses; al Vaticano se sumaron
España, en esta ocasión la anterior enemiga Venecia y poco después el rey
inglés, Enrique VIII, Suiza y de nuevo Maximiliano. El rey francés no se
arredró, ni aunque el Papa hubiera depuesto y excomulgado a su aliado
Alfonso de Ferrara, marido de Lucrecia Borgia, sino que rodeó Rávena y su
aliado tomó Brescia.
Fue en Rávena donde por vez primera, entre los infantes de la ya muy
temida infantería española, Álvar vio llegar la muerte hacia él y él dio muerte
a otros. Se trató de una batalla perdida, aunque a medias solo, ya que los
franceses vencieron, pero su triunfo fue un corto espejismo. Rávena fue
tomada, si bien la alcazaba, al mando del bravo Marco Antonio Colonna,
resistió. La Liga se batió en retirada. Los infantes españoles, tras haber hecho
retroceder al enemigo, se retiraron también al verse desbordados por la
caballería gala, pero aguantando las filas y haciendo estragos.
Álvar, un simple soldado y novato, aprendió aquel día lo que era el poder
devastador de los cañones, con que ambos bandos se machacaron al iniciarse la lid causándose una gran matanza. Vio morir a muchos a su lado,
despanzurrados, y él mismo estuvo a punto de ser alcanzado, aunque la
fortuna le había llevado a que cayera el proyectil justo donde antes estaba.
Resultó providencial el grito de los alféreces haciéndoles echar cuerpo a tierra
y ponerse a cubierto tras unos promontorios. Calló al fin la artillería y vieron
llegar a las tropas francesas. Entonces se levantaron y formaron los cuadros.
Y fueron ellos quienes avanzaron. Álvar fue con ellos al encuentro de la
muerte y presto a darla a otros para salvarse de ella.
Trabadas las lanzas, los infantes españoles se metieron por debajo,
reptando casi en medio del tumulto, y espada en mano degollaron a los
franceses que retrocedían. Se gritó victoria pero se hizo antes de tiempo, pues
una batalla no está ganada hasta que concluye. También hubo de aprenderlo
aquel día. La caballería de la Liga atacó precipitadamente, rechazada con
graves pérdidas por la mortífera artillería y luego arrollada por la caballería
francesa, que mandaba el gran líder del ejército galo, Gastón de Foix, duque
de Nemours, que la desbarató y tomó prisioneros a sus dos jefes. La reserva
de a caballo, al mando del virrey español, Cardona, huyó sin presentar batalla.
Entonces la muerte vino hacia la infantería y hacia las filas en que formaba
Álvar; los vencedores de tan solo un instante antes. Gastón de Foix, al frente
de los lansquenetes franceses, se lanzó al asalto definitivo dispuesto a aplastar
por completo al enemigo.
Álvar aprendió una cosa más todavía. Que en tales casos la salvación no
está nunca en la huida. Que resistir es la única esperanza, que hay que
mantener el cuadro, aguantar la fila, de picas y espadas, hombro con hombro,
y obedecer las órdenes. Los capitanes en primera fila, los alféreces en la
segunda, y atenerse a lo entrenado con los aceros o con el arcabuz, cargar,
cargar, apuntar y disparar; así una y otra vez sin pensar en ninguna otra cosa.
Eso fue lo que los salvó y lo que le costó la vida al gran adalid de Francia.
Porque los galos vencieron la batalla pero perdieron a su jefe. Gastón de Foix
se lanzó él mismo y en cabeza intentando romper la línea de los arcabuceros,
que estaban impidiendo a los vencedores perseguir al resto del ejército en
retirada. La carga francesa para romperla y culminar el combate parecía
imposible de detener. Pero la compañía se mantuvo compacta, cargó los
arcabuces, a punto para el disparo, apoyados en sus horquillas clavadas en
tierra, y cuando estuvieron tan cerca que oían ya el resollar de los caballos,
dispararon casi a quemarropa. Gastón de Foix cayó del caballo. Álvar vio
como un grupo de infantes españoles lo rodeaban, y aunque un grupo de
caballeros franceses intentó acudir en su socorro, las picas atravesaron su cuerpo y una espada lo remató hundiéndose por debajo de su falsa braga. La
batalla la ganaron, pero el duque había muerto. La infantería española,
acosada, siguió ordenadamente plantando cara, y si bien perdió hecho preso a
su propio general, Pedro Navarro, logró en su mayor parte cruzar el río
Ronco. Los franceses, desalentados por la muerte de su adalid, no buscaban
ya el cuerpo a cuerpo con los infantes españoles. Que se cobraron muchas
vidas pero que sufrieron muchas pérdidas. Doce de sus trece coroneles
murieron y el último falleció de las heridas cuando ya llegaban a posiciones
más seguras.
La compañía al fin se puso a salvo y Álvar continuaba entre ellos. Había
logrado sobrevivir y comprobó que ni siquiera había sido herido. Caía la
noche y el ruido de la batalla se apagaba, pero entonces la oscuridad se llenó
de gemidos de los heridos y estertores de los moribundos. Él tenía el recuerdo
de la muerte viniendo sobre él y se palpó, incrédulo de estar vivo y ni siquiera
herido ni por metralla ni por bala ni por lanza ni por espada, aunque sí tenía el
cuerpo molido, lleno de golpes que serían luego grandes moratones. Pero
¡estaba vivo, estaba vivo!, y dio gracias a Dios; solo hacía eso, dar gracias a
Dios, y se durmió agotado dándoselas.
Al día siguiente comprobaron que los franceses habían renunciado a
perseguirles. La victoria francesa resultó ser a la larga inútil y hasta nociva. El
ejército español se repuso en Nápoles, se reforzó, y no mucho después Álvar
regresó al norte. Los franceses se batieron en retirada y sus derrotas se
sucedieron. Se vieron obligados a marchar de Milán y luego perdieron todo lo
que habían tomado, teniendo que abandonar Bolonia, Parma, Brescia,
Piacenza, Reggio Emilia, sucumbir en Novara y haber de recruzar su tierra
por los Alpes, pero fueron perseguidos hasta Dijon, mientras los ingleses
amenazaban con cruzar el canal de la Mancha y Maximiliano con atravesar su
frontera por el norte. En Italia el único aliado que le quedaba era Florencia,
que no fue lo suficientemente ágil para cambiar a tiempo de bando y sufrió el
ataque y el saqueo de los aliados. Francia se rindió. Fernando el Católico se
cobró el favor prestado. El precio fue Navarra. Estaba, bajo protección
francesa, gobernada por Catalina de Foix, casada con Juan III de Albret. Una
bula papal de Julio II, so pretexto de que fomentaban las herejías albigenses,
les excomulgó y autorizó a cualquier soberano a anexionarla. Fernando
aprovechó la coyuntura. Lo cierto es que las tropas españolas habían entrado
ya en su territorio antes siquiera de haber sido promulgada la bula y la
incorporaron a Castilla.
A Álvar Núñez Cabeza de Vaca también le cayó algo en suerte. Fue
ascendido a alférez y enviado a la gran fortaleza de Gaeta, aquella que tomó
el gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba tras la batalla del Garellano y
símbolo del poderío español en Italia. La vida de Álvar fue placentera durante
aquellos tiempos. Disfrutaba de su rango, acabadas las guerras, en la
impresionante fortaleza conocida como la «llave de Nápoles», pues en verdad
lo era, asomada al mar Tirreno, desde el Monte Orlando, que se comunicaba
con la tierra más firme por una península arenosa y baja. Como muchos
oficiales de las tropas vencedoras, Álvar pasó meses disfrutando de su
estancia y del bullicio de Nápoles, de sus alegres meretrices, muchas
españolas, por cierto, y viviendo la vida revoltosa, pendenciera y galante de
otros como él, jóvenes de probada hidalguía, pero muy pocos con los linajes y
contactos que daban acceso a los salones de los palacios o a la cercanía de los
grandes generales.
Frustrado en ello, dejó de frecuentar la ciudad y se encerró cada vez más
tras los muros de Gaeta, con creciente hartazgo de mujeres de pago y
borracheras sin tino que en más de una ocasión acabaron a cuchilladas.
No sabía que estaba en su futuro, aunque luego se sonriera al recordarlo
tras salir al cabo bien librado, que serían las putas las que en su segundo
oficio iban a estar a punto de dar con él ante los tribunales inquisitoriales y
llevarlo a las puertas de la cárcel, porque el oficio de la guerra no le duraría
mucho. De ello llevaban encargándose ya algún tiempo doña Beatriz y doña
Catalina, que tenían mejores, más cercanos y lucidos planes para un ascenso
mucho más importante que el de alférez en consideración, rango y, por
supuesto y prioritariamente, hacienda.
Tía y abuela llevaban meses moviendo hilos y solicitando favores para
que su ahijado entrara al servicio del duque de Medina Sidonia. El futuro bien
podía estar en su propia tierra y al cobijo de uno de los nobles más poderosos
del reino, como lo había estado y con ellos medrado su tío. Lo mejor era que
volviera cuanto antes de Italia. No hizo falta excesivo esfuerzo por
convencerlo, pues muchos, en su misma situación, lo estaban haciendo,
aunque la mayoría, y él también y con mayor ilusión si cabe, lo que tenían en
mente era partir hacia las Indias. Era allí donde se pondría en valor mejor que
en sitio alguno su experiencia, su coraje y su destreza con la espada y donde
podrían lograr con ello que su linaje, su apellido y su propia fortuna, en
muchos de los casos relegada por algunos malos pasos, por el hecho de ser
segundones y por la pobreza, volviera a refulgir en su persona y puede que los
convirtiera en cabeza misma de una estirpe gloriosa.
Ese era el deseo que también inflamaba el ánimo de Álvar. Pero la
prudencia le llevaba a pensar que aquella partida hacia el oro y la fama tal vez
hubiera de esperar, y no había mejor lugar para hacerlo que al lado de
Sanlúcar de Barrameda, de donde salían hacia allá los barcos. En su propia
tierra, en la puerta misma de su casa, de donde su admirado tío, don Pedro,
había estado para partir y nada menos que como adelantado y gobernador
cuando le alcanzó la muerte. No era pues cosa de embarcarse al buen tuntún,
sino de intentar hacerlo a su tiempo y con una posición relevante. Desde
luego había que comenzar a moverse, porque él menos que nadie pintaba ya
nada en Nápoles. Eso pensaban sus tías y lo sabía bien Álvar.
El momento propicio llegó a la muerte del cuarto duque, Enrique de
Guzmán, sin hijos, y heredado el ducado por su hermanastro Alonso Pérez de
Guzmán, hijo de un segundo matrimonio de su padre. Al nuevo duque
acababan de casarlo con Ana de Aragón, una nieta bastarda del rey Fernando,
hija de uno de los cientos que el Católico tuvo, pero Alonso de Aragón era el
primogénito de todos, incluidos los legítimos. Al tal Alonso su augusto padre
lo nombró arzobispo de Zaragoza con tan solo cuatro años y como tal
oficiaba, aunque lo de la castidad lo llevaba con parecido relajo que su
progenitor la fidelidad conyugal. No era la primera ocasión, por cierto, que el
rey quería casar a su nieta con el Medina Sidonia, hacerla duquesa y acabar
así de una vez por todas con los desencuentros y enfrentamientos que el
monarca había tenido de continuo con la poderosa casa nobiliaria, que
siempre le había profesado una manifiesta ojeriza. Pero le madrugaron el
intento.
El tercer duque había casado a su hija mayor con Pedro Girón, máximo
impulsor de los rencores contra el rey, y era este, a su muerte todopoderoso
cuñado del cuarto duque, un niño de doce años, quien hacía y deshacía a su
antojo para evitar la vuelta al redil real. Cuando el soberano, para zanjar
conflictos y hostilidades, propuso casarlo con doña Ana, le contestó que era
imposible, pues ya estaba casado precisamente con su hermana. Algo que era
mentira, pero que se apresuró a hacerlo verdad de inmediato. El rey Fernando
tenía muchos defectos, pero en absoluto el de ser tonto. Desterró a Girón,
quien huyó a Portugal llevándose como salvaguardia al duquecito, y ordenó la
toma de todas las villas y fortalezas de la casa ducal. Niebla, casa madre e
insignia, resistió y a consecuencia de ello sufrió el asalto y la masacre por
parte de las tropas reales. Después don Fernando apretó pero no ahogó,
autorizando el uso de sus dineros, riquezas y posesiones, no fuera a resultar
una resistencia mayor. Así pues, permitió regresar a Girón con el chico y los dos se instalaron en Osuna. La tempestad pareció calmarse pero no amainó
definitivamente. Volvió a encresparse cuando a Enrique, cumplidos los
dieciocho años, le dio por morirse sin haber concebido heredero y al abrir el
testamento resultó que dejaba todo, títulos, villas y dineros, a su hermana
mayor, la que estaba casada con Girón. El rey Fernando eso no iba a tolerarlo.
Se impugnó el testamento, el hermanastro del fallecido, Alonso, hijo de la
segunda esposa del duque anterior, doña Leonor de Zúñiga, reclamó sus
derechos y el Rey Católico, con gran contento, se los restituyó de inmediato.
Es más, decidió que si al primer intento no pudo, lo lograría en el segundo y
firmó el acuerdo de casamiento del heredero con su nieta, pero como Alonso
era todavía menor de edad puso a doña Leonor a gobernar el ducado hasta que
el niño cumpliera los años necesarios. En 1515 la duquesa viuda murió y se
celebró la boda en Plasencia de doña Ana y don Alonso Pérez de Guzmán, ya
duque con todas las de la ley. El rey Fernando creyó que ya tenía a la nieta
casada, a los Medina Sidonia en el aprisco y al fin concluido todo a su gusto.
Se equivocaba, aunque no pudo verlo, pues murió al año siguiente. La
segunda tampoco valdría, para la vencida tendría que haber una tercera. En
esta iba a tener mucho que ver el Cabeza de Vaca.
Su tía Beatriz, que había mantenido estrechos lazos con la casa ducal,
aderezó muy bien la vuelta de su sobrino y este entró al servicio directo de los
nuevos duques. Aunque de la misma forma y manera que oficiales y
sargentos, cuando llegó a su compañía como soldado novato en la guerra, le
hicieron pasar por un duro entrenamiento, su tía y abuela, en similares papeles
de mando, le sometieron a un necesario adiestramiento y le aleccionaron con
todo detalle sobre lo que debía hacer en su nuevo cometido y cercanía al
duque, por muy alférez que hubiera sido y por muy curtido soldado que
hubiera vuelto. Álvar, que se hubiera encendido ante tal imposición y
ordenanzas con cualquier compañero de armas, en presencia de las dos
mujeres no solo se sometía sino que hasta sonreía sumisamente ante lo que
más que consejos eran órdenes, aunque dichas de tal forma, y sabedor de que
solo buscaban su fortuna y posición, que las disfrutaba en vez de enfadarse
mientras ellas, para que pasara mejor el trago, le daban vino bien curado y
seco de Jerez y ellas se tomaban algunos sorbos de moscatel.
—Lo primero que has de aprender, sobrino —le aleccionó doña Beatriz
—, es el nombre que veneran en esa familia y en quien sustentan todo su
orgullo y gloria: don Alonso Pérez de Guzmán, el fundador de la casa de
Medina Sidonia, cuyo nombre y apellidos llevan todos los hijos primogénitos
del linaje. Cuando los moros aún pretendían volver a tomar estas tierras, rodearon Tarifa y cogieron preso a Pedro, el hijo menor y más querido de su
defensor Guzmán. A cambio de su vida exigieron la entrada en la fortaleza,
pero Guzmán el Bueno, desde entonces así llamado, con lágrimas en los ojos,
les tiró su puñal para que lo mataran, pues él no iba a rendir la plaza ni
traicionar a su rey. «Matadle con este, si lo habéis determinado, que más
quiero honra sin hijo, que hijo con mi honor manchado». Los moros lo
mataron, claro. Por ello llevan todos los primogénitos su nombre y los
segundones lo añaden al segundo para que no se pierda.
—De ello proviene su nobleza y el poder de la familia —continuó doña
Catalina—. Los sucesivos reyes le fueron otorgando cada vez mayores
mercedes y más grandes propiedades, en tierra, como el señorío de Sanlúcar y
las villas de Rota, Chipiona y Trebujena, y en el mar, como las almadrabas de
Chiclana o de Conil, de las que gozan.
Luego las señoras se entregaron al relato pormenorizado de los avatares
de la familia, y a nada Álvar ya estaba definitivamente perdido entre los
nombres repetidos y los vaivenes de alianzas y desencuentros con los reyes o
con otros nobles, sobre todo con los Ponce de León, sus máximos rivales en la
zona y de los que había sido deudo su abuelo Pedro de Vera. Pero ello
quedaba ya en el pasado. Ahora era cuestión de que el nieto les sirviera lo
mejor posible y que a su servicio encontrara su fortuna. A poco de aquel
repaso a la genealogía ellas por fin lo presentaron a los jóvenes duques, él
más que ella, pero doña Ana muy lozana, juncal y saludable.
—Demasiado. No tiene muestra alguna de embarazo la duquesa y ya
debería tenerlo —susurraron a la salida doña Beatriz y doña Catalina. No
sabía Álvar que aquel iba a ser el principal de sus problemas.
Los duques le dieron acomodo en su palacio de Sanlúcar, donde habían
establecido su residencia principal ya mucho tiempo antes, tras haber
entendido que por muchas razones resultaba el mejor enclave, y no era la
menor su cercanía a Sevilla, que era el lugar en el que todo fluía, partía o
llegaba, y por tanto donde había que estar. Por supuesto poseían casas allí,
como también seguían manteniendo sus residencias en Medina Sidonia, en
Huelva y en todas las muchas villas donde gozaban de señorío y propiedades.
El joven Cabeza de Vaca aprendió pronto a lidiar aquellas nuevas batallas
y con las intrigas y emboscadas que no por ser menos cruentas eran menos
peligrosas que las de Italia. Lo hizo con aprovechamiento y consiguió
establecer una buena relación no tanto con el duque, un poco distraído y
abstraído siempre, como con sus dos hermanos menores, Juan Alonso y
Pedro, en especial con este último, con quien hizo particular amistad.
Se movía por los vericuetos del palacio como pez en el agua y sus
estancias y habitantes tuvieron a nada pocos misterios que él no conociera. El
edificio, que había sido primero levantado por los moros, conservaba como
restos sus arquerías y un amplio salón, y a él se había ido añadiendo a lo largo
del tiempo una serie de casas y estancias, así como la capilla palatina, que
eran conocidas como el «palacio nuevo». El actual duque le había tomado
querencia a esta zona y estaba ahora en la tarea de ampliar y embellecer tanto
los edificios como los jardines. Había convertido, y esto ya lo había visto
hacer y contribuido a ello el propio Álvar, lo que había sido la antigua
barranca de Sanlúcar, donde se asentaba el muro de contención del palacio, en
un maravilloso jardín-bosque, con fuerte desnivel, terrazas y miradores,
presidido por los acantos, pero en el que no faltaban tampoco las palmeras,
los naranjos y los nísperos. Una verdadera delicia de brisas y aromas que
gustaba en extremo al duque. Muchas flores, muchas plantas, muchos olores y
colores, pero lo que no nacía era niño alguno. Al duque le encantaba plantar
semillas y esquejes vegetales de toda clase. Todas menos la suya propia. No
parecía interesarle en absoluto el trato carnal con su mujer. Y así, claro, niños
no podía haber. Que era lo primero que se esperaba de él.
Ahí fue cuando Álvar, ya en muchas privanzas y cercanías, entró en el
juego. Desesperados por la inapetencia del duque, de la que doña Ana no
dejaba de quejarse, pues ni siquiera había completado una coyunda carnal con
ella ni en una sola ocasión y ya llevaban dos años casados, recurrieron a
Álvar, quien se había ganado fama de gran conseguidor de las cosas más
inauditas. Y que lograra subir los ardores sexuales del duque bien podía ser
algo que tal vez él pudiera lograr. Al fin y al cabo había sido soldado y nada
menos que en Nápoles; sabía a conciencia de las artes de las meretrices, que
en ningún lugar tenían más fama que las de allí, aunque las sevillanas no les
iban a la zaga. Así que tal vez ellas pudieran conseguir levantarle al duque las
ganas y que tras endurecerle la verga esta pudiera penetrar y derramarse en el
lugar donde debía hacerlo: en doña Ana.
Tan delicada misión le fue encargada al Cabeza de Vaca y este no tuvo
otro remedio que aceptar, aunque al mal decir de alguno, lo hizo con sumo
gusto y provecho, pues amén de catar él primero el material, también obtenía
buenos réditos en las transiciones. Por el palacio comenzaron a llegar, con
nocturnidad y emboscamiento, hermosas hembras de jóvenes y muy prietas
carnes, con largas sabidurías en las artes de la coyunda y habilidades sin igual
en la forma de enverrecar a los hombres, por mermados por bebida o pesares
que estuvieran.
A pesar de sus mejores esfuerzos, sus potingues y aceites, sus caricias y
posturas y hasta ciertos brebajes y comidas que se suponían capaces de
hacérsela levantar a un muerto, no pudieron vencer la impotencia manifiesta
de don Alonso Pérez de Guzmán, quinto duque de Medina Sidonia, amante de
los jardines y de los tratos espirituales, pues gustaba mucho de acudir a los
monasterios y santuarios, el de los dominicos, el de Nuestra Señora de la
Caridad Coronada, el de la Merced o el de Madre de Dios o cualquiera que le
pillara cerca o incluso a trasmano.
Sin embargo, hubo quienes entendieron, entre ellos el propio hermano
pequeño del duque, que no era cosa de desperdiciar lo que Álvar traía y venía
ya generosamente pagado, y que se marchara sin gozo ni beneficio para nadie
y sin cumplir con lo contratado y que había de dar igual que el cumplimiento
fuera con don Alonso o con algún caballero de su cercanía o incluso de su
fraternidad. Así que por un tiempo prosiguieron los negocios y los intentos,
hasta que la Iglesia intervino.
Alguien se fue de la lengua. Sería en confesión cuyo secreto no se guardó,
sería algún criado indiscreto, sería alguna resentida dama que se había olido
los juegos en que andaba su marido o incluso el mismo duque en sus asiduas
visitas conventuales. El caso es que se destapó el pastel y como no podía
arremeterse con quienes lo habían encargado ni contra grandes caballeros que
se aprovecharon de los dulces, el vinagre fue a caer sobre Álvar. Este no solo
vio su puesto peligrar sino algo mucho peor, que cayera sobre él la
Inquisición y lo acusaran de alcahuete. Una circunstancia que podía acarrearle
los peores resultados y las más desgraciadas consecuencias. La cárcel, de
entrada y como inicio de los procedimientos del Santo Oficio.
Los hermanos del duque, el menor Pedro y quien le precedía, don Juan
Alonso, consiguieron, el uno por amistad y estar él mismo implicado, y el
otro porque vio en ello un interés mayor, tras bastante trajín con los clérigos y
autoridades eclesiásticas, al fin y al cabo muy deudoras de su familia, que
dejaran la cuestión en una amonestación y algún pago en penitencia del
acusado y algún óbolo y aceptación de la casa ducal de ciertas viejas
peticiones de los monasterios, y que se olvidaran del asunto dándolo como
pecado venial y sin mayor trascendencia. Álvar se libró del oprobio y las
mazmorras, pero a quien vino bien el suceso fue a la postre a don Juan
Alonso, que a raíz de la escandalera, notoria a pesar del silencio impuesto,
acabó por quedarse para sí con el ducado y con la esposa.
Don Pedro, el hermano menor, y Álvar ya para entonces habían intimado
mucho. El joven noble, quien más tarde acabaría haciéndose acreedor de la
merced real del condado de Olivares[2], era particularmente avispado y audaz.
Unido aún más con el Cabeza de Vaca por la peripecia del intento de
procreación del duque y dando ya aquello por imposible y consciente de lo
que estaba afectando al prestigio, solidez y futuro de la familia, Pedro
comenzó a rumiar una idea que no dudó en trasladar al beneficiario y que
consistía en quitarle el título al mayor y que este pasara al segundo, Juan
Alonso. Por supuesto, Juan Alonso se mostró encantado.
Porque además de la desgana sexual, de su impotencia radical, al duque le
dio por comenzar a hacer todo tipo de excentricidades. Se comportaba de
manera cada vez más descarriada y cayó en los mayores desvaríos, unas veces
propios de rabietas de niño chico, otras sucumbiendo a tremendas
depresiones. El noble pasaba muchos días encerrado en sus aposentos y salía
de pronto para correr compulsivamente de iglesia en iglesia y de monasterio
en monasterio, otorgándoles a curas y frailes las más espectaculares
donaciones.
Vamos, que los clérigos eran los únicos que estaban muy congratulados
con él, mientras que la familia echaba las muelas en su contra. Incluida doña
Ana de Aragón, a quien el arcijo en que había estado envuelto Álvar no la
había enemistado con él, con quien siempre había tenido el mejor de los tratos
y que seguía gozando de su confianza. Ella era la más interesada en tener un
hijo y que este fuera duque algún día. Estaba bien claro que con el actual
aquello no iba a poder ser. Así que lo lógico era buscar sustituto. Y solo había
uno posible.
Un día que ambos, don Pedro y Álvar, se habían acercado juntos a Sevilla
para resolver algunos asuntos de la casa y que Álvar quería aprovechar
también para visitar a su tía Beatriz, el joven Medina Sidonia se sinceró.
—La situación del ducado no puede continuar así. Mi hermano Juan
Alonso, y yo le apoyo firmemente, va a presentar el problema al rey Carlos.
La casa ducal corre peligro y tenemos que encontrar una solución. Y esta no
es otra que el traspaso del ducado y la anulación del matrimonio. Para ello es
imprescindible que sea la propia duquesa Ana quien jure ante Su Majestad y
las altas autoridades eclesiásticas cercanas a la corte, pues con las de Sanlúcar
mejor no contar, que su marido no la ha tocado y mantiene su virginidad. ¿Tú
crees, Álvar, que estaría dispuesta a hacerlo?
—Pues para mí tengo que bien pudiera ser que sí, don Pedro. Pero ella es
nieta del Rey Católico y no quiere bajo ningún concepto dejar de ser duquesa,
algo que perdería si se produce la anulación matrimonial. Ello es lo que
supone el contratiempo y dificultad mayor.
Quedaron los dos en silencio mientras apuraban un vaso de buen vino en
la más lujosa casa de lenocinio de cuantas había en la ciudad, tras haber
pasado a visitar a algunas de las señoritas que habían participado en la fallida
operación de lograr calentar al duque.
A Álvar entonces se le ocurrió que quizá quien podría ofrecerles buen
consejo, como mujer más ducha en apetencias femeninas, bien podría ser su
tía Beatriz, a la que don Pedro tenía en gran estima, al igual que no ocultaba
su admiración por su difunto tocayo, Estopiñán, a quien había conocido y con
quien había jugado siendo un niño. Se lo propuso al joven conde y a este le
pareció, tras dudarlo un poco, pues suponía descubrir la intención, que doña
Beatriz bien podría hallar o sugerir alguna idea que resolviera el asunto. Así
que, tras reconfortarse un rato más con las muy agradecidas muchachas que
siempre se alegraban de la generosidad en el pago de sus servicios pasados y
de los presentes, se presentaron en casa de la viuda de Estopiñán, quien los
recibió con mucho alborozo y que escuchó con extrema atención y alguna
discreta sonrisilla la zozobra de don Pedro. Algo, o, mejor dicho, bastante,
conocía ya del asunto doña Beatriz. Y como mujer sabia tenía muy clara la
solución evidente del mismo.
—Si doña Ana lo que quiere, y desde luego no va a renunciar a ello y
menos provocar su relevo ella misma, es seguir siendo duquesa, solo existe
una salida, y es que el nuevo duque, vuestro hermano Juan Alonso, contraiga
matrimonio con ella, tras anular el anterior con don Alonso. No hay otra —
sentenció con una sonrisa la señora dándole un sorbo a su moscatel favorito.
Comprendió don Pedro que doña Beatriz había dado con el quid y que la
solución propuesta, dos pájaros en el mismo tiro, era la más fácil y evidente.
Además, le pareció que el arreglo no desagradaría, sino al contrario, a su
hermano. Doña Ana era de buen ver, buenas hechuras, lozana y alegre y de
sangre real, aunque fuera bastarda pero muy reconocida. Así que se tomaron
un vaso más de vino seco y otro moscatel más doña Beatriz, a la que don
Pedro instó a mantener el secreto de manera muy insistente, cosa que ella
prometió y Álvar aseveró.
—No hay nadie más discreto ni que tenga más cariño a vuestra familia
que mi tía Beatriz, y el secreto queda bien a salvo con ella.
Salieron hacia Sanlúcar al amanecer del siguiente día y con rápidos y
buenos caballos. Al llegar al palacio, don Pedro se despidió para correr a
encontrarse con Juan Alonso.
—Ahora, Álvar, he de ser yo quien hable con mi hermano y él o los dos,
luego con la duquesa. Yo te tendré informado, pero es importante que, por ahora, mi hermano no sepa nada de que tú estás al corriente. Esto ha de
quedar dentro y sin salir de la familia.
—Por mí, don Pedro, no se sabrá. No dude vuestra merced de ello ni un
instante.
Pedro y su hermano pretendiente se movieron con rapidez y eficacia. La
duquesa Ana se unió a ellos de inmediato. Estaba ya desesperada de su
situación y aquello suponía para ella la mejor salida posible, pues mantenía su
título y condición. Además, el nuevo marido le gustaba bastante más que el
que había tenido aquellos dos años largos sin que la mirara ni como mujer ni
como esposa. Se sentía profundamente frustrada y ofendida y ella también
movió sus hilos en la corte, donde tenía sus aliados, aunque su abuelo hubiera
fallecido un año antes, y en el clero, porque su padre seguía siendo nada
menos que el arzobispo de Zaragoza.
Su declaración, al igual que la de don Pedro y don Juan Alonso, a las que
se añadieron las de criados y sirvientes de la casa y con un particular
protagonismo la del propio Álvar, aunque no se sacó por muy claras razones a
colación lo de las putas, fue tan contundente y decisiva que en poco llegó la
favorable decisión real. Más aún cuando quien iba a ser el nuevo duque
prometió al despojado que no iba a quedar desamparado ni mucho menos,
sino que dispondría de dineros, rentas y casas suficientes como para no tener
que preocuparse de nada en su vida. Aunque eso sí, de Sanlúcar tendría que
marcharse y dedicarse a sus jardines en cualquier otro lugar. El afectado, que
no era en absoluto combativo, aceptó la oferta y la sentencia se emitió con
inusitada celeridad.
Don Alonso fue declarado «mentecato e impotente», se anuló, como no
consumado, el matrimonio y se traspasó el ducado a Juan Alonso, que de
inmediato casó con doña Ana de Aragón, quien celebró con alborozo y una
preñez rápida su nueva situación. Al fin y al cabo, era la tercera de las bodas
previstas con tres hermanos y tres Medina Sidonia: primero se le iba a casar
con el cuarto, Enrique, cosa que Téllez Girón frustró; luego casó con el
quinto, su hermanastro Alonso, que le salió impotente, y al fin fue con el
sexto, su excuñado, Juan Alfonso, con quien culminaba sus propósitos. A la
tercera fue pues la vencida, y doña Ana engendró y parió. Un hijo varón por
mayor dicha[3].