Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 13 de 35

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Cabeza de Vaca

Segunda parte

 

Naufragios

1

 

El huracán

 

Metímonos por los montes, y andando por ellos un cuarto de legua de agua hallamos la barquilla de un navío puesta sobre unos árboles.

 

CABEZA DE VACA, Naufragios

 

Lo primero que encontró Álvar de los dos barcos que había dejado amarrados,

con las gentes y los caballos a bordo, en el puerto de Trinidad, fue la barquilla

de uno de los navíos colgada entre las ramas de unos árboles a casi un cuarto

de legua del agua. La fuerza inmensa de la tempestad la había arrojado allí.

Tras una angustiosa búsqueda por la costa, leguas más adelante, dieron con

los cadáveres de dos de los tripulantes, tan desfigurados y deshechos por los

golpes que no pudieron reconocerlos No hallaron ningún cuerpo más. Ni de

hombres ni de caballerías. Tan solo algunas maderas, tapas de cajas, los

despojos de una capa y una colcha hechos jirones. Nada más. Todo, las dos

naos, setenta hombres, veinte caballos, absolutamente todo lo que a bordo iba

fue tragado por la tempestad, llevado a las profundidades, arrebatado y

engullido por el océano embravecido y el viento aterrador.

Mientras regresaba playa adelante, Álvar supo que la muerte le había

rozado esta vez mucho más que en las guerras de Italia y en las batallas contra

los comuneros castellanos. En esta ocasión tan solo un imprevisto y

misericordioso azar le había mantenido vivo, pues permaneció en los barcos

esperando a los que habían bajado a tierra en busca de los bastimentos que

habían venido a recoger. Un milagroso azar le salvó la vida, gracias a que se

negó a las reiteradas peticiones de que desembarcara. Desandando el camino,

infructuoso, en busca de algún superviviente, con la desolación y la sensación

de total impotencia e indefensión ante aquel poder de los cielos, solo supo

repetir a veces en voz alta, a veces solo para sí, que había estado en manos de

Dios. Solo él había decidido no llevarse su vida y que no estuviera ya en el

fondo de aquel mar que ahora iba calmándose y que se había comportado

como la bestia más voraz e imposible de domeñar que hubiera podido

imaginarse. Álvar ya sabía lo que era un huracán, del que tanto le habían

hablado, pero nunca hubiera creído que fuera tan horrible.

Tras la larga y desesperante espera en La Española después de la llegada

desde España, la flota de Narváez al fin había zarpado hacia Cuba. Cada día

había echado en falta a Trifón y sus saberes y cada día también le había

comprendido algo mejor. El viaje, sin embargo, había sido plácido hasta

llegar allí, y una vez desembarcados en Santiago, la principal ciudad de la

isla, don Pánfilo puso en marcha sus muchas influencias allí. A su alguacil

mayor se le alegró el rostro cuando vio como las cosas empezaban a agilizarse

y marchar por la buena vereda.

—En tan solo unos días el gobernador se ha rehecho de gentes, armas y

caballos —animó a sus compañeros, cuyos ímpetus habían decaído bastante

en Santo Domingo—. Son muchos los que quieren unirse a nosotros, y los

bastimentos que allí se nos regateaban y parecían imposibles de conseguir

aquí se nos ofrecen por doquier.

Uno de aquellos ofrecimientos, hecho por un hidalgo llamado Vasco

Porcallo de Figueroa, muy deudor del fallecido gobernador Velázquez y un

tanto de Narváez, pues no quiso ir a prender a Cortés a México y le tocó la

china a don Pánfilo, fue el que les llevó al puerto de Trinidad, a cien leguas

por mar de Santiago y de cuya villa, adentrada un trecho en tierra, había que

cargarlos y transportarlos a las naos. Salieron del puerto de Santiago los seis

barcos juntos, pues Narváez había comprado uno nuevo y lo había añadido a

su flota, pero a mitad de la travesía, en el cabo de Santa Cruz, cambió de

parecer y decidió anclar allí con cuatro de ellos, enviando a recoger los

pertrechos a los otros dos al mando de un capitán llamado Pantoja, con quien

tenía cada vez mayor confianza, y bajo la supervisión de Cabeza de Vaca, su

alguacil mayor. Con ellos sería suficiente para transportar todo de vuelta.

Llegados al puerto de Trinidad, Porcallo y Pantoja desembarcaron con un

grupo y se acercaron a la villa, sita a una legua del mar. Cabeza de Vaca y los

dos pilotos se quedaron en los barcos. Los pilotos, conocedores de aquellas

aguas, no tardaron en avisar a Álvar que lo aconsejable era que aquella

operación durara lo menos posible.

—Cuanto antes nos despachemos de aquí, mejor será. Mañana mejor que

pasado, señor alguacil —le dijo uno señalando primero al mar abierto y luego

a la poco protegida ensenada—. Este es mal puerto y aquí ya se han perdido

muchas naves.

Al día siguiente no pudieron partir y ya desde el amanecer el tiempo

comenzó a dar no buena señal; principió luego a llover y el mar a arreciar.

Álvar dio licencia a los que había a bordo para que bajaran a tierra, pero la

lluvia, el frío y la lejanía entre el puerto y la villa les quitaron las ganas a la mayoría. Pocos se decidieron, e incluso algunos hicieron viaje de ida y vuelta

sin bajarse de los bateles.

Lo que sí llegó de tierra fue una canoa con un reclamo para el alguacil

mayor en el que le instaban a que desembarcara y se allegara a donde estaban

Pantoja y Porcallo. Álvar rehusó diciendo que su obligación era estar en las

naves y los despachó con esa negativa. Pero a poco del mediodía y por escrito

porfiaron en ello requiriendo su presencia. Y hasta le indicaron que le habían

traído un caballo de silla que le esperaba en la orilla para que esta vez no

tuviese excusa para no ir.

Álvar se resistió, pero los dos pilotos le urgieron a que lo hiciera por bien

de todos.

—Vaya vuesa merced y nos hará bien a todos, pues aliviará cuanto antes

la carga de los bastimentos y podremos salir pronto de aquí —le dijeron, y

con esa razón consiguieron torcer su voluntad—. Si nos demoramos mucho

más aquí acabaremos por perder los navíos, don Álvar. No porfiéis más e id,

señor alguacil.

Se decidió al fin a hacer lo que le pedían y tras celebrar cónclave con

ellos, les dejó mandado que, si el viento arreciaba y se viesen en peligro,

diesen con los navíos al través y procuraran salvarse ellos y los caballos.

Instó, además, a algunos de quienes permanecían a bordo para que fueran en

su compañía hasta la aldea, pero rehusaron y prefirieron acogerse al resguardo

de la cubierta de los barcos antes que caminar bajo la lluvia. En todo caso,

dijeron, como al siguiente día era domingo entonces lo harían y se acercarían

a oír la misa.

Mucho pensó después en aquello Cabeza de Vaca y en cómo el dedo de la

providencia lo señaló para procurar su salvación aun contra su deseo. Pues

vino a suponer que él viviera y que quienes le habían persuadido de

desembarcar y quienes habían rehusado a ir con él acabaran sepultados por el

mar.

No había pasado una hora escasa desde que desembarcó cuando la mar

comenzó a arreciar hasta ponerse tan brava y del norte que ya los bateles,

aunque lo hubieran intentado, tampoco lograron ya salir hacia tierra y los

pilotos no pudieron dar con los navíos al través, pues el viento les azotaba por

la proa y se lo impedía. No tuvieron otro remedio que aguantar amarrados a

las boyas. Así estuvieron soportando la tempestad, en aquel desabrigado

puerto, todo el sábado y el domingo hasta la noche, que fue cuando el huracán

les alcanzó ya con toda su violencia e incluso en tierra cada cual hubo de

hacer lo que pudo por no ser llevado a los infiernos por aquel vendaval. El mar creció tanto que alcanzó un oleaje monstruoso y la tormenta se abatió

también sobre el pueblo con tal violencia que nadie pudo siquiera encontrar

cobijo seguro, pues cayeron todas las casas y la iglesia. Los hombres se

acurrucaban en cualquier rincón y en su desesperación rezaban para que una

ráfaga no se los llevara por los aires, o tenían que andar abrazados de ocho en

ocho para que no los arrastrara la tormenta. Tampoco daban cobijo los

árboles; bajo ellos el peligro era aún mayor, pues se descuajaban y caían con

riesgo de matar a los que pillaran debajo.

Con la llegada de la luz, la horrible tempestad amainó; a poco cesó la

fortísima lluvia y se fue calmando el vendaval. Se fueron juntando y,

abrazándose los unos a los otros, daban gracias a Dios por haberse salvado.

Todos temían por los que habían quedado en los barcos a merced del mar.

Bajaron hacia la costa y ya desde un altozano vieron que las naos no estaban

en el puerto, por lo que sus temores aumentaron. Se llegaron con premura al

puerto, pero allí solo pudieron ver como todo rastro de los navíos las boyas a

donde habían estado asidos los hombres y ya los dieron por perdidos, como

después pudieron comprobar con el máximo dolor. La desolación al regresar

de la búsqueda se hizo aún mayor al ver el pueblo arrasado. Casi nada

quedaba en pie; daba inmensa lástima contemplar en qué estado había

quedado la tierra, los bosques mismos con multitud de árboles caídos y

despojados de sus hojas. Provisiones y bastimentos que se habían acumulado

se perdieron al igual que muchos ganados, algunas reses ahogadas y otras

dispersadas y tal vez también muertas. Contaron los supervivientes y resultó

que de todos los llegados tan solo alcanzaban a los treinta las personas que

habían bajado a tierra y merced a ello se habían salvado.

Álvar pensó entonces en lo que le había dicho Trifón, que sus vidas en la

mar ya las tenía él gastadas y no quería arriesgarlas más. No pudo por menos

que darle la razón al viejo alcarreño en su decisión de vararse para siempre en

La Española. Él, por su parte y por la gracia de Dios, ya había gastado la

primera en aquel huracán.

Durante casi una semana pasaron muchas fatigas y angustias hasta que al

quinto día vieron con esperanza aparecer las velas del resto de la escuadra.

Narváez acudía en su rescate. A él también le había azotado la tempestad,

pero donde él se había quedado había sido menos dura la embestida y

pudieron además lograr meterse con rapidez en una zona más al resguardo.

Todos los que habían conseguido sobrevivir en Trinidad y casi por igual

los que no habían sido azotados por tan grande calamidad, que se habían

quedado con el gobernador, tenían tan espantado el ánimo y tal pesadumbre y miedo de volver a tener que afrontar aquellas tempestades que deseaban que

no se prosiguiera el viaje por el momento. Los pilotos eran también contrarios

a arriesgarse por aquellos mares mientras durara el invierno. Entre unos y

otros, y sin que para ello hubieran de poner mucho empeño, convencieron a

Narváez y este decidió pasar allí la invernada. Narváez dio a Cabeza de Vaca

la orden de trasladarse con las cuatro naos al puerto de Xagua, a unas doce

leguas de donde habían sufrido el desastre, y allí se dirigió el jerezano

mientras el otro fue por tierra hacia Santiago con un elegido grupo de

acompañantes para encontrar nuevos pertrechos.

En Xagua, lamiéndose las heridas de aquel primer desastre,

permanecieron los demás al mando de Álvar hasta el día 20 de febrero, día en

que Narváez regresó con un nuevo bergantín que había comprado en

Santiago. Durante aquellas largas jornadas de invernada, Álvar recordó en

muchas ocasiones las historias que Hernando Colón le había contado de

aquellos huracanes, el pavor y la impotencia que en los hombres causaban y

en la que nada eran los hombres y sus naves ante su destrucción. Aún más

todavía rememoró las premoniciones de Trifón. Aquellos mares y aquellos

vientos ya les habían infligido una dolorosa y terrible derrota, pues sin

conseguir haber llegado siquiera a avistar las costas de la Tierra Florida ya

habían perdido, entre deserciones y muertos por la tempestad, casi la mitad de

la flota que había salido de Sanlúcar de Barrameda el año anterior.