Cabeza de Vaca
Segunda parte
Naufragios
1
El huracán
Metímonos por los montes, y andando por ellos un cuarto de legua de agua hallamos la barquilla de un navío puesta sobre unos árboles.
CABEZA DE VACA, Naufragios
Lo primero que encontró Álvar de los dos barcos que había dejado amarrados,
con las gentes y los caballos a bordo, en el puerto de Trinidad, fue la barquilla
de uno de los navíos colgada entre las ramas de unos árboles a casi un cuarto
de legua del agua. La fuerza inmensa de la tempestad la había arrojado allí.
Tras una angustiosa búsqueda por la costa, leguas más adelante, dieron con
los cadáveres de dos de los tripulantes, tan desfigurados y deshechos por los
golpes que no pudieron reconocerlos No hallaron ningún cuerpo más. Ni de
hombres ni de caballerías. Tan solo algunas maderas, tapas de cajas, los
despojos de una capa y una colcha hechos jirones. Nada más. Todo, las dos
naos, setenta hombres, veinte caballos, absolutamente todo lo que a bordo iba
fue tragado por la tempestad, llevado a las profundidades, arrebatado y
engullido por el océano embravecido y el viento aterrador.
Mientras regresaba playa adelante, Álvar supo que la muerte le había
rozado esta vez mucho más que en las guerras de Italia y en las batallas contra
los comuneros castellanos. En esta ocasión tan solo un imprevisto y
misericordioso azar le había mantenido vivo, pues permaneció en los barcos
esperando a los que habían bajado a tierra en busca de los bastimentos que
habían venido a recoger. Un milagroso azar le salvó la vida, gracias a que se
negó a las reiteradas peticiones de que desembarcara. Desandando el camino,
infructuoso, en busca de algún superviviente, con la desolación y la sensación
de total impotencia e indefensión ante aquel poder de los cielos, solo supo
repetir a veces en voz alta, a veces solo para sí, que había estado en manos de
Dios. Solo él había decidido no llevarse su vida y que no estuviera ya en el
fondo de aquel mar que ahora iba calmándose y que se había comportado
como la bestia más voraz e imposible de domeñar que hubiera podido
imaginarse. Álvar ya sabía lo que era un huracán, del que tanto le habían
hablado, pero nunca hubiera creído que fuera tan horrible.
Tras la larga y desesperante espera en La Española después de la llegada
desde España, la flota de Narváez al fin había zarpado hacia Cuba. Cada día
había echado en falta a Trifón y sus saberes y cada día también le había
comprendido algo mejor. El viaje, sin embargo, había sido plácido hasta
llegar allí, y una vez desembarcados en Santiago, la principal ciudad de la
isla, don Pánfilo puso en marcha sus muchas influencias allí. A su alguacil
mayor se le alegró el rostro cuando vio como las cosas empezaban a agilizarse
y marchar por la buena vereda.
—En tan solo unos días el gobernador se ha rehecho de gentes, armas y
caballos —animó a sus compañeros, cuyos ímpetus habían decaído bastante
en Santo Domingo—. Son muchos los que quieren unirse a nosotros, y los
bastimentos que allí se nos regateaban y parecían imposibles de conseguir
aquí se nos ofrecen por doquier.
Uno de aquellos ofrecimientos, hecho por un hidalgo llamado Vasco
Porcallo de Figueroa, muy deudor del fallecido gobernador Velázquez y un
tanto de Narváez, pues no quiso ir a prender a Cortés a México y le tocó la
china a don Pánfilo, fue el que les llevó al puerto de Trinidad, a cien leguas
por mar de Santiago y de cuya villa, adentrada un trecho en tierra, había que
cargarlos y transportarlos a las naos. Salieron del puerto de Santiago los seis
barcos juntos, pues Narváez había comprado uno nuevo y lo había añadido a
su flota, pero a mitad de la travesía, en el cabo de Santa Cruz, cambió de
parecer y decidió anclar allí con cuatro de ellos, enviando a recoger los
pertrechos a los otros dos al mando de un capitán llamado Pantoja, con quien
tenía cada vez mayor confianza, y bajo la supervisión de Cabeza de Vaca, su
alguacil mayor. Con ellos sería suficiente para transportar todo de vuelta.
Llegados al puerto de Trinidad, Porcallo y Pantoja desembarcaron con un
grupo y se acercaron a la villa, sita a una legua del mar. Cabeza de Vaca y los
dos pilotos se quedaron en los barcos. Los pilotos, conocedores de aquellas
aguas, no tardaron en avisar a Álvar que lo aconsejable era que aquella
operación durara lo menos posible.
—Cuanto antes nos despachemos de aquí, mejor será. Mañana mejor que
pasado, señor alguacil —le dijo uno señalando primero al mar abierto y luego
a la poco protegida ensenada—. Este es mal puerto y aquí ya se han perdido
muchas naves.
Al día siguiente no pudieron partir y ya desde el amanecer el tiempo
comenzó a dar no buena señal; principió luego a llover y el mar a arreciar.
Álvar dio licencia a los que había a bordo para que bajaran a tierra, pero la
lluvia, el frío y la lejanía entre el puerto y la villa les quitaron las ganas a la mayoría. Pocos se decidieron, e incluso algunos hicieron viaje de ida y vuelta
sin bajarse de los bateles.
Lo que sí llegó de tierra fue una canoa con un reclamo para el alguacil
mayor en el que le instaban a que desembarcara y se allegara a donde estaban
Pantoja y Porcallo. Álvar rehusó diciendo que su obligación era estar en las
naves y los despachó con esa negativa. Pero a poco del mediodía y por escrito
porfiaron en ello requiriendo su presencia. Y hasta le indicaron que le habían
traído un caballo de silla que le esperaba en la orilla para que esta vez no
tuviese excusa para no ir.
Álvar se resistió, pero los dos pilotos le urgieron a que lo hiciera por bien
de todos.
—Vaya vuesa merced y nos hará bien a todos, pues aliviará cuanto antes
la carga de los bastimentos y podremos salir pronto de aquí —le dijeron, y
con esa razón consiguieron torcer su voluntad—. Si nos demoramos mucho
más aquí acabaremos por perder los navíos, don Álvar. No porfiéis más e id,
señor alguacil.
Se decidió al fin a hacer lo que le pedían y tras celebrar cónclave con
ellos, les dejó mandado que, si el viento arreciaba y se viesen en peligro,
diesen con los navíos al través y procuraran salvarse ellos y los caballos.
Instó, además, a algunos de quienes permanecían a bordo para que fueran en
su compañía hasta la aldea, pero rehusaron y prefirieron acogerse al resguardo
de la cubierta de los barcos antes que caminar bajo la lluvia. En todo caso,
dijeron, como al siguiente día era domingo entonces lo harían y se acercarían
a oír la misa.
Mucho pensó después en aquello Cabeza de Vaca y en cómo el dedo de la
providencia lo señaló para procurar su salvación aun contra su deseo. Pues
vino a suponer que él viviera y que quienes le habían persuadido de
desembarcar y quienes habían rehusado a ir con él acabaran sepultados por el
mar.
No había pasado una hora escasa desde que desembarcó cuando la mar
comenzó a arreciar hasta ponerse tan brava y del norte que ya los bateles,
aunque lo hubieran intentado, tampoco lograron ya salir hacia tierra y los
pilotos no pudieron dar con los navíos al través, pues el viento les azotaba por
la proa y se lo impedía. No tuvieron otro remedio que aguantar amarrados a
las boyas. Así estuvieron soportando la tempestad, en aquel desabrigado
puerto, todo el sábado y el domingo hasta la noche, que fue cuando el huracán
les alcanzó ya con toda su violencia e incluso en tierra cada cual hubo de
hacer lo que pudo por no ser llevado a los infiernos por aquel vendaval. El mar creció tanto que alcanzó un oleaje monstruoso y la tormenta se abatió
también sobre el pueblo con tal violencia que nadie pudo siquiera encontrar
cobijo seguro, pues cayeron todas las casas y la iglesia. Los hombres se
acurrucaban en cualquier rincón y en su desesperación rezaban para que una
ráfaga no se los llevara por los aires, o tenían que andar abrazados de ocho en
ocho para que no los arrastrara la tormenta. Tampoco daban cobijo los
árboles; bajo ellos el peligro era aún mayor, pues se descuajaban y caían con
riesgo de matar a los que pillaran debajo.
Con la llegada de la luz, la horrible tempestad amainó; a poco cesó la
fortísima lluvia y se fue calmando el vendaval. Se fueron juntando y,
abrazándose los unos a los otros, daban gracias a Dios por haberse salvado.
Todos temían por los que habían quedado en los barcos a merced del mar.
Bajaron hacia la costa y ya desde un altozano vieron que las naos no estaban
en el puerto, por lo que sus temores aumentaron. Se llegaron con premura al
puerto, pero allí solo pudieron ver como todo rastro de los navíos las boyas a
donde habían estado asidos los hombres y ya los dieron por perdidos, como
después pudieron comprobar con el máximo dolor. La desolación al regresar
de la búsqueda se hizo aún mayor al ver el pueblo arrasado. Casi nada
quedaba en pie; daba inmensa lástima contemplar en qué estado había
quedado la tierra, los bosques mismos con multitud de árboles caídos y
despojados de sus hojas. Provisiones y bastimentos que se habían acumulado
se perdieron al igual que muchos ganados, algunas reses ahogadas y otras
dispersadas y tal vez también muertas. Contaron los supervivientes y resultó
que de todos los llegados tan solo alcanzaban a los treinta las personas que
habían bajado a tierra y merced a ello se habían salvado.
Álvar pensó entonces en lo que le había dicho Trifón, que sus vidas en la
mar ya las tenía él gastadas y no quería arriesgarlas más. No pudo por menos
que darle la razón al viejo alcarreño en su decisión de vararse para siempre en
La Española. Él, por su parte y por la gracia de Dios, ya había gastado la
primera en aquel huracán.
Durante casi una semana pasaron muchas fatigas y angustias hasta que al
quinto día vieron con esperanza aparecer las velas del resto de la escuadra.
Narváez acudía en su rescate. A él también le había azotado la tempestad,
pero donde él se había quedado había sido menos dura la embestida y
pudieron además lograr meterse con rapidez en una zona más al resguardo.
Todos los que habían conseguido sobrevivir en Trinidad y casi por igual
los que no habían sido azotados por tan grande calamidad, que se habían
quedado con el gobernador, tenían tan espantado el ánimo y tal pesadumbre y miedo de volver a tener que afrontar aquellas tempestades que deseaban que
no se prosiguiera el viaje por el momento. Los pilotos eran también contrarios
a arriesgarse por aquellos mares mientras durara el invierno. Entre unos y
otros, y sin que para ello hubieran de poner mucho empeño, convencieron a
Narváez y este decidió pasar allí la invernada. Narváez dio a Cabeza de Vaca
la orden de trasladarse con las cuatro naos al puerto de Xagua, a unas doce
leguas de donde habían sufrido el desastre, y allí se dirigió el jerezano
mientras el otro fue por tierra hacia Santiago con un elegido grupo de
acompañantes para encontrar nuevos pertrechos.
En Xagua, lamiéndose las heridas de aquel primer desastre,
permanecieron los demás al mando de Álvar hasta el día 20 de febrero, día en
que Narváez regresó con un nuevo bergantín que había comprado en
Santiago. Durante aquellas largas jornadas de invernada, Álvar recordó en
muchas ocasiones las historias que Hernando Colón le había contado de
aquellos huracanes, el pavor y la impotencia que en los hombres causaban y
en la que nada eran los hombres y sus naves ante su destrucción. Aún más
todavía rememoró las premoniciones de Trifón. Aquellos mares y aquellos
vientos ya les habían infligido una dolorosa y terrible derrota, pues sin
conseguir haber llegado siquiera a avistar las costas de la Tierra Florida ya
habían perdido, entre deserciones y muertos por la tempestad, casi la mitad de
la flota que había salido de Sanlúcar de Barrameda el año anterior.