Cabeza de Vaca
Capítulo 6
6
La partida
A 17 días del mes de junio de 1527 partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda el gobernador Pánfilo de Narváez para conquistar y gobernar las provincias que están desde el río de las Palmas hasta el cabo de la Florida, las cuales son en Tierra Firme.
CABEZA DE VACA, Naufragios
Fue tras los sucesos de Villalar, con el recuerdo de los jefes comuneros
ascendiendo hacia el cadalso y el tajo del verdugo aún pegado al párpado y
sonando en su memoria, durante el regreso de la tropilla andaluza hacia
Sanlúcar y el palacio de los duques, al que volvía a sus oficios, cuando en
Álvar se despertó de nuevo y esta vez de manera irrefrenable el deseo de
escapar de todo aquello, de marchar hacia las Indias como ya había querido
hacer aquel día cuando salió de Nápoles, deseo que una y otra vez había
quedado tan solo en una vaga idea, en un sueño lejano que nunca parecía
concretarse. Mientras cabalgaba por las grandes llanuras mesetarias se dijo
que en esta ocasión lo haría y no habría ya cosa ni razón alguna que lo
retuviera. No podía demorarlo más, se le estaba acabando el tiempo. De no
hacerlo sabría no solo que no había cumplido con su destino, sino que ni
siquiera había intentado encontrarlo. Y este destino Álvar lo sentía
profundamente en su interior, estaba allá, en aquellas lejanas tierras recién
descubiertas y en aún muchas otras por descubrir y conquistar en aquel lugar
donde un hombre, sin atender a condición previa, podía dar y ser medida de
todas las cosas y crearse la suya propia.
Estaba decidido, embarcaría hacia las Indias. Aunque para ello hubiera de
tener que hacer cualquier cosa. Incluso hasta casarse. Porque a Álvar el
embarcar hacia las Indias le costó una boda. La decisión estaba tomada, sí,
pero aún pasaron años hasta que pudo llevarla a cabo.
Regresó al palacio ducal con el joven don Pedro. La derrota de Villalar y
la muerte de sus líderes, aunque María Pacheco resistiera aún un año más en
Toledo, habían puesto fin a la rebelión. Además, el rey Carlos pareció
aprender de sus errores. Agasajó a los nobles que le habían ayudado a
dominarla, buscó acercar a los que habían jugado entre dos aguas y ofreció el perdón incluso a quienes le habían combatido y pidieron su clemencia. Buscó
apaciguar a las gentes de las villas, a hidalgos y a menestrales, y a quienes
habían sentido sus leyes y fueros violentados. Tenía el firme propósito de que
su hostilidad y resentimiento decrecieran.
Las Indias, América, vinieron en su ayuda. Porque en las ventas, las
tabernas, los mercados, las ferias, los gremios, los talleres, los campos, las
majadas, las llanuras, los bosques y las montañas, la tierra descubierta y por
descubrir, la fortuna, el oro y la fama llamaban. Aunque de muchos que
habían partido nada más se hubiera sabido, unos cuantos habían regresado
ricos; solo a ellos se escuchaba, solo a las maravillas y no a los desastres se
prestaba oído. No había hijo segundón que no quisiera parir hacia allí y
demostrar que bien podía ser primero; no había soldado que no quisiera
demostrar su valía con la espada ni caballero que no estuviera seguro de que
rendiría la tierra a los pies de su montura.
En ningún sitio más que en Sanlúcar se recibían antes las nuevas. Cada
vez que arribaba una nao, el mundo parecía cambiar de nuevo con los relatos
de los recién llegados. Que lo de Cortés y los suyos, con ser tan grande la
hazaña, solo era una parte de lo que quedaba por conquistar. Que aquel
continente era inmenso y que por doquier había territorios llenos de
maravillas a los que señorear, incorporar a los reinos de España y evangelizar
en la verdadera religión cristiana. Partiendo apenas de nada, algunos habían
logrado ser allí poco menos que un rey, un duque, un gran señor, un rico
hacendado. De La Española, de Cuba, de Panamá, de Venezuela llegaban a
cada arribada noticias de las maravillas que parecían no tener fin y que
constituían un reclamo hacia ellas.
La última, que había dejado atónitos a todos y a muchos aún
discutiéndola, había sido la llegada de los que habían circunvalado por el mar
todo el mundo. La vuelta de aquel vasco, Elcano, que había salido con el
portugués Magallanes y había logrado regresar con tan solo diecisiete
hombres pero había demostrado al hacerlo la redondez del mundo y la
posibilidad de navegarlo entero. El rey Carlos lo había recibido exultante y el
orgullo había sustituido a la zozobra de aquellas guerras comuneras que en
nada parecían haber quedado atrás.
Álvar no tardó en expresar su firme deseo a su amigo y señor don Pedro.
Este, aunque contrariado, pues su intención era llevarlo con él a Italia, donde
el noble había pensado marchar y así completar sus méritos ante el rey,
comprendió pronto que su decisión era irrevocable y que él no podía
oponerse. El joven Medina Sidonia había aprovechado su estancia invernal en las frías tierras castellanas y las había trocado en cálidas relaciones con las
más grandes familias de la nobleza y los más avezados generales. Italia seguía
siendo un flanco en llamas, pues los franceses no cejaban. Mientras los
hidalgos y gentes aún de menor condición tenían en las Américas depositados
sus sueños, las grandes familias aristocráticas veían en Nápoles, Roma, el
Milanesado y las Sicilias el lugar donde enaltecer sus apellidos, aumentar sus
rangos y engrosar sus fortunas combatiendo con enemigos de su misma
alcurnia y prestigio. Don Pedro quería contar con Álvar, por su experiencia en
aquellas tierras, pero no pudo dejar de entender las razones del otro, que
sentía que el tiempo se le acababa, y al final no solo transigió en ello, sino que
puso todo su empeño en ayudarle. Así pues, aunque aún hubieran de pasar
algunos años, la rueda de los favores y el engranaje de los apoyos y
recomendaciones se puso en marcha. En ello colaboraron muchos, desde
luego la abuela y la tía, pero quien a la postre, después de alguna intentona
fallida, logró resolverlo todo fue la poderosa mano del propio duque. Se
enteró de que Pánfilo de Narváez había obtenido la condición de adelantado y
gobernador para allegarse a una tierra, someterla a su soberanía y poblar la
Tierra Florida, que un Ponce de León había descubierto y muerto en el
empeño de tomarla. Ana de Aragón se lo hizo saber a Álvar y este pidió al
duque su favor para poder embarcar con Narváez en un puesto acorde a su
condición y valía.
Don Pedro había partido ya para Italia, pero los Medina Sidonia
cumplieron con su compromiso de apoyarle e hicieron honor a la palabra dada
a quien había sido tantos años fiel sirviente de su casa. El mismo don Juan
Alonso empeñó su poder para que pudiera cumplir su deseo. Pensó que si
además tenía éxito en aquella aventura, sería bueno para la casa que hubiera
sido merced a sus gestiones y apoyos. Álvar no lo olvidaría y si lo hacía, los
Medina Sidonia tendrían medios sobrados para recordárselo.
Puesta en marcha la maquinaria, esta vez ya no se detuvo. Logró el duque
el empleo para Álvar y por indicación de la corte el beneplácito de Narváez
para que fuera incluso su segundo al mando. El primer gran paso estaba dado,
pero quedaban otros y no era menor el de los dineros. Sus madrinas tomaron
cartas en el asunto para que obtuviera los necesarios. Algo de su propia
hacienda invirtieron en la empresa, pero nada más conocerla las dos mujeres
hallaron una forma de acrecentar las rentas de Álvar. Sabedoras de los
tiempos que venían por delante y las rentas que iban a requerirse, y que era
preciso añadirlas a las no muy cuantiosas, aunque de cierta consideración, que
poseía el propio Álvar, la solución no fue otra que casarlo. Que ya iba siendo hora de que como cristiano lo hiciera, aunque fuera con una mujer de sangre
nueva y un tanto judía.
María Marmolejo se llamaba y el desposorio había sido un acto que de
amoríos anduvo ayuno, pero de intereses harto. Por ambas partes. Los haberes
de Álvar eran escasos para el tamaño de la empresa, y aunque los de ella no
eran de los más notorios, no por ello dejaban de ser considerables y
ampliables por una familia que aún los tenía mayores y que los ponía a
disposición de préstamo si hubiera menester. Pues era bien cierto, si bien muy
callado, que María Marmolejo era de ascendencia judía, cosa que se llevaba
con toda la sordina posible pero que se aprovechaba cuando era necesario
echar mano de ella. Por su parte, los hebreos conversos entendieron que el
acuerdo, urdido mayormente por doña Beatriz, era de lo más deseable. Si a
cambio de unos dineros de los que podían desprenderse se les daba entrada en
una familia de antiguas raíces de cristianos viejos, con ilustres miembros que
habían ostentado cargos relevantes y que tenía la mayor de las cercanías con
los más grandes linajes, la inversión estaba más que justificada. La mujer,
además, no era ya ni joven ni en exceso agraciada y no tenía otros
pretendientes que la disputaran.
Álvar, sin mucho entusiasmo pero tampoco con mayor repulsa,
comprendió que lo urdido por su tía era una solución conveniente y se avino a
ella. En especial cuando comprobó que su mujer tampoco iba a darle
demasiados problemas ni entrar en pretensiones de excesivas apariencias y
pamemas, pues rápidamente vio que ella lo que quería era poder seguir
viviendo apegada a su familia, su madre, hermanas y costumbres. Por tanto,
miel sobre hojuelas. Se hizo la boda, la santificó la Iglesia, Álvar consiguió
una remesa que aportar a la escuadra y santas pascuas. En el trato con las
mujeres, lo cierto era que el Cabeza de Vaca no había obtenido demasiados
triunfos y sí algún peligroso quebranto. De sus andanzas con las napolitanas
de pago y las sevillanas y gaditanas que también lo fueron, aunque con el
dinero del duque, quedaba poco rastro y peor recuerdo. Su tendencia general
con las hembras, fueran estas de las eras o parecieran de linaje honrado o de
las que en la deshonra vivían, era la de mantenerse en lo posible alejado de
ellas.
Yació, eso sí y como correspondía, con la esposa santificada, pero tras las
primeras coyundas las subsiguientes se hicieron cada vez más esporádicas y a
la postre todas infecundas. La simiente o no era fértil o no fructificaba en el
vientre de la sevillana. Los hijos no dieron señales de venir ni al primer mes
ni al primer año, y al segundo Álvar ya se estaba embarcando. Cuando partió se despidieron y ninguno de los dos pensó siquiera en volver a ver al otro.
Ella lo que quería era regresar cuanto antes a la casa de su familia y él,
encontrar su sueño al otro lado de los mares.
Llegó el día que parecía no iba a llegar nunca, tras uno y mil trajines e
impedimentos, y la armada salió al completo, con sus cinco navíos, de
Sanlúcar. Vino al puerto a despedirlo la abuela, doña Catalina, quien hasta se
permitió perder la compostura con unas lágrimas. También acudieron su tía
Beatriz y sus primos Estopiñán, pero estos estaban alegres y alborozados,
aunque a la madre le pudo en algún momento un recuerdo triste de aquella
partida del adelantado que no pudo llegar a destino ni serlo nunca y de ella
misma, joven y alegre, embarcando a su lado.
—Ve tú, Álvar, y haz lo que su mala muerte impidió hacer a mi marido y
tu tío.
Sus primos le abrazaron y le desearon las más grandes hazañas, confiados
en que la fortuna le sería propicia. El mayor, que ya era buen mozo, le dijo
muy serio:
—La próxima vez yo iré contigo.
Se marcharon. Lo último que subió al barco Álvar fue su caballo. Cuanto
menos estuviera dentro, mejor para el buen equino. Trifón se apresuró a
cogerle la rienda y a llevarlo a uno de los sitios preferentes de los reservados
en la nao para las caballerías.
—Descuidad, que no le faltará de nada, don Álvar.
Partieron. Álvar lo escribió en el rollo que había dispuesto junto a los
útiles de escribir, para hacer y dejar memoria de todo. «A 17 días del mes de
junio de 1527 partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda el gobernador
Pánfilo de Narváez para conquistar y gobernar las provincias que están desde
el río de las Palmas hasta el cabo de la Florida, las cuales son en Tierra
Firme». Salieron a mar abierto, pero aún tenían que volver a tocar tierra en las
Canarias, antes de adentrarse por el océano adelante.
Ahora al fin ya iba quedando atrás el pequeño puerto de San Sebastián de
La Gomera. Mucho antes de perderlo de vista ya había quedado oculta la torre
donde se había refugiado la Cazadora. Pánfilo de Narváez, acompañado de
Cabeza de Vaca, había estado en ella para cumplimentar al nuevo gobernador.
Este, Pedro de nombre, era un hijo de Alonso Fernández de Lugo,
lugarteniente al principio del abuelo de Álvar, Pedro de Vera, y luego
conquistador de Tenerife. Narváez entendió que llevar por delante al Cabeza
de Vaca y apelar a aquella relación de las familias les favorecería la aguada y
el embarcar más fácilmente los bastimentos necesarios para lanzarse ya a la mar océana. Así fue, en efecto; el gobernador se manifestó muy gratamente
sorprendido de poder saludar al nieto del amigo de su padre de quien tanto le
habían contado y al que había llegado a conocer de niño. El recibimiento fue
tan cordial que el gobernador invitó a ambos y a algunos de sus oficiales a
cenar con él en la torre, donde fueron atendidos por una dama de refinados
modales y no poca belleza. Doña Inés se llamaba y cuando los presentaron,
Álvar, conocedor de la historia, no pudo dejar de sobresaltarse, aunque
consiguió envolver su sorpresa en una galante y muy abierta sonrisa.
La historia parecía volver a su encuentro y aquello iba a contárselo a
Trifón en cuanto lo viera. Doña Inés no era otra que la hija de la Cazadora, de
la bellísima y nunca olvidada, aunque a veces de cruel recuerdo, Beatriz de
Bobadilla, habida de su primer matrimonio con Peraza el Joven, causante
principal de la sublevación y luego terrible castigo de los guanches.
Bien adiestrado en los usos cortesanos por sus largos años en el palacio de
los Medina Sidonia, Álvar no dudó en brindar en cuanto hubo ocasión, con
muy buen vino de las islas, que le dijeron se cultivaba en hoyos excavados en
las laderas de los volcanes. En el brindis hizo referencia a su trato familiar
con los Fernández de Lugo y la belleza de la desaparecida señora de la isla,
que reaparecía y volvía a deslumbrar en la figura de su hija; también aludió a
la fértil unidad y gobierno de los dos linajes.
A doña Inés le complació mucho el brindis, que no desagradó a don
Pedro, quien hubo de explicar a Narváez y al resto de los oficiales lo que no
habían alcanzado a entender y que con risas la pareja aclaró a sus invitados.
—Inés y yo, señores —comenzó su explicación el Fernández de Lugo—,
somos hijos del mismo matrimonio. A eso se refiere el nieto de don Pedro de
Vera, que en la paz de Dios descanse, como lo hacen ya mi padre, don
Alonso, y su mujer doña Beatriz de Bobadilla, madre de mi esposa. Pero no
somos hermanos ni siquiera primos. No se sobresalten. No hubo descendencia
de su unión. Tanto yo como ella somos hijos del primer matrimonio de
ambos. Ella del desdichado Peraza el Joven y doña Beatriz de Bobadilla, y yo
de doña Violante de Valdés y Gallinato y don Alonso Fernández de Lugo, mi
padre, que aún volvió a casar de terceras y murió hace apenas dos años.
Falleció viendo ya hecho casi un mozo a nuestro hijo Alonso, que espero
herede estas tierras y su valor y fama.
El anfitrión era un hombre maduro, algo mayor que Álvar, incluso, y su
mujer tampoco era ya joven pero conservaba una espléndida figura y un
hermoso rostro. Él estaba bien curtido en lances tanto de guerra como de
política. Su padre había logrado lo que Vera no consiguió, completar la total conquista de Canarias y consolidar en las islas su poder como adelantado y
máximo gobernante de todo el territorio, algo en lo que lo secundaría su hijo,
que perpetuaría su linaje[5].
En relatos de conquistas transcurrió la velada, no tanto las de ultramar
sino las muy recientes del propio territorio en que ahora estaban, sobre todo
aquella de Tenerife cuya primera entrada se saldó con una terrible derrota de
los castellanos y de Fernández de Lugo a manos de los guanches en Ocentejo.
La Cazadora había contribuido a la empresa fracasada y luego lo hizo también
en el desquite y el triunfo final, apoyando a Alonso todo lo que pudo para
concluir en desposarse con él y saborear juntos las mieles hasta que se la llevó
la muerte cuando regresó de visita a sus tierras natales en la península.
Las vituallas, agua, aperos y algunas plantas habían sido ya cargados en
los días anteriores, y al siguiente de la cena muy de mañana levantaron anclas
y atraques y salieron al fin rumbo a las Indias. Álvar se había quedado
ensimismado largo tiempo mirando desaparecer primero el puerto de San
Sebastián de La Gomera, luego ya toda huella de edificaciones y señales
humanas, y al cabo perder de vista la propia costa ya desvanecida por
completo y solo tener a la mar, a la mar océana, a la que mirar. Hasta aquel
mismo momento no sintió del todo que había conseguido el objetivo tantos
años ansiado, postergado, trabajado y al fin, ahora sí, ya logrado. La próxima
tierra que verían sus ojos sería la de La Española, y donde su pie se posaría en
firme sería ya en el Nuevo Mundo.
La carabela era muy marinera, el piloto era experto y no era aquella su
primera travesía; cogía bien el viento y el tiempo era bueno. A Álvar le
cambió el humor y el ánimo. Quería quedarse solo con su propio pensar.
Cuando al llegar el crepúsculo se le acercó Trifón para, como ya se había
convertido en costumbre, pegar la hebra, Álvar no quiso mostrarse hosco con
él, aunque no tenía ningunas ganas de conversación. Se limitó a contarle, para
su alborozo, el encuentro con la hija de su admirada Cazadora y lo del
entronque y descendencia, ya crecida, con el Fernández de Lugo. El marinero
soltó una esquinada carcajada y dejó su sentencia.
—Los poderosos, aunque a veces se peleen, siempre acaban por hacer
alianza y así andan sin cesar mezclándose entre ellos. La de estos dos no
puede estar mejor aconsejada ni venirles a ambos más al pelo. Mejor no han
podido hacerlo. Si no lo desbaratan, tendrán para mucho tiempo estas islas en
sus manos.
Dicho lo cual, y como buen catador de los humores ajenos que era, Trifón
entendió que el otro no gustaba ese día de su compañía y que prefería estar solo. Así que pretextó un quehacer que había olvidado y se marchó.
Álvar, en efecto, deseaba más que nada estar solo y rodearse de sus
propios pensamientos sin compartirlos con nadie. Al partir de aquella última
tierra castellana, el jerezano pensaba también, y sobre todo, en lo que dejaba
atrás, en España, en su tierra. Comprendió que era muy poco porque en
realidad nada tenía allí, aunque dejara mujer. Le daba el aire en la cara, el aire
cargado de olor y salitre del mar, y sentía que algo se aliviaba en todo su ser,
en su alma y en su corazón.