Cabeza de Vaca
Capítulo 7
7
La isla del Mal Hado
Dorantes y Castillo volvieron a la isla, recogieron consigo todos los cristianos, que estaban algo esparcidos, y hallaron por todos catorce.
CABEZA DE VACA, Naufragios
Estuvo acertado, para desgracia suya, el nombre que pusieron a la isla: Mal
Hado[28]. No pudo ser peor, allí, su destino. Fue tan terrible la invernada que
para sobrevivir llegaron a comerse los unos a los otros, llenando de espanto a
los propios indios. A poco de partir los cuatro en busca de aquel Pánuco que
ya pareciera no haber existido jamás excepto en la imaginación de Miruelo, el
frío más intenso se abatió de golpe sobre los que allí permanecieron y encima
de ellos quedó anclado. Las tempestades se sucedieron, las raíces de que
comían ya no pudieron arrancarse y los peces desaparecieron de los cañales.
Hubieron de acogerse a la buena voluntad de los moradores indios, muy
diferentes a los que, de inicio, se había encontrado Álvar, y estos les dieron
cada vez peor trato. Acabaron por considerarlos sus esclavos, según fue
haciéndose mayor su desvalimiento. Los castellanos, además, habían optado
por desperdigarse por ver de conseguir así algo de comida con la que subsistir
y cinco de ellos que andaban por un rancho donde se habían instalado en la
costa, sufrieron de tal hambruna que se comieron los unos a los otros hasta
que ya solo quedó uno. Aquello espantó a todos. Tanto habían temido a los
caníbales y habían acabado ellos mismos por serlo. La conmoción en los
propios compañeros fue atroz, pero no fue menor en los indios, porque
aquellos indígenas tan primitivos[29], que eran parientes de los flecheros que
los habían acosado en la floresta inundada, se horrorizaron de aquel
comportamiento, que era un gravísimo tabú para ellos, y los despreciaron
cada vez más por aquello.
Si algún temor sentían aún hacia ellos, y aunque la mitad conservaban sus
armas, este fue difuminándose, pues todos estaban tan débiles que ni siquiera
podían blandirlas. Los españoles comenzaron a morir a mansalva y no había
día en que no pereciera uno. De los cerca de noventa, el invierno se llevó a
todos menos a quince. Estos cogieron algunas ropas de los muertos, pero apenas pudieron hacerse con espadas o corazas, pues los indios se las iban
quitando tanto a los muertos como a los que aún estaban vivos, al
encontrarlos caídos y sin fuerzas ya para valerse. Se las cogían y las
escondían para ponerlas fuera de su alcance, así los tenían más a su merced y
más sujetos a ellos.
Los indios tampoco se salvaban de la hambruna, y fue peor todavía
cuando cogieron una enfermedad que los mataba y que dejaba las chozas
vacías de vida, sin respetar a nadie[30]. Tanto se dolieron de aquellas muertes,
que fueron aún más que las sufridas por los barbudos de piel blanca, que
decidieron matar a los quince que quedaban. El indio que tenía a su servicio a
Cabeza de Vaca, reducido como casi todos a una condición pareja a la de
esclavo, cuando ya iban a comenzar a matarlos, culpándoles de las muertes,
alcanzó a avisárselo, y Álvar le respondió que aquello en nada era verdad.
Prueba de ello era que los blancos barbudos también morían como los nativos,
y en mayor tasa pues habían perecido más de setenta y ya solo quedaban
quince y todos ya tan indefensos que era mejor tenerlos como siervos, puesto
que ya ningún daño podían hacerles y sí servirles en lo que quisieran. El que
tenía a Álvar y otros que vinieron entendieron, más por interés que por
compasión, sus razones, y que mejor era aprovecharse de ellos que matarlos
sin obtener beneficio alguno. Lo poco que los barbudos blancos poseían ya se
lo habían quitado, pero aún podían trabajar para ellos.
Eran aquellos indios altos, bien formados, pero se deformaban ellos solos
atravesándose por debajo de las tetillas con cañas de hasta dos palmos y
horadándose también el labio inferior, en el que se colocaban otra caña, esta
más delgada, de medio dedo. Se armaban con arco y flechas, de punta de
piedra, pues no conocían metal alguno, si bien eran con estas bastante
diestros, aunque no les llegaban en habilidad a sus parientes del bosque
encharcado que tanta muerte les ocasionaron. Álvar, que no tardó en aprender
su lengua, además de dominar cada vez mejor la de los signos, observó más
allá de las maldades que les hacían algunas cosas que no dejaron de
asombrarle. Decía de ellos que no había visto nunca gente en el mundo que
amara más a sus hijos y mejor trato les diera, esforzándose tanto por que
estuvieran sanos y fuertes que por ellos pasaban ellos toda el hambre y
privaciones que hubiera menester. Cuando un niño moría era tan grande el
dolor y la pena que el duelo les duraba un año entero. Las mujeres eran
quienes más trabajo soportaban, pero eran muy respetadas por los hombres.
Cada uno tenía una sola esposa, excepto los chamanes curanderos, que podían
tener varias. Enterraban a sus muertos como hacían los cristianos. No obstante, a los hombres sanadores los quemaban y hacían danzas y fiesta
alrededor de la hoguera. Luego mezclaban las cenizas de sus huesos con agua
y bebían todos.
Quienes tenían a Álvar en su casa acabaron por abandonar la isla, pasando
en unas canoas, pues ahora no podían cruzar la franja de agua a nado. Se
fueron a la costa de la tierra firme, a unas bahías protegidas que los proveían
para comer de los ostiones que criaban y abundaban. Faltaba, sin embargo, la
leña para hacer fuego y Álvar era quien había de procurarla, pues si no traía
suficiente le golpeaban con dureza y le daban grandes palos en la espalda.
Cabeza de Vaca se dolía de aquello, así como de que hubiera aquella falta de
leña para las lumbres y sin embargo hubiera tal cantidad de mosquitos que le
martirizaban.
Fue allí donde por vez primera un chamán indio pidió a Álvar que
también hiciera el rito para sanar a los enfermos, pues suponía que aquel
extraño barbudo había de tener algún poder que él no poseía. Cabeza de Vaca
al principio se negó, por respeto al Señor, pero al serle exigido se avino a ello.
Entendió que nada mejor podía hacer que lo que al físico indio había visto
hacer; extender las manos sobre el que estaba malo y soplar, mientras se
santiguaba y rezaba un paternóster y un avemaría. El indio enfermo dijo
sentirse mucho mejor y estar curado. Como obsequio le trajo un cuero de
venado para que se cubriera. A partir de entonces, además de Álvar, otros
cristianos también se avinieron a hacer aquellas sanaciones y obtuvieron con
ellas algún mayor favor de ellos, pues ya no les pegaban palos y aquellos a los
que curaban les traían comida como regalo.
Porque al igual que a Álvar, les pasó a Castillo y a los hermanos Dorantes
con los indios que los tenían, que como ellos aún conservaban algún arma no
los trataban tan mal como a los desvalidos del grupo del hidalgo jerezano que
habían quedado desnudos en su naufragio. Pese a que los indígenas procedían
de diferentes familias, eran todos del mismo linaje. Lo de darles rango de
curadores solo se lo hicieron a quienes tenían mando y ellos veían que los
otros españoles los obedecían. Por ello quizá quienes sobrevivieron fueron
ellos, ya que gracias a sus sanaciones consiguieron más comida y mejor trato
que los demás.
Mantuvieron a Álvar y a los pocos que con él habían llegado en esa barca
separados de los otros, aunque al final trasladaron a todos los demás también
a tierra firme. Pero cuando, pasado ya lo peor del tiempo frío, de nuevo
regresaron, Álvar no fue con ellos, pues cayó muy enfermo y por eso tampoco
pudo seguir a Dorantes y Castillo cuando decidieron escapar de la isla del Mal Hado y aprovechar que conservaban sus armas y valerse de ellas para que los
indios no se lo impidieran a la fuerza.
Los dos capitanes juntaron a todos los que estaban dispersos y reunieron
en su zona a un total de catorce, entre ellos el hermano pequeño de Andrés
Dorantes y otro que habían dado por muerto y luego hallaron vivo. Quisieron
encontrar a Álvar, pero no pudieron dar con él cuando fueron a buscarlo a
tierra firme. Pasaron cerca de él pero los indios lo ocultaron, y partieron
creyéndolo ya fallecido. Dejaron atrás también a dos cristianos más de los que
habían ido en la barca de Cabeza de Vaca, el asturiano Lope de Oviedo y el
escribano Jerónimo de Alaniz. O sea que, de la barca de Dorantes y Castillo,
que habían conservado ropa y algunas armas, sobrevivieron en principio
catorce hombres, mientras que de la de Álvar solo quedaban vivos tres,
aunque al jerezano los otros dos también lo daban ya por muerto. Cierto que
estuvo cerca de fallecer, pues la enfermedad casi lo llevó con Dios y él mismo
rogó en muchas ocasiones que ya de una vez así sucediera.
Se recuperó, no supo ni siquiera cómo, y fue sintiéndose algo más entero
hasta que pudo incorporarse y caminar. Cogió fuerzas, pero como los otros se
habían marchado la vida se hizo aún más gravosa para Cabeza de Vaca. Ya ni
los sanamientos le valían, y viéndole solo e indefenso sin compañero alguno
los indígenas tornaron a darle el peor de los tratos y obligarle a los trabajos
más duros. Sus amos eran muy crueles y disfrutaban con su sufrimiento
teniéndole todo el día buscando raíces y peces, con el agua a media cintura
por entre las afiladas cañas que de continuo le herían, o cargándole de leña
para las hogueras. De comer solo le daban lo que a sus amos les sobraba y se
lo tiraban como si de un perro se tratara.
Entendió que no podía hacer otra cosa sino huir de ellos y pasar a tierra
firme; irse aunque eso significara entregarse a otros nativos que mejor trato le
dieran y poder así seguir vivo; sentía que de continuar allí era seguro que
moriría. Tal hizo y no le salió mal, pues logró hurtarse de quienes lo tenían y
entregarse a otros de la otra estirpe de ellos que lo acogieron. Cuando fueron
los otros a buscarlo, que tal vez lo hubieran matado por huir, se negaron a
devolverlo y dijeron que ahora era suyo y que lo querían como sanador y que
ellos lo tratarían mejor y le sacarían más provecho. Disputaron, pero eran más
con los que había venido y los otros se fueron.
Álvar decidió entonces mejorar su vida con algo que había estado
rumiando en su desdicha. Era hacer con sus propias manos baratijas y adornos
y andar por entre los diferentes asentamientos de los indios por toda aquella
costa trocándolos por otras cosas. Tenía en mente ir subiendo hacia las llanuras de las que le habían hablado los lakotas y donde estaban aquellos
toros que le contaron que cazaban. Aquel mercadeo solo lo podía llevar a
cabo en el buen tiempo, pues en el invierno aquella tierra si se andaba solo
por ella lo mataba a uno sin remedio. Su oficio le proporcionó mejor vida que
antes y aún mejoró más su condición entre los diferentes clanes. Los indios
aquellos, aun siendo del mismo linaje, siempre estaban en guerra entre ellos;
no podían salir de su territorio, pues los otros les mataban. A él sí le dejaban
cruzar de unos a otros y andar entre ellos, respetándole la vida y recibiéndole
incluso con alegría cuando llegaba.
Así fue como el conquistador don Álvar Núñez Cabeza de Vaca alcanzó
la condición y rango de buhonero y medio brujo entre los indios de la Tierra
Florida, allá en la desembocadura y territorios adyacentes del gran río, y lo
mismo caminaba tierra adentro todo cuanto le placía o se iba costeando hasta
cincuenta leguas hacia el oeste y luego regresaba. Comerciaba sobre todo con
pedazos de caracoles marinos y con conchas con las que cortaban unas
frutillas que parecían frijoles pero que ellos estimaban mucho como
medicinas y eran de lo más preciado. También hacía collares de cuentas, con
las conchas y los caracolillos; a cambio, los nativos le daban comida, cueros
de venado y también almagra con la que untarse la cara, el cuerpo y los
cabellos. Además, llevaba y traía por encargo cosas que a unos les faltaban y
otros fabricaban, como buenos pedernales para hacer puntas de flechas o estas
ya labradas, así como engrudos y cañas para las varas de las flechas y unas
borlas que unos hacían con pelo de venado que teñían de rojo y otros
apreciaban mucho.
Aquel oficio, con el que sobrevivió años, logró sacarlo de la esclavitud en
que había caído, pero él ansiaba salir de aquella tierra y encontrar a los
cristianos o dar al menos con los lakotas que tan bien lo habían tratado.
Mientras la oportunidad llegaba, aprovechó su quehacer para aprender cosas
de todo tipo y saber muchas de las lenguas que hablaban. Era muy bien
recibido en los poblados, le daban buena comida y lo agasajaban, pues sabían
que les traía cosas que necesitaban y cuentos de lo que por otros lados pasaba.
Sonriéndose con su triste suerte, que a veces le recordaba a la de los humildes
y pobres recaderos de su tierra, de la que había salido del palacio de los
grandes duques de Medina Sidonia, buscando mayor gloria y fortuna para
caer en tales extremos y contentarse con sobrevivir cada día, no dejaba de
pensar nunca en emprender la ruta por donde podría al fin irse de aquel
territorio y encontrar a los cristianos. Eso no dejaba noche alguna de rogárselo
a Dios y que le concediera aquel deseo. Aunque le agradecía al Señor la mejora, para nada era buena la vida que llevaba, pues pasaba muchos peligros
y numerosas veces le rondó la muerte solo y en los campos, donde cualquiera,
animal u hombre, podía matarlo, o hacerlo el frío y el hambre, por lo que, tras
intentarlo un año, y acabar medio muerto, hubo de cejar en el intento de
proseguir con su oficio en invierno.
Otra causa que lo retenía y por la que volvía siempre cerca de la isla del
Mal Hado era que allí se encontraba todavía Lope de Oviedo. Al otro, el
escribano don Jerónimo de Alaniz, el único que en la discusión con Narváez
que principió el desastre se había unido a él en su oposición al disparate, ya le
habían muerto los indios, o se había muerto por sí solo. Álvar instaba al
asturiano cada año al iniciarse el buen tiempo y partir a sus buhonerías a que
se marchara con él hacia el oeste; ya se sabía algunos caminos y podrían al
cabo dejar atrás aquella tierra. Sin embargo, el asturiano no se decidía a
hacerlo. Porque no sabía nadar, le decía. Al fin, un año Álvar lo convenció y
partieron juntos, aunque de inicio hubo de ayudarlo a pasar por el ancón que
separaba la isla de tierra firme y luego a cruzar, uno tras otro, tres ríos.
Se fueron alejando de la zona, pero no lo habían hecho mucho todavía
cuando recibieron una nueva inesperada. Durante aquel tiempo Álvar no
había tenido noticias de los otros castellanos con ellos naufragados.
Encontraron unos indios y estos les dieron señal de los otros barbudos que
habían llegado más hacia el oeste que ellos; cuando indagó Álvar un poco
más entendió que no podían ser otros que Dorantes y Castillo. Iban a
alegrarse cuando las nuevas se convirtieron en malas, pues los indios les
dijeron que de todos los que habían partido tan solo tres quedaban. Esto llenó
de mucho espanto a Lope de Oviedo. Aún más cuando agregaron que los
otros cuatro que habían salido por delante de ellos, los que habían enviado por
ser los más fuertes en busca de Pánuco, también los habían muerto. Había por
delante unas tribus muy guerreras y malas que eran las que ahora tenían a los
cristianos que habían sobrevivido. Le dijeron a Álvar dónde podía hallarlos,
pues aunque andaban de un sitio a otro frecuentaban en esa época parte de un
río en el que había muchos frutos y nueces de los árboles y solían ir allí a
comerlas. Álvar quiso ponerse de inmediato en camino hacia allí, pero Lope
de Oviedo dijo que él iba a regresar a Mal Hado, que al menos allí no lo
matarían y que ya vería cómo cruzar el ancón hasta la isla, que según
avanzaba la estación hasta sin saber nadar podría hacerlo o alguien le
ayudaría.
Álvar no entendió su negativa y quiso discutirle aquella decisión, pues
Lope era hombre valiente. Este le acabó por explicar que en Mal Hado él había dejado mujer india, con la que vivía desde hacía tiempo; incluso tenía
allí dos hijos de ella. Prefería volver con ellos y que no le mataran esos otros
indios y dejarlos desvalidos, porque se arrepentía de haberse marchado y
haberlos abandonado sin padre que los cuidara. Cabeza de Vaca lo
comprendió entonces y el asturiano volvió sobre sus pasos para reunirse con
quienes ya eran a los que quería y vivir y hacer la vida de los indios con ellos.
Nunca más volvió a verle, aunque algo sí supo; finalmente Lope de Oviedo
había logrado llegar a la isla y allí vivía.
Los indios amigables a los que Álvar conocía de sus mercaderías y en los
que él se confió encontraron la forma de que pudiera ver a los cristianos
supervivientes sin que los indios hostiles le capturaran. Confabularon que,
dado que ellos tenían que celebrar un encuentro y hacer ciertos trueques con
aquellos y habían establecido cita, él mientras podría llegarse al lugar donde
tenían a los cristianos en unas casas.
Arriesgándose a ser delatado y capturado, confió en ellos y siguió al guía
que le pusieron. Se aproximaron a un par de casas de paja y al oírles llegar
asomó por una de ellas Andrés Dorantes, quien se espantó al ver a Álvar, pues
lo habían dado por muerto hacía ya más de cinco años y eso se lo habían
confirmado los indios que lo tenían. Pasado el estupor y la sorpresa, ambos se
abrazaron tanto que no querían soltarse; se les saltaban las lágrimas a los dos
y casi no podían ni hablar. Daban gracias a Dios por verse juntos. Para Álvar
y Andrés fue aquel el momento más feliz de todos los años pasados de
penalidades. Fueron luego a ver a Castillo y a este por igual razón que al otro
capitán y con mayor emoción todavía se le saltaban las lágrimas y no daba
crédito. El que estaba con él no era otro que Estebanico el Negro, el moro
cristianado que había sido sirviente de los Dorantes. El antiguo sirviente dio
saltos y cabriolas y ponía los ojos en blanco de la alegría. Luego los cuatro se
reunieron en cónclave para ver qué hacían. Dorantes le había dicho al ir a
buscarles que él había insistido a Castillo y al Negro para que avanzaran hacia
el oeste pero que estos, al igual que Lope, aducían que no sabían nadar y que
temían mucho a los ancones, los ríos y las muchas aguas que allí había. Ahora
que Álvar estaba con ellos y hecho el milagro de que siguiera vivo, se
decidieron a hacerlo, pues le tenían en gran valor y estima. Con su guía
confiaban en que podrían conseguir huir de aquellos indios, dejarlos atrás y
encontrar al fin otros cristianos. Cabeza de Vaca señaló que solo había una
ruta y que deberían ya dejar de pensar en ir costeando; subirían primero hacia
el norte y luego cogerían rumbo fijo hacia el poniente. Caminando en tal
dirección acabarían por encontrar a gentes de Castilla.
Quisieron antes saber los unos y los otros lo que a los demás les hubiera
sucedido, pues allí, de todo aquel gentío de centenares de almas que un día
habían desembarcado en la Tierra Florida, tan solo quedaban ellos cuatro.
Álvar no conocía más que el destino de los que con él se habían quedado en
Mal Hado; les contó su suerte y la vuelta allí del asturiano. Castillo, Dorantes
y Estebanico sabían mucho más de los otros, los que iban en las otras barcas,
y de los doce que con ellos habían escapado de la isla. Todas eran nuevas de
desastre y muerte.
De los que con ellos fueron habían encontrado su fin todos, entre ellos el
hermano menor de Dorantes. Habían tenido que someterse a la esclavitud de
los indios de tierra firme; estos se los habían repartido y los habían ido
desperdigando para tenerlos más a su merced y que no pudieran defenderse.
Siete habían muerto por enfermedad, hambre y malos tratos, y a los demás los
indios los habían matado por puro capricho o por haber intentado escapar de
ellos. Ese había sido el caso del pequeño Dorantes, a quien no pudo salvar su
hermano el capitán y por el que vertió las más amargas lágrimas, pues se
sentía muy culpable de haberlo embarcado con él en aquella desventura.
Habían sabido también de lo que les había acaecido tanto a los cuatro que
junto al indio mandaron por delante en busca de Pánuco como a los de la
barca del gobernador, y de las dos restantes.
De los primeros dos, el carpintero portugués Álvaro Fernández y el
extremeño Astudillo, de Zafra, y el indígena habían perecido de hambre y
frío. Los otros dos, el toledano Figueroa y Méndez, habían sido capturados
por una tribu. El bravo Méndez, harto de los maltratos que los indios le daban,
había huido, pero le alcanzaron y le dieron muerte allí mismo donde le
atraparon. Quedó entonces tan solo Figueroa; a este lo encontraron vivo y les
había contado a ellos de todos los otros lo que había sabido a través de otro
cristiano, Hernando de Esquivel, de Badajoz, que iba en compañía de fray
Juan. Este les contó cuál fue el fin del gobernador y de todos los demás.
Pudieron por él saber de dos de las tres barcas restantes. La de los frailes y
el contador Alfonso Enríquez, donde iba Esquivel, había dado de través entre
dos ríos en la costa de tierra firme. Tras dejarla abandonada allí tiraron
adelante por la tierra y fueron a dar con la del gobernador y Pantoja, que
también había logrado llegar a ella.
Esquivel le narró a Figueroa, y este a Castillo y Dorantes, que Narváez ya
estaba fuera de sí y casi de su razón y que, sin embargo, pretendía mandar
ahora de nuevo en todos; se mantenía aparte y solo hacía caso a aquel Pantoja,
que le prometía llevarlo en breve a Pánuco. Había desposeído al contador de su puesto de lugarteniente y dado el cargo como su segundo al tal Pantoja. La
misma noche del día que lo encontraron, el gobernador se quedó en la barca,
que aún se mantenía bien a flote en el agua, pues era la más recia de las
construidas en la bahía de los Caballos, con el maestre y un paje suyo para
que le atendiese. Se levantó un norte muy fuerte y como la barca solo tenía de
ancla una piedra la sacó al mar. De don Pánfilo de Narváez ya jamás nada
supieron y todos tuvieron por seguro que en el mar había muerto y el mar se
lo había tragado. Pocas lágrimas derramó por él nadie.
Pantoja se hizo con el mando y como jefe ordenó que le siguieran costa
adelante hacia Pánuco. Avanzaron cruzando en balsas algunos ríos, pero
pasando muchas hambres y comiendo tan solo palmitos y algunos cangrejos
que conseguían atrapar. Peor era todavía el maltrato que Pantoja daba a todos,
y no pudiéndolo aguantar uno que se llamaba Sotomayor y que era hermano
de aquel Vasco Porcallo de la isla de Cuba, agarró un palo y con él le partió la
cabeza dejándolo muerto del golpe.
Eran todavía muchos, pero ya no hallaron comida con la que alimentarse;
los más débiles se fueron muriendo y los que todavía vivían los hacían tasajos
para comer ellos. En grupos más pequeños se desperdigaron por la selva. En
el que iba Esquivel el último en morir fue Sotomayor, y Esquivel también lo
hizo tasajos y comió de él hasta que vino a hallarlo un indio y lo tomó
consigo. El nativo era de los mismos que tenían a Figueroa y al reunirse este
le dijo que intentaran ir adelante hacia Pánuco, que ya no podía estar lejos,
pero Esquivel no quiso y se quedó con su indio.
Le sucedió que este, estando en su casa su mujer, soñó que el barbudo
había de matar a su hijo. Entonces el indio decidió matarlo a él, pero la mujer
lo avisó y salió huyendo. Sin embargo, lo alcanzaron y lo mataron. Tal cosa,
la de la muerte de Esquivel, vino a saberla a ciencia cierta Dorantes, pues este
había huido con el Negro de los indios que habían matado a su hermano y
dado con estos, que era con los que ahora estaban y le habían enseñado una
espada que Esquivel llevaba, unas cuentas y un libro que era suyo.
O sea que de las barcas tan solo podía quedar vivo el toledano Figueroa si
es que aún lo estaba, pues lo último que habían sabido de él era que se había
ido hacia la costa cercana al Mal Hado y que los indios le daban muy mal
trato, pelándole las barbas y arrastrándole por los suelos. También habían
sabido por su lado del asturiano Lope de Oviedo, y que a este, a pesar de tener
mujer e hijos indios, tampoco se lo daban bueno. Una vez llegaron a
traspasarle un brazo con una flecha para castigarlo tras haberles pegado a él y
a Figueroa una gran paliza por haber entendido que querían huir de ellos.
—Estarán quizá vivos, pero lo más seguro es que estén ya muertos y
nosotros no podemos ir a buscarlos —sentenció Alonso del Castillo
Maldonado.
—¿Y de la quinta barca, la de Téllez y Peñalosa, habéis sabido algo?
—De ella nada —respondió Dorantes.
Entendieron lo mismo los cuatro. Que solo ellos quedaban y que en el
caso de que Figueroa y Lope aún vivieran, estos habían quedado ya muy
atrás. Era el momento en que debían intentar como pudieran marcharse de
allí. Lo más probable es que perecieran a manos de los indios que saldrían en
su caza, pero era mejor sucumbir intentando alcanzar la libertad y llegar hasta
los suyos que quedarse como esclavos y con la muerte asegurada por un
sueño, un simple capricho o porque ya no les sirvieran.
Entonces no podían hacerlo porque llegaba el invierno, no encontrarían
comida y morirían de hambre y frío. Tenían que esperar el momento propicio,
el de las tunas que les darían alimento. No obstante, habían de lograr que los
indios aceptaran a Álvar y no lo mataran al verlo. Entre los cristianos y los
indios que tenían en estima a Álvar como buhonero y sanador urdieron la
estratagema. Se hicieron ver con él y contaron del jerezano muchas
maravillas, que les traía cosas de tierras lejanas y que sanaría a quienes
tuvieran dolores y que como ellos ya tenían otros barbudos él quería estar con
ellos. Le aceptaron entonces y hasta le tuvieron cierto respeto, más que tenían
a los otros tres. Con alguno de ellos hizo incluso un viaje a los confines de su
territorio, donde lindaban con una tribu muy belicosa llamada de los camones
con la que tenían ciertos tratos una vez al año, y fue entonces cuando pudo
saber de la quinta barca que faltaba, la de Téllez y Peñalosa, cuyos tripulantes
también habían sucumbido todos.
Habían tomado tierra bastante más al oeste que los demás tras haber
pasado muy largos días en la mar sin agua ni comida; muchos habían muerto
y los que no llegaron ya moribundos a la costa. Los camones los vieron
arribar y al encontrarlos tan desfallecidos, muchos de ellos inconscientes y
ninguno pudiéndose valer, los mataron a todos a golpes de maza y de lanza
para quitarles lo que traían, en particular las ropas, escudos y corazas y más
que nada los cuchillos y las espadas de aquello tan duro y que tanto cortaba.
Lo guardaban como su más preciado tesoro, pero aceptaron enseñarle algunas
cosas a Álvar como prueba de lo que habían dicho. Cabeza de Vaca supo
entonces con certeza que solo ellos quedaban y cuando se lo comunicó a los
otros tres todos se juramentaron en la decisión de escapar juntos y morir
también unidos si no lo lograban.
De toda aquella nutrida y bien armada escuadra de cerca de medio millar
de hombres a pie y de a caballo ya solo vivían ellos, medio desnudos, sin un
arma, desvalidos y al albur de lo que los indios quisieran hacerles. Y de ello
se lamentaban, y más les pesaba a los capitanes, sin haber dado siquiera una
batalla digna de tal nombre, sin haber combatido como soldados y sin haber
tenido tampoco posibilidad de conseguir gloria alguna. Culpaban a Narváez
por su delirio y su ineptitud; echaban peste contra su nombre y su persona,
que los había traído a ellos a ese trance y a todos los demás a una muerte
ignominiosa.
Eran solo cuatro en medio de aquella jungla inescrutable sin saber por
dónde hallar a otros cristianos y tan solo con la única idea de escapar, aunque
fuera hacia la nada, pero al menos hacerlo hacia el oeste, donde cifraban su
esperanza. Eran Álvar Núñez Cabeza de Vaca, nieto de Pedro de Vera,
conquistador de Canarias, hijo de Francisco de Vera y de doña Teresa Cabeza
de Vaca, hidalgo de Jerez de la Frontera, que había sido el segundo de la
armada, alguacil mayor y tesorero; Alonso del Castillo Maldonado, capitán,
de Salamanca, hidalgo, hijo de un médico doctor y de su esposa, doña
Aldonza Maldonado, apellido noble y comunero; Andrés Dorantes de
Carranza, también capitán y salmantino, de Béjar, hijo de Pablo Dorantes,
noble y con hacienda; Estebanico el Negro, criado de Dorantes, bautizado,
comprado a los portugueses, que lo habían adquirido a los esclavistas árabes
en Azemmour, en la costa atlántica. El más viejo era Álvar, que ya se
acercaba a los cincuenta. Los otros eran más jóvenes pero no mozos, pues
todos pasaban con mucha holgura la treintena. Los cuatro solos, en la selva,
rodeados de indios, sin arma alguna, sin comida, sin saber siquiera a dónde ir
y a quién encontrarían. Solo que hacia donde el sol se ponía podían tal vez
encontrarse con cristianos.