Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 4 de 35

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Cabeza de Vaca

Capítulo 3

3

 

El huérfano, la tía y la abuela

 

In soli Deo honor et gloria.

 

Lema en el escudo de armas de Pedro de Estopiñán,

conquistador de Melilla

 

Álvar se encariñó mucho de niño con su tío Pedro de Estopiñán. Ofreció muy

pronto muestras de gusto por aprender y querencia por los libros, aunque su

tío no se planteó nunca que pudiera estudiar leyes ni mandarlo a Salamanca a

aprenderlas. Porque el muchacho gustaba también de las armas y en ellas se

adiestró con provecho. Influyeron sin duda en ello las hazañas de su tío, sobre

todo la más famosa, después de la ya relatada del chapuzón con el pirata, la de

la conquista de Melilla a los moros, que sucedió cuando andaba él por los

nueve años.

En cuanto aparecía por Jerez ya estaban los chicos, sus hijos, el sobrino y

toda la recua de chavales rodeándole, y, lejos de molestarse, ello le satisfacía

sobremanera. Álvar lo contemplaba con arrobo. Era el primero en pedirle que

les contara historias de sus batallas y conquistas, y el duro guerrero se

complacía en hacerlo. Acababa la escena en el patio ajardinado, risueño él

con un buen vaso de vino en la mano y la chiquillería, con los suyos de

limonada, tan muda y tan absorta que se le olvidaba bebérselos. Estopiñán los

prefería desde luego a la tropa de cuñados y parientes que a lo único que

venían era a pedirle favores, tanto por la posición que tenía como la que le

daba añadida su cercanía a la casa de los poderosos duques de Medina

Sidonia y la estima que estos le tenían.

El duque Juan, sabedor de cómo se había comportado en el asalto pirata a

las almadrabas, era quien le había otorgado su plena confianza y dado la

dirección de la empresa cuando los Católicos Reyes le encomendaron pasar el

Estrecho y tomar Melilla para, por un lado, darles una estocada a los moros y,

por otra, disputar el terreno a los portugueses que señoreaban Ceuta y la

habían convertido en un enclave comercial muy próspero. Lo puso al mando

de las tropas y fue todo un acierto el hacerlo. Él no olvidaba tampoco, sabía

ser agradecido, que el difunto padre de Álvar, Francisco de Vera, como provincial de la Santa Hermandad, como regidor y capitán del concejo de

Jerez, había contribuido en que aquella elección tuviera un apoyo absoluto.

La ciudad de Melilla había sido refugio continuo para los piratas turcos,

argelinos y berberiscos y había tenido una populosa población, pero estaba en

claro declive por las disputas y sangrientas guerras entre ellos. Pedro de

Estopiñán desembarcó con cinco mil infantes y doscientos cincuenta jinetes y

le puso cerco. La guerra intestina entre los piratas le facilitó las cosas, pues

mucha parte de la población había abandonado la ciudad a causa de ello y los

que quedaban optaron por rendirse y evitar mayores males. Dejó allí una

guarnición de mil quinientos hombres y regresó a la península. La conquista

no había sido, pues, difícil, pero Estopiñán dio muestra de su enorme valía y

coraje cuando tocó defenderla.

Al año siguiente los musulmanes lanzaron un fuerte ataque para retomarla

y hubo de acudir a toda prisa al rescate. Con rapidez consiguió organizar las

tropas, desembarcar con ellas y conseguir cercar a los sitiadores, a los que

atrapó entre dos fuegos. El éxito fue total y el comendador persiguió a los

moros hasta obligarlos a asentarse cerca de Orán con la amenaza de seguir

avanzando. Cuando él volvió lo hizo con un rico botín y medio millar de

cautivos.

Los chicos disfrutaban cada una de sus estancias en Jerez, que no duraban

mucho, pues marchó a vivir con su esposa Beatriz a Sevilla, a la calle

Francos, donde colocó su escudo de armas y su lema In soli Deo honor et

gloria. Y una vez más hizo gala de merecer su lema y siguió acrecentando su

fama cuando el rey Fernando lo requirió de nuevo para acudir al Rosellón a

librar del asedio a la plaza de Salces, rodeada por las tropas del rey francés

Luis XII. Empleó las mismas artes que en Melilla y con el mismo fruto.

Dividió a sus tropas en dos grupos, uno que hostigaba de continuo la

retaguardia de los sitiadores mientras el otro bloqueó el puerto donde

intentaban desembarcar los refuerzos franceses y los obligó a retirarse.

Amenazados al verse atrapados, los sitiadores optaron por levantar el campo.

Fue tras aquello y por ello por lo que el rey nombró a Estopiñán adelantado y

gobernador general de todas las Indias. Comenzó los preparativos del

traslado. Su esposa e hijos tenían previsto acompañarle, y nada hacía

presagiar lo que iba a ocurrirle. Una cosa es lo que los hombres proponen y

otra lo que Dios dispone. Falleció repentinamente durante una visita al

monasterio de Guadalupe, donde fue enterrado.

A Álvar su muerte le afectó más, por la admiración y estima que le tenía y

por lo imprevisto en aquel hombretón sano y alegre, que la de su propio abuelo, que había acaecido tan solo unos meses antes. En aquella ocasión, su

mediación en el reparto de la herencia, fue a ser la última vez en que vio a su

tío, y, aunque muchacho, pudo percatarse de que por sus buenos haceres no

acabó la familia a palos y pleitos por la herencia. Bastante menguada, podía

haber supuesto serios disgustos entre la viuda y los hijos si no hubiera sido

por su mediación, aunque contó en todo momento con la aquiescencia de su

padre, don Francisco, que al transigir en los derechos de la viuda lo hacía

también en beneficio propio, pues estaba casado con una de sus dos hijas.

Doña Catalina poseía, desde luego, más haberes por ella misma, tierras de

labor, el manso de Zurita, que cultivaban sus aparceros, huertas en Medina

Sidonia y vides en Arcos de la Frontera, que lo que le quedaba del marido,

que fueron sobre todo las casas principales en Jerez, mientras que el ingenio

que tenía en propiedad en Gran Canaria fue a parar a los hijos y no tardó en

venderse y liquidarse. A ello se añadía una cantidad de plata nada desdeñable,

que se repartió entre todos dejando solo muy poca cosa en la casa, y los doce

esclavos, la mayoría blancos de origen canario, de los que cinco quedaron

para la viuda. Todos menos uno estaban bautizados.

Para Álvar aquellos años fueron los de morirse todos, empezando por la

misma reina Isabel y el almirante Colón, pero sobre todo los propios, el

abuelo Vera, el tío Pedro y después, en un doble y demoledor golpe, su madre

primero y al poco su padre. En unos meses había pasado de ser el primogénito

de una casa con posibles a convertirse en un niño huérfano y desvalido. Su

mundo se derrumbó de súbito, y el desamparo y la soledad estuvieron a punto

de apoderarse por completo de su ánimo. Pero algo resistió en su interior, algo

que le hizo sorberse las lágrimas y aguantar el dolor. Además, tuvo ayuda y

amparo.

Fueron la viuda de su abuelo, doña Catalina, y su tía, doña Beatriz, la

viuda de Estopiñán, las dos Cabeza de Vaca, quienes se lo dieron. Ellas lo

acogieron y lo cuidaron como a un nieto y un hijo, ellas fueron desde

entonces su familia, mucho más que la de los Vera. Pasó a vivir en sus casas,

en la de Jerez de la abuela y también largas temporadas en la de Sevilla de su

tía, junto a sus primos, casi hermanos ya en esa época y para siempre, pues la

lealtad mutua perduraría entre ellos durante toda su vida y por encima de los

mayores contratiempos. Álvar comenzó a ser lo que fue luego, mucho menos

Vera y mucho más Cabeza de Vaca.

La abuela Catalina y la tía Beatriz le dieron el cobijo y el cariño que sus

tíos los Vera, siempre pendientes de los dineros, difíciles de trato y fáciles

para el despego, le negaron y que acabó por distanciarle de su estirpe y acercarle a la otra. La tía y la abuela le animaron en su aprendizaje tanto en

las letras como en espadas, le ayudaron a ascender cuando sentó plaza de

soldado, lo introdujeron en la cercanía del duque de Medina Sidonia, el más

poderoso de toda la Andalucía Occidental, haciendo que se alejara de las

viejas rencillas de su abuelo y su servicio como el más allegado a los Ponce

de León. Asimismo, le buscaron mujer cuando volvió de las guerras de

Nápoles, le abrieron las puertas de la Casa de Contratación, que era abrirle la

Sevilla que pintaba en oros y fama, y le apoyaron para que lograra el máximo

rango, tras Pánfilo de Narváez, cuando se comenzó a armar la flota que iba a

partir a la conquista de la Tierra Florida. Para ello, tanto ellas como él no

dudaron en echar mano de los débitos a ambos apellidos, al de Vera para

reclamar aquello como rédito de debe no pagado al abuelo Vera por sus

servicios a la Corona en Canarias y al de Cabeza de Vaca por aquel

nombramiento otorgado, pero nunca disfrutado, de adelantado y gobernador

general de La Española y las Indias todas.

Álvar tampoco dejó de hacer por su parte los méritos necesarios ni con la

espada, ni con la diplomacia ni con su saber obtener ventaja con las letras.

Demostró valentía en las filas contra los franceses en Rávena y dotes de

mando en Gaeta cuando se le dio oportunidad de tenerlo. Formó, cuando ya

estaba al servicio del duque de Medina Sidonia, en el bando realista y vio

decapitar a los jefes comuneros en Villalar. Su único tropiezo fue el esmerarse

en demasía en que su señor tuviera un hijo, lo que le costó un tropiezo con los

clérigos. Pero ya para entonces gozaba de protectores y amigos poderosos, y

él mismo tenía sus poderes. Entre los amigos que se había ido haciendo estaba

el propio hijo del gran Almirante, Hernando Colón, de edad y gusto por los

libros similares a los suyos, de cuyo saber aprendió mucho y cuyo prestigio le

permitió subir escaleras y alcanzar oídos que sin él no le hubieran escuchado.

Pero antes y por encima de nadie, ni el duque, ni Hernando ni ninguno de sus

apoyos y mentores, estuvieron su tía Beatriz y su abuela Catalina, en las que

encontró dos madres por la que había perdido, diestras en guiarle por la senda

precisa, con suaves, pero firmes, hilos de seda en vez de con duros guantes de

hierro. Él les agradeció tanto su afecto como sus lecciones y les correspondió

llevándolas siempre en el corazón y en el recuerdo. Ellas sí fueron las mujeres

de su vida y quienes, más que nadie, la determinaron. Dios y la memoria de

ellas devinieron su apoyo y su amparo en los momentos de tribulación, y su

cariño, aunque fuera lejano, constituyó el consuelo de sus miserias y dolores.

La abuela Catalina aún pudo verlo embarcar en su primer viaje y la tía

Beatriz, hacerlo acompañado de su propio hijo Pedro a tomar posesión ya como adelantado y gobernador en el segundo, como si aquello fuera la

compensación que la vida le daba de no haber podido hacerlo ella y su

marido, cuando a ello se disponían pero la muerte alcanzó al Estopiñán antes

de poder mandar izar las velas.