Cabeza de Vaca
Capítulo 5
5
Compañeros de armas
Lo degollaron [al comunero Francisco Maldonado], como quien dice, por no descomponer el cartel.
MANUEL AZAÑA
Aquel trance suyo al servicio de los Guzmán no era, desde luego, de los que
Álvar quisiera que se supiera ni se mentara. Ni recordarlo quería, no fuera a
escapársele algo. Si bien el peligro de la Inquisición había quedado atrás,
podía siempre comenzar el de las habladurías, y andar en boca de las gentes
por alcahuetería supondría dejar la propia honra manchada para los restos. Ni
siquiera se lo relató a sus madrinas, aunque estas de algo sí que debieron de
enterarse, pero callaron y no hicieron preguntas. Fue asunto del que estaba
prohibido hablar en el palacio ducal y Álvar, por descontado, no tenía el más
mínimo interés en que tanto tiempo después reapareciera justo cuando se
hacía realidad su viejo sueño de partir para las Indias y comenzaba a conocer
a sus compañeros de escuadra. Nada de aquello tenían que saber sobre su
persona; desde luego no debía enterarse su superior Narváez, ni sus
compañeros, los oficiales mayores que conformaban con él círculo de poder
alrededor, y aún menos que nadie el fraile. En realidad, el trato de Álvar con
ellos y ya desde el principio, si bien era muy correcto y su palabra muy
considerada, no llegó nunca a ser de confianza con ninguno de ellos. Sí la
tuvo un poco mayor con algunos de los capitanes que mandaban en las tropas
de soldados, que constituían la mayor parte de los embarcados, aunque
también viajaba una buena cantidad de gentes que iban no como
conquistadores sino como colonos y que llevaban incluso con ellos a sus
mujeres.
Entre aquellos capitanes estaba un tal Castillo, un hombre de no muchas
palabras, muy reservado pero que le pareció de fiar desde el primer día.
También había otro, Andrés Dorantes, que venía acompañado de un hermano
más joven y que debían ser gente de cierto caudal, pues se hacían servir en el
viaje por un esclavo, un moro negro que tenían y al que llamaban Estebanico.
Los tres eran salmantinos, el primero de la capital misma y los segundos de Béjar, pero antes de alistarse en la expedición no se conocían a pesar del
paisanaje.
Con Castillo, sobre todo, que iba en su propia nao, fue con el que trabó
más relación, pero percibía algo en el otro que no acababa por descifrar del
todo. Se notaba que era un buen jefe y que sus hombres le obedecían y
respetaban. Fue ya embarcados, y cuando los hombres tenían más tiempo de
hablar y los de armas gustaban de relatarse unos a otros sus batallas, cuando
alcanzó a atisbar lo que el otro ocultaba. Secretos tenía él, los tenía incluso el
viejo Trifón, y también los guardaba Castillo.
La última contienda intestina que había sacudido España no hacía
demasiado tiempo que había concluido, y en ella estuvo en juego el propio
rey, el reino y todo. Había sido una época muy convulsa, tras la muerte de
Isabel. El reinado de su hija doña Juana, su marido el Hermoso, la muerte de
este, el llanto y desvarío de su esposa. El fallecimiento del rey Fernando, que
aún intentó engendrar, pues se casó de nuevo con Germana de Foix, un hijo
legítimo, de los otros tenía de sobra, para entregarle Aragón y romper la
unidad creada. La regencia de Cisneros, la oposición al rey Carlos, nacido y
criado fuera de España mientras que su hermano pequeño Fernando lo había
sido en Medina del Campo. Su llegada, rodeado de príncipes flamencos que
no hablaban la lengua castellana y despreciaban a los españoles, no solo no
apagó el malestar, sino que lo convirtió en incendio, máxime cuando fue
elegido emperador y decidió partir para Europa y para ello hubo de pedir
cuantiosas sumas. Las ciudades y gentes castellanas estallaron. Hartas de
pagar tributos para que el rey cumpliera sus ansias imperiales y, sobre todo
sintiéndose postergadas, desde la alta nobleza hasta los meros hidalgos,
procuradores y burgueses, por los validos flamencos, pues el rey incluso
nombró regente a uno de ellos, el cardenal Adriano, se sublevaron y la
situación se tornó muy complicada para los intereses de los flamencos, ya que
algunas grandes familias más o menos subrepticiamente les apoyaban.
Ejemplos había por doquier y hasta en la casa nobiliaria más poderosa, la de
los Mendoza, donde el hijo mayor del propio duque del Infantado había hecho
gestos de simpatía con los comuneros y una pariente muy próxima, su sobrina
María López de Mendoza y Pacheco, hija de los marqueses de Mondéjar y
condes de Tendilla, era la esposa del líder comunero, el toledano Juan de
Padilla.
No era ese el clima en el palacio de los Medina Sidonia con nuevo duque,
pero igual duquesa, donde se había restablecido la calma y vuelto a la
normalidad de hábitos y costumbres. Entendieron, además, que era el momento de congraciarse definitivamente con la realeza, agradecer su apoyo
y el traspaso del título; no había mejor ocasión que la rebelión comunera para
demostrarlo. En prueba de ello se decidió enviar un contingente en su apoyo y
que este lo mandara el hermano menor del duque, el audaz Pedro, y con él
nadie mejor que Álvar, curtido ya antes en las guerras italianas y que gozaba
de su amistad y confianza para acompañarle. Había llegado la hora de ganarse
de una vez por todas el favor del rey.
Al inicio de aquel invierno del año 1520, la guerra había empezado,
además, a cambiar de signo tras las primeras victorias comuneras y las
defecciones realistas que habían puesto a muchas ciudades castellanas en sus
manos. Pedro y Álvar llegaron a mediados de noviembre para unirse a las
tropas que, mandadas por el conde de Haro, don Íñigo Fernández de Velasco
y Mendoza, hijo primogénito de la gran casa nobiliaria riojana y de la no
menos linajuda de los alcarreños, estaban establecidas en Medina de
Rioseco[4]. El pequeño destacamento andaluz había tenido un viaje duro y la
conversación giraba en torno a un único asunto principal: el frío. Añoraban el
calor de sus tierras gaditanas y sus cálidas brisas y maldecían aquellas rachas
de aire gélido que les cortaban la piel. Las armaduras heladas quemaban las
manos y aterían los cuerpos. Se quejaban de cuando el viento era seco, pero
aún más cuando se desataba la cellisca y lo que se desprendía del cielo era la
nieve o, todavía peor, un agua tan fría que era aún más penosa de soportar. De
todo habían tenido en el camino desde Sanlúcar, pero por fortuna, tras cruzar
con mucha penuria la sierra central y con no menos inclemencia la primera
parte de la meseta, el tiempo se había amansado, calmado el viento y regalado
alguna soleadilla recibida con golosa devoción.
Llegaron al fin a Medina de Rioseco, enclave en el que estaba acantonado
el ejército realista. Se encontraba a muy corta distancia de Tordesillas, la
capital misma de la rebelión, donde había sido recluida por su demencia la
propia madre del rey, doña Juana, y era el lugar esencial de referencia de los
comuneros levantados. Don Pedro Girón y Velasco mandaba las tropas de la
Santa Junta. Las realistas, el conde de Haro, veterano de las guerras de
Granada y las Alpujarras, pero a su lado estaban también el regente Adriano y
sus consejeros flamencos, que mermaban su autoridad.
Álvar había librado ya, y perdido, su primera batalla en plena línea de
combate, enfrentándose al enemigo cara a cara. En este nuevo cometido iba a
ser diferente e iba a poder conocer los otros vericuetos, los que acababan en
realidad por decidir la suerte de la guerra, pues por mor de su cercanía a don Pedro pudo estar al tanto de lo que ignoraban los soldados y hasta los
capitanes, que eran quienes vertían y derramaban la sangre.
Estaba para finalizar noviembre cuando Girón dio a los suyos orden de
avanzar hacia donde los realistas acampaban estableciendo el grueso de sus
tropas en la localidad de Villabrágima, a tan solo una legua de Medina de
Rioseco, mientras que otros destacamentos se desplegaban tomando pueblos a
su alrededor: Villatrechos, Tordemudos, Villagarcía de Campos y Urueña.
Incitaban al conde de Haro a atacar.
Este no cayó en la trampa, aunque el regente Adriano no dejaba de
insistirle en que mandara sus tropas al combate, pues eran superiores en
número y armas y la victoria, segura. El de Haro, hombre prevenido y
conocedor de aquellos con quienes tenía que combatir, pues en no pocas
ocasiones habían luchado codo con codo contra los enemigos de España, se
resistió y se negó a hacerlo, apoyado por todos los nobles y en particular los
castellanos, que conocían los parajes.
—Señor regente, los deseos de victoria de vuestra merced los tenemos
todos y por ella vamos a combatir hasta la muerte. Pero no menospreciéis al
enemigo. Son castellanos y hasta la muerte combatirán ellos también. Su jefe,
don Pedro Girón, nos quiere llevar a una trampa. Está bien atrincherado en
Villabrágima y, además, tiene el flanqueo de las vides que lo cobijan —
expuso don Íñigo.
—¿Son las vides la gran fortaleza a la que teméis? —se burló un noble
flamenco, y le aplaudieron otros de su misma condición.
—Las vides, sí, señor —contestó con sorna el conde de Haro—. Los
viñedos ocupan toda la orilla izquierda del río Sequillo y son el peor territorio
para nuestra mejor y casi exclusiva fuerza, la caballería, mientras que el
terreno es el perfecto para su infantería, que es su mayor y mejor arma. Por
eso hemos de aguardar. Ellos han avanzado, nos provocan a atacar ahora, y
no. Esperaremos a que sean ellos los que se hayan de mover —remachó con
total seriedad el conde.
Asintió de inmediato el almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez de
Velasco, desde el pasado mes de septiembre nombrado por el rey Carlos
cogobernador del reino junto con el cardenal Adriano y el condestable de
Castilla, que además tenía un interés personal en ello, pues de librarse allí la
batalla se haría en su propio feudo, en su tierra misma. Lo hizo también con
gracia el conde de Benavente, don Hernando de la Vega, pero en voz baja
susurrándole al condestable, ante las razones de aquellos señores flamencos,
que nunca habían blandido espada:
—Digo para mí que, si pusiéramos a un doctor y a un licenciado de estos
atados a cada una de las banderas de cuantas iremos a pelear, yo sería el
primero que votase en irla de inmediato a dar.
Pese al enfado de Adriano, se decidió, al fin, que esperarían.
Don Pedro se lo contó después a Álvar con algunas cuestiones que no
habían dejado si no de sorprenderlo sí de hacerle reflexionar, porque, aunque
joven, conocía bien a los personajes. De hecho, con alguno mucho tenía que
ver. El primero, el propio jefe de los sublevados, don Pedro Girón de Velasco.
—Quien está al frente de las tropas contrarias es nada menos que el
vástago de Girón, el hermano casado con una tía nuestra y hermano de doña
María, la viuda de mi hermanastro Enrique —le explicó don Pedro—. Es él
quien reclamó para sí el ducado y que el rey se lo concediera en vez de a mi
hermano tras quitárselo el Impotente. Al negarse a ello don Carlos, se sulfuró
agriamente contra él y se pasó a los comuneros. Por ello, y no es pequeña
razón, estamos nosotros aquí. Pero aún hay otras que son las que llevan a que
haya tanto remilgo a combatir en estos lares. La madre del Girón que manda a
las tropas contrarias es una Haro, tanto que es la propia hermana de don Íñigo
Fernández de Velasco, que es quien manda nuestras tropas. Y en nuestra
familia ha habido parentesco con los Haro también, pues mi hermanastro
Enrique era hijo de la primera mujer de nuestro padre, Isabel Fernández de
Velasco. Los nobles estamos todos emparentados. Y peor, tierras y villas
donde habría de darse la batalla son señoríos de quienes han de combatir en
ellas y asaltarlas.
Los parentescos significaban poder, tierras, lindes, influencias, pensó
Álvar, quien también había observado que esa nobleza, la más poderosa del
reino, estaba temerosa de una reacción contra ellos mismos si se enfrentaban
en sus propios dominios con los comuneros. El viejo conde de Haro sabía
bien de todo ello. Pero pensaba más en sus tropas y en cómo desempeñarse en
la batalla. Tenía como mejor y más decisiva fuerza un poderoso contingente
de caballería, más de dos mil lanzas que le daban una seria ventaja contra las
menos de mil que los comuneros podían poner en su contra. También gozaba
de ventaja en la artillería, veinte piezas en total, que se habían traído de
Navarra, aun a costa de desguarnecer la frontera con Francia, y que superaban
en mucho al enemigo, que solo contaba con cuatro piezas gruesas y otras seis
más ligeras, falconetes.
En la infantería, sin embargo, era con creces superior la comunera, pues se
habían ido añadiendo efectivos y superaban los ocho mil infantes. Además,
estos estaban mucho más motivados, ya que eran esencialmente milicias urbanas de las ciudades más afines a los comuneros, como Valladolid,
Segovia y Toledo, y hasta un batallón de trescientos curas armados a las
órdenes del obispo de Zamora, Antonio Acuña. Los infantes realistas habían
sido reclutados mayormente por los nobles en sus señoríos.
El conde de Haro tenía pues ventaja, pero no tanto en el campo que se le
ofrecía para el combate, y decidió esperar apoyado por los nobles castellanos
frente al cardenal Adriano. Al cabo, la espera resultó fructífera.
El día 2 de diciembre llegó la nueva.
—Los comuneros abandonan Villabrágima. Se están moviendo hacia
Villalpando.
Al conde de Haro le llenó de alborozo la noticia, pero al condestable de
Castilla le embargó la zozobra. Villalpando era villa suya, y nada más llegar
las tropas comuneras se rindió sin resistencia. El de Haro y algunos más
sopesaron la posibilidad de acudir a rescatarla, pero el condestable se negó en
redondo; no quería verla deshecha, y les convenció a todos.
Aquel movimiento de Girón, intereses personales del condestable al
margen, era un error garrafal. Dejaba abierto el camino a Tordesillas y el
veterano conde vio en ello su gran oportunidad. Quedaba expedito el camino
a la ciudad símbolo, donde estaba custodiada la propia reina Juana.
—Asestaremos un golpe definitivo a los rebeldes. Tomando Tordesillas
rompemos el corazón de la sublevación. Se quedan sin capital, sin reina y sin
alma.
El día 4 de diciembre comenzó la marcha y ocuparon con rapidez las
villas de Castromonte, Peñalver y Torrelobatón, que se interponían en su
camino hacia Tordesillas. El día 5 por la mañana estaban ya ante ella. A
mediodía el conde de Haro envió con dos trompeteros y un rey de armas un
ultimátum de rendición. Luis de Quintanilla, que había quedado al mando,
intentando ganar tiempo y que el Girón regresara con sus fuerzas, pidió un
plazo para dar respuesta. Maliciándose la treta, el conde no tardó en enviar un
nuevo requerimiento definitivo. Al recibir una respuesta negativa, acuciado
por el cardenal Adriano, que le instaba a no demorar ni un minuto, ordenó
abrir el fuego de artillería, y a las tres y media de la tarde lanzó al asalto la
infantería. En la plaza solo quedaban ochenta lanzas y cuatrocientos infantes
al mando del medinense Quintanilla que se defendieron con bravura,
especialmente un grupo de los curas de Acuña que había permanecido allí, y
mantuvieron a raya la intentona, que flaqueaba cuando el artillero Miguel de
Herrera atinó tan bien con su descarga que logró abrir un portillo en la
muralla. Los realistas se lanzaron en tromba y lograron penetrar por el muro, pero los comuneros aún resistieron prendiendo fuego a las casas cercanas y
cambiando la muralla de piedra por la de llamas.
Atardecía ya cuando, en medio del resplandor de los incendios, los
asaltantes se adentraron definitivamente en la ciudad con los soldados del
conde de Benavente en cabeza, seguidos por los del conde de Alba de Liste y
el pequeño destacamento andaluz con Pedro Pérez de Guzmán delante. Álvar
Núñez Cabeza de Vaca, al lado de don Pedro, entró también junto a las tropas
del conde de Haro. La lucha, sin embargo, continuaba casa a casa entre un
frenético repicar de campanas, y en un momento dado cundió la alarma. Una
tropa de caballería se acercaba al galope en socorro de Tordesillas. Se temió
que se tratara de una avanzada de las tropas de Girón, que volvían, pero de
inmediato se percataron de que no era así, sino que era un intento desesperado
del capitán Suero del Águila con cien lanzas, quien procedente de Alaejos se
lanzaba a la carga. La caballería realista, cuya mayor parte permanecía fuera
de las murallas, no tuvo apenas problemas en envolverlos y no tardó en
aplastarlos y coger preso a su propio adalid y a casi todos los caballeros que
no acabaron muertos. Para entonces, además, la artillería había logrado abrir
otra brecha en la muralla, esta ya lo suficientemente espaciosa para que
penetrara por ella incluso la artillería. Al caer la noche se produjo la rendición
de los grupos que aún resistían y los vencedores se entregaron al pillaje,
salvándose tan solo las iglesias, los conventos y la residencia de la reina
Juana, aunque del pillaje no se libró la montura de su hija y hermana del rey
Carlos, la infanta Catalina de Austria, que permaneció con ella durante todo
su encierro.
Los nobles aparentaron por todo ello gran enfado, pero se excusaron
diciendo que había sido algo que no pudieron controlar, y solo el conde de
Benavente, quien había sufrido una herida de saeta en un brazo y su hijo otra
en el muslo, ordenó castigar a alguno.
Los frutos de la victoria fueron muchos, pero muchos más podían haber
sido. El más importante era la propia caída del símbolo y capital de la
rebelión, así como la toma del control del lugar y la persona de la reina Juana.
Esta, a pesar de su demencia, no había consentido en ser instrumento contra
su hijo Carlos y se negó a firmar el documento que al respecto los comuneros
le habían presentado. Hubo otras consecuencias no menores en relevancia. Se
apresaron trece procuradores, tres de Salamanca, dos de León y uno por las
ciudades de Segovia, Madrid, Toledo, Ávila, Toro y Murcia, el último de los
cuales para desvelo de Álvar resultó apellidarse Cabeza de Vaca, así como de
Soria y Guadalajara. Tras ello decidieron no enviar representantes a la Junta y los Mendoza ya no tuvieron fisuras en su apoyo al rey Carlos. El obispo
Acuña se retiró a Toro, y Girón, que llegó a ser acusado de connivencia y
traición por el movimiento que había dejado el camino expedito a las tropas
del rey hacia Tordesillas, acabó renunciando cuando llegó a Valladolid, que
se había convertido en la nueva capital de los sublevados. A pesar de los
requerimientos de sus familiares de la nobleza, Girón no quiso cambiar de
bando y pasar a servir con ellos. Las deserciones aumentaron, pero la causa
comunera no se hundió, sino que pareció enfurecer por el saqueo de
Tordesillas.
Se hicieron incluso planes, alentados por Juan de Padilla, de volver a
tomarla, pero a poco se contempló la imposibilidad de llevarlos a cabo. Tras
la batalla los nobles volvieron a cuitas, peleas y diferencias entre ellos y con
los flamencos, y desaprovecharon la victoria, pues, aunque así lo quería el
cardenal Adriano, no se decidieron a lo que era lo pertinente: avanzar hacia
Valladolid y asestar el definitivo golpe de gracia a la rebelión. Se limitaron a
dejar potentes destacamentos y guarniciones en torno a Tordesillas y
licenciaron buena parte de sus tropas. Había varios, agrupados en torno al
almirante de Castilla, que preferían salir del asunto a través de un acuerdo
negociado, aunque los del condestable exigían la mano más dura. Pero unos y
otros no querían sufrir daños ni represalias contra sus propios feudos, porque
sabían que las tropas y simpatizantes de los comuneros podían hacerlo. Sin
duda el saqueo de Tordesillas los había enfurecido.
Los comuneros, espoleados sobre todo por Padilla, no cejaban en su
intento de aproximación a Tordesillas. En uno de sus movimientos, apenas
dos meses después de la batalla, consiguieron un éxito importante con la toma
del castillo de Torrelobatón, donde el jefe comunero acantonó a sus tropas a
la espera de partir hacia Valladolid o hacia Toro. Esperaba recibir refuerzos
de artillería de la capital, pero se produjeron disputas y renuncias que
impidieron hacerlo hasta el 20 de abril de 1521, cuando ya era demasiado
tarde.
El ejército del condestable avanzaba hacia el lugar y el día 21 estaba ya en
Peñaflor de Hornija, donde se le unieron las tropas del almirante de Castilla y
varios centenares de lanzas de la caballería nobiliaria. Las patrullas
comuneras no dejaban de advertir a Padilla que cada vez estaban más cerca, y
el día 22 le presionaron con ardor para que se moviera e iniciara algún
movimiento, pero hasta el 23 al amanecer no se produjo la salida rumbo a
Toro. El día les recibió con una lluvia fuerte y pertinaz que no cesaba, que
embarró caminos, atascó carruajes, ralentizó la marcha y aguó los ánimos. Siguiendo el curso del río Hornija avanzaron penosamente hacia su meta y
protección en Toro, por las aldeas de Villasexmir, San Salvador y Gallegos,
pero a la altura de Vega de Valdetronco la caballería realista ya se les estaba
echando encima y la lluvia arreciaba.
El toledano, Juan Padilla, entendió que la batalla era inevitable. A toda
prisa y en un último esfuerzo, intentaron llegar a Villalar, el siguiente pueblo,
y dar la batalla en el Puente del Fierro, con el objetivo de que esta se
produjera al menos al cobijo de las casas. La artillería se instaló en sus calles
y se aderezó a toda prisa la defensa. Eran unos seis mil hombres a pie, cerca
de mil de ellos con armas de fuego, y unas cuatrocientas lanzas. Pero viendo
la inferioridad notoria que tenían con las fuerzas que venían tras ellos, sobre
todo la potente caballería que traían y la superioridad absoluta de la artillería,
no fueron pocos los que aprovechando la confusión y la tormenta decidieron
desertar. Bastantes de ellos eran incluso de pueblos limítrofes, por lo que
conocían bien los caminos y veredas de huida.
Las tropas comuneras ni siquiera tuvieron tiempo de ordenarse y
desplegarse para la defensa. Esta vez, y nada más tomar contacto, la caballería
realista se lanzó al ataque, sin esperar siquiera la llegada de su infantería, que
no se presentó sino cuando la contienda ya había concluido.
Álvar y el de Medina Sidonia participaron en el asalto en el que los
comuneros se defendieron mientras sus tres jefes, Padilla, Bravo y
Maldonado, los sostuvieron, pero los tres acabaron rodeados y capturados y
ya toda la defensa se desplomó. El ejército comunero sucumbió por completo
aquel día. Los muertos superaron el millar y varios miles más se rindieron.
Solo una parte consiguió llegar a Toro, perseguida por el conde de Haro, el
vencedor de Tordesillas. Otros pasaron la frontera hacia Portugal en
Fermoselle. Hubo quienes en su periplo acabaron llegando hasta Toledo en su
defensa final para acompañar a la viuda de Padilla, María Pacheco, y al
obispo Acuña, que se unió a ella.
La justicia real cayó en Villalar rápida e implacable sobre los cabecillas.
Al día siguiente de la batalla y en el mismo lugar donde esta se había
producido, tres jueces castellanos, Cornejo, Salmerón y Alcalá, dictaminaron
que eran «traidores a la corona real de estos reinos» y los condenaron a morir
decapitados y dictaron la confiscación de sus bienes.
Álvar asistió, como buena parte de las tropas vencedoras, a la ejecución.
Los tres hombres confesaron sus pecados a un fraile franciscano. Subieron al
cadalso con paso firme y cabeza altiva. Dirigieron la mirada a quienes los
contemplaban con semblante sereno y entregaron su cabeza al verdugo, que se la cortó con una enorme espada. El silencio era tan profundo que se oyó el
golpe del acero, tras cortar la carne y el hueso, al dar contra la madera del
tajón. Luego el verdugo mostró la primera cabeza a las tropas congregadas. El
silencio se hizo aún mayor hasta que, ajusticiado el último, las gentes se
separaron entre murmullos.
Fue al contar aquello Álvar, a poco de embarcar desde Sanlúcar, mientras
cada cual en el corro de los soldados se daba a conocer y rememoraba alguna
de las batallas en las que había participado, cuando se fijó en la actitud de
Castillo. Según tenía por costumbre el capitán, que no había participado con
peripecia alguna de su cosecha, permanecía muy serio y silencioso, pero algo
en su gesto le hizo observarle con mayor detenimiento; al llegar a la captura y
ejecución de los líderes comuneros y describir su subida al cadalso vio que en
sus ojos había un brillo acuoso. No hubo nada más que aquello, pero en la
memoria de Álvar quedó grabado para siempre y creyó comprender algunas
cosas. Entre los soldados embarcados era bien seguro que algunos, si no
bastantes, no habían estado precisamente al lado de los realistas y puede que
hubiera quien hubiese combatido contra ellos en aquellos tiempos, incluso en
la misma Tordesillas y hasta en el día de Villalar. Al irse a descansar y antes
de coger el sueño recordó que en Tordesillas habían apresado a tres
procuradores de Salamanca y algo que aún pudiera dar más sentido a los ojos
humedecidos del capitán Castillo. Su nombre completo era Alonso del
Castillo Maldonado. Su segundo apellido era el mismo que el del jefe
comunero decapitado. Y ambos eran salmantinos.
Otro recuerdo de aquellos días sangrientos le asaltó. Quien en principio
iba a subir al cadalso no era Francisco, sino un primo suyo, que comandaba
junto a él las tropas comuneras salmantinas, llamado Pedro Maldonado
Pimentel. Pero el conde de Benavente era tío suyo, como pregonaba su
apellido, Pimentel, así que intercedió por él y en su lugar a quien decapitaron
fue a Francisco. A la postre de nada le valió. Un año después, tras un juicio
más formal, fue decapitado también, al ser excluido del perdón general
otorgado por el rey Carlos por su condición nobiliaria, hecho que hacía más
grave su traición a la Corona. Algún día le gustaría conversar de ello con el
capitán Castillo, si bien comprendía que aún no había llegado el momento
adecuado.