Cabeza de Vaca
Capítulo 7
7
El muy cumplido Ponce de León y los caníbales
A todos acostumbran a cortar su miembro porque engorden, como fazen en Castilla a los capones para comer en fiesta.
CRISTÓBAL COLÓN,
carta a los Reyes Católicos
Al día siguiente, sin embargo, fue el Cabeza de Vaca, quizá despertado su
interés y despejada su mente por la brisa marina y los efluvios del profundo
océano, quien le buscó al otro la conversación. Se encaminaban hacia la
Tierra Florida, y puesto que el viejo Trifón había andado en el segundo viaje
de los Colón, con quien había coincidido había sido con su descubridor,
Ponce de León. Y Trifón estaba deseoso de hablar de ello.
—En aquel viaje, muy bien preparado y con muchos barcos y gentes,
vinieron no solo el Almirante y sus hermanos, sino algunos amigos suyos,
como su paisano Cuneo, el que se reía de los fastos al llegar a La Gomera, y
también muy importantes capitanes. Algunos de ellos hoy gozan de gran fama
y recuerdo. Estuvo el más valiente a mi juicio y el más hábil con la espada,
Alonso de Ojeda, que era casi medio paisano mío, de Cuenca. Y el navegante
Juan de la Cosa, que era cántabro, muy ducho en las cosas del mar y que
hacía cartas para que los marinos luego tuvieran referencias de las costas.
Tengo para mí que también venía como enviado de la reina para vigilar a
Colón de cerca. Se notaba mucho. Y sí, estuvo en el viaje don Juan Ponce de
León y dio buenas pruebas de lo cumplido caballero que era. Él fue quien
bautizó, don Álvar, como la Tierra Florida a donde vamos a poblar. Pero ya
sabrá vuestra merced que murió en ella. Esperemos no correr la misma suerte.
—Dicen que buscaba la fuente de la eterna juventud —dijo el jerezano—,
porque entendió que, de hallarse en algún sitio, allí estaría —malmetió Álvar.
—No creáis tales cuentos ni de aquella tierra ni de don Juan, que era uno
de los más cumplidos y sensatos caballeros con los que uno ha navegado y
que aun siendo de la sangre más noble no tuvo para mí, el último grumete,
nada más que buen trato y hasta alguna palabra animosa. No se perdía en tales
ensoñaciones ni tontunas. Todos nos haremos viejos, yo ya lo soy, y todos nos
vamos a morir se ponga cada cual como quiera.
Ponce de León había coincidido con el Almirante en Granada. Para dar
prueba del aprecio que los reyes le tenían y en honor a su linaje y a su valor
en el combate, fue de los que acompañó a los soberanos en el cortejo que
entró a la ciudad recién conquistada.
—Un bravo y prudente caballero, ya ve vuestra merced, que hizo muchas
conquistas y poblaciones y que no dejó de encontrar fortuna y oro. Hasta que
todo se lo llevó aquella flecha emponzoñada que le atravesó la pierna y le
envenenó la sangre. Pues habéis de saber, don Álvar, que esas flechas con
ponzoña son la peor arma que contra nosotros tienen los indios. Los caribes,
que son caníbales y malos, que serán también los que viven en las selvas a
donde nos dirigimos, son los peores y más fieros.
Para Álvar, los Ponce de León tampoco eran en absoluto desconocidos. Su
abuelo, el Vera, había servido a su casa, y durante mucho tiempo su familia
estuvo ligada a ellos más que a los Medina Sidonia, con quienes se disputaba
la primacía en la Andalucía Occidental. Eran de tan antiguo abolengo que no
solo habían estado en la toma de Granada sino que siglos antes, cuando el
destino de toda la península se jugó en Las Navas de Tolosa, ellos, a pesar de
ser leoneses, habían optado por estar al lado del rey castellano Alfonso VIII,
al que un día los musulmanes habían bautizado como el Rey Pequeño.
Entonces eran los Ponce de Cabrera y uno de ellos, al casar con una infanta
leonesa, hija ilegítima del rey Alfonso IX de León, logró añadir el de León a
su apellido. Juan Ponce había sido paje del Rey Católico cuando era todavía
príncipe, en la corte de su padre, Juan II de Aragón. Desde entonces, habían
tenido cercanía y él había gozado de su favor.
Quería sacarle más cosas sobre Ponce de León y la Florida, pero a Trifón
al recordar el viaje lo primero que le embargaba era el susto por los caribes
caníbales, algo que le daba particular miedo. Motivos para ello no le faltaban.
—Habían dicho que los indios eran de natural pacíficos, y muy amables y
sumisos con los españoles. Los que habían estado en el primer viaje también
contaban, lo que más y con mayor gusto, que eran las indias muy placenteras
y querenciosas de los blancos barbudos. Aunque yo entonces era aún lampiño,
lo cierto es que ganas de esto tenía, pues en España no había catado hembra y
ya empezaba a tener edad de ir estrenándome. Eso decían y se encalabrinaban
al contarlo como verracos y machos cabríos, pero resultó que los primeros
indios que nosotros vimos no eran como aquellos sino de muy otra catadura.
Los unos, los de La Española, eran de los taínos, pero los que andaban por
otras islas y por la tierra firme eran de los llamados caribes, y su mayor
afición era comerse a los otros indios y luego a nosotros. Tanto les gusta la carne humana que cuando los capturan los capan y los engordan para que
estén más tiernos.
No pilló aquello de sorpresa a Álvar, de hecho, el Almirante lo había
dejado por escrito: «A todos acostumbran a cortar su miembro porque
engorden, como fazen en Castilla a los capones para comer en fiesta». Mas no
pudo dejar de temer que aquel miedo, de extenderse entre las gentes, pudiera
hacer peligrar su disposición y ordenó severamente a Trifón que se guardara
de extender aquello entre los nuevos.
—Lo haré porque vuestra merced lo manda, pero los que han estado por
aquellas tierras bien lo saben. Yo lo he visto con estos ojos. Y otros de
mayores entendederas y saberes que yo, como el propio doctor que con
nosotros venía, Álvarez Chanca se llamaba, que también tenía como vos
recado de escribir y todo lo anotaba, decía que son tan crueles y malignos que
a los muchachos de los pacíficos que cogen cautivos lo primero que hacen es
cortar a ras de la barriga sus partes, luego los mantienen a su servicio hasta
que son hombres y entonces se los comen. Que también cautivan a las
mujeres y buscan las más jóvenes y hermosas para llevárselas y tener placer
con ellas. Cuando tienen un hijo de ellos se lo comen también recién nacido,
como si fuera un ternasco, pues no quieren que los haya mezclado con la
estirpe de los otros y solo crían a los que nacen de mujeres caribes.
Álvar había abierto la espita del miedo en Trifón y este necesitaba que
saliera lo que tenía dentro. Así que seguía contando, y al hidalgo al fin
comenzó a sobrecogerlo su relato. Ya había oído de los sacrificios de los
imperios y sacerdotes con los que había topado Cortés y cómo después de
sacarles el corazón se lo comían, pero que ese fuera hábito común por todas
aquellas tierras a las que iban no dejaba de poner el vello de punta. Una cosa
era morir de un flechazo y otra que te convirtieras en su asado.
—Un día, y estaban don Juan Ponce de León y el italiano Cuneo
presentes, que habíamos echado ancla y desembarcamos, vimos venir una
gran canoa india y como teníamos el batel en tierra saltaron varios a él y
dieron caza. Venían cuatro indios y dos mujeres, todos caníbales, y traían dos
indios cautivos a los que no hacía mucho les habían cortado el miembro a ras
de vientre. Los caníbales flecharon a los castellanos al acercarse y solo los
paveses que llevaban los salvaron, pero uno que llevaba una adarga se la
atravesaron y le entró la punta varios dedos en la carne. Al cabo de poco tenía
ponzoña; se murió de aquello. A los caribes los cogimos presos y también a
los capados. A uno de los caníbales que se tiró al agua herido de una lanzada
lo lograron enganchar con un bichero y le cortaron la cabeza con una hoz. El italiano se quedó, regalo de su amigo el Almirante, con una de las caribes,
pero cuando quiso cumplir su deseo, he de decir a vuestra merced que andan
todas casi desnudas, se le revolvió como una gata y le dejó marcadas las uñas.
Luego nos contó que le dio con una cuerda azotes hasta que consiguió, tras
muchos y grandes gritos que oíamos todos, someterla. Después de ello y
consumada la coyunda, ella la buscaba, y el italiano decía que «parecía haber
sido criada en una escuela de putas».
De las mujeres indias hablaban y mucho los marineros, los soldados, los
que estaban solteros e incluso los que venían casados y acompañados de la
mujer. No solo los de a pie, sino que hasta los capitanes no se guardaban de
alardear de lo que habían hecho o de lo que harían. A Álvar no le gustaba la
conversación más que nada por los extremos a los que llegaba, pero no podía
hacer otra cosa que aparentar complacencia aunque sin llegar a las risotadas.
Sí sonrió de veras cuando Trifón le contó su primera aventura amorosa, que
fue más bien un lance forzado y en el que el entonces muchacho pasó más
vergüenza que placer, pues hubo de hacerlo a la vista de todos y con una que
supuestamente le habían elegido porque era también muy delgadita como él, y
a los otros les gustaban más metidas en carnes y en tetas.
—Cumplí como pude, pero no le hice daño alguno a la muchacha, que yo
creo que conmigo estuvo mejor que con cualquiera de los otros. Yo la traté lo
mejor que supe. Os digo, don Álvar, que me sonrió cuando nos fuimos de
aquella isla, que no sé cuál fue, pero sí que fue antes de llegar a La Española.
Yo tenía los trece años recién cumplidos, me parece. Tampoco sé bien a
ciencia cierta los que tengo ahora. A lo mejor ya entonces tenía alguno más,
¿quién sabe?, y soy todavía más viejo de lo que creo.
Fue poco después de aquellas peripecias con los caribes cuando Ponce de
León vería por primera vez la isla donde luego haría su fortuna. Unos indios
pacíficos pidieron ayuda al Almirante contra los caníbales y fueron con ellos
hasta su costa y una bahía que llamaron Boquerón. Los indios al verla se
tiraron a nado sin esperar que atracaran y Colón la bautizó como San Juan.
Pasado el tiempo, Ponce de León, que no regresó a España, la utilizó como
puerto de atraque y lo llamó Puerto Rico, nombre por el que acabaría
conociéndose a la isla entera. Y fue verídico que para él resultó serlo, fue allí
donde hizo su fama y su fortuna.
Al concluir el periplo del segundo viaje y disponerse el Almirante a
regresar a España, Ponce no quiso volver con ellos y, según el parecer de
Trifón, la causa mayor fue una india.
—Eso fue mucho antes de que los reyes y los frailes aconsejaran a los
españoles casarse con ellas, que eso ya lo hizo la reina Isabel y creo que ahora
el rey Carlos hasta lo ha puesto por escrito.
Lo cierto es que Ponce de León se casó con una mujer taína a la que se
bautizó como Leonor, de gran belleza, que le dio mucho amor y cuatro hijos,
y a la que conoció sirviendo esta de mesonera en la ciudad de Santo
Domingo, que se había construido después de haber fracasado también en la
segunda fundación, la de La Isabela, esta golpeada por los huracanes. Al
linajudo Ponce de León, el más antiguo y noble de todos los que de estirpe
presumían, el que Leonor fuera india no le importó en absoluto y no quiso
tenerla, como otros solían, de barragana un tiempo y luego buscar y traerse
una mujer de España para casar con ella.
Ya en tiempos de Ovando como nuevo gobernador, tras la salida de la isla
de los Colón, Ponce se convirtió en su mano derecha para sofocar la rebelión
taína que de nuevo había incendiado La Española. Fue recompensado con el
gobierno de toda la parte occidental de la isla, la provincia de Higüey, y
Ponce no lo quiso fiar todo a buscar oro, sino que puso a los indios a cultivar
yuca en ingentes cantidades y a hacer pan con ella. Con ello se hizo rico, pues
todos los barcos españoles tenían que aprovisionarse del pan que se hacía con
la yuca, en especial cuando los viajes eran muy largos, como el de regreso a
España.
Fueron sus indios, a los que daba mejor trato que otros colonos, quienes le
hablaron de las riquezas de Borinquen, que no era otra que la isla de San Juan
en la que ya había estado con el almirante Colón. Decidió partir e hizo alianza
con el viejo cacique taíno al que habían ayudado. Se estableció, hizo
asentamiento y cultivos, nuevamente de yuca, y consiguió ser nombrado
gobernador en 1509. Pero Diego Colón, muerto su padre, pleiteó contra él
alegando que ese derecho le correspondía por herencia al haber sido otorgado
a su progenitor la gobernación de todos sus descubrimientos. Al fin, el rey
Fernando hubo de otorgar al hijo de Colón su derecho, pero quiso mostrar su
favor a su antiguo paje enviándole treinta hombres de guerra, varios religiosos
sevillanos, ganado y caballos, y concedió a la isla escudo de armas propio.
Los soldados no le vinieron nada mal, pues el viejo cacique arahuaco
murió y lo sucedió su belicoso sobrino, que se confabuló con sus anteriores
enemigos, los caribes, y atacó a los españoles matando a la mitad de ellos y
paralizando toda producción de yuca y las minas de oro. Ponce de León
contraatacó y logró vencerlo y matarlo. Pero los problemas seguían. La
sentencia de que la gobernación de San Juan de Puerto Rico pertenecía a Diego Colón fue confirmada por la justicia y Ponce decidió que no estaba
dispuesto a servirle en un lugar que consideraba suyo por derecho. La
contienda con los indios había mermado la población, la enfermedad aún más
y los yacimientos de oro ya no daban más de sí. Pidió a su valedor el rey
Fernando que le dejara explorar lugares que pudiera hallar al norte de Cuba.
Le fue concedido con el beneplácito en esta ocasión no de Diego Colón sino
de su tío Bartolomé, el hermano del Almirante, con quien había congeniado
desde siempre más, y partió con tres barcos y un timonel muy ducho, Antón
de Alaminos, por ser natural de un pueblo de Guadalajara de tal nombre,
quien había ido en el cuarto viaje de Colón y era considerado el mejor
conocedor de aquellas aguas.
Tras navegar por el mar Caribe con rumbo norte avistaron lo que creyeron
era una gran isla, en la que les costó días de búsqueda costeando encontrar
lugar donde atracar las naves. Llegado a la playa en un bote, Ponce de León
ascendió a lo más alto de unas grandes dunas que la cerraban y lo que
divisaron sus ojos le asombró. Una inmensa planicie cubierta de bosque se
extendía hasta donde la vista se perdía en el horizonte. La exuberante
vegetación era una sinfonía de flores, extrañas fragancias y aves de plumas de
gran colorido, de armoniosas voces y enormes colas. Reclamó aquellas tierras
para España y su rey, y las llamó Tierra Florida. Luego volvieron a las naos.
Navegaron muchos días por aquellas costas, bordeando los cayos y
bajando a veces a tierra, pero unos nativos eran amistosos y los invitaban a
desembarcar y otros los recibían a flechazos. Pronto descubrieron que
aquellas flechas eran muy peligrosas, pues iban emponzoñadas y hubieron de
cuidarse de ellas. En uno de sus desplazamientos con rumbo sur les cogió una
corriente que, a pesar de tener viento a favor, no les permitía avanzar y que
cuando acercándose a tierra echaron anclas seguía siendo tan potente que les
hacía garrear. Los marineros tomaron buena nota y le dijeron a su capitán que
aquello sería de mucha utilidad para los navíos[6].
Siguieron costeando y acercándose a tierra cuando entendían que era
factible y tomando todas las precauciones con los indígenas. En una de
aquellas aproximaciones se acercaron canoas a sus barcos fondeados y Ponce
se llevó la sorpresa de que un indio hablaba algo de español. Quizá algunos
españoles de los que no había noticia y se suponía muertos habían ido a parar
allí, aunque también era posible que el viaje lo hubiera hecho el indio y luego
vuelto a su tierra otra vez. Sabía de ellos sin duda y de sus ansias, pues les
dijo que si desembarcaban su jefe tenía mucho oro y comerciaría con ellos.
Lo hicieron, pero los indios no acudieron a ellos con oro sino con los arcos dispuestos. Enseguida comenzaron a lanzarles sus mortíferas flechas, por lo
que tuvieron que regresar a los barcos a todo lo que les daban sus remos.
Ponce de León ordenó el regreso definitivo, por La Habana hasta Santo
Domingo, desde donde emprendió viaje a España en 1514. Recibió
autorización real para una expedición cuyo propósito era conquistar toda
aquella tierra que había descubierto y se puso a preparar el viaje para retornar,
pero aquello le demoró durante cinco años hasta que logró partir con
doscientos hombres, entre los que no solo había soldados sino también
labradores, herreros, artesanos y sacerdotes con sus aperos e instrumental para
sus labores y oficios. Los acompañaba una cincuentena de caballerías entre
mulas y caballos.
Buscó y creyó encontrar en la costa suroeste[7] un lugar idóneo cerca de
un gran campamento indígena, y allí comenzó a construir una colonia. Todo
parecía ir bien con los indígenas y se mantuvo una cierta tranquilidad durante
cerca de medio año. Hasta que de golpe sucedió que toda la tribu, los del
poblado vecino y los venidos de otros muchos, todos ellos de un mismo clan,
los calusa, les atacaron con sus mortíferas flechas y una de ellas alcanzó a
Ponce de León en una pierna. Lograron rechazar el primer ataque, pero la
ofensiva no tardó en recrudecerse. Cuando la resistencia se hizo imposible,
muy ordenadamente mientras los indios incendiaban su colonia, el capitán
logró llegar a La Habana y poner a su gente a salvo. Si bien Juan Ponce de
León expiró nada más poner el pie en tierra cubana. Sus hombres se llevaron
después sus restos a Puerto Rico, donde quisieron darle sepultura.
—Un caballero muy cumplido, don Juan Ponce de León —insistió Trifón
en su admirativa apreciación.
—¿Y tú cómo conoces tanto de él, si leer no sabes?
—En el segundo viaje de Colón lo traté, en la distancia que debe haber
entre un grumete y un noble capitán. Pero habréis visto, don Álvar, que entre
la marinería se nombra a un piloto, Antón de Alaminos. Su pueblo, aunque
más hacia Sigüenza, no está lejano al mío, y con él tengo cierta amistad si es
que aún anda vivo. El paisanaje y el contar es lo que sustituye entre nosotros
el linaje y el saber leer.
—Menudo pájaro estás hecho, Trifón —se rio Álvar, asintiendo al dicho
del otro.
—Pues este pájaro pinto le dará a vuestra merced un consejo. Guardaos de
los flecheros de la Tierra Florida. No los hay mejores, más fieros ni con más
tino que ellos. Si una de sus puntas os entra en la carne, estaréis muerto.
Sacan la ponzoña de las sierpes más venenosas de las muchas que infestan estas tierras. La sierpe misma del Edén será, digo yo, pues eso es lo que creyó
descubrir Ponce de León y hacia donde nosotros vamos. Al mismo infierno,
tal vez.