Cabeza de Vaca
Capítulo 11
11
Trifón y la viuda
Nos faltaron de nuestra armada más de ciento cuarenta hombres que se quisieron quedar allí por los partidos y promesas que los de la tierra les hicieron.
CABEZA DE VACA, Naufragios
La desazón de Narváez tenía buenos motivos. Trifón le contaba a Álvar el
estado de ánimo de los hombres que habían llegado con la escuadra, sobre
todo las gentes de oficios que no fueran los de las armas, que cada vez
parecían tener menos ganas de proseguir viaje.
—Mejor será que el señor Narváez se dé prisa en los embarques, pues
como siga demorándose puede que acabe por no tener ni para llenar la mitad
de las naves —le dijo el Viejo a Álvar tras haberle puesto este al tanto de la
reunión con el obispo y sus pocos avances.
Un día, al pasar por delante de la catedral, viendo cómo avanzaban sus
trabajos, Trifón remachó:
—Al paso de don Pánfilo, aún la consagran antes de que nosotros levemos
anclas.
Álvar también le habló de los comentarios de don Sebastián sobre sus
antecesores, pues quería saber la opinión del marinero, que se conocía muy
bien el paño y tal vez pudiera ilustrarle.
—No se crea vuestra merced ni todo lo malo de los Colón ni todo lo
bueno de Ovando. A los negros fue este quien los trajo, dado que los indios
no podían esclavizarse. Se necesitaban además para la caña, labor en la que
hacen mejor faena y tienen más aguante. Sobre el asunto de las encomiendas,
todos hablan de endulzarlas pero ninguno se quita el dulce de la boca.
En verdad, y como siempre, de unos y otros se echaban pestes, si bien no
faltaba quien les echaba flores. Lo gracioso del asunto era que el tonante
Bartolomé de las Casas era quien más olorosas las echaba a ambos; quizá algo
tuviera que ver con ello su poder y los favores que le habían otorgado cada
cual en su momento, pero de final le ponía una gran tacha al segundo. De
Diego Colón, Las Casas había escrito: «Era persona de gran estatura, como su
padre, gentil hombre y de miembros bien proporcionados, el rostro luengo y la cabeza empinada. Era muy bien acondicionado y de buenas entrañas, más
simple que recatado ni malicioso. Devoto y temeroso de Dios y amigo de
religiosos, de los de San Francisco en especial como lo era su padre, aunque
ninguno de otra orden pudiera tener queja suya, y menos la de Santo
Domingo». De Ovando había manifestado lo siguiente: «Amigo de justicia,
era honestísimo en su persona, obras y palabras, gran enemigo de la avaricia y
la codicia, y no le faltaba el esmalte de las virtudes que es la humildad».
Bartolomé concluía sus elogios señalando que «era varón prudentísimo y
digno de gobernar muchas gentes», pero remataba con una sentencia tan dura
y culposa como está: «Pero no indios, porque con su gobernación
inestimables daños les hizo».
—¿Ve vuestra merced lo que le digo? —apostilló el Viejo—. Que mejor
no creerse nada.
Trifón había aprovechado el mes para enseñar a Álvar todo lo enseñable
de la ciudad, pero sobre todo a sus gentes, que era lo que más le interesaba al
jerezano. Lo primero que observó fue que la gran mayoría de los niños que
correteaban por las callejuelas, plazas y vericuetos de la ciudad por donde le
llevaba el marinero eran mestizos. El consejo de la reina Isabel de casarse con
las indias no es que hubiera sido seguido mayoritariamente, aunque cada vez
se daban más casos, pero lo que había era una legión de frutos de los
ayuntamientos estuvieran o no consagrados por la Iglesia. La cosa había ido
incluso más allá de aquella cédula de la reina Isabel recomendando los
casorios. Luego y a su muerte, el rey Fernando había dado un paso más, que
era el que de veras estaba haciendo que aquello estuviera tomando cuerpo.
Los hijos de aquellos matrimonios eran considerados descendencia legítima y
por tanto herederos de pleno derecho, al igual que si fueran españoles, de sus
bienes y hacienda.
Paraban por ventorros y tabernas de mucha peor condición que las del
centro, pero Álvar logró desatascar algunas cosas para los barcos y sobre todo
comenzó a hacerse una imagen muy diferente de la que tenía de todo aquello
y a darse cuenta de que lo que tenía por verdades contadas incluso por escrito
se tambaleaban en la boca de quienes habían sido testigos de los hechos
acaecidos. Acabaron por aquerenciarse a una taberna vieja y bastante
maltrecha que había a la caída del palacio de los Colón. Tan vieja que se
decía de ella que era la primera que se había abierto en la ciudad y que
durante algún tiempo había sido la única. No quedaba nadie de la familia que
la había regentado en un principio, cuando amanecía el siglo, pues el
propietario había muerto. Su única hija la había saldado, y con el dinero, ella y su marido decidieron regresar a España. Se había hecho con la taberna un
mestizo, tal vez un medio hermano, que había trabajado allí desde niño y la
seguía manteniendo y viviendo de ella, aunque ahora con la competencia y el
pelaje cada vez peor del personal que la frecuentaba ya no daba lo que dio en
sus buenos tiempos.
Mantenía, eso sí, el nombre Los Cuatro Vientos y la memoria de las
gentes que habían pasado por allí[13]. El dueño era conocido de Trifón y se
convirtió en el lugar favorito de Álvar. Luciano, que así se llamaba el
tabernero, si se le pagaba bien el vino y él mismo se alumbraba con el ron,
gustaba de recordar aquellos tiempos cuando él era poco más que un niño y
andaba por allí limpiando los suelos de las sobras, las mesas de porquería y, si
podía echarle la uña, algún maravedí distraído.
De chico, enviado a la taberna por su madre india antes de que muriera de
sarampión como recado al anterior propietario, le dejaron dormir en la
trastienda, en un cobertizo donde se aderezó un camastro entre los odres. Le
daban algo de comida y poco a poco se fue ganando la estima del dueño y
más que posible padre, y acabó por ser quien en verdad llevaba el negocio y
más cuando murió la mujer del tabernero, a la que su presencia no le hacía
gracia ninguna y en cuanto podía le largaba un escobazo. Desaparecida esta
ya tuvo el campo libre, y su medio hermana, bastante más pequeña de edad,
se aquerenció a él, así que Luciano aprovechó para ir cogiendo los mandos
según envejecía el dueño. Además de los mandos del negocio, estuvo claro
que también buena parte de las ganancias. Pues cuando le dieron sepultura al
dueño y la chica decidió ponerlo en venta, Luciano sacó los cuartos, que con
paciencia y año tras año, había ido guardando en un hoyo excavado y bien
oculto, justo donde había tenido su primera cama. Se quedó con la tasca y ella
se marchó hacia España, donde no había nacido, pero quería conocer a la
familia, que alguna tendría, o, si no, a la de su marido. Este le salió a escape y
estaba ansioso de regresar tras haber sobrevivido de milagro a una de las
expediciones de Ponce de León. Supusieron que con lo que pagó Luciano por
Los Cuatro Vientos y con lo que había sacado él de sus correrías, que era
bastante menos, no serían mal recibidos.
El mestizo no había ido a más con el negocio sino a bastante menos, pero
este daba para ir tirando y con ello se conformaba. Si bien por allí ya no
pasaban las gentes de alcurnia, que frecuentaban otros sitios, el personal de a
pie también bebía. Con la llegada de la escuadra de Narváez algo había
subido la clientela. Trifón era viejo conocido y, sabedor de las aficiones de
Álvar, era hábil en tirar de la lengua a Luciano. No costaba demasiado hacerlo y si no había mucha parroquia y con unos tragos de por medio, acababa por
hacerse corrillo.
—Yo vi aquí un día al Almirante —declaró Luciano—. Ya lo creo que lo
vi. Siendo muy niño y una vez tan solo. A muy poco de abrirse la taberna.
Vino con su hermano Bartolomé. Entonces no existían sus palacios. Una vez
tan solo, pero estuvo —porfió el tabernero.
Los más asiduos de la casa, veteranos ya en La Española, conocedores del
arcijo y el empeño del mestizo en aseverarlo, comenzaban a contrariarlo
diciéndole que no les salía la cuenta, pues de no ser en el último viaje, cuando
regresó maltrecho, medio ciego y artrítico de Jamaica para embarcarse como
si fuera un pasajero más, y pagando, no parecía posible. Ni en el primero ni
en el segundo viaje existía la taberna, y del cuarto, en el que había estado
Trifón, don Cristóbal volvió tan consumido que no podía ni levantarse de la
cama.
—Viejo estaba y mucho, pero vino una tarde. Que eso lo vieron mis ojos
—se encalabrinó Luciano.
Se empeñaba en ello porque desde luego su hijo don Diego Colón por allí
no había puesto el pie siquiera. El virrey no se rebajaba a tales cosas ni
frecuentaba aquellos antros donde se le podían embarrar las calzas.
Porque en la taberna el Almirante aún tenía algún defensor, pero su hijo
Diego no tenía ninguno. Según la opinión general, Ovando era quien había
logrado pacificar la isla tras los desaciertos y muchos abusos del Almirante y
sus hermanos, Bartolomé sobre todo. Le achacaban hasta haber mandado
ajusticiar a uno por el simple motivo de hablar mal de ellos. Otra cosa era la
mujer del virrey recién partido. Doña María Álvarez de Toledo, la sobrina del
duque de Alba, aún suscitaba encendida controversia entre aquellos que tan
solo la habían visto de lejos.
Para unos, quizá mayoría, ella era la culpable del lujo y la ostentación en
que se había convertido toda la gobernación de don Diego. No obstante, para
otros era y seguía siendo una gran dama digna de admiración, y aseguraban
que era la envidia más rastrera lo que levantaba la murmuración.
La expectación había acompañado a doña María desde el primer día en
que desembarcó, y fue todo Santo Domingo a verla, con sus espléndidos
diecinueve años, al frente de una muy nutrida corte de sirvientes, acompañada
de familiares que se daban aún casi mayor aire que ella misma y vestida de
tales galas que provocaron tanta admiración como malhablar en toda La
Española.
Su llegada inauguró los grandes festejos en el palacio y el gran boato y
esplendor. Tanto que a la virreina parecía que le sobraban las primeras letras
del título y que aspiraba allí a realeza al completo. Aquello no dejó de
levantar ronchas y ampollas. Muchas en el gobernador saliente, Ovando, que
no acababa de irse y antes de que lo hiciera lo que llegó fue un huracán
terrible, que dejó hecha una ruina a Santo Domingo destrozándolo casi por
completo, excepto las casas de buena piedra. Como las de los Colón. Luego,
al fin, Ovando se marchó y ella, como el palacio había aguantado los embates
del vendaval, pudo seguir dando sus fiestas.
Doña María llegó en algún momento a quedarse al mando de la isla por
ausencia de su marido, que hubo de ir a España. Viéndola sola se recrudeció
el ataque de quienes se habían sentido postergados. Pero menuda era para
arredrarse. A Álvar le resultó sorprendente que entre sus defensores estuviera
de nuevo fray Bartolomé de las Casas, que había llegado a proclamar y
escribir que toda aquella gente, entre la que no faltaban los oficiales y jueces
de la Corona, no dejó de hacer molestias y desvergüenzas a la casa del
Almirante, sin miramientos a la dignidad, persona y linaje de doña María. El
dominico entendía a don Diego y a su esposa como aliados suyos, en su lucha
para dar cumplimiento a las leyes de protección de los indios contra «los que
han robado y destruido las Indias y muerto los indios pobladores de ellas».
Cuando el rey Carlos sustituyó al virrey y lo hizo volver a España, no
hubo apenas quien lo sintiera. A su muerte, el rey negó a su heredero todo
derecho de herencia sobre el virreinato, pues tal condición dependía de la
gracia real y no del linaje. Doña María no lo había aceptado y llevaba largos
años en una ristra interminable de pleitos en defensa de sus hijos y de lo que
consideraba su patrimonio. Su mayor consejero era su cuñado Hernando, y
ahora le había salido una aliada en la emperatriz Isabel de Portugal. Además,
siempre podía contar con el poder de los Alba. Sin embargo, las cosas
judiciales iban desesperadamente despacio y no pintaban nada bien a pesar de
los esfuerzos de doña María, lastrados por su condición de mujer, lo que le
llevaba a presentarse ante la corte y todo aquel que la quisiera escuchar como
la «desdichada virreina». Porque lo de virreina no lo podía dejar de mentar,
por desdichada que fuera. Eso no dejaría que se lo arrebataran[14].
En Santo Domingo se hablaba todavía de ello y ahora corría el rumor de
que ella estaba inmersa en lo de traerse los huesos del Almirante y de su
marido a la catedral. Eso sí que tenía muchos partidarios en Los Cuatro
Vientos, sobre todo por el primero. «Sería lo que fuese, pero donde tiene que
estar don Cristóbal es aquí», era opinión unánime.
Todos estos personajes eran ya parte del pasado. Como Ojeda, Ponce de
León o Balboa, que también habían bebido de su mismo vino, eran ya cosa de
lápidas, y el personal estaba en el presente y otros asuntos. No obstante, a
todos ellos se les recordaba con admiración y un poso de tristeza. Eran los
favoritos de Luciano, Ojeda más que ninguno. Ah, y el perro Becerrillo, que
era el héroe, y aquí no se admitían disidencias, de toda la clientela. Porque si
hubiera que medir la fama por el nombre más mentado, el capitán de la
Virgen solo tenía un rival, y ese no era un hombre, sino un perro alano.
Becerrillo, bermejo de pelaje, bocinegro de cara, que unos decían traído de
España, donde andaba con las vacas bravas y le pusieron por tal el nombre, y
otros con menos empuje querían hacerlo nacer ya en La Española.
Todos tenían claro y en común que Becerrillo era un héroe. Como tal
había muerto, y fue el mejor compañero que un hombre podía tener en la
aventura y la lidia con los indios. Becerrillo iba en la tropa de Ponce de León
y en la compañía del capitán Diego de Salazar, pero el alano solo obedecía a
un amo, al que fue leal y fiel toda su vida hasta darla por él como último
servicio, Sancho de Arango. Si un consejo le repitieron una y mil veces los
parroquianos de la taberna Los Cuatro Vientos a don Álvar fue que se
mercara un buen perro, un buen alano, que él, mejor que nadie, le avisaría de
los indios emboscados en la foresta, que no había camuflaje posible para su
olfato, y que cuando hubiera hambre sería su mejor ayudante para conseguir
caza.
—Aunque para eso son mejores los lebreles —le dijo Trifón—. El
almirante Colón no iba a ninguna parte sin ellos, y bien se lo oí yo decir que
cada uno valía por diez hombres.
De Becerrillo, bravo, fuerte, de poderosa mandíbula, de ferocidad terrible
y de olfato fino, se contaba todo. De su valor en la batalla, infundiendo un
pavor irrefrenable en los indios; de que «un día con su ayuda, matamos diez
venados y multitud de conejos y con ello comimos todos»; hasta que sabía
distinguir la belleza de las mujeres: «A las indias guapas se las quedaba
mirando en silencio y a las feas les ladraba». Era cruel, carnicero y
sanguinario en la lucha, pero alegre para salir cabrioleando por delante de su
amo, sobre todo si este salía a caballo y se dirigía al monte. Asimismo, se
contaba que era capaz de perdonar la vida a quien estaba indefenso.
Se narraba de él que un día para hacer risas, que las más crueles son las de
los soldados, el capitán Diego de Salazar dio una carta a una vieja india, una
de los prisioneros que tenía. Luego la soltó y le dijo que la llevara a su
poblado y allí la entregara al español que estaba al mando. A poco de partir la vieja, Salazar azuzó a Becerrillo tras sus pasos con la orden de que la
capturara, que para el caso era decir que la destrozara a dentelladas. El alano
no tardó en darle alcance y se abalanzó sobre la anciana presto a matarla.
Esta, indefensa y aterrada, comenzó a suplicar y a enseñar la carta que
llevaba. Entonces el perro, tras girar en torno a ella y orinar, no prosiguió su
ataque y le perdonó la vida. Cuando el capitán Salazar, Arango y los demás
llegaron, se quedaron mudos y alguno hasta pudo pensar que el fiero perro les
había dado una lección de compasión y humanidad, de las que ellos habían
carecido.
Becerrillo murió en combate, defendiendo a su amo herido de los indios
caribes allá por Puerto Rico. Habían llegado en canoas y asaltado la casa
donde vivía Arango. Salió este a defenderla y le alcanzaron dos flechas en el
muslo. Los caribes lo cogieron para llevárselo y comérselo, pero entonces
apareció el alano y comenzó a destrozarlos a mordiscos. Logró contenerlos y
que soltaran al amo, y dio lugar a que llegaran refuerzos, si bien el animal
pagó con su vida. Una flecha le había atravesado el costado y murió allí
mismo en la playa.
Aquel día a Sancho de Arango no le había dado tiempo a colocarle la
coraza de algodón que solía ponerle para que los dardos no le penetraran en el
cuerpo. Becerrillo murió como un gran soldado, que como tal estaba
reconocido y hasta tenía su rango y su sueldo, que cobraba, claro está, su
amo, soldada de ballestero y parte y media en los repartos.
Los perros guerreros eran muy habituales desde el principio de la
conquista, y los parroquianos de Los Cuatro Vientos se extrañaron de que
Narváez no los trajera. En la primera batalla que los españoles habían librado
contra los indios en La Española formaron doscientos hombres, veinte
caballos y veinte canes. Colón hizo las mayores loas precisamente sobre estos
últimos. Pero Becerrillo fue el más celebrado de todos y hasta había dejado
lucida descendencia. Un hijo suyo, Leoncico, había sido también famoso,
pues se lo quedó Vasco Núñez de Balboa, y con él fue el primero en poner sus
patas en el Mar del Sur, aunque no pudo salvarle tampoco la vida, en esta
ocasión en el cadalso de Acla a manos del duro Pedrarias.
Con Becerrillo solo podía competir, y en verdad competía y vencía,
Alonso de Ojeda. Este era, en la taberna y en el imaginario de las gentes, el
más valiente y el más querido. Todos se acordaban del capitán de la Virgen,
que te mataba si se te ocurría faltarle a la Virgen. Por otras cosas también,
pero por aquella ibas aviado, pues era fama que Ojeda no perdió en su vida un
solo duelo a la espada, en cuyo manejo era un maestro. Veloz, certero y letal. Su acero se cobró más de una vida en ellos, amén de las muchas que se cobró
de indios. El conquense tenía una gran devoción por Nuestra Señora y no
consentía una blasfemia hacia su persona. Si alguien cruzaba aquella raya y
tenía la desgracia de que él lo escuchara, ya podía darse por contento si se
libraba tan solo con una mojada en un brazo o un muslo. Se recontaban sus
hazañas y aún más su amor por la india Isabel, una guaricha de la Pequeña
Venecia[15] que trajo de uno de sus viajes a Tierra Firme, y de la que nunca se
separó.
Si era Alonso de Ojeda el que salía a relucir en la charla y se arrimaba
Luciano, hasta podía acabar invitando a una jarra, pues no había historia que
más le conmoviera. Trifón también ponía su parte presumiendo de haberlo
conocido.
—Con él vine en el segundo viaje del Almirante —rememoró el Viejo—.
Se había curtido en las guerras con los moros de Granada y a nadie he visto
blandir así la espada. Atacaba con la velocidad de una serpiente y se movía
con la agilidad de un gato. A pesar de que era pequeño de estatura, no había
hombre por grande que fuera que le venciera con el acero. El Almirante, nada
más llegar a La Española, lo envió al mismo corazón de la isla, en manos del
feroz cacique Caonabo, con solo quince hombres en busca de algunos
españoles que se decía que habían quedado allí perdidos o prisioneros. No
encontró vivo a ninguno, pero consiguió volver con sus hombres a La Isabela.
Dijeron las lenguas que pudo regresar gracias al favor de la mujer del cacique,
la hermosa Anacaona, hija a su vez del gran cacique de todo Cibao, que tuvo
amores con él, pues era tan galante y cortés con las damas como temerario
con sus enemigos y vengativo con quien le infligía ofensa alguna.
Aquello de los amores con Anacaona no convencía a nadie, pero gustaba
mucho. Aún pesaba y atormentaba las memorias de muchos el final de la
princesa taína que un día dejó mudos a los castellanos con su casi desnuda
belleza al presentarse ante Bartolomé Colón y los españoles de su tropa
porteada por seis mozos, apenas tapada con una escasa falda y cubierta la
cabeza de flores, ahorcada en Santo Domingo por orden del gobernador
Ovando. Al llegar por vez primera los españoles y establecerse en La Isabela,
simpatizó con ellos, a los que veía como seres sobrenaturales y superiores,
pero al comprobar sus abusos alentó a su marido Caonabo a que los atacara.
Fueron ellos los que destruyeron el Fuerte Navidad y acabaron con todos los
castellanos que allí habían quedado.
Colón ordenó a Ojeda que partiera hacia sus tierras de nuevo y que
construyera allí un fuerte. Fue cuando apresó al cacique con el truco de las esposas. En la batalla de la Vega Real, llamada por los taínos la Batalla de
Jáquimo, fue él quien más se destacó y se ganó el apodo del Centauro de
Jáquimo. Tomaron a Anacaona como prisionera tras una enconada
persecución, y ya siendo gobernador Ovando este ordenó ahorcarla a la vista
de las gentes en Santo Domingo.
Trifón contaba que a la vuelta del viaje de Colón, las relaciones con Ojeda
ya se habían agriado. Se convirtieron en rencor cuando el conquense
consiguió permiso de los Reyes Católicos para hacer viajes sin su tutela. Junto
al piloto Juan de la Cosa y al navegante florentino Américo Vespucio llegaron
a las costas de Venezuela, en el caso de Ojeda, y de Brasil, en el de Vespucio,
que se separó con parte de la flota.
De allí, del golfo y del lago de Maracaibo, Ojeda se trajo un cargamento
de perlas, bastantes indios cautivos y a quien sería el amor de toda su vida, la
Guaricha de Coquivacoa (en la península de La Guajira) Palaaira Jinnuu, a la
que puso de nombre Isabel y se casó con ella. No se abandonaron ya nunca en
vida y ni siquiera quisieron hacerlo en la muerte.
Eso era lo que más le gustaba contar al mestizo Luciano. Quizá como
recurrente reproche a su padre, que no hizo tal cosa con su madre, y a él lo
trató como a un mendigo, no como a un hijo, como sí trató el capitán de la
Virgen a los tres que tuvo con doña Isabel.
—Cuando Ojeda regresó de su viaje por Venezuela, los Colón lo
recibieron con furia acusándole de haber asaltado tierras y cogido riquezas
que por derecho les correspondían solo a ellos. Él no se arredró y hubo peleas
y sangre. Al fin se llegó a un pacto y hubo de entregar parte de lo conseguido.
En su vuelta a España, y ese fue su mayor tesoro, se llevó con él a la
Guaricha. Para don Alonso, que había sido muy galán a la hora de obtener el
favor de las damas, ya no hubo otra, ni india ni castellana, a quien mirara.
Con perdón de vuestras mercedes, señores, y de sus señoras, pues a ella sí la
he visto y admirado en vida muchas veces, era la más bella de todas las indias
y hasta de las españolas, alta y juncal, esbelta y altiva, de color trigueño claro
su cutis y el pelo, de ojos de almendra y de tan elástico andar que se perdía la
vista sin querer en su figura.
Ojeda y ella ya no se separaron nunca. Le acompañó siempre, en Santo
Domingo, en sus viajes de conquista, donde le servía de intérprete, y en
España, donde fue admirada por todos y hasta incluso en la corte, donde
destacó por su hermosura y por la devoción a su marido.
—Él la vistió con las sedas y los trajes más costosos y coloridos —siguió
relatando Luciano—. Gastó en ella su fortuna, para agasajarla con las mejores telas y las joyas más caras. Ella, en sus momentos de victoria y en los de
penuria, siempre estuvo a su lado, y si no lo estaba él le mandaba en cuanto
podía recado y mensaje de amor por ella. Cuando a la vuelta de otro de sus
viajes por Venezuela fue traicionado por sus socios, encadenado y traído
preso a La Española, ella le salvó la vida, pues el temerario Alonso se lanzó
desde el barco donde estaba cargado de hierros y cadenas al mar y a punto
estuvo de perecer ahogado de no ser por la ayuda de la Guaricha, que lo
rescató de un manglar. También lo rescató cuando estaba a punto de perecer
en aquella expedición de infinitas penurias, saldada con la muerte de su fiel
amigo Juan de la Cosa a manos de los indios y nula recompensa, que realizó
con otro capitán, Nicuesa, de mucha mayor hacienda que la suya y que
también bebió en esta taberna, y donde con él estuvo además otro que por
aquí anduvo, un soldado, un rodelero muy curtido en las guerras de Italia
llamado Francisco Pizarro, que mucha fama y mala muerte tendría, y después
se cruzó con otro, Vasco Núñez de Balboa. De aquellas y otras aventuras
como la última, en la que fue apresado por un pirata y acabaron ambos por
naufragar en Cuba, donde lo rescató nada menos que ese al que ahora tienen
de jefe vuestras mercedes, don Pánfilo de Narváez, entonces segundo allí del
gobernador Velázquez, volvió aquí, pobre y sin posibles, y hubo de cambiar
su casa por una choza para poder seguir viviendo.
En La Española vivió ya Ojeda hasta el final de sus días con doña Isabel y
sus tres hijos. La pobreza no le hizo perder su dignidad, aunque rebajó hasta
acabar con él por entero con su orgullo. Se acogió a la fe y a Dios, y como
siempre a la Virgen María. Frecuentaba mucho el convento de San Francisco,
entre cuyos frailes había viejos compañeros de armas y descubrimientos, a
quienes les pidió, sintiendo llegar ya su muerte, que le pusieran una humilde
lápida donde estuviera escrito lo siguiente: «Aquí yace Alonso de Ojeda el
desgraciado». Asimismo solicitó que se le enterrara a la entrada del templo,
para que todo el que entrara o saliera lo pisara. De ese modo quiso humillar él
mismo su indomable orgullo. A los tres días de ser enterrado, un amanecer,
los frailes encontraron a Isabel tendida y muerta, abrazando su tumba.
Luciano, el tabernero de Los Cuatro Vientos, al llegar a ello daba un sorbo
al vino y bajaba los ojos al suelo de mortero de la tasca para que los demás no
vieran que los tenía humedecidos de lágrimas. A Trifón, al mirar a Álvar una
de aquellas noches de historias y sucedidos, le pareció que el jerezano se
mostraba también estremecido, y mientras volvían hacia la plaza de la
catedral y a la habitación que tenían, el hidalgo no pronunció una palabra
durante todo el recorrido.
Álvar, interesado por aquel relato del tabernero que relacionaba a Narváez
con Ojeda, no dudó en preguntarle a su jefe, y este le contó lo que él sabía de
aquella historia.
Ojeda y Nicuesa habían compartido gobernación, con beneplácito de la
Corona, de la Nueva Andalucía, y repartido su territorio por la experimentada
mano de Juan de la Cosa. Habían fundado varios asentamientos sin demasiada
fortuna, el primero y más importante el de San Sebastián de Urabá[16], donde
Nicuesa le prometió que su segundo Enciso le llevaría ayuda. Esta no llegaba
y Ojeda partió en busca de ella, dejando a Francisco Pizarro al mando con la
orden de que resistiera durante cincuenta días y si al cabo de estos no llegaba
partiera de vuelta a Santo Domingo. No pudo hacerlo, pues fue a embarcar en
un bergantín que resultó ser del pirata Bernardino de Talavera, huido de
España, que en vez de llevarlo a Santo Domingo lo apresó esperando rescate.
Pizarro, cumplido el plazo, decidió el regreso en dos naos que le quedaban
con setenta colonos, si bien algunos no quisieron acompañarlo y se quedaron
en el poblado. Al fin, y cuando estaban a punto de sucumbir, llegó la ayuda de
Enciso, que con Vasco Núñez de Balboa los socorrieron. Mientras, el pirata
Talavera vio como su barco era presa de un huracán y naufragaba en la isla de
Cuba. Solo se salvaron doce hombres, pero Ojeda consiguió sobrevivir y
cargar sobre las olas la imagen de la Virgen que siempre, desde su primer
viaje a las Américas en 1493, llevaba con él. Hizo la promesa de que si se
salvaba de la muerte en el mar le dedicaría un templo en el primer poblado
que encontrara. Eso hizo. De ello daba fe Narváez cuando, enterado del
naufragio y su penosa llegada, alcanzó a socorrerlo.
—También le llevé la buena nueva de que Pizarro había logrado ponerse a
salvo y Enciso y Balboa habían llegado a tiempo de amparar a los que
quedaban en San Sebastián de Urabá —explicó Narváez—. Balboa, sí, el que
encontró el camino hasta el Mar del Sur.
—Ahora todos han muerto —meditó en voz alta Cabeza de Vaca.
Habían muerto Ojeda, La Cosa, Nicuesa, Ponce de León y Balboa, este
prendido y ajusticiado por orden de Pedrarias por quien había sido su
compañero de armas, Francisco Pizarro. Este era el único del que se suponía
estaba aún con vida, y ahora se decía que bajando por las costas de aquel mar
recién descubierto había dado con un enorme imperio, tan fuerte y de ejércitos
tan poderosos como el que había vencido y conquistado Cortés.
De los muertos se hablaba, pero eran los vivos los que más interesaban.
Entre ellos de ninguno tanto como de Hernán Cortés. Si a Ojeda se le
recordaba, aunque con un deje de tristeza, a Cortés, al extremeño de Medellín, se le admiraba y se le envidiaba. A él y a otros, los que con él habían partido
y logrado conquistar aquel imperio, la fama y más oro y más plata que nadie
había logrado jamás. Porque Cortés también había estado y dejado su huella
en Santo Domingo. Sus peripecias corrían de boca en boca entre los
parroquianos de la taberna Los Cuatro Vientos, los unos alardeando de
haberlo conocido y alguno incluso afirmando haber llegado a ir con él en la
empresa pero que, por su mala fortuna, no habían conseguido sino heridas y
ninguna recompensa. Una noche uno incluso juró cargado de ron que su
desgracia había sido permanecer fiel a Narváez cuando fue a apresarle y
acabó con el ojo quebrado. Al advertirle algunos que allí estaban ahora
quienes formaban parte de su flota, se le aventó la borrachera y salió por la
puerta más que al paso. Álvar aprendió, aunque bien lo tenía ya aprendido de
sus años por Italia y las batallas comuneras, que si hay alguien que mienta
más que un soldado es quien pretende haberlo sido.
Hernán Cortés era quien estaba en la cabeza de todos. Más, incluso, en la
de quienes lo detestaban. La envidia corroe de continuo la mente de aquellos
a los que ha logrado dar mordisco. En Santo Domingo, el poco recuerdo que
había de él se sobaba una y cien veces. El uno decía que había sido plantador
de caña casi al ladito suyo y otro que lo había conocido como funcionario de
la colonia porque, según él, había estudiado leyes en Salamanca. Y algo de
todo ello había habido, aunque lo cierto era que su paso por Santo Domingo
fue efímero, si bien dejó huella de su carácter y su gusto por las hembras
ajenas. Esos lances no parecía que se le dieran mal, como tampoco los de la
espada, que de lo uno y lo otro tuvo. Estos asuntos sí que se contaban con
regusto en Los Cuatro Vientos, sobre todo aquel episodio acaecido en la calle
de las Damas que Luciano, el tabernero, contaba de corrido a todo el que
quería oírlo y en ocasiones aunque no quisiera.
—Andaba el extremeño en requiebros con una dama casada y se hicieron
demasiado visibles y ofensivos para el marido sus repasos por delante y por
detrás de la casa, hasta que una noche el cornudo le salió al paso en su
acercamiento para ver si había vía libre y se le echó encima gritando y acero
en mano. Hizo mal en gritar, porque así se enteraron los que no tenían por qué
hacerlo de su adorno frontal y encima advirtió a Cortés de la embestida. Le
dio tiempo a desenfundar su hierro y a plantar cara, usando la capa enrollada
como parapeto. Fallado el primer golpe del agresor, no tardó en ser don
Hernán quien le acorraló contra la pared y le propinó una no muy honda
mojada, dirigida más a hacer sangre que demasiado daño. Verse herido, soltar
su espada, darse por muerto y pedir confesión a gritos fueron cuatro en uno. Se arremolinó algún gentío, pues no era tarde aún para estar acostados, y ya
hubo de qué hablar en La Española para semanas, pues la dama y el marido
eran lo suficientemente notables y ricos como para tener vivienda en la calle
de las Damas. De hecho, allí siguen viviendo. Pero a resultas de aquello,
quien puso primero mar por medio fue Cortés, y desde luego no le fue mal
con ello —concluía con una risa el mestizo.
Porque Cortés fue prendido por la justicia, pero al quedar la herida del
otro en un costado, que no llegó ni a dar en los huesos de las costillas, la cosa
judicial se fue apaciguando, aunque no la murmuración, a pesar de que se
supo que era reincidente por otro lance parecido sucedido por Sevilla antes de
su embarque. El cargo de funcionario, que le proporcionaba algún dinero y
relaciones, se lo quitaron, y como lo de plantar caña no era precisamente a lo
que se consideraba destinado, con ayuda familiar consiguió pasaje de vuelta
para España, tras tan solo un año de estancia. Ya no le volvieron ganas de
afincarse de nuevo en La Española, a donde solo regresó de paso para
embarcar de inmediato hacia Cuba. En caso de volver ahora sería, sin duda
alguna, mucho mejor recibido y agasajado, quién sabe incluso si por la misma
dama o por cualquiera de las otras que paseaban por la calle empedrada.
Se supo después que se había afincado en Cuba y que anduvo por allí
conquistando con el gobernador Velázquez, que incluso lo hizo alcalde de
Santiago de Cuba y hasta lo casó con su cuñada, Catalina Juárez. Más aún,
pues le dio el mando de una escuadra para que partiera a la conquista de tierra
firme por el Yucatán.
Lo demás era de sobra sabido por todos. Velázquez y su segundo Narváez
no se acababan de fiar de él; de hecho, ya había sido encarcelado, aunque
luego liberado y repuesto, cuando era alcalde por sospechas de conspiración
contra el gobernador. Se arrepintieron de haberle entregado el mando y
quisieron quitárselo. Pero él ya se había dado a la mar cuando fueron a
prenderlo, y que por salir tras él don Pánfilo acabó en la Nueva España con el
ojo quebrado y tres cuartas partes de su ejército pasado a su enemigo.
Velázquez y su cuñada, esta sin darle un hijo a Cortés, que los tenía de
todas, habían muerto, pero Narváez seguía vivo, y el rencor lo alentaba a
intentar conseguir su propia gloria y no quedar para siempre como el que
quiso truncar la del otro y acabó escaldado.
Desde luego, y eso era cada vez más mortificante, varados en Santo
Domingo no era la manera de conseguirlo. Se cumplía ya el mes largo de
estancia en La Española y no parecía haber forma de desencallarse de aquel
puerto, ni subir un caballo ni reclutar más gentes. Al revés, lo que estaba sucediendo era que muchos de los que habían venido con ellos ya no tenían
gana alguna de seguir y, unos por aquí, los otros por allá, iban desapareciendo
y buscando su acomodo en la isla.
Álvar le preguntó de nuevo a Trifón por la espantada, pues si alguien
podía saber de aquellos movimientos era el viejo marinero al que todos
confiaban sus penas y también sus ansiedades. Lo que le dijo era lo que se
temía.
—Se junta que los de aquí les hacen reclamos y promesas, les dicen que
habrá tierras para ellos y que se les darán indios, y que los que vienen pues no
se fían mucho de don Pánfilo, y al llegar también les han contado los peligros
de donde vamos. Que se llama Tierra Florida, pero lo que hay son indios
flecheros con las puntas de sus flechas infectadas de veneno. Que allí murió
Ponce de León y que son muchos los que mueren y que no tienen nombre. De
los que han venido pocos son hombres de guerra, son de oficios, y algunos
hasta mujer han traído. Ellas les dicen que se queden, que no sigan. Así que,
entre lo que rumian ellos mismos y lo que les susurran al oído, muchos de
ellos se lo están pensando. O ya se han ido para el interior y que no les echen
mano y los vuelvan a la fuerza a las naos. Lo peor de todo, don Álvar, es lo de
que los de aquellas tierras si los cogen los asarán y se los comerán vivos. Y
que si son mancebos les cortan el miembro para que engorden y estén más
tiernos. Eso pone a todos el vello de punta. No es para menos, pues da miedo.
—¿Y no hay manera de que esa sangría se detenga, Trifón? ¿No podrías
hablar tú con ellos?
—Mientras más se demore aquí la flota peor será, don Álvar. Además, ¡yo
qué quiere que les diga!
Al Cabeza de Vaca le extrañó aquella respuesta de su criado. Un tanto
perplejo, no supo qué responderle siquiera cuando Trifón, sin más palabras, se
dio media vuelta y se marchó con cierta premura, incómodo ante la presencia
del alguacil mayor, a quien había aprendido a respetar y querer.
Álvar no llegó a atisbar entonces lo que ocultaba aquel gesto, pero sí se
percató de que desde hacía ya una semana el jergón, entre la cortina y la
puerta, donde dormía el alcarreño amanecía vacío y en alguna ocasión había
visto a Trifón en cuchicheos muy confianzudos con la patrona viuda. No le
dio más importancia y quizá hubiera de haber estado en ello más avisado,
pero cuando había resuelto hablar de ello fue cuando ya, en la sexta semana
varados en La Española, hubo recado urgente de Narváez y reunión de los que
tenían mando en la armada.
—Aquí no podemos seguir —les dijo el gobernador—. Todos los intentos
de conseguir caballos y embarcar los bastimentos necesarios no solo se
demoran, sino que he comprobado que no se resolverán nunca. En La
Española no lo conseguiremos jamás. Así que he decidido que partamos hacia
Cuba sin aguardar más. Está en nuestra ruta hacia la Tierra Florida y allí,
aunque haya muerto el gobernador Velázquez, soy conocido y respetado y no
me faltarán amigos que nos ayuden a completar lo necesario para la escuadra.
Deseo añadir a las naos que llevamos algunas más y embarcar más gentes en
la flota.
—¿Cuándo salimos? —preguntó Cabeza de Vaca con ansiedad, la que a
todos embargaba.
—Si fuera posible, mañana mismo. No lo conseguiremos hasta dentro de
unos días, pero que cada uno dé ya la voz a su gente. Vamos a cargar lo poco
que hemos logrado de vituallas y bastimentos y que se dispongan todos a
subir a bordo.
Álvar se apresuró aquel día de camino a su alojamiento. Deseaba
contárselo a Trifón cuanto antes y que él le ayudara a correr la voz, y si había
algún indeciso le convenciera de que prosiguiera la travesía. No se esperaba
en absoluto su respuesta.
—Don Álvar, yo no partiré con vos. Me quedo aquí. Perdonadme, os lo
ruego, pero ya ha llegado mi tiempo de echar ancla definitiva y será aquí en
La Española, que para mí es más patria que la propia España.
Aquello era lo que menos podía esperarse Álvar. Trifón el Viejo se había
convertido en su guía, su brújula y su confidente. Era ya un amigo y ahora lo
abandonaba.
Un golpe de furia fue el primer impulso en las sienes de Cabeza de Vaca.
Pero se contuvo y a nada, sobre todo al ver el gesto y la postración del viejo
marino al tener la honradez de decírselo, se calmó, y antes de preguntar las
razones, el Viejo ya se las estaba relatando.
—La viuda y yo no hemos hecho malas migas. De eso supongo que os
habréis dado cuenta. Una cosa llevó a la otra y en vez de jergón ya tengo
cama. Además de un negocio y un sustento si me quedo. Hasta su hija ha
visto con buenos ojos el que me establezca con ellas. No hay otro hombre en
esta casa. Me casaré con Gerarda y aquí pasaré lo que me queda de vida. Ya
he tentado demasiadas veces a la suerte y a la muerte. Demasiados huracanes
me han respetado y no quiero desafiar más a la providencia y tampoco a los
flecheros caribes. Ni quiero que me envenenen ni que me asen, ni me coman
como si fuera un tocino. Me da pena no volver a ver mi tierra, mis Alcarrias, pero es que, don Álvar, si ni siquiera he visto amanecer allí desde que era
poco más que un crío cuando salí de ella. Si yo ya nunca he tenido tierra sino
el mar bajo mis pies y la madera de los barcos. Esta es la que siento más mía,
en la que más he estado, más que allí donde nací y de donde tuve que irme.
Esta es la mejor oportunidad que la vida me ha dado.
—Pero, Trifón, ¿por qué me lo confiesas? ¿No comprendes que como
oficial mayor puedo y debo mandar prenderte y conducirte engrilletado al
barco?
—Lo sé, don Álvar, pero no podía haceros a vos traición, que siempre me
habéis tratado con el respeto que con los de mi condición pocas veces se
tiene. No sería de bien nacido pagar así los favores que me habéis hecho. Sé
que me entrego en las manos de vuestra merced. Así que os suplico que no
me forcéis a partir. ¿De qué serviría alguien que no quiere ir a tal aventura
para afrontar lo que en esos mares y esas tierras nos espera? Siento en el alma
dejaros, eso es lo único que en verdad me ha tenido largo tiempo en zozobra y
duda. Pero lo cierto es que algo de esto ya tenía previsto cuando me embarqué
en Sanlúcar. Tan solo quería llegar a La Española. Luego hasta pensé olvidar
mi plan y seguiros, pero la viuda…
Álvar Núñez Cabeza de Vaca, alguacil mayor de la armada de don Pánfilo
de Narváez, miró a aquel hombre viejo, delgado, poca cosa, al que apreciaba
más que a muchos de estirpes, presencias y haberes y que tantas travesías,
mares y muertes había esquivado. Podía mandar prenderlo y llevarlo a la
fuerza. Era su deber. Sin embargo, era el propio Trifón quien se había puesto
a su merced. Podía haberle engañado, haber huido y haberse escondido para
desertar sin que se le pudiera echar la mano encima. Comprendió que no
podía ni iba a hacerlo, que Trifón tenía derecho a aquellos últimos años que le
quedaran de vida. Así pues, su último acto de lealtad para con él al
confesárselo no podía tener aquel pago.
Le puso una mano en el hombro, con afecto, como se le pone a un amigo.
Luego dictó su sentencia.
—Yo no puedo saber lo que me has dicho, pero lo guardaré para mí como
si a un sacerdote lo hubieras confesado. Nada diré de ello y nada dirás tú a
nadie de tus intenciones. La última noche antes de zarpar, vete de aquí y
escóndete hasta que hayamos levado las anclas y traspuesto por el Ozama. Así
tampoco tendré yo que dar otra explicación, sino que has desaparecido y no
hay tiempo para buscarte.
Trifón le miró con los ojos muy fijos y abiertos, humedecidos de lágrimas.
Sin poder contenerse hizo un ademán de abrazo, que Álvar, lejos de rechazarlo, aceptó de buen grado.
—Sabía yo, y así se lo aseguré a Gerarda, que era mejor deciros la verdad,
puesto que no hacerlo hubiera sido un peso sobre mi conciencia. Conozco
bien a los hombres, don Álvar, y de sobra sé yo que vos sois de una pasta y
rectitud que ya no se estila.
Aquella noche aún salieron los dos a la taberna Los Cuatro Vientos. Allí,
como si fueran a embarcar de inmediato, apuraron en compañía los últimos
tragos de vino, que fueron bastantes. Allí, un tanto amoscados y sueltas las
lenguas por el mollate, Trifón aún le dio otras sorpresas.
La primera de ellas fue confesarle que la viuda no era tal, sino una de
aquellas mujeres llegadas en los primeros viajes. Él la había conocido y
tratado al llegar allí en el último con Colón. Como se había encontrado soltera
y con una hija sin que el padre quisiera responder de ello ante el altar, se hizo
pasar por viuda y buscó en las Indias la manera de sacudirse su condición, que
en su tierra natal la perseguiría de por vida, a ella y también a su hija. No fue,
desde luego, en la nao la única en semejante circunstancia, ni mucho menos.
Al arribar a La Española y luego a las diferentes tierras, cada cual se buscó la
vida como pudo o la dejaron. Algunas consiguieron marido, no pocas
hubieron de comerciar con lo único que tenían, su propio cuerpo, y en el caso
de Gerarda, que traía algún dinero, siguió con su papel de viuda para quien
aquello quisiera creer y al final como viuda quedó. En tal condición no se
decidió por lo primero, casarse, ni acabó del todo en lo segundo, de puta,
aunque por esas trochas rondó, hasta que tuvo la fortuna de conseguir de
alguna manera no muy precisa aquella casa, abrir la posada y tener ya una
forma digna de ganarse la vida.
—Que no es viuda, don Álvar, ni nunca lo fue, que ya me lo confesó
tiempo hace, ahora en los papeles para la boda saldrá. Pero igual me da. Para
las gentes es la viuda y ahora será mi mujer, con todas las de la ley y de la
Iglesia.
El Cabeza de Vaca se echó a reír. ¡Se la habían dado bien Trifón el Viejo
y Gerarda! Los dos llevaban en entendimiento tiempo hacía, y a él ni se le
había ocurrido maliciarse tal cosa hasta poco menos que un par de semanas
antes, cuando el marinero, ya confiado o decidido a dar el paso, no regresaba
al jergón antes de amanecer.
Se echaron al coleto otra jarra para celebrar y acabó por no ser la última,
sino que aún cayó otra más, esta a cuenta de Luciano, que desde luego
también estaba en el secreto de lo de Trifón. Así que al final salieron de Los Cuatro Vientos dando traspiés y apoyados el uno en el otro, sin importar
rango ni condición.
—Bien me la habéis dado, pájaros, tú, la viuda y el tabernero.
Se medio dolió, sin dolerse mucho, el alguacil mayor, a lo que el
alcarreño le contestó:
—Que sepáis también, don Álvar, que si hubierais decidido prenderme y
llevarme a la fuerza a la nao, en cuanto me hubieran quitado los hierros al mar
me habría arrojado de cabeza, que soy buen nadador y hubiera conseguido
llegar a la orilla.
—¡Serás truhan! —exclamó el otro con una carcajada mientras le soltaba
un pescozón medio en broma.
—La viuda, don Álvar, la viuda…
Cuando al fin, y a los cuarenta y cinco días de estar anclada la escuadra en
Santo Domingo, las naos de Narváez partieron, faltaban en la armada más de
ciento cuarenta hombres de los seiscientos que habían salido de Sanlúcar.
Nadie hizo intención siquiera de pretender dar con ellos y obligarles a
embarcar por la fuerza.